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Irmina

Un motivo para NO ver la televisión

Irmina

Autora: Barbara Yelin.

Editorial: Astiberri.

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Estamos ante una de las novelas gráficas más hermosas y conmovedoras de los últimos tiempos. La ilustradora y escritora alemana Barbara Yelin firma una obra redonda, en la que cuenta la historia de una joven alemana llamada Irmina que vive entre la Inglaterra y la Alemania de los años 30. En Oxford entabla relación con uno de los primeros estudiantes negros de la prestigiosa universidad, alguien con quien comparte preguntas y ansias de libertad. Problemas económicos la obligan a regresar a la Alemania nazi, donde sufre la locura de Hitler y comete uno de los peores errores posibles de un ser humano: renunciar a sus ideas.

“- ¿De verdad era usted sufragista?

- Lo era. A nosotras nos debe usted el derecho al voto, jovencita.

- Yo no puedo votar aún. No hasta los veintiuno.

- Pues ¡Dese prisa! A las alemanas ya les han quitado el derecho al sufragio pasivo. Y, por lo que parece, dentro de poco no tendrán derecho al voto”.

Irina mira para otro lado, se cobija bajo la protección de la cruz gamada, normaliza su nueva y miserable vida e incluso llega a justificar el maltrato a los judíos (“- Madre ¿Qué son los judíos? – Los judíos son nuestra desgracia”). Pero un buen día, mucho tiempo después, sucede algo que da un vuelco a la historia y concede al lector un respiro, le hace concebir esperanzas, le obliga a sonreír de nuevo.

“Irmina” es una gran historia de amor, pero también una brillante reflexión sobre el paso del tiempo, la importancia de conservar unos ideales y la necesidad de concedernos segundas oportunidades. Un análisis sobre la diferencia entre resignación y persecución, sobre la opresión y su capacidad de acabar con el sentido crítico, sobre la comunidad y los excluidos, los verdugos y los cómplices por omisión. Un canto a la integridad y la resistencia entonado en hermosos tonos azulados, dibujos de belleza soul que encajan a la perfección con un guión simplemente perfecto. Imprescindible.

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Llamadme Nathan

Un motivo para NO ver la televisión

Llamadme Nathan

Autores: Catherine Castro & Quentin Zuttion.

Editorial: Astiberri.

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Lila Molina es en realidad Nathan Molina. Es solo una cuestión de identidad. ¿Solo? Para alguien que está en el Instituto, que vive en una familia “normal”, que tiene un hermano, que es una chica pero mira el culo de otras chicas… es una cuestión de identidad que puede convertir su vida en un infierno. Es el caso de Lila, una adolescente con carácter que se siente un chico y se enfrenta a todo y a todos, a una sociedad que no acaba de comprender su estado, su situación, su identidad. ¿Homosexual? ¿Machorra? ¿Transgénero? Afortunadamente, Lila es sobre todo una luchadora.

“- ¿Qué te gustaría ser de mayor?

- No sé. No quiero hacerme mayor.

- ¿No te ves como un adulto?

- Yo sólo quiero que me tomen por lo que soy. ¡Un tío! Quiero tomar hormonas. ¡Quiero pelo y barba!

- Es una metamorfosis corporal total. ¿Te sientes fuerte para enfrentarte a todo eso?

- Lo deseo desde que nací.

- Nathan, creo que es hora de ver a tus padres”.

En principio, con apenas doce años, Lila está despistada. No sabe qué le sucede. A su cuerpo, a su cabeza. ¿Quién soy? ¿Qué es esto? Se pregunta entre lágrimas viendo crecer sus pechos. Poco a poco, a golpes, ante la incomprensión de sus padres y sus compañeros, descubre su cuerpo, modifica su imagen, se hace entender. No es fácil ser diferente. Pero Lila no es de los que se rinden, y con dieciséis años, tras una lucha terrible, cambia de identidad y de género. Nathan sonríe cuando le llaman así. Es el final luminoso de un libro imprescindible, por la belleza de unos dibujos bellísimos y por la obligada dureza de un guión necesario. “Llamadme Nathan” es una obra actual, comprometida y dolorosa a veces, esperanzadora siempre, que hace reflexionar sobre las diferencias, las identidades, las injusticias con los distintos y la importancia de resistir. Una gozada.

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La mentira

Un motivo para NO ver la televisión

La mentira. Y como la contamos.

Autor: Tommi Parrish.

Editorial: Astiberri.

