Patrimonio robado

El informativo de televisión advierte de un desastre acontecido en TVE. Desapariciones en los almacenes de la televisión pública, concretamente en los Estudios de Color de Prado del Rey, que afectan al patrimonio de todos los españoles. ¿Pérdidas, desapariciones? Inmediatamente pienso en la independencia de los informativos, en la falta de dignidad y de libertad, en la ausencia de periodismo y credibilidad.

No. Se trata del disfraz de Espinete y de las chaquetas con que Letizia Ortiz, no se si usted recuerda a esta última, presentaba los telediarios. Han desaparecido. El patrimonio de todos los españoles, dicen.

letizia-y-espinete_560x280

El problema se puede enfocar de dos maneras, ambas muy tristes. La primera, que nos han robado tanto, tanto, tanto que ya solo les queda por llevarse unos trapos. La segunda, que nuestro patrimonio, el de todos los españoles, ha quedado reducido a un par de disfraces. Material para la pantomima, para el camuflaje. Porque ya nada es lo que parece.

Un motivo para NO ver la televisión

Pirenaica

Autor: Ander Izaguirre.

Editorial: GeoPlaneta.

portada_pirenaica_ander-izagirre_201803061921

Termino de leer la última de estas catorce crónicas del Pirineo sentado en mi butaca favorita, madera y cuero, con la lluvia inundando la calle y un tronco de encina ardiendo en la chimenea. Apenas 26 kilómetros por el Cabo de Creus con final en Sant Pere del Rodes. No es mucho, pero a estas alturas del libro llevo mucha tralla en las bielas. “El cuerpo me pide que esta travesía termine en alto. Venga, va, solo una subida más… Tendré paisaje (el mar, la costa abrupta, el pueblo blanco, los viñedos, el matorral), tendré arquitectura (iglesia románica, claustro, torres defensivas), tendré historia (el monasterio fue sede de un gran poder feudal con territorios por toda Cataluña, fue centro de peregrinación): el tipo de excusas que me han servido para ir montando este viaje. Pero no me engaño. El verdadero motivo de un viaje a través de los Pirineos es el extraño placer de subir montañas en bici”.

Termino la frase y siento cómo se me acartonan los gemelos y me falta el aire. ¿Una pájara? Me levanto del sillón, paso junto a la bici estática y me pongo un Jack Daniels con dos hielos. Mucho mejor así, dopado hasta las trancas. El placer de subir montañas en bici sabiendo que no sudarás una gota, que no pincharás, que no pasarás control anti doping, que quedan hielos en el congelador. Que pedaleará Ander.

“No encontraré otro tramo de semejante dureza en todo este viaje pirenaico: la subida al collado de Erroimendi son 8,5 kilómetros al 10% de media. Con el peso de las alforjas, mi pedaleo se reduce a una sola posibilidad: ponerme de pie, dejar caer el peso del cuerpo sobre el pedal derecho, alzarme de nuevo, dejarme caer, y así. Llevo un plato de 34 dientes y una corona de 27: avanzo 2,64 metros en cada pedalada. Así que tengo la sensación de estar siempre en el mismo árbol”.

Leer a Ander Izaguirre es lo más parecido a montar en bicicleta. Luchar contra esa sensación es inútil: mucho mejor dejarse llevar por la suave cadencia de su rodar, frases redondas, descripciones magistrales, buenas historias. En “Pirenaica” el Izaguirre reportero deja paso al Izaguirre viajero, y sin sacrificar una pizca de talento cuenta una historia repleta de historias: una ruta en la que se cruzan peregrinos, esclavos, bosques maravillosos, osos forasteros, montañas sagradas, monasterios en las nubes… Todos los ingredientes de un gran libro de viajes.

Vasco de Donosti, Izaguirre cree a ese García Márquez que solo concebía la crónica como la novela de la realidad. Por eso no ha escrito un libro malo. Por eso este “Pirenaica” es la visión personal de un gran reportero, la novela de la realidad pirenaica de un escritor, la crónica de un ciclista que pedalea con los ojos bien abiertos y el bolígrafo entre los dientes. Un placer.

