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El reality me mata

“Cualquier error que cometas puede poner en peligro tu vida”, dice una voz profunda en prime time. No es un mando del ejército de Estados Unidos en Irak. Ni el jefe de la unidad antiterrorista británica dirigiéndose a sus policías. Es un presentador de La Sexta durante un reality de supervivencia llamado “La isla”: a un concursante le ha picado un pez veneneoso en un pie y tienen que evacuarlo en helicóptero.

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La web de La Sexta se regodea en la tragedia: “empieza a experimentar parálisis en gran parte de su cuerpo”. La grandeza de este reality es algo surrealista, el concursante puede morir, que venden con insolito descaro: no es un teatrillo, en este programa realmente puede perder la vida alguna persona. “Pues hay que ser gilipollas para participar en semejante programa”, dirá el telespectador con dos dedos de frente. Efectivamente. Vivimos en un mundo de mierda, en el que una bomba te puede destrozar al salir del fútbol, un terrorista te puede atropellar o apuñalar cuando paseas por la calle, o una enfermedad traicionera te puede matar en unos meses. ¿Qué necesidad tenemos de irnos a una isla, con otros cuantos necios (concursantes), para pasar hambre y miserias? No hay que ser muy listo para darse cuenta de que están haciendo un burdo ejercicio de exhibicionismo, al tiempo que un puñado de ejecutivos se forra sin moverse de sus despachos.

En este tipo de realitys, como en los debates políticos de la misma cadena, el listón tiene que estar cada vez más alto. El telespectador exige sangre, más sangre, cada día una dosis mayor. Así que de la misma forma en que los insultos y las mentiras de Inda y Marhuenda tienen que ser cada vez más chuscos, el riesgo que corren los concursantes de “La Isla” debe ser mayor. O parecerlo, que uno ya no sabe qué es verdad o mentira en esto de la televisión comercial sin escrúpulos.

Tarde o temprano tendrá que morir algún concursante. Será la guinda. Lo pide a gritos el seguidor de este programa de auténtica supervivencia. De la misma forma que un cruce de puñetazos entre el director de La Razón y un líder de Podemos (tendría que ser Echenique para que el combate resultase igualado), convertiría “La Sexta Noche” en un programa de leyenda. Televisión inteligente para espectadores descerebrados.

 

Un motivo para NO ver la televisión

El cumpleaños de Kim Jong-il.

Autores: Aurélien Ducoudray y Mélanie Allang.

Editorial: Astiberri.

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Justo cuando termino de leer “El cumpleaños de Kim Jong-il” y me dispongo a escribir esta reseña, la radio escupe una noticia inquietante: “Corea del Norte lanza múltiples misiles, que podrían ser proyectiles antibuque, al mar de Japón”. El cómic de Ducoudray y Allang es historia, la de un país oscuro y terrorífico, pero tambien actualidad: leer esta obra emocionante y melancólica nos ayuda a entender la vida bajo el yugo de un régimen dictatorial, inhumano.

El protagonista de “El cumpleaños de Kim Jong-il” es Jun Sang, un niño de 8 años con un alto cargo: jefe de las juventudes patrióticas de su barrio. Ni más ni menos. Aunque él prefiere resaltar otro rasgo de su vida: nació el mismo día que Kim Jong-il, su querido líder, junto a Kim Il-sung, padre de este último, las personas más importantes de la República Popular Democrática de Corea del Norte. Más que su padre y su madre, más que su futuro y sus esperanzas, más que su propia vida.

La patria como trampa mortal, como ausencia de futuro, como excusa para aniquilar al ciudadano, para ahogar el pensamiento y negar la inteligencia. La vida no vale nada en un país en el que sus habitantes no pueden tener ideas propias: los padres de nuestro protagonista intentan escapar de ese encierro físico e intelectual. Huyen a China. Y sufren una miseria no muy diferente. El viaje hacia la libertad debe continuar. Y lo hace a lo grande, en una recta final palpitante, solidaria. Un guión descarnado y triste, y un dibujo sobrio basado en los grises, construyen una historia simplemente conmovedora. Es la triste actualidad olvidada.

