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Periodismo de detectives

Dicen en el informativo de La Sexta que desde que han hecho públicos los 11 millones de documentos de los papeles de Panamá se cuentan por miles “las personas que están jugando a detectives”. Curioso.

Y digo curioso porque hasta ayer mismo los medios de comunicación que disponían de los archivos filtrados del ICIJ (Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación) aseguraban hacer “periodismo de investigación”. Es decir, que cuando un periodista pone en la ventana “buscar” de un documento tocho los nombres de “Emilio Botín”, o “Imanol Arias”, o incluso “Juan Luis Cebrián”, eso es periodismo de investigación. Pero cuando es un ciudadano fontanero, notario, esteticista o banderillero quien lo hace, entonces se convierte en un “juego de detectives”.

Vaya con el periodismo moderno. ¿Periodismo de detectives? No sé, no sé. De lo único que estoy seguro es de que el periodismo está cambiando, entre otras cosas porque la filtración mató a la estrella de la exclusiva, del verdadero periodismo. Con las redacciones cada vez más vacías, ocupadas por becarios con sueldos miserables en lugar de por profesionales con salarios dignos, no se puede hacer gran periodismo, no se le puede dedicar ni tiempo ni presupuesto. Otra cosa son las filtraciones, tipo Panamá o Wikileaks, o las exclusivas de pega, tipo Inda: excelente relación calidad-precio, prueba evidente del mal momento que vive la profesión.

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El buen periodismo es caro. Requiere tiempo, esfuerzo, conocimientos y una organización profesional. Lo contrario de lo que exigen estos tiempos apresurados y digitales de vídeos “más vistos” y noticias “más leídas”. Ahí tienen los ejemplos de grandes medios venidos a menos. El País, que no levanta cabeza tras el despido de 129 profesionales hace tres años. Y El Mundo, enfrascado en un cuarto ERE que pretende poner a 198 profesionales en la calle.

Dos diarios que han sufrido de lleno la crisis de la prensa. Una crisis que es culpa de todos. Por un lado, de la lenta y tardía respuesta de los grandes medios a la revolución digital, de su búsqueda desesperada del éxito a golpe de clic, del abandono de la calidad, el riesgo y la independencia. Por otro, de unos jefes de mentalidad neoliberal que, lejos de vigilar al poder, verdadera razón de ser del periodismo, se pusieron de su lado y se cobijaron a su sombra. Y finalmente por el aburguesamiento de unas plantillas bien alimentadas y sumisas atemorizadas por el fantasma del paro.

Ya es tarde. Vivimos tiempos donde el periodismo consiste en jugar a detectives.

Un motivo para NO ver la televisión

El olor de los muchachos voraces.

Autores: Frederik Peeters y Loo Hui Phang.

Editorial: Astiberri.

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En este western postmoderno hay algo de Jean Giraud, esos paisajes rocosos y esas praderas crepusculares absolutamente impecables. Y también algo de Jodorowsky, esos espasmos místicos, esa relación sonora con los caballos, esas fotos fantasmagóricas, esas visiones dignas del mejor peyote. Y por supuesto algo de “Brokeback Mountain”, el comienzo de una relación digamos que… indeterminada entre el fotógrafo Oscar Forrest y el imberbe Milton.

“Me gustan las llanuras. Los pueblos paganos dan mucha importancia a los sueños. Dicen que, a lo mejor, el mundo en que vivimos es un gran sueño que tiene lugar en la mente de alguien… Es la embriaguez del vacío. Las grandes llanuras provocan una especie de vértigo a lo horizontal. Tanta apertura marea. Como si al borrarse los contornos se provocara un caos incontrolable. Todo se mezcla, todo se invierte”.

La historia se desarrolla en 1872 en Texas. Un geólogo llamado Stingley dirige una expedición por territorio comanche. Como Lewis y Clark pero por el sur, de manera más informal, y con dos compañeros, un fotografo fugitivo y un… niño. Nada es lo que parece, ni el niño, ni el geólogo, ni el fotógrafo, ni siquiera la expedición. Los indios observan desde las rocas, y los cazarecompensas tiene rostro de calavera. Mientras, la despiadada naturaleza sigue su curso.

“Aquella mañana mis hermanos querían enseñarme a ubicar el galope de un caballo, a calcular su velocidad solo con el oído. Me vendaron los ojos, me ataron los brazos a la espalda y me dejaron en medio del campo. Soltaron caballos furiosos en mi dirección y yo tenía que esquivarlos antes de que me arrollaran. Me decían que con miedo se aprende más rápido”.