La sonrisa de Cifuentes

En el caso del master de Cifuentes estamos muy confundidos: lo importante no es que dimita, o que renuncie a un master que nunca tuvo. Lo verdaderamente importante es arrancarle la sonrisa. Esa sonrisa que exhibe en todas y cada una de sus apariciones públicas. Una sonrisa repugnante, mezcla de hipocresía y cinismo, de rabia contenida, soberbia en ebullición y vulgar sinvergonzonería. El recurso desesperado de un político altivo incluso en la agonía: “No dejes de sonreír, que es lo que más les molesta”, confesó la todavía presidenta de los madrileños a un compañero.

Cada vez que la Cifuentes acusada de aprovecharse de su cargo, de desacreditar la universidad pública, de mentir y falsificar, sonríe en público está escupiendo en la cara a todos los madrileños. A esos estudiantes que acuden cada día a clase y realizan exámenes, a los padres que se sacrifican para poder pagar matrículas, a los ciudadanos que financian el sistema con sus impuestos. Se está burlando de todos nosotros.

Es la sonrisa del que no sabe lo que es perder, del que cree que ha nacido para ganar. Del que considera que merece lo mejor, del que cree en la importancia de los títulos sobre el sentido común o la honradez, del que piensa que su hijo, el de usted, no tiene por qué estudiar: ya lo hacen los suyos.

Un cursi dijo una vez que la sonrisa es el espejo del alma. Puede que tenga razón. En el caso de Cifuentes, su sonrisa miserable, esa que luce para molestar a quienes se sorprenden con sus fechorías, es fiel reflejo de unas entrañas negras, de una ambición sin límites, de una desvergüenza infinita. De una política sucia y acabada.

cifuentes-770-666

Un motivo para NO ver la televisión

Sarah Shook & the Disarmers.

Cd: Years.

BS259_Years_cover_1800

Tiene cara de pícara ratilla, de gastar mala hostia, de no andarse por las ramas, de no hacer concesiones, de creer firmemente en lo que hace. La cantante de Carolina del Norte parece un niña cabreada, pero canta como una veterana muy segura de si misma, desde la madurez que ha conseguido tras solo dos grandes discos y cientos de actuaciones en garitos. Sarah Shook puede resultar profundamente incómoda, enormemente auténtica, absolutamente genial. ¿Una nueva promesa destinada a revolucionar el country una vez más, a coger el testigo de Lucinda Williams, a llamar a las cosas de Nashville por su nombre? Juraría que así es.

Sarah Shook y su banda sorprendieron hace tres años con un primer disco fantástico, titulado “Sidelong”. Este “Years”, diez canciones editadas tras fichar por Bloodshot, confirma todo el potencial de un debut redondo. Country trotón, Americana, rock de garito cervecero y alguna buena balada. Poco más se le puede pedir a un álbum que resulta tan profundamente vaquero como intensamente punk. Una colección de canciones que hablan de la mala suerte y la buena bebida, de las benditas compañías indeseables y las maldiciones, que han sido interpretadas por una banda que se deja guiar por sus entrañas. Un disco que confirma a Sarah como la gran esperanza del cow-punk. Cuestión de actitud, y sobre todo de buena música.

Un poco de humo azul

Un motivo para NO ver la televisión

Un poco de humo azul.

Autores: Pellejero y Lapière.

Editorial: Astiberri.

unpocodehumoazul

Dos viejos conocidos, responsables juntos o por separado de genialidades como “Un verano insolente”, “Dieter Lumpen” o “El largo y tortuoso camino”, nos ofrecen ahora una historia inolvidable que habla del amor, la solidaridad, la identidad y la represión. Los hechos tienen lugar en una dictadura sin nombre de Europa del este, y los protagonistas son seres heridos que se consumen esperando. Ella se llama Laura, es hija de la desencantada dueña de un bar-hostal-burdel, fuma cigarrillos secos con poemas escritos y recuerda a Ludvik, el amor de su vida, un hombre al que conoció cuando iba en un camión camino de la tortura. El es un fotógrafo que viaja con una mochila roja, un tipo de culo inquieto que para una noche en la pensión de Laura.

“El dolor era como una luz blanca cegadora que absorbía el tiempo. No conseguía deshacerse de ella. Intentaba escribir, pero no le venía nada más, delante de la hoja en blanco, que la inmanencia de la tortura. Al final, borracho, por suerte, terminaba durmiéndose”.

