The Beautiful Madness

Un motivo para NO ver la televisión.

Jerry Joseph

Cd: The Beautiful Madness.

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Californiano, ex yonqui, viajero incansable, líder en los 90 del grupo Little Woman (Mujercitas) y de otra docena de bandas sin fortuna… Jerry Joseph podría parecer un perdedor, pero solo es un tipo sin suerte arrinconado por la industria. Una gran injusticia para alguien a quien podríamos definir como un músico de músicos. Si no me creen escuchen cómo hablan de sus canciones talentos del calibre de Jason Isbell, o Patterson Hood, actual cerebro de Drive By Truckers. Coinciden en definir a Joseph como “uno de los grandes compositores de nuestro tiempo”. Es más, los Truckers le apoyan en su nuevo disco, “The Beautiful Madness”, y el mismísimo Hood se encarga de la producción.

El resultado es magnífico: un álbum con conciencia social, con melodías pesadas y country alternativo, con letras comprometidas y grandes historias, con canciones que no se basan en el estribillo pero tampoco lo evitan, con una voz madura que tiene grandes cosas que contar. Y con el sonido de una banda, Drive By Truckers, tan perfecta como un reloj suizo. El resultado es un trabajo de una solidez poco habitual, quizá el mejor (junto a “Everything Was Beautiful”) de un hombre que no concibe la música como algo superficial. De un compositor que domina el arte de la narración y el ritmo. Una de esas joyas que se pierden entre tanta basura.

Berlín

Un motivo para NO ver la televisión.

Berlín.

Autor: Jason Lutes.

Editorial: Astiberri.

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Los tiempos de confinamiento y sucedáneos, duros y aburridos, lo son menos gracias a obras como ésta, un monumento a la historieta de largo recorrido, a la novela gráfica o a como quiera usted llamar a la publicación definitiva de “Berlín”, el cómic total. El lector que, semi cautivo en su propia casa, rehén de las plataformas de series y de la telebasura, tiene la oportunidad de leer libros como éste, más de 590 páginas de literatura de primera calidad y bellas viñetas en minucioso blanco y negro, puede considerarse un tipo con suerte. “Berlín” es una obra maestra. Una de esas maravillas que le suceden al mundo del libro muy de cuando en cuando. Un reencuentro con el espíritu narrativo y el compromiso moral de leyendas como “Maus”, de Spiegelman, de quien toma la intensidad, la fuerza y la emoción.

“Aplicar la prohibición de manifestarse a un grupo así… casi todos los rojos de Berlín… es como intentar masticar un avispero. Escúchalo largando ahí arriba. Me recuerda a alguien. El sargento Mayor Danner, allá en las trincheras. Con sus botas y botones relucientes, mandándonos a tierra de nadie mientras se engominaba el mostacho. Y estos chicos… granjeros e hijos de granjeros… demasiao jóvenes pa haber estao allí, extraños en Berlín… Necesito comer algo, pero me dan ganas de vomitar”.

La edición integral de “Berlín” que presenta Astiberri cuenta mucho más que la decadencia de una ciudad. Lo que se desmorona es una sociedad, una cultura, una forma elevada de entender la vida. La Berlín culta, inquieta, en constante movimiento, ansiosa por leer, por escuchar música, por alimentarse de arte y creatividad, se disuelve como un azucarillo en la mediocridad de un fascismo que arrasa con todo. Los encargados de narrar tan triste historia son las personas, los ciudadanos elegidos por Lutes entre una generación que a duras penas sobrevivió a la destrucción de su forma de vida y de la ciudad que la acogía.

“Tan pronto como salimos de la estación, ese malestar que estaba creciendo en mi interior desde que decidí marcharme queda ahogado por imágenes de un padre moribundo, de una madre preocupada, una sumisa existencia de clase media. Las mismas cosas que me empujaron en su día a una existencia “bohemia”, pero de las que me siento incapaz de escapar.

Pensamientos de una cerda burguesa.

Me imagino cambiando de idea en el último minuto.

Despojándome de las exigencias de la familia; actuando como si fuera un ente completo, separado y libre es escoger.

No una mujer. No una hija. No una ciudadana de Alemania”.

Un periodista de la vieja escuela, con principios, Kurt Severing. Una artista de atormentado pasado, Marthe Müller. Una familia derrotada por las circunstancias terribles que atraviesa el lugar donde viven, acosados por el odio y la pobreza. Ellos son los protagonistas de esta novela gráfica contundente, brillante y emocionante condenada a convertirse en un clásico. Imprescindible.

