Reverte versus Hormigos

Los caminos de los colosos de la literatura acaban cruzándose. Y chocando. Es una ley no escrita. Tenemos ejemplos de enfrentamientos, manías, fobias y envidias entre grandes escritores desde los tiempos en que Góngora y Quevedo intercambiaron sonetos en los que se ponían a caldo. ¿Quién puede olvidar a Vargas Llosa y García Márquez, intercambiando mamporros en la cima de las letras iberoamericanas? O los ya clásicos cruces de halagos entre Cervantes y Lope. O entre Quevedo y Góngora. O entre Pío Baroja y Unamuno: el primero llegó a decir que las novelas del segundo “parecían escritas para molestar al lector”.

“Que un escritor ame a otro escritor es un milagro”, escribía Manuel Vilas en un texto sobre Kafka publicado hace un par de sábados en Babelia. “Normalmente los escritores se odian”, sentenciaba. Existen diferentes antologías, como el libro titulado “Escritores a la greña”, en el que Julián Moreiro repasa algunas de las broncas más sonadas de cuantas han tenido lugar entre  nuestros autores. O como “Escritores contra escritores”, la  recopilación de Albert Angelo que publicó El Aleph en España (2006). La lista de enfrentamientos entre escritores es tan larga que se ha convertido en un género literario…

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Para el capítulo dedicado a la sub literatura se ha producido estos días un choque de trenes inolvidable. Arturo Pérez-Reverte y Olvido Hormigos han intercambiado tuits poco amistosos. “El Corte Inglés me ha puesto al lado a Olvido Hormigos. Les agradeceré que no me la pongan encima”, ironizaba el escritor de los espadachines. “Hasta las mismas narices de la gente q se cree mejor q los demás!! reverte q escriba sus libros”, le ha respondido a trompicones la escritora erótica. Una refriega de enorme nivel, tanto intelectual como satírico, que nos lleva a los mejores momentos de las contiendas literarias.

¿Hormigos y Pérez-Reverte? De esta pareja yo diría lo mismo que Rodrigo Fresán de Benedetti. Ughs!

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Cecil y Jericho

Un cazador desaprensivo mató de mala manera a Cecil, un león que era famoso en Zimbabue, y el suceso se ha convertido en noticia mundial. Para colmo de males, solo unos días más tarde la prensa informó de que unos furtivos habían terminado con la vida de Jericho, hermano de Cecil y al parecer su sustituto al frente de la manada. La humanidad entera se estremeció con este drama felino: ¡Eran tan bonitos los dos jodíos leones!

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Todos los días adinerados cazadores europeos y norteamericanos matan leones en África. Es un gran negocio. Pero la inmensa mayoría no son animales tan mediáticos, tan bien dotados de melena, como Cecil y Jericho. La mayoría son leones sin nombre, ramplones, mediocres, desmelenados, nada de machos alfa, y son abatidos como ratas ante la indiferencia del mundo civilizado. Muchos incluso son criados en granjas, como ovejas, ni rastro de reyes de la selva, y el bello deporte consiste en que sean liberados de sus jaulas minutos antes de que aparezca el valiente cazador y les pegue un tiro.

Cecil y Jericho eran leones muy bonitos e importantes, con sus collares transmisores y sus fotografías en las portadas de los medios. Olvidamos que incluso los leones menos bonitos e importantes, aquellos sin nombre, sin collares ni interés mediático, tienen derecho a una vida libre y a una muerte digna. Y también olvidamos que el dentista norteamericano Walter Palmer, el hombre que acabó con Cecil, no es el único cazador desaprensivo: España, sin ir más lejos está llena de escopeteros sin escrúpulos.

La caza en 2015 es así. Una mierda. Un negocio sangriento para carniceros millonarios. En África y en España. Si no me cree vaya a una montería ibérica, ya sabe, jabalís y venados (y cualquier otro bicho que se cruce en su camino), y tendrá motivos suficientes para renegar de la especie humana. Comenzando por el sorteo de los puestos, orujos y escopetas hermanados en tribal desayuno, y terminando por el final de fiesta, más alcohol en una explanada cubierta de sangre y repleta de cadáveres.

¿Y la vieja caza, la de verdad, esa que nos devuelve a los comienzos de la humanidad y nos acerca a la naturaleza, esa de la que hablaba con orgullo Delibes? Un hombre andando por el campo, con su perro, su escopeta de dos tiros y una liebre colgando del cinto. Eso ya no se lleva. La gente está muy estresada del duro trabajo de toda la semana, y quiere lucir el Land Rover y la ropa fetén, disparar muchas balas y colgar un nuevo y gran trofeo en la pared del salón. ¿Andar? Poco. ¿Matar? Mucho.

¡Atención! ¡Última hora! ¡Grandes noticias! ¡Jericho está vivo! Las secciones de Internacional de los grandes medios ofrecen la excelente noticia, que ocupa más espacio en los diarios que el ataque suicida en un cuartel de Turquía o el rescate de 780 inmigrantes y cinco cadáveres en el Mediterráneo. El león que ocupó el lugar de Cecil tras su muerte, Jericho, sigue vivo. Así lo ha confirmado Brent Stapelkamp, miembro de WildCRU (Wildlife Conservation Research Unit), asociación que estudia a los animales del Parque Natural de Hwange.

Noticias como esta nos hacen volver a creer en la humanidad.