Si empieza a leer “Un poco de humo azul” no podrá parar hasta la última página. La historia es demasiado buena, y los dibujos resultan perfectos para la narración. No olvidará jamás algunos personajes, determinados diálogos, lugares como “la Ruta de las damas”, esas curvas del camino en las que las mujeres de los presos se ponían guapas para ver a sus novios, maridos y hermanos apenas unos segundos. Y todo con dos impulsos moviéndose entre las páginas, escondidos en las esquinas de las viñetas: la venganza y la solidaridad. El bien y el mal, como tantas veces, rozándose, circulando en paralelo, engrandeciendo y hundiendo al ser humano: “No te pido que comprendas lo que hemos sufrido ni hasta que punto seguimos sufriendo… Solo te pido que asumas esto: no hallaré descanso hasta que acabe con esto”.

“Un poco de humo azul” es un cómic imprescindible sobre lo mejor y lo peor de la humanidad. Sobre infancias perdidas y futuros vacíos, sobre el amor verdadero y el rencor eterno, sobre la maldad, la bondad y la identidad. Una maravilla.

2800129735-659-large-un-peu-de-fumee-bleue-un-peu-de-fumee-bleue

Coche

Un motivo para NO ver la televisión

Coche

Autor: Harry Crews.

Editorial: Dirty Works.

Portada-coche

Este libro cuenta la historia de un tipo que se quiere comer un coche. Concretamente un Ford Maverick del 71.

Lo normal.

Normal cuando el que ha tenido la idea, el responsable de la narración, es Harry Crews, uno de los escritores más locos, salvajes e impredecibles de las letras norteamericanas. Un escritor despiadado con el sistema, con la cultura del espectáculo y con el modo de vida del americano medio. Crews los despelleja con un humor demoledor, con fina ironía y con un desprecio absoluto por lo establecido. Es un maestro de lo grotesco, con destellos geniales, imágenes vertiginosas y auténticos desmadres en un libro que como, decía Henry Miller, no busca “el Mejoramiento del Hombre”. Afortunadamente.

“Coche” se lee en una sentada, puesto que funciona con la precisión del motor en línea del Maverick: seis cilindros, 2.781 centímetros cúbicos, 106 caballos… Crews pisa el acelerador, y lo que en las primeras páginas parece una historia surrealista, coge ritmo y se convierte en una declaración de amor por los automóviles, por los perdedores, por los personajes excéntricos obsesionados con detalles retorcidos. La puta del hotel, el conductor de grúa que magrea con avidez los pechos aprisionados en cuero de una chica “a la que respeta por eso”, el empresario que organiza el espectáculo gastronómico…

“Cortaremos doscientos cincuenta gramos por sesión, empezando por la parte derecha del parachoques frontal. Del parachoques pasaremos a la rejilla del radiador. El coche… la carcasa… permanecerá expuesto aquí mismo, durante todo el tiempo que le lleve a Herman Mack ingerirlo”. El show está perfectamente diseñado. Dos pases diarios. Herman se va comiendo el carro, convenientemente troceado, estrujado y lijado en sus bordes afilados, en una toma a las seis de la tarde. Aproximadamente a las nueve y media de la mañana evacua los restos, que se subastan al mejor postor.

“Me niego a que los coches sean los que me midan la vida”, exclama Herman. “¡Los putos coches son los que nos miden! ¡Ellos a nosotros! ¿Es que no ves que estamos en el lado equivocado de la ecuación?”. Y entonces decidió zamparse uno. Estaba en el mejor hotel de Jacksonville, Florida, junto a su menú de los próximos años. Un Maverick del 71 que es puro sexo. “Abrió solemnemente la boca como si fuera a recibir el sacramento pero, en lugar de eso, su flácida lengua rosada tocó metal, lamió el capó del Maverick. Estaba limpio y frío y sintió que los músculos de la tripa se le endurecían. Anhelaba tenerlo en su boca. Sentirlo en su garganta. Contenerlo en su estómago. Asombraría al mundo”.

No deje pasar esta oportunidad de sorprenderse, de leer algo realmente diferente, de reír a carcajadas y admirar la bendita locura de Crews, un escritor distinto, un personaje irrepetible. Un individuo con una visión histórica muy particular: “Todo lo que ha ocurrido en este país en los últimos cincuenta años –dijo Herman-, ha ocurrido encima, dentro o alrededor de un coche, se ha hecho con un coche o cerca de un coche. –Sonrió con su sonrisa soñadora-. Y todo el mundo quiere regresar a la escena del crimen”.