Caballos salvajes

Un motivo para NO ver la televisión.

Caballos salvajes

Autor: Jordi Cussà Balaguer.

Editorial: Sajalín.

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Posiblemente estemos ante la gran novela del lumpen ibérico. Y una de las mejores obras de una generación, la de los 80-90 , que dejó un escalofriante rastro de jeringuillas usadas, enfermedades infecciosas y fiambres en los portales. Nada del glamour aquel que garantizaba un cadáver hermoso si palmabas jóven. Nada de la influencia creativa del alcohol o la heroína. Nada de las drogas y la priva como fuente de inspiración para chavales ansiosos por conocer, por viajar, por crear. Solo marginalidad, dolor y muerte. La trilogía del yonqui.

“- Mira, yo, si algún día me noto demasiado subido de ácido, me meto un empujón de algo más fuerte.

- ¿A qué te refieres?

- O aún mejor caballo.

- ¿Te has vuelto loco? –soltó Andrés desesperado- . ¡Igual se muere!

- Tú mismo. Yo, para espantar a los demonios del susto, me voy a meter una raya ahora mismo”.

Jordi Cussà Balaguer publicó este libro en el año 2.000. Y es evidente que no lo escribió de oídas. Los “caballos salvajes” de que habla este escritor directo y recio, dueño de una enorme tensión narrativa y unos diálogos contundentes, han corrido en los hipódromos de su ciudad, de su barrio, de su casa. Y se han despeñado delante de sus narices. Por eso lo cuenta todo con la emoción del superviviente, del que se ha dejado pelos en cada gatera, del que se estremece cuando piensa en lo cerca que ha estado del agujero.

“Ah, sí, se me olvidaba anotar que , mientras meábamos y bebíamos café, ella fue al lavabo a sacarse y lavar una de las dos bolsitas de un gramo que llevaba, dentro de un condón, en la vagina. El aquel momento Silvia y yo no tomábamos mucha, pero Mín hacía ya meses que se la inyectaba, y como le habíamos prohibido taxativamente exportar jeringuillas, además de los cigarrillos se esnifaba un cuarto pesado cada cinco o seis horas. Quizá alguien piense que éramos un poco peliculeros, y que la prudencia nunca sobra. Lo cierto es que, en aquella época, entre los tres, aún hacíamos las cosas con bastante tino”.

Los personajes que protagonizan “Caballos salvajes” están siempre al borde del barranco, pero el autor les obliga a resistir un poco más. El tiempo necesario para contar sus miserias, para hablar de sus drogas favoritas, para trapichear ante un lector en shock que, boquiabierto, asiste a la espeluznante crónica de una época que pasó, pero no del todo. Dura como una piedra de heroína seca, estremecedora como un chute pillado a un camello desconocido, auténtica e imprescindible como las canciones de Lou Reed y Jim Carroll, como las novelas de Hubert Selby Jr y William Burroughs, como las fotografías de Antoine DÁgata y Nan Goldin.

El negacionista

Un motivo para NO ver la televisión.

Tras unas largas y claramente inmerecidas vacaciones, regreso con el ánimo de seguir hablando de libros y de discos que nos alegren estos tiempos de mierda. No encontraréis discos mediocres. No descubriréis un solo libro malo. Reniego incluso del medio pelo. No creo que toda la música y toda la escritura merezcan la pena, como no creo que la tierra sea plana, que se hayan muerto Justin Townes Earle y Juan Marsé, que algún día recuperemos el dinero de Bankia, que Miguel Bosé sea un visionario o que todos los políticos sean iguales.

Creo en las baladas de Hayes Carll, en la cerveza casera y en las maldiciones de Harry Crews, en las imágenes de Antoine D´Agata y en las metáforas de Thoreau, en los solos de Ben Webster y en los helados de El Polo Norte, en la voz de Alynda Segarra y en el topspin de Ma Long, en los dibujos de Alfonso Zapico, en las alineaciones del Cholo, en la ausencia de televisión y en el sonido de una M6. Creo en todo aquello que sin ser ilegal me lleva. Y también en lo ilegal. Creo en el hombre y la mujer nuevos de Whitman, que respiran naturaleza y trazan su propio camino.

Creo que es hora de seguir.