Cambie su inmortalidad por una birra

“En este cálido verano, cambiaría mi inmortalidad por un vasito de cerveza”, escribió el gran Thoreau. Tras leer la frase, y secarme el sudor de la frente, me hice la pregunta definitiva: “¿Quién soy yo para negar al hombre de las cabañas?”.

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El Descodificador se marcha de vacaciones. Volverá en unas semanas, quizá más moreno, seguro que con menos ganas de trabajar. Pero tras un esfuerzo sobrehumano, realizado entre grandes olas y enormes pintas, promete novedades. Relacionadas con los contenidos del blog, evidentemente.

Hasta entonces, sobrevivan. ¿Cómo? Muy fácil: apaguen la televisión en cuanto termine el Mundial de fútbol. Lean a Mircea Cartarescu. Escuchen a Lucinda Williams. Coman siempre lo mejor que puedan. Madruguen y duerman largas siestas. Y por supuesto, prescindan de esa vulgaridad llamada inmortalidad: ¡Beban vasitos de cerveza! Si es posible que sea IPA

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Más cámaras que migrantes

Con esta frase, “más cámaras que migrantes”, resumió el reportero de la cadena de radio la llegada al puerto de Valencia de la flotilla del Aquarius. La noticia sobre los refugiados abría la web del diario El País. Inmediatamente después, una segunda noticia del día que tenía por titulo “El Gobierno prepara el traslado de los restos de Franco”. La tercera podría parecer un advertencia sobre las anteriores: “los populistas están en el lado oscuro de la historia (Pinker)”.

¿Estamos viviendo la declaración de intenciones, de buenas intenciones, de un Gobierno progresista? ¿O solo se trata de un nuevo capítulo de populismo de centro izquierda, digno heredero del Zapatero más superficial?

Cualquier duda se disipa con portadas tan miserables como las de ABC del pasado fin de semana: “Pedro Sánchez impone por decreto la España bonita”, “España afronta una avalancha de inmigrantes por el efecto llamada”. Solo por esto merecen una oportunidad.

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Un motivo para NO ver la televisión

La joven Frances.

Autor: Hartley Lin.

Editorial: Astiberri.

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Hartley Lin, ilustrador nacido en 1981 en Toronto, es el responsable de una primera novela gráfica sorprendente. Y es que desde la más contundente originalidad, por guiones y enfoques, analiza problemas eternos, como la evolución de la amistad, la dependencia del trabajo o los cambios que sufrimos con el paso del tiempo. Con un blanco y negro sencillo y eficaz, en modo alguno frío o aséptico, el autor canadiense firma una historia moderna que desmenuza las miserias de la vida de Frances Scarland, una joven con problemas para dormir que trabaja como asistente jurídica, comparte piso con una actriz bebedora y trata de encontrar su lugar en el mundo.

“- Todo me parece irreal, me siento como una impostora.

- ¿Qué es lo que quieres?

- No sé. Que todo esto se frene. Todos estos cambios son como una montaña que me arrolla. Solo quiero esa cosa que todo el mundo parece tener. Esa cosa concreta que saben de sí mismos… que les permite zambullirse en el mundo con gracia. ¿Tengo que seguir hablando?

- ¿Te gustaría?

- No”.

Frances es ingeniosa, irónica, atractiva a su manera, muy trabajadora y aún más insegura. Duda de sus amistades, de sus compañeros de trabajo, de su jefe, incluso de sí misma. Quizá tenga que ver en todo esto que está rodeada de depredadores, de ganadores y perdedores, de insatisfechos y ambiciosos, de tipos fríos como la piel del tiburón.

Frances a su jefe:

“- ¿Tiene algún plan especial para las fiestas?

- Cuando se llega a cierta edad, todo el mundo cercano empieza a tener cáncer y desaparece de la faz de la tierra. Siguen caminando solo en los pasillos de la memoria. Eso hace que los días nuevos resulten peculiares. No, me quedaré aquí. Siempre hay nuevas batallas revelándose. Me voy a dar una cabezada a casa, volveré a las 4:00”.