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La plaga

El primer ministro británico, David Cameron, aseguró ayer mismo que protegerá al Reino Unido de “la plaga” de inmigrantes que quiere entrar en el país. “Los gitanos rumanos son una plaga que ha venido exclusivamente a delinquir”, dijo hace cuatro días Xavier García Albiol, ex alcalde de Badalona y flamante candidato del Partido Popular para las autonómicas de Cataluña. Si nos remontamos algo más en el tiempo comprobaremos que Cameron y Albiol no son los únicos políticos que han utilizado el término “plaga” para denominar a un grupo de seres humanos. Ahí tienen a Adolf Hitler, que en su best seller Mi Lucha explica con claridad que “los judíos constituían la plaga moral que enfermaba Alemania”. Y a Hermann Göring, lugarteniente de Hitler, ideólogo del Tercer Reich y comandante supremo de la Luftwaffe, afirmando que “los bárbaros rusos de los más bajos descienden como una plaga de langostas o cucarachas hacia Alemania”. “Para liberar a la sociedad de la terrible plaga del marxismo” Francisco Franco ordenó a Antonio Vallejo-Nájera, jefe del servicio de Psiquiatría del Ejército, “la segregación desde la infancia de los hijos de los rojos”. Si retrocedemos hasta 1777 nos encontramos con María Teresa I de Austria, la archiduquesa de Austria: “No conozco mayor plaga que esa raza debido a que su falsedad, su usura y su avaricia nos está llevando a la ruina. Por lo tanto, en la medida de lo posible, los judíos deben ser aislados y evitados”.

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Albiol y Cameron no son ni mucho menos originales utilizando el término plaga, es evidente. Lo que sí resulta sorprendente es escuchar esa palabra en nuestros días y en políticos en activo. Porque la sociedad actual, imagino que usted estará de acuerdo conmigo, es implacable con aquellos que hacen comentarios xenófobos: ahí tienen al pobre Guillermo Zapata, un pardillo que mucho antes de dedicarse a la política colgó unos chistes de judíos en Twitter que le costaron posteriormente la cabeza. Implacables con Zapata, tolerancia cero con la discriminación y la xenofobia. ¿Verdad?

Los comentarios de Albiol y Cameron no son pecados de juventud, colgados en las redes sociales a modo de estúpida e inoportuna broma. No. Los comentarios de Albiol y Cameron forman parte de la ideología de dos políticos en activo, de dos partidos en el Gobierno. ¿Dimitir? Todo lo contrario: en el caso de Albiol el perfil racista es el requerido por sus superiores, la radicalización como búsqueda desesperada de votos en un territorio perdido, la apuesta personal de Mariano Rajoy, el presidente, el estratega.

La plaga. Esa enorme calamidad que afecta a todo un pueblo, no son los inmigrantes. Son los políticos incapaces, insensibles, corruptos, populistas y racistas.

Un motivo para NO ver la televisión

Ha muerto Buddy Emmons, el maestro de la steel guitar. Tenía 78 años, y había tocado con todos los grandes del country. Desde Gram Parsons a Ray Charles pasando por The Everly Brothers, Willie Nelson, The Carpenters, Bob Wills, Nancy Sinatra, John Sebastian, Henry Mancini, Danny Gatton, Ray Price, Mel Tillis, Donna Fargo, Duane Eddy y  Charlie Walker, John Hartford, George Strait, Gene Watson, Ricky Skaggs… Dominaba varios instrumentos, pero reinaba con una guitarra de pedal imprescindible para comprender en toda su grandeza géneros como el country o el bluegrass. Una leyenda.

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Poder bruto

A los humanos nos encantan los animales. Siempre, eso sí, que se puedan comer, cazar o torear.

“Estamos hartos de las grullas”, dicen los vecinos de Villar de Cañas (Cuenca), el municipio de medio millar de habitantes elegido por el Gobierno de Cospedal para construir un silo nuclear donde recoger los residuos nucleares de toda España. Y es que las grullas, querido lector, son el ejemplo perfecto de bichejos que no sirven para nada. Carecen de valor gastronómico y cinegético, y pese a ello, y aunque parezca increíble,  están protegidas por la ley. Normal que los habitantes de Villar de Cañas prefieran un almacén nuclear, garantía de futuro y sinónimo de seguridad, antes que una laguna llena de avechuchos que van y vienen.

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Otra cosa es que en Cuenca hubiese leones. O se pudiesen soltar leones de granja, como en Zimbabue, para que los cazadores se dejasen la pasta practicando su noble y valerosa afición. Ahí tiene a Walter James Palmer, el dentista de Minneapolis (EEUU) que se ha gastado 50.000 dólares en matar a Cecil, el león más hermoso del país africano. ¿Fusilamiento y tortura más que caza? Por supuesto, si tenemos en cuenta que se trata de animales criados en cautividad y que Cecil tardó 40 horas en morir desangrado. Pero ¿qué me dice usted de esos 50.000 boniatos? Ya estoy escuchando a los vecinos de Zimbabue: “Estamos hartos de los leones”.

De lo que no estamos hartos es de los toros. Amamos de manera tan intensa a estos herbívoros, con tanta pasión y sinceridad, que aprovechamos las vacaciones de verano, cuando más tiempo libre tenemos, para divertirnos juntos. Que si una capea, que si un encierro, que si una corrida con picadores, que si una vaquilla para el populacho… El verano es tiempo de toros. De demostrarle a los toros que les queremos tanto, tanto, tanto que, como ese maltratador psicópata humano que asesina a su mujer, tenemos que matarlos (después de torturarlos un buen rato).

“A los animales les cuidamos y somos solidarios con los animales”, ha reconocido el gran torero Ortega Cano nada más salir de prisión. Y ha argumentado esta reflexión con enorme brillantez: “Si no fuera por los toros, muchos animales se comerían unos a otros”, dijo, antes de aclarar que “los toros aportan el 1,5 del poder bruto” de este país.

Pues eso mismo. El poder bruto del ser humano.

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