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Tradiciones

Es tiempo de fiestas patronales. Como cada año, la excusa perfecta para beber como cerdos, invocar a seres imaginarios y maltratar animales. Es la grandeza de las tradiciones, el salvoconducto perfecto para retroceder en el tiempo y rescatar las peores costumbres, las más degradantes prácticas, los hábitos más vergonzosos. De entre todas ellas destaca una: el Toro de la Vega. Sí, es el post de cada año escrito y colgado con unos días de antelación. Un post necesario, me temo. Si no para impedir la tortura de un herbívoro, al menos para intentarlo. Y por supuesto para recordar la capacidad del ser humano para, amparado en el grupo, hacer el mal.

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El Toro de la Vega es una vergüenza nacional. “Esa es la maldad enquistada, la lícita, y por lo mismo la más vergonzosa y doliente”, escribe de manera magistral Julio Ortega Fraile, coordinador de la plataforma Manos Rojas (El Mundo de la Cultura contra el Toro de la Vega), en la que se ha convertido en mejor sección del diario El País: Cartas al director. “Hay hombres y mujeres que dedican tiempo, esfuerzo y dinero a proteger a unas de las víctimas más vulnerables de nuestra sociedad: los animales. Hay bomberos, policías, activistas y ciudadanos anónimos que no dudan en poner en riesgo su propia vida por salvar a un perro o a una ballena. Y hay hombres que, cada año, desde hace casi 500, cogen una mañana sus lanzas y salen al campo en Tordesillas para alancear a un toro”.

Poco más que añadir. Salvo que la víctima de este año se llamaba Elegido, y que será torturado por un grupo de valientes mozos. Marca España: el Torneo del Toro de la Vega fue declarado fiesta de interés turístico en España en 1980 y espectáculo taurino tradicional en 1999. No todos piensan igual: el Partido Animalista ha puesto en marcha esta semana una campaña contra el Toro de la Vega en la que diferentes artistas piden que se acabe con tan triste espectáculo. Afortunadamente, el Parlamento Europeo ha admitido a trámite la solicitud de este partido para investigar y poner fin a este miserable espectáculo.

Firma por el fin del Toro de la Vega

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Personas influyentes

En el kiosko, mobiliario urbano vintage, antigualla callejera, el ciudadano aún puede encontrar maravillas. Es una isla repleta de información y diversión, de entretenimiento y fotografías, de papel en sus más diversos formatos y texturas. Es un parque jurásico que esconde auténticas bellezas, verdaderos supervivientes, los últimos de sus especies. Proyectos necesarios, como “Mongolia”, junto a antiguallas del calibre de “ABC”. Todo en perfecta armonía.

Me quedo clavado delante de “One Magazine”, la revista “para personas influyentes”. Un famosete destaca en portada. Pero son los titulares de esa portada los que llaman mi atención: perfectos para estos tiempos amarillos, miedosos, carne de facultad de periodismo. “¡Lo último! Vacaciones de alto riesgo”, dice el de apertura, a todo trapo. Y justo debajo, para completar la información sobre esas vacaciones… digamos que alternativas: “Los destinos más bellos y mortíferos”, “Los países donde más gente desaparece”, “Los lugares con más conflictos”, “Cómo sobrevivir a un tsunami/a un huracán/a un atentado…”, “Qué hacer si… te detienen en el aeropuerto/secuestran a tu hijo”.

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Tiene buena pinta, ¿verdad? Por eso mismo la dejo en su sitio y estoy a punto de comprarme el Private, una de esas revistas de formato pequeño, como el National Geographic, en las que la gente se ama con pasión y desenfreno y sorprendente agilidad. Atletas del sexo. Y es que donde esté un buen achuchón que se quite un mal drama. ¿Qué hacer si secuestran a tu hijo? Puestos a pensar en guarrerías, prefiero un coito anal…

¿Una revista esta para personas influyentes? Yo no diría tanto. Una revista para personas raras, quizá enfermas, que quiera acojonarse sin necesidad. Para estos tiempos en los que el miedo vende. Para un periodismo sensacionalista. Para días de engaños y mentiras.