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España paraíso (fiscal)

Vivimos en un país impresionante: el fiscal Anticorrupción, Manuel Moix, posee desde 2012 el 25% de una sociedad offshore en Panamá que tiene un chalé en España. Grande, ¿verdad? Como grande es que Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, intente convencernos de que “España es un gran país”, cargue contra “pesimistas, extremistas y agoreros” y pida que haya más gente “orgullosa” de haber nacido aquí.

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Iré más lejos. Ya no es que España sea un gran país, es que se está convirtiendo en todo un paraíso. ¿El sol, el precio de la cerveza, los callos con garbanzos y el resto de maravillas naturales? No. Un paraíso fiscal, claro. Piense que el encargado de acorralar la corrupción en nombre de los ciudadanos, y del Estado, tiene una empresa en Panamá. Normal en un estado que vive en el nirvana. Como normal es que ni el presidente del Gobierno, ni el ministro de Justicia, dejen de confiar en un fiscal tan… digamos que intachable.

En el Edén, cuando te habías acostumbrado a una maravilla llegaba otra superior. Adán y Eva se pasaban el día con la boca abierta, sin terminar de creerse lo que tenían delante de sus ojos. Que es un poco lo que nos sucede a los españoles. No acabamos de cerrar la boca tras escuchar las conversaciones de los hermanos González (“Tú vas al Gobierno, como hacíamos en Venezuela, dime con quién hacemos esto y te dice con la constructora ‘zutanito’ y te vas a la constructora y le dices que le vas a cargar un 10% más porque habrá que pagar a tal”), que tenemos que volver a abrirla al enterarnos de que tenemos un fiscal Anticorrupción con raíces panameñas.

¿Venezuela he oído? Será Monedero quien ha nombrado la bicha. No, maldición, que ha sido uno del PP, que hacía negocios chuscos por allí, es decir, que se codeaba con los bolivarianos asesinos sin problemas morales cuando había pasta por medio.

Vivimos en el paraíso, creame. Por eso me joden estos catalanes que quieren romper España, que no saben apreciar lo que tienen y quieren vivir una vida diferente. Jodidos ignorantes.

Un motivo para NO ver la televisión

Hitler

Autor: Shigeru Mizuki.

Editorial: Astiberri.

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Abrí este libro con el pie izquierdo. Y no porque sea de Artis Mutis, o porque se trate de un manga, sino porque pensaba que nada de lo nuevo que se publica sobre Adolf Hitler podría sorprenderme. He leído desde la biografía escrita por Ian Kershaw, seguramente la mejor de todas, hasta las “Memorias de Albert Speer (Acantilado), su Architekt personal y su ministro de Armamento. ¿Hitler visto desde el Japón? Habrá que verlo…

Y habrá que disfrutarlo, puesto que se trata de un trabajo serio, sólido y con un profundo respeto por la historia. Es decir, por narrar de manera fiel cómo el nacionalsocialismo se convirtió en un monstruo. Y cómo el líder del movimiento se hizo con el poder gracias a una serie de coincidencias. ¿Moraleja? La primera y más importante es que con los políticos descerebrados no se juega: los carga el diablo. Y no hablo de Trump, sino del más deteriorado, loco y peligroso de los sátrapas de los tiempos modernos.

“¿Pero qué tipo de persona era exactamente Adolf Hitler, el hombre que fue capaz de enajenar a todo el pueblo alemán y se erigió en uno de los dictadores más infames de la historia?”, se pregunta el autor en las primeras páginas. En las siguientes responde a la pregunta con todo lujo de detalles. Desde su niñez hasta el suicidio, desde su enfermiza juventud a su macabra madurez. Siempre con Alemania en la cabeza, siempre solo pero acompado de otros asesinos, siempre enfermo de la mente y el alma, siempre dispuesto a compensar sus carencias emocionales con violencia: “Dios me reclamó cuando aún vivía en esta ciudad para que me convirtiera en el guía de Alemania” (1938, Linz, Austria, la tierra que le vio nacer).