“El olor de los muchachos voraces” es un cómic del Oeste con matices filosóficos que habla de la amistad y del odio, de los espacios abiertos y las viejas costumbres, del deseo y la insatisfacción y, sobre todo, de la maldición de las apariencias. Nada es lo que parece. Una bonita historia de amor a contrapelo, tan hermosa e insólita como los ritos transculturales del chamanismo, los primitivos recursos ceremoniales y todos aquellos viajes por sendas espirituales.

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La Sexta, el dinero es su religión

La Sexta quiere convertirse en la cadena que apuesta por la información progresista de calidad, por el periodismo de denuncia serio y comprometido. Y lo quiere conseguir con Eduardo Inda como periodista estrella. Normal, ¿verdad? Cuando el director de La Sexta no está a pie de atentado, gorrito de lana y teatral gesto circunspecto, y habla desde un plató, es para decir que el periodismo es su “religión”. La de La Sexta, que es quien rellena horas y horas de programación con las exclusivas de Eduardo Inda, quien cree que la responsablidad informativa finaliza cuando suben las audiencias, quien deja que sea otro el que ponga en marcha su propio ventilador de la mierda.

Lo que está haciendo La Sexta con la información no tiene nombre. Bueno, quizá “sinvergonzonería” esté muy cerca. “Indecencia” no desentonaría demasiado. Y por supuesto “inmoralidad” también se ajusta a la realidad. Y no me refiero solo a la exclusiva sobre el dinero que Venezuela ha pagado a Pablo Iglesias en un paraíso fiscal…

Escuchar a Inda hablar del “casoplón” que tiene en Galicia la familia de Carolina Bescansa en “La Sexta Noche” (video, minuto 6:07), una y otra vez, con una sonrisa cínica nauseabunda, “¿De quién es, de Amancio Ortega?”, ante la pasividad del presentador de la cadena, fue simplemente repugnante. Sencillamente vergonzoso. Impropio de un periodista con un mínimo de decencia, evidentemente, pero también de una cadena de televisión que presume de tener “el periodismo por religión”.

Eduardo Inda se ha convertido en el juguete de García Ferreras. ¿He dicho juguete? Mamporrero quizá se ajuste más al trabajo que el primero desempeña para el segundo. Contratado para manchar el nombre de un político, de todo un partido, desde una cadena de televisión que en un alarde de hipocresía pretende permanecer al margen de esa miserable actitud. Ya sabe, tirar la piedra y esconder la mano. No, no, nosotros no somos, lo dice ese de ahí, el de la risa de loco. Nosotros solo ponemos el altavoz. Y enfocamos el documento público falsificado. Y le pagamos, eso sí, por los servicios prestados.

Que La Sexta de voz a la infamia es evidentemente cuestión de audiencia; es decir, de dinero. Pero también de política: en La Sexta ya han jugado bastante con Podemos. ¿Imaginan que fuese verdad lo del “sorpasso” y con la ayuda de IU se zampasen al PSOE, a su PSOE? Hasta ahí podíamos llegar. En La Sexta no están por el periodismo verdadero, están por el periodismo rentable, por el periodismo de amiguetes, por el poder y la gloria. Por eso arrancaron con una estrategia que consistía en ocupar un hueco libre en la parrilla televisiva. ¿La cadena progresista? Perfecto. Partían de cero, y les dio buenos resultados a la hora de posicionarse, de crecer, de apoyar a la parte del duopolio televisivo que le corresponde (Atresmedia, Planeta, etc). Pero una vez ocupado el espacio, lo importante es conservarlo. Y eso no se consigue con Podemos, sino con el Ibex y el bipartidismo.

En La Sexta quieren mantener los privilegios televisivos, políticos y económicos conseguidos gracias al socialismo, a los socialistas. Y tras utilizar a Podemos para ubicarse, dan paso a Inda para forrarse. Para que nada cambie. Porque el dinero es su religión.

P.D.

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Un motivo para NO ver la televisión

Como viaja el agua

Autor: Juan Díaz Canales.

Editorial: Astiberri.

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Esta reseña tiene que arrancar diciendo que Juan Díaz Canales es uno de los mejores guionistas de este país, responsable de maravillas como “Blacksad” o “Bajo el sol de medianoche”, las nuevas aventuras de Corto Maltés. Canales se tira al barro y dibuja su primer cómic, un thiller social con fondo filosófico: tras leer “Como viaja el agua” es imposible no pararse a pensar en la crueldad del tiempo, en la fugacidad de la vida, en la miserable existencia de los viejos, de los olvidados.