 

Polvos

Cuando era niño no quería ser astronauta. Era una profesión que fascinaba a muchos de mis colegas, seguramente por su espíritu aventurero, sus naves espaciales y sus trajes futuristas. E imagino que por esos paseos sin gravedad rodeados de la nada. Pues yo no quería ser astronauta por nada del mundo. Y la culpa no era ni del riesgo, ni de la soledad, ni de la lejanía. Era de la comida. No podía soportar la idea de alimentarme con pastillas, como contaban las películas y los reportajes de televisión. ¿Un año de expedición sin bocadillos de Nocilla? ¿Sin chorizo, melón o muslitos de pollo? Jamás. Serían otros quienes viajarían a lejanas galaxias y se encontrarían con civilizaciones superiores y amigables extraterrestres. ISSSpaceFoodOnATray Le cuento todo esto porque acabo de estremecerme al leer en el  periódico la noticia titulada ¿El fin de la comida?. Estremecedora he dicho, y me he quedado corto: Rob Rhinehart, informático norteamericano de 25 años, ha creado un alimento en polvo con todas las vitaminas, proteínas, minerales, sales y nutrientes que el cuerpo humano necesita. Dice que estaba harto de gastar tiempo y dinero en comer. Prefiere disolver un sobre de Soylent, que así se llama el mejunje, en agua, como si fuera una aspirina. Y listo. Comida de astronauta. Tremendo coñazo. Sin texturas, sin sabores, sin colores. E imagino que sin pesadez de estómago, comilona. Sin regüeldos. Puede que hasta sin siesta, innecesaria ante tan frugal ingesta de alimentos. La prensa no tiene punto medio. O El Bulli, o Soylent. Error grave, puesto que lo que yo quiero es que me cuenten como hacer una tortilla de patata en su punto justo, con el huevo poco cuajado pero no baboso. No lo encontraré en un periódico. El menú de polvos disueltos y los guisantes deconstruidos, por supuesto. Pero lo de la tortilla se lo tendré que preguntar a mi madre. txuntxurro

Famosetes al agua

Los famosos y famosetes son la pera. La pera de guapos, de ingeniosos, de originales y de simpáticos, pero también de solidarios. Su última ocurrencia para epatar al vulgo, y demostrar lo generosos que son y su empatía con las miserias ajenas, es un prodigio de talento: se echan por encima un cubo de agua helada. Tronchante ¿verdad? Y solidario que te cagas. Actores, deportistas, músicos… Todos empapados de golpe y porrazo de agua fría, en pleno veranito, para ocupar las portadas de unos medios que se desangran.

Desde Ronaldo y Marcelo, lumbreras del fútbol de élite, hasta los presentadores de los programas de televisión más mediocres del canal más sórdido. Pasando por personajes como Marck Zuckerberg, Justin Bieber, Joe Jonas, Jennifer Lopez, Lebron James, Chris Brown, Jon Bon Jovi, Kobe Bryant, Joe Manganiello, Selena Gomez, Taylor Swift o Wiz Califa. A la mitad ni les conozco, todos se han mojado por, dicen, una buena causa: la lucha contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA).

¿Cómo se lucha contra una enfermedad mojándose con agua fría? Pues ni idea. Lo cierto es que a la lista de famosos anterior se han sumado todos los famosotes ibéricos de medio pelo que usted pueda imaginar, esos que aparecen en la tele cinco minutos y cuando son reclamados para dar el pregón en su pueblo se consideran en la cima del mundo. Solo falta Leo Harlem, que con dos pelotas se ha negado a hacer de pregonero en Tordesillas. “No me gusta el maltrato a los animales”, ha dicho, en serio, el cómico.