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Mi padre, el pornógrafo

Un motivo para NO ver la televisión

Mi padre, el pornógrafo

Autor: Chris Offutt.

Editorial: Malas Tierras.

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Tras leer las primeras páginas de “Mi padre, el pornógrafo” podría parecer que Chris Offutt, escritor norteamericano de relatos, ensayos y guiones de series de televisión, trata de ajustar cuentas con su progenitor en un original libro biográfico. Sería lo normal pensar en una venganza post mortem, puesto que Offutt hijo no parece tener reparo alguno en contar las miserias más íntimas de Offutt padre, un tipo “que se pasó media vida haciéndose pasar por un escritor de ciencia ficción cuando en realidad ejercía de pornógrafo profesional”. El hijo parece si no despreciar al padre, al menos evitarlo. Esquivar su presencia, olvidar su carácter bronco, su ausencia absoluta de cariño, sus malos modos y su egoísmo desenfrenado. Su sola presencia era una amenaza, “una enorme represalia de manera verbal. Jamás nos pego, ni a nosotros ni a nuestra madre, pero temíamos su furia, sus comentarios denigrantes y sus imposiciones de culpa”.

Una familia aterrorizada por un hombre que pensaba que se le recordaría como “el rey de la pornografía escrita del siglo XX”. No puede decirse que no lo intentase con todas sus fuerzas, puesto que publicó cientos de títulos del género y dejó innumerable inéditos: “Papá escribió porno de piratas, porno histórico, porno de ciencia ficción, porno de vampiros, porno de intriga, porno de zombis y porno de la Atlántida. Una novela del Oeste inédita abre con sexo en un granero, con la participación de un pistolero llamado Sosegado Smith, sin lugar a dudas el mejor nombre de un personaje creado por papá”.

Sorprende la distancia que el autor toma en ocasiones con su padre, un individuo de carácter irascible que parece poseído por una ambición desmedida. Andrew Jefferson Offutt fue un auténtico cabronazo hasta el final de sus días. Incluso su mujer, la madre del autor del libro, se libera con su muerte y recupera la sonrisa y las ganas de vivir.

“- Ya me he hecho cargo de las cenizas de tu padre…

Mamá me llevó hasta la linde del jardín. Unos pasos más allá de la hierba, señaló varios pegotes de ceniza, solidificada por la lluvia en forma de montículos gris oscuro..

- Bueno –dije- no va a salir rodando por el jardín.

- Pues no.

- ¿Por qué has escogido este sitio?

- Es donde tu padre meaba siempre”.

“Mi padre, el pornógrafo” es la historia de un hombre complicado, agazapado tras infinidad de pseudónimos, y de cómo al morir libera a su familia. Una realidad enrevesada que su hijo Chris ilumina basándose en su legado, un batiburrillo formado por un rifle, un escritorio, ochocientos kilos de porno… y un puñado de recuerdos. Original y brillante en su prosa, demoledor en su contenido, este libro no le dejará indiferente.

“Mi cuñado comentó una vez que era sorprendente que papá hubiese vivido tanto sin que nadie le hubiese partido la cara. Yo no lo había considerado hasta entonces, pero tenía razón… Nadie le pegó jamás porque evitaba el conflicto con cualquiera capaz de defenderse”.

Istrati

Un motivo para NO ver la televisión

Istrati

Autor: Golo.

Editorial: Astiberri.

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El escritor rumano de origen griego Panait Istrati nos dejó algunos libros excelentes, como “Kyra Kyralina” o “El tío Anghel”, pero su verdadero legado es su vida, esa forma de entender la existencia como la más fabulosa de las aventuras. “Estoy loco por vivir”, dijo en una ocasión Kerouac. Loco de remate, por la vida y todo cuanto le deparaba, alegrías y penurias, placeres y miserias, estaba un Istrati que consideraba que el mundo entero era su hogar. Viajó sin parar, hizo amistades inverosímiles, pasó hambre y conoció la riqueza, trabajó como un esclavo y disfrutó como un rey. Vivió cada instante como si fuera el último, y convirtió cada día en el escenario perfecto para las más grandes aventuras. De eso trata este cómic largo y jugoso dividido en dos tomos. El primero, que se acaba de publicar, narra las correrías del protagonista de nuestra historia antes de ser escritor. Son 250 páginas de dibujo sencillo y eficaz y guión impecable, repleto de inolvidables diálogos.

