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Interviú

Escucho en diferentes medios de comunicación que la revista Interviú cumple 40 años. Entro en Internet para ver su último número, especial aniversario, y veo que sigue apostado por las portadas con mujeres desnudas. Chenoa, la cantante, es la protagonista de la semana. Desde los años setenta la revista ha desnudado en portada a famosas del calibre de Marisol, Lola Flores, Rocío Jurado, Sara Montiel, Bo Derek o Claudia Schiffer. Pero parece que últimamente el nivel ha bajado, puesto que Interviú tiene la base de su producciónn de carne en las famosas, entre comillas, de Mediaset, la cadena especializada en realities, la base de la telebasura.

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Nada más escribir el párrafo anterior me detengo a pensar. Lo releo un par de veces. Y me pregunto: ¿Es cierto que en la España de 2016 una revista que presume de periodismo de investigación sigue publicando en sus portadas mujeres desnudas? La respuesta es sí. Y es una respuesta triste. Suena a viejo, a casposo, a un tiempo pasado. Suena a machismo. Y a final de franquismo, a suecas, a Manuel Fraga, al toro de Tordesillas, a local de toples, a pueblos que se llaman Llanos del Caudillo, a tele en blanco y negro… a contraportada del As.

Justo cuando la legendaria Playboy, la revista para adultos más famosa del planeta, anunció que dejaba de publicar desnudos (“mas contenidos de calidad y menos erotismo”), en nuestro país Intervió celebra los 40 con Chenoa en bolas. ¿Periodismo gonzo, audaz y de provocación, como dicen ellos? Mundo viejuno, diría yo.

P.D.

Sí, Llanos del Caudillo existe. En la España de 2016. Esta fotografía es de hoy mismo, día de Castilla-La Mancha

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Okupas

La foto de la agencia Reuters (A.Gea) que okupa la portada de El País del lunes es maravillosa. Unos okupas concentrados ante el Banco Expropiado en el barrio de Gràcia, en Barcelona, plantan cara a los Mossos d´Esquadra. Uno de ellos, de los okupas, apunta con una enorme pistola de agua, de las que usan los niños en las piscinas, pero del calibre de un bazuca, a los Mossos. El lanzacohetes de chichinabo casi roza los cascos negros de los policías que, perfectamente uniformados de antidisturbios, parecen aguardar en disciplinada formación el chorrazo del llanero solitario.

okupas

No es heroicidad lo que transmite la imagen. El okupa tiene dos pelotas, es evidente, pero me temo que la combinación de falda escocesa, gorro anarquista y careta de cartón le restan épica. La fotografía transmite esperanza. ¿Imaginan un mundo en el que los antidisturbios no tuvieran contrapeso, en el que las armas de plástico no desnudasen por unos segundos (fotogramas) a las letales, en el que una falda escocesa no fuese el antídoto perfecto de un casco de insecto letal? David contra Goliat en versión antisistema.

Cuando veo en la televisión imágenes de los Mossos cargando contra los jóvenes, a porrazo limpio, entre vecinos que vienen del cine y viejecillos que pasean al perro, reconozco que me cago de miedo. Y eso que estoy en el sofá de mi casa, con una taza de té en la mano, zapatillas de cuadros y una manta en las rodillas. No deben ser tan duros estos maderos, pienso cuando escucho el parte de guerra (“catorce heridos, doce de ellos Mossos”), pero su aspecto no deja de impresionarme: son el lado oscuro de la calle, hombres sin rostro embutidos en uniformes de guerra. Arrancan, apalean y retroceden.

Los okupas de faldas escocesas no son hermanitas de la caridad, es evidente. Mire cómo queman contenedores y rompen cristales de bancos. Bueno, solo mire lo de los contenedores… Pero a nivel visual, que es lo que cuenta en la sociedad actual, la sociedad del espectáculo, tienen la batalla ganada: ante una pistolita de agua de los chinos, 3 euros, no tiene nada que hacer un escudo antidisturbios de policarbonato con agarre de aluminio importado de Estados Unidos, 160 pavos.

Españoles, El Mundo ha muerto

Me cuenta un colega que Unidad Editorial ha despedido al director de El Mundo David Jiménez, y que ha puesto como director en funciones a Pedro García Cuartango. Dos tipos interesantes, buenas personas, muy diferentes a nivel profesional, que coinciden en una cosa: como la chica de los Burning, están fuera de lugar. ¿Qué hacen unos chicos como vosotros en un sitio como éste? Un reportero y un filósofo no es lo que necesita El Mundo. El periódico construido por Pedro J a su imagen y semejanza, piensen bien en este detalle estremecedor, lo que necesita es un milagro.

Me comentan detalles del despido de David Jiménez. Pincho en la web de El Mundo, ocho de la noche del miércoles, y me encuentro con una foto de Albert Rivera rodeado de micrófonos y focos. Abriendo el diario, esa imagen grotesca y un titular en campaña: “Rivera ataca a Podemos desde Venezuela: Unos vienen por dinero, otros para ayudar´”. Y pienso: ¿Esto es todo lo que puede ofrecerme uno de los grandes diarios de este país? Lo raro no es que hayan despedido al director, lo verdaderamente extraño es que no hayan cerrado ya el periódico.

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El Mundo está muerto. Lo mató Pedro J con su periodismo agresivo y trafullero, con su excesivo protagonismo, con el momento más triste y vergonzoso en la historia del periodismo en nuestro país (11-M), con su fábrica de periodistas clónicos adoctrinados para buscar “el lado oscuro” de la información.

