Conduce toda la noche

“Miente como un testigo presencial”. Refrán ruso.

Pensaba escribir sobre la declaración de Mariano Rajoy en la Audiencia Nacional. Pero me ha dado tanto asco semejante descaro, tamaña impostura, esa sucesión de banalidades ensayadas, esa burla constante a la justicia y a los ciudadanos, que prefiero no hacerlo. El cuerpo me pide alejarme del estercolero. ¿Cómo recomponerme tras semejante sobredosis de basura? Solo conozco dos antídotos de acción inmediata: los libros y la música.

Solo unos minutos antes de la pantomima judicial, tirando viejos papeles a la basura, encontré un sobre pequeño y sucio. Dentro, cuatro fotografías que hice durante el concierto de Elliott Murphy en La edad de oro, allá por 1984. Puse en marcha la trituradora de la nostalgia. ¡Una de aquellas imágenes fue portada de un disco, el primer doble en directo del gran cantautor norteamericano!

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Recupero al gran Elliott, lo opuesto al mediocre Rajoy. Compromiso frente a despotismo. Sensibilidad frente a estupidez. Honradez frente a putrefacción. Verdad frente a engaño. Música frente a ruido. Suena una de mis canciones favoritas, “Drive All Night”, a todo volumen: “Tenemos lo que es correcto… y podemos conducir toda la noche”.

Que alguien bendiga a tipos como Elliott. Gracias a ellos somos capaces de sobrevivir a individuos como Rajoy.

La pena y el asco

Llega uno de vacaciones, con un collar de flores en el cuello y arena en el ojete, y se encuentra con que Miguel Blesa ha dejado el top 10 de enemigos públicos de este país. Y lo ha hecho a la tremenda, por decisión propia, como consecuencia según la televisión de que “le abucheaban en los restaurantes”. El veraneante, que llega aturdido por las horas de vuelo, el principio de insolación y el estrés traumático post vacacional, se debate entre la pena y el asco.

La pena y el asco no como mezcla de sentimientos encontrados, sino como versión ibérica de El ruido y la furia. Faulkner eligió a un retrasado para contar la decadencia de una vieja familia conservadora del sur de Estados Unidos. En España ese papel de tarado está reservado para José María Aznar, el narrador ideal de la historia negra que vivimos: fue el tipo que sembró la semilla del mal. “¡Con él empezó todo!”, gritaría Piqué un día de euforia. Con él acabó todo, podrían decir los familiares de un Blesa que aceptó la manzana envenenada.

La pena se pasa cuando se recuerda que en los últimos cuatro años, tras sentir en el cogote el aliento de la ley, el muerto se deshizo de todo su patrimonio. En el registro de la propiedad ya no figuran a su nombre las cuatro propiedades que tuvo, repartidas entre Madrid, San Lorenzo de El Escorial y las localidades de Orcera y Linares, ambas en su Jaén natal. Y no queda ni rastro de la indemnización de 2,8 millones de euros que cobró por abandonar Caja Madrid. Finalmente, un disparo acabó con cualquier responsabilidad criminal y con las eventuales obligaciones económicas subsidiarias del banquero. “Eres libre”, le susurró al oído la escopeta.

La furia se siente al ver llorar a las humildes víctimas de la estafa de las preferentes. Cuando se escucha a Blesa decirle al juez que “Un jubilado no tiene por qué ser un ignorante financiero”.

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Un motivo para NO ver la televisión

The hunt.

Autor: Álvaro Laiz.

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Es mucho más que un libro de fotografía. Es una pequeña obra de arte de carácter artesanal que nace de una buena idea, crece como apuesta personal, y queda reflejada en esta maravilla que entra por el tacto, una portada rugosa como la lengua de un tigre, y se cierra con un mapa luminoso que incluye los créditos.

“The hunt” habla de la caza. Es decir, de los cazadores y de las presas, del bien y el mal, de la supervivencia y el instinto primitivo, de las fronteras lejanas y los hombres sencillos. De las tierras perdidas del oriente ruso y los cazadores udegei. “The hunt” es un trozo de vida auténtica, de taiga y de demonios del norte, de gruñidos y zarpazos, de hombres-ciervo y rastros en la nieve. Es una sucesión de preguntas a las que contestar con la respuesta del cazador. Es la aventura en estado puro.