“El sueño de Hitler era recuperar los territorios que el antiguo sacro imperio romano germánico había poseído y construir su Tercer Reich, un imperio de mil años que abarca toda Europa y, al este, hasta los Urales. Y su primer objetivo era la gran Alemania… ¡Es decir, el establecimiento de una gran nación que englobara a todo el pueblo germánico!”

Esta es la historia del hombre que soñó con un mundo ario, que engañó/entusiasmó a todo un país, que vivió como un demente, que mató a millones de judíos y murió como una rata. Shigeru Mizuki lo cuenta de manera magistral, puesto que incluso es capaz de mostrar el lado humano de la bestia. Que lo tenía. Veterano de la II Guerra Mundial, dibujante exitoso en Japón, Mizuki no solo describe a la perfección la vida y maldades de Hitler, sino las características de una época, de un conflicto, de uno de los momentos más espantosos de la história reciente. Demoledor.

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Tila

“En lugar de tanta Coca Cola tome tila, que le va a sentar mejor”, le dice el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a Ramón Espinar, de Unidos Podemos. Y la grada se descojona con el chiste. La escena no tuvo lugar en un karaoke a las seis de la mañana, ni en un burdel portuario horas después. Ni siquiera en el escenario de El Club de la Comedia. No, tuvo lugar en el Senado, la Cámara Alta de las Cortes Generales, órgano constitucional que representa al pueblo español. Festival del humor.

Tila, recomienda Mariano Rajoy a un senador de la Comunidad Madrileña. Sí, la verdad es que Mariano Rajoy es un tipo muy bueno dando consejos. ¿Recuerda aquel que dio a Luis Bárcenas? Sí, el “se fuerte Luis” que ha quedado grabado con letras de oro en la historia de la corrupción española.

Mariano Rajoy hace chistes y recomienda tila. O recomienda tila haciendo un chiste. Y lo hace con un desprecio insultante: considera inferior al que solo sabe “montar el pollo”. Y la gente aplaude, y dicen que es un orador brillante, y olvidan que el chistoso recomendador de infusiones es el líder del partido político al que la Guardia Civil ha llegado a considerar “una organización criminal”. Il Capo.

Espinar no es santo de mi devoción. No por el problema de su padre, que es el problema de su padre de la misma forma en que los asuntos del padre de Rajoy son los asuntos del padre de Rajoy. Siempre que no hayan influido, por ejemplo, en la profesión de Rajoy. Perdón. Me voy por las ramas… Le decía que Espinar no es santo de mi devoción. No me acaba de convencer su discurso, y memeces como la de la Coca Cola me parecen evitables. E impresentables. Fíjese usted si soy exigente con los políticos.

Lo que pasa es que si tomar Coca Cola en el Senado tras pedir que se prohiba su venta en la cámara es objeto de burla, de desprecio, y puede ser utilizada como argumento para el descrédito político, ¿qué podríamos decir del hombre que dirige el partido de la Gürtel, la Púnica, los discos duros, los sobres con dinero negro, la financiación ilegal, etc, etc?

¿Tila? Los ciudadanos somos los que debemos tener la infusión ansiolítica circulando por las venas. No se explica de otra manera que soportemos de manera tan pasiva a estos políticos mediocres, torpes, aburridos y, esto es lo peor, indecentes.

Un motivo para NO ver la televisión

Luces nocturnas

Autora: Lorena Alvarez.

Editorial: Astiberri.

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Se lee en un suspiro, pero lejos de evaporarse, como la fuerte y prolongada aspiración, se queda con nosotros un buen rato. Terminé “Luces nocturnas” y, cegado por el resplandor, aturdido por los destellos, comencé a leer de nuevo. La historia es mucho más jugosa de lo que podría sugerir un vistazo superficial, de balda de librería: niñas, colores chillones, fantasía… Todo esto, y mucho más, puesto que la colombiana Lorena Alvarez cuenta una historia alucinante, un derroche de imaginación, sobre el talento, la niñez, los miedos y las incertidumbres.