Un muerto no necesita periodistas. Ni reporteros, ni filósofos. Solo un entierro digno. O el famoso milagro: el retorno del monstruo, de un Pedro J-taeistein capaz de dar cuatro tajos al cadáver, zurcir aquí un brazo, remendar allí un páncreas, recuperar una entrevista con Trashorras (el del Rayo no, el otro), y pegarle un calambrazo de cojones para poner en marcha el nuevo engendro, un walking dead de chichinabo capaz de competir con okdiario, su gran rival en estos momentos.

P.D.

Un abrazo fuerte para mis ex compañeros de El Mundo, acosados por los ERE y la inestabilidad profesional. En esa redacción hay algunos capullos, para qué vamos a negarlo, pero también muchos y muy buenos periodistas. Suerte.

Un motivo para NO ver la televisión

El campeón ha vuelto

Autor: J.R. Moehringer.

Editorial: Duomo.

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El post de hoy va de periodismo. De la crisis del periodismo. De eso precisamente habla el escritor norteamericano J.R. Moehringer en la introducción a este libro, un reportaje largo fechado en 1997 y editado en España sin duda a rebufo del éxito de “El bar de las grandes esperanzas”. Otra cosa que agradecer a esta gran obra sobre garitos, bebidas, padres e hijos, derrotas y sueños.

“A mí el periodismo me encantaba, pero en aquel periódico, en aquella época, el periodismo no se ejercía noblemente. Sobre todo, aunque no enteramente, por culpa de la difícil situación económica, se tomaban decisiones motivadas por el pánico. Se daba prioridad a las noticias de última hora. Se consideraba que la manera más rápida de recuperar peso y rentabilidad era competir con los incontables canales de televisión que proliferan a nuestro alrededor”.

Moehringer vivió momentos duros en el periódico en que trabajaba. Presiones, despidos, dudas profesionales… ¿Tengo futuro en este trabajo o debo buscarme la vida? Afortunadamente eligió seguir contando historias. No escribir noticias, eso es otra cosa: “En realidad solo hay dos tipos de historias en el mundo: las que los demás quieren que cuentes y las que quieres contar tú. Y nadie va a dejarte así, sin más, contar las segundas. Tú tienes que pelear para ganarte ese privilegio, ese derecho”.

Nuestro hombre tenía la historia, un reportaje sobre un boxeador de los años 40 y 50 que, tras algunos buenos combates, había desaparecido. Se llamaba Bob Satterfield, pero todos le llamaban “Campeón”. Vagabundeaba por las calles, bebía whisky barato y guardaba sus pertenencias en un carrito de supermercado que arrastraba del comedor social al albergue. Moehringer le localiza, le da la mano y cinco dólares, y se sumerge en una vida de luces y sombras en la que nada es lo que parece.

Como no podía ser de otra manera, si ha leído usted “El bar de las grandes esperanzas” seguro que me entiende, Moehringer encuentra posos de su padre en las cicatrices del viejo púgil: “Cuando el hombre hundido en su valor es tu padre, la angustia se cuadriplica y tu virilidad no sangra, se desangra. A veces la angustia alcanza un crescendo de tal magnitud que, simplemente, desobedeces a tus ojos. Cualquier cosa con tal de frenar la hemorragia”.

“El campeón ha vuelto” es un reportaje corto e intenso que podría haber supurado testosterona, pero que prefiere husmear en los rincones de la derrota, de la soledad, de la mentira piadosa y la verdad insoportable. “A veces golpear a un hombre es la respuesta más satisfactoria al hecho de ser hombre. Perturbador, tal vez, pero ahí está”, escribe el periodista recuperado para la causa en un reportaje de boxeo que habla de la vida.

Una obra para guardar junto a “En la cima del mundo”, de Norman Mailer, y “Del boxeo”, de Joyce Carol Oates. Un libro que va más allá de las doce cuerdas, de la semblanza biográfica o de la narración deportiva: es periodismo en estado puro.

Mierda

El ayuntamiento de Torrelodones ha colocado en medio de la calle una mierda gigante. Un tordo descomunal, marrón oscuro, con la clásica forma en espiral, o destornillador, de los truños modélicos. Una ñorda mayúscula, inusitada, desmesurada, digna del más grueso de los modelos de Botero. Un truño para la historia de la mierda callejera que pretende invitar a los dueños de perros a recoger las boñigas de sus mejores amigos. Un zurullo majestuoso que coincide en el tiempo con un recogecolillas instalado en Madrid por el ayuntamiento de Manuela Carmena.

En Madrid se recogen cada día medio millón de colillas. Decenas de miles de ciudadanos tiran cada día miles y miles de cigarrillos usados, chupados, quemados, a la puta calle. El equipo de Carmena ha inventado un buzón amarillo con dos compartimentos, uno con el escudo del Atlético de Madrid y otro con el de su rival en la final de la Champion. El fumador que deposite su colilla, la de su cigarrillo, en uno de los dos cajetines se supone que deja claras sus preferencias.

Una mierda desmedida, de tocha, en medio de la calle. Una urna de votación futbolera con dos equipos de fútbol rivales para tiradores de colillas forofos. No parecen medidas muy sutiles, ni muy ingeniosas, para luchar contra la suciedad urbana. La otra posibilidad sería la educación, pero requiere más inversión y tiempo. Mucho más que el necesario para inflar una mierda colosal o colgar cuatro urnas colilleras.

España es un gran país, dice Mariano Rajoy. Puede. También es un país que da asco. Y no solo por la corrupción política, o por fiestas como el toro de Tordesillas. Da asco por la falta de sentido ciudadano de sus habitantes, miserables egoistas tanto a la hora de evadir impuestos como de sembrar de basura los lugares comunes. La sociedad somos todos. La suciedad, también. Y mientras no seamos absolutamente conscientes de ello, de nuestras responsabilidades individuales, este país sera una mierda. Monumental.

ELROTO EL PAIS. 16.5.2015

Un motivo para NO ver la televisión