“La joven Frances” habla de la delgada línea que separa el éxito del fracaso, de lo miserable que puede ser la vida de un triunfador, de la incapacidad para encontrar amigos o pareja, de la amistad como refugio y salvavidas, del trabajo como sustituto de todo lo demás. Y lo hace de forma magistral, tanto por su originalidad como por su precisión. La historieta gráfica del siglo XXI.

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Desguace americano

Un motivo para NO ver la televisión

Desguace americano.

Autora: Bonnie Jo Campbell.

Editorial: Dirty Works.

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Catorce relatos formidables sobre la vida en el Michigan rural, un mundo en blanco y negro en el que sobreviven trabajadores sin futuro, bebedores sin paladar, cazadores sin escrúpulos y drogatas sin cerebro, condenados todos ellos a cadena perpetua. Pueblos como cárceles, trabajos como condenas, para los miembros de una sociedad que carece de esperanza y nunca aparece en las páginas del New York Times. Perdedores, a veces maravillosos, casi siempre tristes y descascarillados, que buscan una redención imposible. Bonnie Jo Campbell ha bebido los mismos matarratas caseros, se ha pegado en los mismos garitos y ha conducido por las mismas carreteras secundarias que los protagonistas de sus historias. Sabe de qué escribe cuando describe un accidente laboral, la enésima borrachera, una pelea multitudinaria o un desengaño amoroso.

“Slocum pensó en los ojos verdes de Wanda, en su piel blanquecina y en la forma en que le estrechaba contra ella con los brazos y las piernas, en que siempre tenía algo inteligente que decir, y golpeó a King Cole una tercera, una cuarta, una quinta vez. King cayó a la nieve y se quedó quieto. Tenía la cara cubierta de sangre, que también había empapado su barba y la nieve a su alrededor. Slocum nunca había matado a un hombre y no había sido su intención matar a este, así que concentró su atención en comprar carritos enteros de comida para los niños de Wanda y medicinas para sus infecciones de oídos”.

Bonnie Jo Campbell escribe con la naturalidad y la sencillez con que charla una buena conversadora. Tiene un don. Es capaz de contar esa historia descarnada, repleta de dolor y melancolía, con la misma intensidad y emoción con que lo haría a unos amigos, cerveza en mano, durante una barbacoa de domingo o el desguace de una camioneta. De hecho, sus historias hablan de desguaces. Humanos. Hombres y mujeres hechos trizas que esperan pocas cosas de la vida. Habitantes de un mundo subterráneo, los intestinos atascados de una nación que se cree todopoderosa, que luchan a su manera por mantener algo de dignidad en medio del caos. No siempre lo consiguen.

“Cal le había hecho una raja en la mejilla a Strong y en el hospital, más tarde, le afeitaron la barba para darle puntos. Marylou apenas reconoció a su padre; volver a casa con él después fue como volver con un desconocido. Desde entonces no se ha vuelto a dejar barba otra vez por el nuevo trabajo, donde le pagan la mitad de lo que cobraba en Metales Murray. La desnudez de su cara aún sobresalta a Marylou”.

Nada nuevo, por tanto, en el último lanzamiento de Dirty Works. Afortunadamente. Porque no es necesario cambiar aquello que es perfecto. Tan perfecto e inamovible como el sonido del último disco de John Prine, el sabor del penúltimo Southern Comfort, o el petardeo de una Sportster de comienzos de los setenta. Gloria bendita.

Desde esta colina

Un motivo para NO ver la televisión

Desde esta colina

Autora: Sue Hubbell.

Editorial: Errata Naturae.

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Una dehesa en flor, la temperatura tibia de una tarde de junio, el vuelo de unos abejarucos que acaban de llegar desde África… y el nuevo libro de Sue Hubbell en las manos. No se le puede pedir más a la primavera. Porque leer a la escritora de KalamazooMichigan, es una fiesta campestre, un homenaje a la vida al aire libre, una invitación a abandonar la ciudad y lanzarse a la actividad rural. Las dehesas de las que hablo no son las montañas Ozarks, más encinas y menos osos, pero las sensaciones son las mismas, los olores parecidos, los sonidos igual de fascinantes.

