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Flower power

Hoy me he levantado con buen karma. Me he vestido con una vieja chilaba y me he calzado una babuchas. He encendido una barrita de sándalo, he puesto un vinilo de The Mamas & The Papas y me estoy zampando una tortilla de hongos. Champiñones, me temo. Colegas, regresan los tiempos de buen rollito, de flores y psicodelia, de paz y amor, de canuto va y canuto viene. Ahí tiene usted a Marcos Benavent, el comisionista de Alfonso Rus, que ha dejado de ser un yonqui de la pasta, un pijo cuentabilletes, y se ha convertido en un hippie místico que pasa de todo lo material y se busca a sí mismo. El que fuera mano derecha del alcalde de Játiva y presidente de la Diputación de Valencia, un depredador, ha cambiado el Porsche Cayenne, el Opus Dei y los Lacoste con la banderita de España en el cuello por las chanclas de mercadillo, la espiritualidad y el look hippioso-hipster. ¡Qué buen rollo, tronco!

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“¡Eso, eso, como la ley de Dependencia tan happy, tan flower power!”, ironiza Francisco Marhuenda en los medios que dan cobertura a su periodismo de berrea. El director de La Razón no soporta la paz y el amor, conceptos vitales que no venden periódicos, y apuesta por la obcecación y la firmeza: su modelo es el de Esperanza Aguirre, cabezonería maligna, garrote power. Pero no son estos los vientos que soplan. Ahí tienen al bueno de Benavent, un corrupto de manual que se ha reinsertado por completo, como es evidente por su aspecto desastrado y sus sinceras declaraciones.

Quito a The Mamas & The Papas y pongo a Dónovan. Cambio el agua a las flores, me bebo una infusión y siento cómo los champis empiezan a hacer efecto. ¡Qué retortijón! Me tumbo en el sofá y busco el vídeo de Sánchez Dragó en el estreno de “Así de claro”, el último fracaso de TVE. El veterano budista, aficionado a las religiones orientales, las mamandurrias de políticos influyentes y las sustancias químicas psicodélicas (“Lo que más me ha enseñado en la vida han sido las ingestas de LSD”), estuvo francamente brillante en sus reflexiones sobre el bullying: “Mi nieto sufrió un caso de acoso escolar. Fue a una psicóloga que le dijo que plantara cara: si es insultado, que insulte; si es zarandeado, que zarandee, que se encare, que se engalle. Y si eso no basta, vete tú a hablar con él y con ojos llameantes y dile: Como sigas acosando a mi hijo, te mato. Mi hija lo hizo y funcionó”.

Quién sabe si el abuso del ácido, o la acumulación de semen en las paredes del cerebro (Dragó es eyaculador interior), han desvencijado el intelecto de este viejo y bonachón hippie, un adicto a los talones de las cadenas de televisión públicas que hace dos años hizo una promesa: no volver a pisar un plató. Maldita sea, se van los mejores. Pero se van para volver, con la bilis fresca y los sesos, cocidos por la dietilamida, en ebullición. ¡Es cierto, abuelo, los tripis hablan por usted!

Y por el bad trip que arrastra, debe tener el mismo camello que Aguirre…

Un motivo para NO ver la televisión

Fatal

Autores: Manchette, Cabanes y Headline.

Editorial: Norma.

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En principio se llama Aimée Joubert. Que es guapa, lista y peligrosa son cuestiones innegables. Dice dirigirse a las mujeres voluptuosas y filósofas. No pasa desapercibida, pero puede pasar de refilón, cubriéndose con un manto de discreción, pelucas y hoteles de segunda. En una ciudad con mar, de esas donde el dinero y la pobreza se miran sin verse, la protagonista mete la nariz en una aventura que oscurece a medida que pasan las páginas.

Aimée, o como se llame, monta en bicicleta, se excita con el olor de los billetes y el chucrut, y caza sin ser cazadora. Poco a poco se introduce entre la repugnante burguesía del lugar. Su cabeza es un ordenador, su método es la extorsión, su sentido de la justicia es relativo. Las últimas 40 páginas de este cómic, la historia de una asesina profesional, son frenéticas.

En su día, allá por 1977, Jacque Tardi dibujó la portada de la tirada editada por Gallimard. Ahora Max Cabanes y Doug Headline se atreven con una versión a todo color de “Fatal”, el libro del maestro francés de novela policíaca Jean-Patrick Manchette. El resultado es cálido, sanguinolento, justiciero, vibrante.