Un trabajo formidable, insisto, consecuencia de la constancia y el talento. Tóquelo, véalo y disfrútelo junto a “El tigre”, de John Vaillant, y sentirá cómo la sangre vuelve a correr por sus venas. Una belleza.

 

 

Madrid

Semana histórica para Madrid, una ciudad que recupera el pulso tras años de mediocridad y pereza. Semana multicolor, con las calles convertidas en un ejemplo de convivencia, tolerancia, libertad y sensatez. Un tsunami humano que no ha dejado un solo desastre: todo ha sido música, baile y diversión. Y por supuesto, reivindicación de la diversidad, del vive y deja vivir. Madrid convertida en el centro del universo, con un homenaje a la libertadad individual en cada plaza, en cada calle, en cada esquina, en cada rincón. Madrid como ejemplo para el resto del mundo.

Eso fue el jueves y el viernes.

Solo unas horas después, el mismo viernes por la noche, ya en Talavera de la Reina, estuve cenando con unos amigos. Al salir del restaurante nos abordó una pareja joven, 40 años, de aspecto pulcro y buenas maneras. Podrían ser votantes de Albert Rivera. “Queremos invitaros a visitar una Iglesia de esta calle, a cincuenta metros, que ahora abrimos los fines de semana por la noche”, dijeron. Y yo ya pensaba en un nuevo local con curas y monjas stripers. Y en unas invitaciones a gin tonics a modo de promoción, para inaugurar el local. “Tres sacerdotes os esperan para hablar, para comentar la vida, para confesados”, continuaron diciendo. A partir de entonces no pudimos disimular la sorpresa: “¿Estáis de coña? ¿Esto es una cámara oculta?”, les dije. “Para nada. El Papa Francisco asegura que…”.  “Perdona pero nosotros no somos de Iglesia”, le cortó uno de mis colegas, lo cual ni les desanimó ni interrumpió su asalto. Siguieron con su pestilente sermón nocturno. Repuestos del shock, y ya un poco cansados de lo que comenzaba a ser un desagradable acoso, dimos por terminado el circo y comenzamos la retirada. “Rezaremos por vosotros”, advirtió la chica a modo de despedida.

Madrid… ¡igual que antes te echaba de mas, ahora a veces te echo de menos!

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Fotografía y pie de foto capturados de la web alertadigital.com.

Un motivo para NO ver la televisión

La semilla del odio.

Autores: Mónica G. Prieto y Javier Espinosa.

Editorial: Debate.

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En estos tiempos duros de periodismo urgente y superficial, en los que mandan los titulares y los pinchazos, en los que todo debe ser breve y sencillo, en los que predomina la opinión sobre la información, en los que leemos las noticias en el móvil y los reportajes están financiados por ONGs, es una bendición tener en las manos un libro como “La semilla del odio”. Se trata de periodismo, no sé si usted recuerda de qué le estoy hablando. Sí, de gente que nos cuenta qué está pasando en el mundo para que lo entendamos mejor.

Ha sido un honor trabajar junto a Mónica G. Prieto y Javier Espinosa. Y es un placer poder leer libros como éste, periodismo de papel, reposado y profundo, sin límites de espacio, escrito con absoluta libertad y con un solo fin: que el lector comprenda qué ha sucedido en Irak. Que es decir tanto como qué ha sucedido en el mundo desde la invasión de 2003, con los zapatos de Aznar y sus colegas sobre la mesa, hasta la explosión del último coche bomba en un mercado cualquiera.

Estamos ante 500 páginas de historia moderna que se devoran como lo que son: una suma de brillantes reportajes, resultado de fusionar el lado humano con la situación política. Los autores dejan claro en todo momento que las víctimas de este terrible conflicto, de las dictaduras y las invasiones, del terrorismo y la insurgencia, son personas. Y les dan voz, y les ponen nombres y apellidos, y les convierten en protagonistas, e incluso dejan que sean ellos los que hablen de la destrucción de su país.

Son 31 reportajes y un epílogo que dejan en ridículo el 90% de la información internacional que ofrecen nuestros diarios. Piezas redondas que transmiten el regusto amargo del dolor que produce conocer los pormenores de la radicalización, entender la evolución de Al Qaeda, Estado Islámico e ISIS, o admitir las dificultades de una reconciliación entre suníes y chiíes. Textos perfectos, llenos de humanidad, que también son capaces de provocar una gran sonrisa: el periodismo no ha muerto. Mónica, Javier, gracias por recordarnos en qué consiste esta profesión.