“Desde esta colina” es la continuación perfecta de “Un año en los bosques”, un primer libro de Hubbell en castellano del que hablamos en este blog hace un par de años. El título que nos ocupa sorprende, como aquel, por su luminosidad, por su frescura, por una forma de narrar tan sencilla como eficaz, capaz de situar en un mismo plano a montañas y humanos. Capaz de describir a la perfección a unos vecinos nunca aburridos…

“Vivían en perfecta armonía con la mula y un par de cerdos que se llamaban Jack y Jackie. Plantaron narcisos por todo el bosque. Intentaron criar vacas, pero la cosa no funcionó, así que pusieron un abrevadero para los ciervos para compensar. Sembraron el valle de trampas y lavaban la ropa en el río. Hacían mermelada de arándanos silvestres y enlataban verduras del campo. Nunca tuvieron suerte con las gallinas, pero le daban de comer maíz molido a una bandada de patos salvajes. Domesticaron a una tortuga de caja común para que se acercara a la puerta y mendigase unas migajas de pan. Louise nos contó que un chotacabras esperaba a Earl todas las noches en la puerta de la cocina y lo acompañaba a la letrina”.

“Desde esta colina” habla de cómo intentar escapar del sistema, salir del laberinto, y no perecer en el intento. Es decir, habla de bichos y de granjeros, de comercio justo, de las estrellas y los republicanos, de miel y de tractores, de grandes nevadas y tremendas soledades. De las veintitrés maneras de cerrar una valla. Y lo hace de manera brillante, con las palabras justas y la mirada del que explora un mundo desconocido, enrevesado y fascinante.

“Una de las primeras cosas que me compré cuando nos mudamos fue una hamaca para tumbarme y leer novelas ligeras. Por desgracia la realidad es bien distinta. Comemos comida precocinada porque estamos demasiado ocupados cultivando nuestra propia comida como para poder cocinarla. Pasamos largas tardes de invierno reconstruyendo el motor del tractor y reparando material apícola. La hamaca se mece bajo los dos pinos, vacía, criando moho, aunque es cierto que la probé el verano pasado durante media hora: el tiempo suficiente para que me hiciera efecto la aspirina que me había tomado para el dolor de cabeza tras una tarde especialmente ajetreada con las abejas. ¿De verdad son estos nuestros años dorados?”.

Hubbell ha encontrado en las Ozarks y sus habitantes, tanto animales y vegetales como humanos, motivo de inspiración para libros que, como éste, incitan a levantarse del sofá, calzarse una botas y salir al campo. Pero sin mover el culo también se puede disfrutar de su literatura, repleta de momentos simplemente geniales. La autora describe magistralmente la naturaleza que le rodea, pero brilla especialmente cuando analiza las vidas de las personas que sobreviven en territorio agreste. O cuando describe sus propias miserias. Siempre respetuosa, en ocasiones divertida hasta la carcajada, despiadadamente irónica y profundamente crítica, Hubbell traza unos perfiles impecables de los habitantes del mundo rural. De SU mundo rural. Solo por conocer algo más a fondo las vidas de esos supervivientes, que generalmente buscan refugio en la naturaleza para lamer sus heridas y dejar curar cicatrices, merece la pena leer este libro sereno, divertido, radiante.

“- Sandor y yo queremos plantar un huerto este año – dijo -. Los dos abogamos por lo orgánico, por supuesto, pero yo quiero ser biodinámica y Sandor aún no está preparado para dar el paso.

- ¿Qué quieres decir?

- Venero la milenrama y quiero exponer la semilla de zanahoria a la luz de la luna nueva y pura. Y eso está causando estragos en nuestra relación.

¡Qué dura es a veces la vida hippie!”.