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El Intermedio o el caos

Lo de El Intermedio se debe considerar, desde hace tiempo, una bendición. Tras tres programas majestuosos, el lunes con una Manuela Carmena inmensa que confiaba en la reinserción de Aguirre, el martes con Cifuentes y Carmona, y anoche con el psicoanálisis de la desquiciada lideresa, podemos decir que se ha convertido en un espacio tan necesario para el ciudadano como los ambulatorios, las panaderías o los bares. El Intermedio o el caos, que diría Mariano. Un español puede pasar perfectamente sin ver los informativos de televisión, tanto de cadenas públicas como de privadas: son un amasijo de noticias de medio pelo manipuladas con mayor o menor descaro. Pero si quiere estar informado no puede dejar de ver El Intermedio, “ahora les contaremos la verdad”, televisión inteligente para un público crítico que lucha por mantener activas sus constantes intelectuales. Sin El Intermedio muchos no terminaríamos de entender qué está pasando ahí fuera. Sin El Intermedio seríamos más tristes, menos libres.

El estado de forma de El Intermedio es tal que se le pueden perdonar incluso las entrevistas promocionales, tan largas y poco interesantes como la que realizaron el martes, un día caliente con Aguirre on fire, a un José Antonio Zarzalejos que presentaba su nuevo libro. Adivine usted la editorial. ¡Bingo! Planeta. Una entrevista que no desprestigia el programa, pero que lo intenta: Zarzalejos no solo se niega a responder a las preguntas interesantes, el patrimonio del rey Juan Carlos, sino que arremete contra el estado del periodismo y de unos medios de comunicación a los que no considera libres. Sí, unos medios con hipotecas, como por ejemplo esas televisiones obligadas a entrevistar a periodistas que editan libros en la editorial propietaria de la cadena.

Zarzalejos es la única mancha de El Intermedio en una semana en la que roza la perfección. El telespectador lo sabe: record absoluto el pasado lunes, con 3.291.000 espectadores y un 17,4%. Lo sabe incluso el presidente de RTVE, un José Antonio Sánchez rabioso que llamó “televisión de segunda” a la que solo es la segunda cadena de Atresmedia. Tras el fracaso obtenido con el estreno de “Así de claro”, el mugriento debate presentado por Buruaga (6.5% y 976.000), Sánchez enloquece y critica el excelente programa de La Sexta en la pasada noche electoral: “TVE no lo hubiera hecho así, estamos más en el mundo de las cadenas normales como Antena 3”. Pobre Sánchez, cerebro de mosquito y alma del PP, obligado a hundir la televisión pública a cambio de unas monedas.

El Intermedio se ha convertido en el único programa imprescindible de la televisión actual. Diga lo que diga José Antonio Sánchez, un presidente de segunda al que, espero, le quedan cuatro días.

Un motivo para NO ver la televisión

El buitre.

Autor: Gil Scott-Heron.

Editorial: Hoja de Lata.

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Gil Scott-Heron fue un poeta, un músico y un activista afroamericano que pasará a la historia por la canción recitada “La revolución no será televisada”: “La revolución no ocurrirá inmediatamente después de una noticia / Sobre un tornado blanco, un relámpago blanco o un hombre blanco… No podrás perderte en la heroína ni evadirte / Ni ir por una cerveza durante los comerciales… La revolución no se postulará otra vez / La revolución será en vivo”.

Escrito a finales de los años 60, “El buitre” es la primera novela de Gil Scott-Heron. Cuando el libro cayó en mis manos no podía creerlo: ¡Por fin traducida al castellano esta leyenda de la literatura underground USA! Desde las primeras páginas el texto está a la altura de las expectativas: “En los ojos de los yonquis se pueden leer muchas cosas. Y todas ellas hablan de la extinción en vida de hombres y mujeres. Era como si la muerte pasara a hacer la visita de rigor y se fuera sin estampar en la frente de la víctima el típico aviso. Como si se llevara el alma y el corazón, pero desechara el cuerpo lacio del superviviente por no tener valor”.

Pero cuidado, porque “El buitre” no es una novela entregada al poder destructor de las drogas. No estamos ante una melodía de Lou Reed, ni ante una dosis de Jim Carroll. Ni siquiera ante un thriller ambientado en el lado oscuro del gueto negro de Chelsea, en Nueva York. Gil Scott-Heron escribió una novela sobre la semilla de la revolución, y sobre la dureza de sus comienzos, las frustraciones del camino y el desengaño de la derrota. La semilla del black power, mezclada con el humo de la María, el sudor de los camellos, la sangre de los drogatas y un espíritu combativo que impregna cada página.

“Fue entonces cuando me convencí de que los negros de los Estados Unidos no se iban a unir nunca con la determinación suficiente para provocar una revolución a gran escala. La forma en que concebían la naturaleza de la revuelta era vaga y nebulosa. No sabían si la libertad significaba trabajar junto al hombre blanco con el mismo sueldo y, por tanto, necesitar una formación “blanca” o si iban a querer un estado independiente para el pueblo negro, como Texas o Misisipi. No sabía si querían integración o separación política, guerra o paz, vida o muerte. No sabían si querían cargarse a todos los blanquitos o salvar a unos pocos. Ni siquiera tenían una idea clara de lo que era ser progresistas. Malcolm decía que los progresistas no existían…”.

