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Otis Readding

Otis Redding

Autor: Jonathan Gould.

Editorial: Neo Sounds.

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Quizá estemos ante el mejor libro sobre un artista de música negra jamás escrita. Y es que “Otis Redding” es una biografía redonda que describe la vida y milagros de uno de los mejores cantantes soul de todos los tiempos… pero también es muchas más cosas. “Otis Redding” es un libro de historia, puesto que analiza con precisión y claridad el nacimiento de la música sureña, los problemas racistas en los años 50 y 60 en Estados Unidos, el funcionamiento de la industria discográfica… Un libro sobre un soulman que ofrece detalles impagables sobre, entre otras muchas cosas,  la literatura de las regiones más olvidadas de la Norteamérica rural. “Otis Redding” es el texto que deben leer todos aquellos que veneran no solo al vocalista de Georgia, sino al soul en general y a estrellas del género como Little Richard, Ray Charles, Sam Cooke

“Cuando Bob Weir, de los Grateful Dead, dijo que había sido como ver a Dios sobre un escenario (Otis Redding en el festival de Monterrey), estaba hablando en nombre de toda una generación de jóvenes que anhelaban fundar una religión propia bajo el credo hedonista del sexo, las drogas y el rock and roll”.

Fue un coloso. Física y musicalmente. Un tipo grande que jamás renegó de sus raíces, que grabó algunos discos mágicos (Dictionary of Soul), que consiguió ser importante sobre un escenario y que, poco antes de morir con solo 26 años, dejó una canción para la eternidad: “Sittin´ on the Dock of the Bay”.

“Parecía imposible –recordaba Steve Cropper-. El mero hecho de entrar en el estudio resultaba ya difícil. Otis era Stax y estábamos destrozados. Pero lo hicimos”. Durante la semana previa al funeral, Cropper dio los últimos retoques a The Dock of the Bay. No le cabía la menor duda de que ese era el sencillo que había que lanzar; sabía lo orgulloso que Otis estaba de la canción, lo seguro de que iba a ser un gran éxito. Cropper sentía lo mismo, pero nadie más en Stax pensaba igual que él”.

Jonathan Gould, músico y escritor, ha realizado un trabajo espléndido. Reconstruye al detalle la breve pero intensa vida del cantante, sitúa su obra en el tiempo y el lugar, y confirma su importancia dentro de la música negra. Un libro imprescindible para entender el soul en toda su grandeza, para visualizar la Norteamérica profunda de la primera mitad del siglo XX, y para recordar a uno de los mejores cantantes de la historia.

Kentucky seco

 Un motivo para NO ver la televisión

Kentucky seco.

Autor: Chris Offutt.

Editorial: Sajalín.

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Viejos que viven en el bosque y se cobijan en la sombra de grandes ciervos de dieciséis puntas. Tipos que despellejan un oso junto al cadáver de sus perros mientras escuchan el aullido de un puma. Rastreadores y cazadores de piel de granito que se esconden de sus mujeres para beber bourbon ilegal, es decir, Kentucky seco. Mineros en paro que se sienten viejos con cuarenta años. Padres que regresan a casa después de haberse tatuado “Blue” y “Lick” sobre los pezones, o que llaman a sus hijos “el renacuajo” y “la furcia”. Y por supuesto tramposos, predicadores, marihuaneros, criadores de cerdos… Los habitantes de los montes Apalaches, esa cordillera que se extiende desde Canadá hasta Alabama cortando el este de Norteamérica como una inmensa cicatriz.

“Vaughn se detuvo, incapaz de recordar por dónde había venido. Se volvió hacia los robles al otro lado de la cresta y sostuvo la piedra entre sus manos. Algo de gran tamaño ascendía la montaña tras sus pasos. Pensó que se trataría del ciervo, pero no oyó chasquidos de hojas ni crujidos de ramas. Vaughn se apretó la piedra al pecho. Sintió que aquella fuerza se aproximaba lentamente y se detenía a sus espaldas. En lo alto se desencadenó la noche. El silencio fluyó a través del bosque”.

Tierra dura que maltrata a sus habitantes. Tierra de grandes escritores, como Dennis Covington (Salvación en Sand Mountain, Dirty Works), Ron Rash (Un pie en el paraíso, Siruela), J.D. Vance (Hillbilly, una elegía rural, Deusto) o incluso Robert Moor (En los senderos, Capitán Swing). Tras leer los nueve relatos incluidos en este “Kentucky seco” uno se pregunta si Chris Offutt no será el mejor de todos ellos. Y es que todos estos relatos rozan la perfección. Construidas a partir de personajes en apuros, sin grandes proyectos de futuro y con un pasado que les lastra, las historias son formidables. Siempre con la tensión adecuada, en escenarios naturales de agreste belleza, junto a animales peligrosos, individuos deleznables o recuerdos tristes.

“Siguió mirándome como si yo fuese una especie de serpiente negra a la que se supone no tienes que matar porque si lo haces las ratas acabarán devorándote. Papá decía que una vez, de pequeño, cortó por la mitad una serpiente negra y su padre lo ató a un balde y lo hundió en un pozo por haberla matado. Papá vio salir las estrellas y luego se hizo de día. Ahí abajo estaba más oscuro que en las entrañas de una vaca y las paredes del pozo de ladrillo resbalaban como el pomo de cristal de una puerta. Papá me contó que en el juzgado también hay pomos de cristal, y debe saberlo muy bien porque ha ido un montón de veces; de hecho, por eso tengo que hacer ahora estos tests de precocidad”.