El guión es impecable, no podía ser de otra manera. Una mezcla inteligente de humor irónico y reflexión vital, que presta especial atención al mundo de los ancianos, con un Niceto de 83 años como protagonista…

“Lo peor es la indiferencia. Un buen día te das cuenta de que la realidad te ha ganado la partida. Una partida que ni siquiera sabías que estabas jugando. Y tú, impasible, como un árbol al que el otoño deja con los pantalones bajados en mitad del bosque. Pero como buenos árboles vivimos ajenos a esta ironía. Un árbol sin ojos ni oídos ni dientes…”.

“Como viaja el agua” cuenta una historia triste de viejos que disparan su última bala, que fuman Ducados y beben sol y sombra en tabernas castizas, y que trapichean con objetos robados como signo de rebeldía, de insumisión.

El dibujo seguramente sorprenderá a los seguidores de Canales. Aquí no encontrarán los héroes gatunos y los colores deslumbrantes de “Blacksad”, ni la épica marinera en tonos crema del retorno del legendario Corto. Aquí el blanco y negro es austero, y se mueve entre el compromiso social de Carlos Giménez, la angustia desmitificadora del uruguayo Alberto Breccia y el lumpen barriobajero de Jordi Bernet y su “Torpedo”.

El resultado es una obra más densa de lo que pueda parecer, de textura gris y profunda melancolía, que invita a reflexionar: “Porque queremos pensar que nuestra vida es un viaje como el del agua. Que nunca desaparece del todo. Que siempre encuentra el camino de vuelta. Pero un buen día, cuando ya eres tan viejo que todo te da igual, llega la revelación. Sabes que ese camino no existe. Que la lluvia que te cae encima nunca es la misma”.

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Sobrevalorado Cervantes

Los ejecutivos de las grandes televisiones comerciales no entienden el poco interés que despierta en los telespectadores el valioso tiempo de antena que dedican a Miguel de Cervantes. Ya sabe, en el 400 aniversario de la muerte del autor del Quijote las cadenas han ofrecido no solo abundantes noticias, sino hasta programas especiales. Ahí tienen a La Sexta, que incluso puso en marcha la campaña “¡Cervantes vive!”

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No tienen programas de libros, eso de ninguna manera. Desprecian la música y la cultura. Han convertido la televisión en una fábrica de analfabetos. Pero quieren, tócate los cojones, que Cervantes viva. Y que el especial “Buscando a Cervantes”, una rosa en medio del estercolero, tenga una audiencia digna. Imposible: apenas un 3,6% de los telespectadores prestó atención al excelente documental protagonizado por Alberto San Juan.

La televisiones quieren lo imposible. Que de pronto, de manera milagrosa, sus telespectadores sientan una pasión irrefrenable por la literatura. Todo el año alimentándoles con basura, ahí tienen a Pedrerol chillando y a Inda berreando, y luego esperan un milagro cuando llega San Jordi. Más programas de libros y menos tertulias políticas y esperpentos futbolísticos, diría cualquiera con sentido común. Paolo Vasile es este caso el mejor de todos ellos, el más sincero, puesto que no trata de disimular sus intenciones: “Telecinco trabaja para el éxito, no para la gloria”.

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En la televisión pública sí hay programas de libros, faltaría más. Uno bueno y el de Sánchez Dragó. El bueno se llama “Página Dos” (TVE), y siempre tiene algo interesante que ofrecer. El de Sánchez Dragó es… el otro, el que tenía que tener Sánchez Dragó, el que le deben, que para eso dice lo que dice y escribe lo que escribe.

Ante el fracaso televisivo de Cervantes, que vive, pero menos, solo podemos llegar a una conclusión: el escritor de Alcalá de Henares está sobrevalorado. Es evidente. Y puedo demostrarlo con cifras: mientras cuatro gatos veían el especial cervantino en La Sexta, más de tres millones y medio de espectadores (30% de cuota de pantalla) admiraban el reality de Telecinco “Supervivientes”. La audiencia no puede estar equivocada: donde estén los pechos de Yola Berrocal, querido lector, que se quiten don Quijote y Sancho Panza.

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Un motivo para NO ver la televisión

Enterrad a los muertos.

Autora: Louise Penny.

Editorial: Salamandra.