“El buitre” es una novela prodigiosa, con varios narradores y una estructura original, escrita por un visionario. Un Gil Scott-Heron que con apenas veinte años parece haber disfrutado de veinte vidas. “Aquello que llamábamos blackness, la negritud, un túnel de fantasía para la imaginación”, escribe en esta búsqueda de materiales con que construir la revolución.

A estrenar

En una estremecedora entrevista concedida a Vanitatis la cantante, actriz y presentadora Leticia Sabater confiesa que se ha operado para volver a ser “virgen”. A sus 48 años, la musa de Luis María Ansón tiene un himen más y 6.000 euros menos: ha pasado por el quirófano para “darse un capricho”, y de paso solucionar unos “problemillas sexuales” consecuencia de una operación previa de ensanchamiento vaginal. “Me siento a estrenar”, ha confesado la talentosa show woman.

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¿Ve usted qué fácil? Se pagan 6.000 euros y se reinicia la partida. Aquí no ha pasado nada. Un puñado de billetes pueden convertir a la más desorejada pelandusca en angelical doncella. A estrenar. Porque como muy bien saben en el PP todos los problemas se reducen a eso que Floriano llama “piel”. Bueno, en este caso membrana, telilla o puede que pellejo.

Si todo fuese tan fácil… Esperanza Aguirre, Monago, Cospedal, Rosa Díez… Todos ellos restaurarían su himen político, los 6.000 euros mejor invertidos de sus vidas, y volverían a empezar. ¿A aparcar en carril bus, asesorar al pueblo canario, cambiar la ley electoral y negarse a escuchar a Ciudadanos? No, por supuesto que no. Si pudieran cambiarían su forma de hacer política: serían más humildes y menos soberbios, escucharían a la gente, pondrían en marcha políticas sociales, pararían de inmediato los desahucios, pondrían en su sitio a los bancos, lucharían contra la desigualdad, dejarían de cobrar comisiones y sobresueldos… Seguro que lo harían. Pero, maldita sea, no pueden: en política no es posible recuperar la virginidad perdida.

Y si no me cree, piense en Esperanza Aguirre y en la inaudita rueda de prensa que ofreció ayer. “Carmena quiere utilizar la alcaldía para romper el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos”, llegó a decir en un discurso delirante, un insulto para la inteligencia de los ciudadanos. Aguirre, malicia senil, reparte carnés de demócrata, invoca a la izquierda radical, rezuma bilis y advierte de los peligros de su derrota, la derrota de quien llegó para salvarnos de Podemos (un partido anticonstitucional, cuidado). Aguirre se aferra al poder con uñas y prótesis dental. Lástima que perdiera la virginidad democrática con Tamayo y compañía.

Si pudieran, todos cambiarían. Todos menos uno. “No tengo previsto ningún cambio”, ha dicho Mariano Rajoy tras la debacle del PP. En los últimos meses a este hombre le han penetrado tanto, y de forma tan desgarradora y cruel, que tiene el himen hecho flecos. Ni el más fino de los cirujanos sería capaz de recomponer la intimidad de un tipo que reside en un edificio reformado con dinero negro, que aplaudió a Rato y a Rita, que habló en plasma, que pidió a Bárcenas que fuese fuerte, que consintió la corrupción y cobró en negro. No hay vuelta atrás para un presidente que consiente que Esperanza Aguirre le trate como a un pelele, nos trate como a idiotas.

Un motivo para NO ver la televisión

Eilen Jewel

Cd: Sundown over Ghost Town.

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Es imposible no querer a Eilen Jewel. Primero por sus grandes discos, algunos tan brillantes como el inolvidable “Queen of the Minor Key” o el que hoy nos ocupa. Y segundo por sus directos, una mezcla perfectamente equilibrada de energía, buen humor, grandes músicos y géneros eternos. La cantante y compositora de Ohio domina el country, el blues, el rockabilly, el surf… Y tiene una banda de lujo: Jason Beek (batería y voz), Jerry Miller (guitarra) y Johnny Sciascia (contrabajo).

“Sundown over Ghost Town” es su séptimo disco de estudio. Editado poco después de tener su primer hijo y de lanzar el doble en directo “Live at The Narrows”, una perfecta introducción al mundo de Jewel, este nuevo álbum incluye doce canciones que no desentonan lo más mínimo con el resto de su discografía. Las enciclopedias dicen que se encuentra a medio camino entre Gillian Welch y Lucinda Williams, y no seré yo quien les lleve la contraria. Un gran disco de música de raíces.