“- Griegos, turcos o tártaros no somos más que pobres hombres… Nación es una palabra que se atribuyen dos tipos de personas: los muy astutos y los imbéciles”.

- Entonces ¿No crees en la patria, Kir Nicola?

- Claro que creo, pedaki mu: de noche, cuando trabajo solo, me acuerdo de que aquí soy un sucio libanés. Entonces pienso en las hermosas montañas donde nací y donde pasé una infancia dulce y apacible… Y en esos momentos canto y lloro, pero nunca me entran ganas de degollar a un hombre pensando en mi patria”.

“Istriati” es una ambiciosa novela gráfica de aventuras, protagonizada por un tipo aparentemente desvalido y frágil que siempre siente la necesidad de emprender camino, de hacer nuevos y extraños amigos, de conocer países, idiomas y costumbres. Un Corto Maltés de secano que puede vestir harapos, rascarse los piojos, sablear a los amigos o convertirse en polizón con tal de sentirse libre. Un cómic de largo recorrido, de enorme profundidad e infinitos detalles, con reflexiones memorables, que se lee con la intensidad con que se disfruta un cuento de Maqrol el Gaviero o se envidia una travesía en busca de conocimiento de un Marco Polo anarquista, vividor y parlanchín.

Cuento los días que faltan para la edición del segundo y definitivo tomo con las correrías del gran Panait Istrati, el escritor libre que ignoraba las fronteras y tendió puentes entre Occidente y Oriente. El primero es simplemente impresionante.

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Un día más en el paraíso

Un motivo para NO ver la televisión

Un día más en el paraíso.

Autor: Eddie Little.

Editorial: Sajalín.

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Eddie Little, escritor californiano que murió en 2003 con cuarenta y siete años, esnifó por primera vez pegamento cuando tenía ocho. Se nota. En cada palabra, en cada párrafo, en cada página. Little sabe de qué escribe cuando cuenta la historia de Bobbie Prine, un chaval de catorce años que en solo unos meses pasa de reventar tragaperras a triunfar en las grandes ligas del crimen. Bobbie es Eddie, y “Un día más en el paraíso” su estremecedora autobiografía, un libro repleto de acción que se lee al ritmo de las anfetas y te deja tan doblado como un zurriagazo de jaco. Un clásico del robo y la drogadicción.

Bobbie se cree “un Robin Hood honrado y drogadicto de catorce años”. Casi acierta. En realidad es un delincuente de medio pelo que esnifa speed, se pone “hasta el culo” de pastillas y de vez en cuando se pincha caballo. Para financiarse estos insignificantes vicios comete “pequeños delitos”, como robar radiocasetes de coche. Trapichea, 200 ó 300 dólares a la semana, poca cosa. “Lo único que excede a mi arrogancia es mi ignorancia”, asegura, consciente de sus limitaciones.

Pero conoce gente. Gente que parece la adecuada para hacer realidad sus ambiciones. Primero Rosie, una portorriqueña-irlandesa de diecisiete años con los ojos “tristes y extraviados”, se convierte en su novia. Después Mel y Syd, una pareja de ladrones adultos y profesionales, le cuidan tras una salvaje paliza. Mel se convierte en su Pigmalión. Un hermano mayor que le guía por los caminos del hampa, le hace crecer a golpe de atraco y le siembra el camino de trampas: “Tu amigo Mel es el judío más descerebrado que he conocido en mi vida, pero según tengo entendido hay por ahí un país entero lleno de ellos: Israel. Esos sí que son unos hijos de puta”, le dice el doctor Ben.