Pincha para empezar a leer el libro.

Me quedo con Torrente

Tras una semana con el comisario Villarejo dando por culo en todos los programas de La Sexta, no había forma de evitar ver la entrevista de Jordi Évole en “Salvados” al despreciable madero. ¿De qué otra forma se puede calificar a un tipo acusado de apuñalar a una mujer que, como coartada, asegura que en ese momento estaba con Eduardo Inda? Pues ahí le tienen, en el prime time de una televisión progresista (con permiso de sus superiores). Dando doctrina, hablando de Pujol, de Corinna o de Garzón, insultando la inteligencia del telespectador con un tono chulesco y un discurso simplemente vomitivo.

¿Por qué entrevistan a Villarejo y no a Torrente? Los dos son la caspa. La gran diferencia es que el segundo es un personaje de ficción. Repugnante, pero, insisto, de ficción. El otro formó parte del lado oscuro del Estado. Es Marca España. Y fue a la televisión no para contar nada interesante, sino para soltar quién sabe qué amenazas, para enviar algún mensaje mafioso, para lo que solo puede ser algún miserable trafullo. La tele estaba ahí para hacer el juego a un personaje infecto. Me quedo con Torrente.

Ofrecer un micrófono, una cámara, a un individuo de semejante calaña es lamentable. Y peor aún es hacerlo en nombre del periodismo, cuando el único ejercicio periodístico reseñable era preguntarle de cuando en cuando “¿Pero usted tiene pruebas de lo que está diciendo?”. Ni una jodida prueba.

Apagué la televisión, entre nauseas, cuando el policía jubilado decía algo de Garzón participando “en orgías con moritas que eran narcotraficantes”. Un puto asco de televisión.

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Un motivo para NO ver la televisión

Manifiesto Redneck.

Autor: Jim Goad.

Editorial: Dirty Works.

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¿No sabe usted qué es un redneck? ¿En serio? Pues está de suerte: el libro que hoy nos ocupa se lo explica con pelos y señales. Lea esta aproximación al personaje y rece por no verse reflejado: “Nuestra figurita recortable de redneck estereotípica, desplegable, de cartón piedra y de recortable de caja de cereales, es un Marciano Social desde todos los frentes de estereoripación racista: biológicamente (alimañas y escoria endogámica, degenerada y preña-madres); geográficamente (paletos xenófobos, subdesarrollados y rústicos que habitan entre los matorrales embutidos en tráilers); económicamente (basura pobre, descalza, desdentada e inútil que se dedica a rascar la tierra); culturalmente (trogloditas y patanes simplones, supersticiosos y palurdos) y moralmente (criaturas de pantano muy aficionadas a quemar cruces y abusar de los bebés junto a sus puercas esposas)”.

Ahora que ya sabe lo que es un redneck, corra a la librería, compre este Manifiesto, y léalo con música de Hank Willians III o de Steve’N´ Seagulls a todo volumen. Si quiere bordarlo, prepárese un aperitivo: salchichas para perro tibias y el bourbon más barato que encuentre en el Mercadona con unas gotitas de lejía. Cuando termine el libro, las salchichas y el licor podrá presumir de saber lo que se siente, y cómo se vive, en la América profunda.

Que el entrecomillado anterior no le engañe: lejos de ser un clasista cruel y resentido, Jim Goad ama profundamente a los más marginados de entre los marginados norteamericanos. Es uno de ellos. Y con este libro despiadado, realista e irónico lo que hace es mostrar el desprecio del país más poderoso del mundo por sus ciudadanos más desafortunados.

En India les considerarían “Intocables”. En en interior de Estados Unidos son rednecks, y si antes no tenían una sola oportunidad, con el nuevo gobierno ya están muertos. Goad se niega a normalizar esa marginación social, a asumir ese desprecio clasista, y lucha con su mejor arma: la literatura. Se considera “un arqueólogo cultural, un excavador de basura”, y tiene clara la meta: “follaros con el puño de los hechos”. Prueba conseguida. “Manifiesto Redneck” es un trabajo serio y documentado, siempre ameno y en ocasiones hasta divertido, que analiza mazo en mano y con precisión antropológica. a los grandes perdedores del país de Donald Trump. Demoledor.