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La novela negra que viene del frío no solo llega de los países nórdicos, cuidado. Crímenes y nieve tienen en este caso origen canadiense: Louise Penny, escritora de Toronto a la que en su país consideran reina del género policíaco, es la responsable de una exitosa serie protagonizada por el inspector Armand Gamache. Salamandra editó hace poco “Una revelación brutal”, ya con Gamache sumergido en un crimen cometido en una población rural. Y La Factoría de Ideas puso a la venta en 2009 la primera aventura del excéntrico inspector, titulada “Naturaleza muerta”. Quedan ocho títulos de la serie por traducir…

Inspector jefe de homicidios de la Sûreté de Quebec, Gamache es de esos policías tranquilos, observadores, que escuchan y pueden parecer grises. Trabaja en equipo, es amable y educado, y no deja de sorprenderse por la tendencia humana a matar. A matar a otros humanos.

“Eran personas astutas, engañosas, arrogantes y muy difíciles de comprender. Sobre todo los anglos. Eran peligrosos, porque no mostraban su criterio abiertamente y ocultaban sus sentimientos tras una sonrisa. ¿Cómo saber qué les pasaba por la cabeza en realidad? Decían una cosa y pensaban otra. Era difícil imaginar qué ser putrefacto se agazapaba en el espacio que quedaba entre las palabras y las opiniones”.

En “Enterrad a los muertos” se cruzan dos crímenes, uno actual y otro que en su día quedó mal resuelto. O eso parece. El primero sorprende a un Gamache que se encuentra de baja tras una operación policial que acabó en tragedia. El inspector, que se ha convertido en asiduo de la biblioteca de la Sociedad Literaria e Histórica de Quebec, tropieza con un asesinato en los sótanos de tan noble lugar. El muerto es nada más y nada menos que Agustin Renaud, el tipo que busca de manera obsesiva la tumba de Samuel de Champlain, el fundador de la ciudad.

“Gamache sabía que esa estrategia era muy arriesgada. Los bancos estaban atestados de francófonos con curiosidad por saber más sobre aquella subcultura que había aparecido en el centro de la ciudad: los ingleses. La mayoría de los quebequeses ni siquiera sabían que estaban allí, y mucho menos tan firmemente asentados”.

Con esa excusa Penny no solo escribe una novela negra, sino que esboza el guión de una guía histórica de Quebec y de su comunidad inglesa. Una novela imprescindible, por tanto, para quienes viajen a esta ciudad y quieran profundizar en su historia de manera amena. Porque historia y misterio se mezclan hábilmente en un libro de estructura a veces enrevesada, por los saltos en la geografía y el tiempo y los numerosos personajes, que atrapa al lector como los mejores best sellers del género. Novela criminal norteamericana, pero de carácter europeo.

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“El día del asesinato de Miguel Ángel Blanco estaba en la playa, como un día normal”, dijo Arnaldo Otegi en “Salvados”. No tiene que ser fácil ser Otegi. Como no debe ser fácil entrevistar a Otegi. Como sin duda no es fácil escuchar a Otegi. Pero la democracia tiene estas cosas. Jordi Évole entrevista a Otegi en La Sexta, y es periodismo. Información, nada que ver con esa “apología del terrorismo” que advierte la caverna. Un trabajo bien hecho, puesto que muestra al actual Otegi: un hombre consumido por las contradicciones, que se resiste a abandonar el pasado, que quiere dibujar un futuro optimista, que no acierta a arrepentirse, a pedir perdón, a reconocer el daño causado.

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El terrorismo para Otegi es “algo que ha ocurrido”. Una frase de una necedad insoportable que me recuerda, salvando las distancias, al “esa persona que usted dice” de Rajoy. Tipos que se dedican a la política, pero que no son capaces de coger al toro por los cuernos, y exigen a los demás lo que no son capaces de ofrecer. Tipos que intentan justificar lo injustificable.

Arnaldo Otegi ha contribuido al final de ETA, y seguramente ha cumplido una condena injusta de más de seis años de cárcel. Pero Otegi colaboró con ETA, y aún hoy justifica a la banda terrorista. Un callejón sin salida.

Da la sensación de que Otegi ha perdido una gran ocasión para reconocer el dolor causado. Una excelente ocasión para, sin necesidad de humillarse, humanizarse y pedir perdón. Debió hacerlo con contundencia, con autoridad, sin dejar una sola duda de su arrepentimiento. Sin humillarse, insisto, pero sin dejar margen para la duda. Y después pedir el acercamiento de presos, y la independencia de Euskadi, y todo lo demás.

¿Una oportunidad perdida? Seguramente. Pero todos sabemos que esto no iba a ser fácil. Entrevistar a Otegi, digo. Y todo lo demás.