El escritor de Kentucky conoce de qué habla. Ha trabajado y cazado junto a los protagonistas de sus historias, ha bebido acodado en las mismas barras y, seguramente, ha sido perseguido por los mismos fantasmas. Una colección recia de relatos sin concesiones, sin piedad, sin fisuras, que nos ayudan a entender la vida en la Norteamérica interior, ese país muchas veces oculto, siempre acongojante. Excelente traducción de Javier Lucini para un libro sobre perdedores que se lee con desasosiego y deja el regusto dulce de las obras clásicas.

Irmina

Un motivo para NO ver la televisión

Irmina

Autora: Barbara Yelin.

Editorial: Astiberri.

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Estamos ante una de las novelas gráficas más hermosas y conmovedoras de los últimos tiempos. La ilustradora y escritora alemana Barbara Yelin firma una obra redonda, en la que cuenta la historia de una joven alemana llamada Irmina que vive entre la Inglaterra y la Alemania de los años 30. En Oxford entabla relación con uno de los primeros estudiantes negros de la prestigiosa universidad, alguien con quien comparte preguntas y ansias de libertad. Problemas económicos la obligan a regresar a la Alemania nazi, donde sufre la locura de Hitler y comete uno de los peores errores posibles de un ser humano: renunciar a sus ideas.

“- ¿De verdad era usted sufragista?

- Lo era. A nosotras nos debe usted el derecho al voto, jovencita.

- Yo no puedo votar aún. No hasta los veintiuno.

- Pues ¡Dese prisa! A las alemanas ya les han quitado el derecho al sufragio pasivo. Y, por lo que parece, dentro de poco no tendrán derecho al voto”.

Irina mira para otro lado, se cobija bajo la protección de la cruz gamada, normaliza su nueva y miserable vida e incluso llega a justificar el maltrato a los judíos (“- Madre ¿Qué son los judíos? – Los judíos son nuestra desgracia”). Pero un buen día, mucho tiempo después, sucede algo que da un vuelco a la historia y concede al lector un respiro, le hace concebir esperanzas, le obliga a sonreír de nuevo.

“Irmina” es una gran historia de amor, pero también una brillante reflexión sobre el paso del tiempo, la importancia de conservar unos ideales y la necesidad de concedernos segundas oportunidades. Un análisis sobre la diferencia entre resignación y persecución, sobre la opresión y su capacidad de acabar con el sentido crítico, sobre la comunidad y los excluidos, los verdugos y los cómplices por omisión. Un canto a la integridad y la resistencia entonado en hermosos tonos azulados, dibujos de belleza soul que encajan a la perfección con un guión simplemente perfecto. Imprescindible.

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El director

Un motivo para NO ver la televisión

El director.

Autor: David Jiménez.

Editorial: Libros del K.O.

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Este libro cuenta una historia triste: la de alguien que fue director del diario El Mundo pese a saber, por lo que se deduce tras leer las primeras páginas, que no estaba capacitado para ello. David Jiménez llevaba casi dos décadas fuera de España, como corresponsal del diario en Asia, e ignoraba tanto la actualidad política española como los recursos necesarios para dirigir un periódico. “No conocía a muchos de mis compañeros, no tenía contactos en España y sin duda había candidatos con más experiencia”, reconoce en estas páginas.

Años después del fracaso, el autor mira hacia atrás con ira y trata de ajustar cuentas con quienes le ofrecieron la oportunidad-trampa. Y con algunos de los que le acompañaron en tan bronco viaje: “El Mundo tenía una mayoría de periodistas honestos, pero como en toda familia teníamos hijos descarriados que funcionaban bajo el lema que tradicionalmente había definido el periodismo tradicional más frágil: “Que la realidad no te estropee una buena historia””. Afortunadamente Jiménez había llegado para acabar con todo aquel mal periodismo y devolver a las ovejas negras a la senda correcta: “No volveríamos a hacer trampas, aunque supusiera ceder una primicia o tener que abrir el periódico con la curación del reuma en las ardillas… teníamos talento suficiente para sacarlo adelante sin hacerlas”.

Jiménez utiliza en ocasiones nombres reales y en otras ingeniosos seudónimos (La Digna, el Sindicalista, el Dos…) para despellejar a algunos ex compañeros y para sembrar dudas sobre otros. Lástima que pase de puntillas, apenas un párrafo de carácter personal, por las verdaderas vergüenzas de quienes trabajamos entonces en El Mundo (¿Cómo consentimos tantas mentiras sobre el 11-M?).  Resumiendo: el periodismo se había convertido en un estercolero en manos del poder político y económico, y el narrador le iba a devolver su pureza y esplendor. Pese a su enorme talento, su inquebrantable honradez y sus encomiables esfuerzos, maldita sea, el establishment no se lo permitió.

“El director” es una prueba evidente del peligro de dos de los mayores enemigos del periodista: la vanidad y la soberbia. Circunstancias que pueden parecer negativas, pero que unidas a una dosis generosa de amarillismo pueden convertir un producto para consumo interno de la plantilla un diario concreto en un éxito de ventas. Lástima que El Mundo no parezca tener previsto aumentar el morbo, y las cifras, con alguna querella de su equipo de abogados. Quizá piensan que fue suficiente con la jugosa liquidación.

Los trabajadores de El Mundo serán quienes más disfruten con la lectura de “El director”, utilizándola a modo de sencilla sección de pasatiempos (¿Quién será El Artista?) (El Cardenal no puede ser otro que mengano, ¿verdad?) para identificar a sus compañeros en las simpáticas anécdotas laborales que se cuentan.  Un frenesí de chascarrillos en el que se cuela incluso alguno propio: “Veté que se informara sobre la vida sentimental del exdiputado del Partido Popular y empresario Manuel Pizarro –Vivíamos en el mismo edificio de apartamentos-“.

Libro fundamental, por tanto, para confirmar la decadencia del periodismo, una profesión lastrada mortalmente tanto por su complicidad con el poder como por el desmesurado ego de sus profesionales.