Hay algo de realismo mágico en “Luces nocturnas”, un cómic luminoso que podría firmar Tim Burton si la protagonista, Sandy, estuviese muerta. Pero está llena de vida, de ideas brillantes, de dibujos fantásticos, de colores que explotan delante de nuestras narices. Una historia protagonizada por una niña, ideal para leer con niños, puesto que se encuentra en esa delgada línea en que los sueños y las pesadillas pueden crearnos angustia, pero también fascinarnos, hechizarnos, iluminarnos. Realicemos juntos ese viaje iniciático y aprendamos a confiar en nosotros mismos, en nuestro talento y en ese tiempo que perdemos dibujando, escribiendo, creando.

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La bandera de la vergüenza

Dice Pablo Casado que “los Pujol recuerdan a los Corleone de El Padrino”. Y se queda tan ancho. “Sus vergüenzas son demasiado grandes como para taparlas con la estelada o la senyera”, sentencia el portavoz del Partido Popular en otra frase para la historia.

Que el cachorro de la Cosa Nostra, sangre fresca para la familia, se asombre del lenguaje religioso en clave de una organización rival resulta, cuando menos, sorprendente. Ya sabemos que los de Génova son más directos, más de volquetes de putas, pero cuesta trabajo imaginar cómo un caso de corrupción puede ofender a los reyes de la corrupción.

Sus vergüenzas son demasiado grandes como para taparlas con una bandera, insiste con mucha sorna Casado. Y tiene más razón que un santo. Concretamente uno de esos beatos a los que tanto Marta Ferrusola, la madre superiora del clan Pujol, como los meapilas populares, rezan con una mano mientras nos roban con otra. No hay bandera tan grande como para tapar las miserias de este país.

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Un motivo para NO ver la televisión

Un noruego en el camino de Santiago.

Autor: Jason.

Editorial: Salaberri.

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Un día estaba viendo a los peregrinos, cargados con grandes mochilas y sueños de redención, recorrer los caminos de Burgos por donde comenzó todo. Atapuerca. Al día siguiente leía este libro de agradable tacto, buen papel, impresión magnífica y contenido tronchante. El autor es Jason Arne, un dibujante noruego asentado en Francia que un buen día sintió la llamada del apóstol. O de lo que fuera. Curtido en cómics de contenidos muy diversos, Jason se siente muy cómodo en este viaje interior, que convierte con sencillez e inteligencia en un viaje exterior. Su camino de Santiago, ejemplo de humor nórdico (tan seco como eficaz, más sorisas que carcajadas), nos invita a calzarnos unas botas y salir a la carretera.

“Cada vez estoy más convencido de que el secreto del camino es un buen café con leche. Para saborear un buen café después de haber caminado a oscuras, agarra la taza con los dedos fríos y bébete de inmediato el primer trago”, dice esbozando una sonrisa. Una de las pocas de un libro que reivindica la vida sencilla, las ideas simples, la vida sin grandes ambiciones. “Para nosotros el camino no tiene nada de religioso. Pero la espiritualidad… ¿Qué es eso de la espiritualidad? ¿Acaso no es sentirse uno con la naturaleza?”.

Jason celebra su 50 cumpleaños con esta aventura. “¡Era esto o comprarme un Porche!”, ironiza. Recorre 800 kilómetros, la distancia entre San Juan de Pie de Puerto hasta Finisterre, en 32 días. Muchos kilómetros y muchos días… y muchos caminantes: imposible aburrirse, pese a su enorme timidez. El autor conoce gente interesante, y nos habla de su dieta, de sus ampollas, de sus conversaciones. También conoce el lado oscuro del camino, posadas cutres, legiones de chinches, comidas mediocres. Todo forma parte del viaje, de la iniciación, de una formación que Jason se toma con filosofía.

El dibujo sencillo, y los textos breves y directos, respetan la introspección del viajero y desvelan su inocencia. Jason es un buen tipo que apenas cambia de rictus en todo el recorrido. Un mes conociendo España, conociendo el camino y, sobre todo, conociéndose a si mismo. Leer su historia es uno de esos pequeños placeres que nos regala la vida.

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