Y es que en este “Un día más en el paraíso” encontramos mucho más que atracos a almacenes de droga, cócteles de estupefacientes y personajes con tendencia a la autodestrucción. Problemas emocionales y sociales, incapacidad de amar y expresar sentimientos, el fracaso de la justicia y el sistema penitenciario, la hipocresía de la droga… y por supuesto el racismo: “Vamos chaval, espabila. Si Rosie no pone a parir a los negratas, me como ahora mismo el volante. Todo el mundo se caga en todo el mundo, los negros en los hispanos, los hispanos en los negros, y todos, los negros y los hispanos, en los paletos blancos, en los irlandeses de mierda, en los blancuchos y en los blanquitos, llámalos como quieras. Mel es un puto judío, un usurero, un pichacortada; con esa cuadrilla en la que andas metido tendrías que pasarte todo el tiempo asegurándote de no herir los sentimientos de nadie…La regla es la misma en todas partes: en cuanto un grupo étnico sale de la habitación, se abre la veda”.

“Un día más en el paraíso” tiene todo aquello que buscan los fieles lectores de la colección “Al Margen”, el reducto para manguis, drogatas y convictos de editorial Sajalín. Y lo tiene a lo grande, en intensidad y calidad. Una escapada épica de las dos parejas en busca de no saben muy bien qué, complicada por las adicciones desbocadas, la violencia irracional y unos sueños condenados a fracasar. La historia de una derrota anunciada. Sin duda, uno de los mejores títulos de este catálogo.

Regresan dos joyas

Un motivo para NO ver la televisión

El silencio de Malka.

Autores: Pellejero y Zentner.

Editorial: Astiberri.

Charlie Moon.

Autores: Trillo y Altuna.

Editorial: Astiberri.

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Estamos ante dos obras clásicas, no siempre fáciles de encontrar, que la hiperactiva editorial Astiberri recupera en sendas ediciones de lujo. Buen papel, excelentes portadas y una gran impresión, tal y como se merecen dos álbumes que son historia en el mundo del cómic: “El silencio de Malka”, una serie de mediados de los años noventa firmada por el guionista argentino Jorge Zentner y el dibujante español Rubén Pellejero, y “Charlie Moon”, firmada a comienzos de los ochenta por dos argentinos, Carlos Trillo y Horacio Altuna.

”No, muchacho, el caballo no me da lástima. Lástima hay que tenerme a mí. El patrón se deshace de todo lo que no le sirve… Un caballo enfermo o un viejo que ya no tenga fuerzas para trabajar… es así chico”.

El blanco y negro de “Charlie Moon” luce de maravilla en un papel de calidad, y soporta el paso del tiempo con el vigor y la frescura de los poemas de Spoon River (Edgar Lee Masters) o las historias de Winesburg Ohio (Sherwood Anderson). Y es que en Charlie, un adolescente que sobrevive en los Estados Unidos de la Gran Depresión, está Tom Sawyer, por supuesto, pero también los personajes creados por Faulker, Saroyan, Steinbeck o Scarborough. La pobreza, la picaresca, la soledad, el racismo y el lirismo del lado oculto del sueño americano. Emocionante.

“Conozco perfectamente su situación, señor Fendel. Se parece mucho a la situación de muchos otros colonos: usted nunca ha trabajado la tierra y la Argentina no es el paraíso que uno pudiera imaginar. La sequía del prime año… La plaga de langostas del año siguiente… La mala calidad de las semillas… Nada de eso es culpa suya. Lo sé, lo sé muy bien. Pero ¿Qué podemos hacer nosotros ante tanta desgracia?”.

“El silencio de Malka” nos lleva al sur de América, a la Argentina de finales del siglo XIX que acogió a muchos de los judíos que escaparon de los pogromos que tuvieron lugar en Rusia. No llegaron a la tierra prometida. Se encontraron con una naturaleza salvaje, en ocasiones tuvieron que cultivar tierras yermas. Condenados a la miseria y el hambre, familias enteras vivíeron tan al límite de sus fuerzas como para confiar en la ayuda de manos mágicas: el Gólem, un ser mudo surgido de la arcilla que colaboraba en el trabajo de la tierra. Todo se complicó cuando el amor recurrió a la brujería y convirtió al silencioso hombre de barro en un monstruo sangriento. Innovadora en su momento, sigue resultando original décadas después de ser presentado. Fascinante.

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