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La australiana Tommi Parrish ha escrito una inquietante obra sobre las relaciones, los géneros, las palabras y el paso del tiempo. Mezcla los dibujos diáfanos en blanco y negro, líneas limpias y fondos claros, con páginas de colores explosivos y personajes grotescos que rebosan humanidad. La imposible mezcla funciona. Y lo hace porque Parrish ha creado un puñado de entrañables perdedores que sobreviven a duras penas: cometen errores, sufren, perdonan y son perdonados, luchan por redimirse y, sobre todo, mienten a los demás y a sí mismos. Imposible no quererlos, no sentir esa complicidad que nos permite lucir parecidas cicatrices.

- “Tenemos sustancias químicas que ayudan a que la gente olvide cómo era amar a alguien y lo doloroso que es.

- Me sujeta la mano y me mira a los ojos. ´Podemos ayudarnos tú y yo`, dice. Y yo puedo ayudarle a vivir de nuevo y él puede ayudarme a respirar.

- En ese momento, mi vida queda brutalmente desprovista de cualquier matiz y ya no soy real. Bajo su mirada, de pronto soy solo mis stripteases, mi pobreza y mi cuartucho con unas pocas y miserables posesiones. Siento la vergüenza, la humillación”.

Blancos y negros por un lado. Colores apagados,  por otro. En medio, personajes golpeados de forma despiadada que desnudan sus sentimientos, superan sus temores y parecen querer plantarle cara, una vez más, a sus miedos y miserias, a un pasado que está ahí para atormentarles, para recordarles que han sido derrotados por la vida. Tan duro como necesario. Porque todos tenemos historias que, como una maldición, regresan para maltratarnos.

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El tesoro del cisne negro

Un motivo para NO ver la televisión.

El tesoro del cisne negro.

Autores: Paco Roca y Guillermo Corral.

Editorial: Astiberri.

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Una ficción basada en hechos reales. Eso dicen que es “El tesoro del cisne negro”. Y es cierto, puesto que cuenta una historia verídica, la del descubrimiento en 2007 en aguas del Atlántico del mayor tesoro submarino encontrado nunca, y el posterior litigio por su propiedad. Pero “El tesoro del cisne negro” es mucho, muchísimo más. Es un homenaje a Tintín y Cousteau, evidentemente. Pero también a los libros de portadas amarillas de Editorial Juventud, y a las aventuras de Salgari, de Verne y de Bernard Cornwell. Por supuesto tiene el regusto maligno de Philip Glosse y su repaso a los grandes piratas. Finalmente, nos ofrece la victoria del bien sobre el mal, del débil sobre el poderoso, algo que recuerda a la gesta de Blas de Lezo que el escritor Pablo Victoria llamó “El día que España derrotó a Inglaterra”. Tengo en las manos un libro que, como todas las grandes historias marinas, huele a sal y suena como una ola de tres metros chocando contra el casco de un velero.

“- Acceder a las peticiones españoles equivaldría a prohibir la arqueología subacuática en todo el mundo y condenar al olvido toda la riqueza que esconden los océanos.

- Lo más grave no es el robo, ni siquiera el daño arqueológico. El hundimiento de la Merced fue un acto vil en el que perdieron la vida 237 hombres, mujeres y niños. Un acto que cambió la historia de España y Europa… Un suceso tan grave en su época como Pearl Harbor en la nuestra”.

En “El tesoro del cisne negro” incluso nos encontramos con una historia de amor. Poco más se les puede pedir a Roca y Corral, dibujante y guionista respectivamente de una de esas historias gráficas que gustan a los críticos, se venden como churros y, definitivamente, marcan una época. La aventura, en pleno siglo XXI, es posible. Y lo es pese a la televisión, las redes sociales o la mediocridad política. Lo es gracias a libros de espíritu clásico, como éste, que nos hacen soñar, nos ayudan a recuperar la inocencia lectora de la juventud y, de paso, nos ponen al día sobre legislación de tesoros navales. Un placer atemporal, desde proa a popa, de la primera a la última página. Imprescindible.

“- Álex, lo he estado pensando y quiero que vayas tú a EE.UU. a supervisar la operación de retorno. Necesito alguien en quien confiar.

Las 2234 monedas de oro están en estuches. Pero las de plata siguen en cubos, bañadas en algún tipo de solución líquida. Ithaca no ha revelado qué líquido usa, imaginamos que será uno que reproduzca las características del agua marina para no desestabilizar el metal.

- ¿Cómo podemos saber que no nos engañan? Habrá que contar todas las monedas. Pero son 567.000”.

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