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Servicio público

Aún no ha comenzado a descomponerse el cadáver de la gaviota y ya resulta hediondo el ambiente que se vive en las televisiones públicas. Un detalle: el magnífico especial elecciones de La Sexta, presentado por el dúo periodístico Pimpinela (Ferreras-Ana Pastor), dobló en audiencia a la otrora todopoderosa TVE. Un merecido e importante 16% frente a un miserable 8%. La segunda cadena de Atresmedia destrozaba a la primera cadena del PP. “¿Qué nos queda si no nos queda ni la tele?” Preguntó Mariano, entre sollozos, a una Soraya que pinchaba alfileres de vudú en una pantalla de plasma tejida en ganchillo.

Los ciudadanos no eligen las televisiones públicas para estar informados. Saben que no lo conseguirían. Dicho esto, en este blog podríamos resumir los resultados de las elecciones municipales y autonómicas estudiando sus extremos. Husmeando en el éxito y la derrota. Analizando los factores de la victoria y las razones del fracaso, que sin duda se personifican en políticos de categoría.

Pierde Esperanza Aguirre, la mujer que presumía de dominar los tiempos y los medios, que abrazaba inmigrantes y descubría tramas corruptas, que acosaba a sus rivales y despreciaba el código de circulación, que disponía de una televisión propia en la que organizaba los informativos, y hasta los debates, a su antojo.

Gana Carlos Navarro, conocido como El Yoyas. Estrella de la televisión gracias a su estelar participación en la segunda edición de “Gran Hermano” (Telecinco), donde pronunció una frase para la historia de la filosofía pacifista post Confucio (“Le voy a dar dos yoyas que le van a temblar las orejas”). El macarrónico colaborador de “Crónicas marcianas” y del programa de Jordi Évole ha conseguido el acta de concejal en el Ayuntamiento de Vilanova del Camí, Barcelona.

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El cambio debe comenzar por las televisiones, esas bestias destinadas a embrutecer a la población. Para bien o para mal, no es el momento de analizar este hecho indiscutible, las televisiones sirven de enlace entre los ciudadanos y la realidad. Sobre todo lejos de esas ciudades 2.0, las locomotoras del cambio, que diría Iglesias, en las que se disfruta de alternativas informativas. El cambio debe comenzar en unas televisiones que tienen que recuperar su condición de servicio público.

Así de sencillo: servicio público. Justo lo contrario de lo que hacen programas como “Así de claro”, estrenado anoche en La 1 de TVE con Sáenz de Buruaga como presentador. Le acompañaba “un grupo de especialistas y profesionales, expertos de distintos ámbitos y líderes de opinión, que aportarán los datos de una forma contrastada para ilustrar cada contexto”. Ya se puede usted imaginar el personal: El director de ABC, un eyaculador interior, Ángel Expósito, Joaquín Leguina, Luis del Val… Y si los nombres le resultan estremecedoramente casposos, espere a conocer la cifras: “La cadena ha contratado con Pulso un total de 13 capítulos de Así de claro de 150 minutos de duración cada uno, ampliables a 27. La factura del paquete completo asciende a 2.188.000 euros (IVA incluido), según fuentes de la corporación, que cifran en 3.000 euros por entrega el salario del presentador”. Servicio privado.

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Un motivo para NO ver la televisión

Crónica de mí mismo.

Autor: Walt Whitman.

Editorial: Errata Naturae.

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Una maravillosa portada, como es habitual en las cuidadas ediciones de Errata Naturae, para un libro imprescindible: ¡Textos inéditos en castellano de Walt Whitman, el hombre iluminado, aquel al que el psiquiatra canadiense Richard Buck definió como “Cosmic Consciousness”. La luz que desprende el interior más profundo del individuo, y su reflejo en el resto de seres de la tierra, en los confines del universo, define la obra del humanista estadounidense.

Pues bien, olvide el Whitman de la conciencia cósmica y piense en el Whitman que se preocupa por su salud, que pide información sobre un estreno de ópera, que posa para un cuadro y atraviesa problemas económicos: “Soy pobre (sin embargo, cuento con unos pequeños ingresos y medios suficientes para pagarme mis cosas, sin hacer grandes gastos, y no pasar necesidad)”, escribía el 20 de mayo de 1874 en una carta al soldado William Stransberry.

En este “Crónica de mí mismo” el lector encontrará al hombre que fue escritor y poeta, al Whitman íntimo que reflexiona sobre su vida, que se relaciona con sus amigos, que come, ríe, baila, bebe y piensa en todo aquello que le rodea. El hombre que sufre la enfermedad y ve cómo se acerca el final. Todo aquello que tiene que ver con la vida y la muerte interesa a Whitman, los grandes temas que preocupan a sus vecinos, los asuntos que le atañen como miembro de una familia, de una comunidad. El pensador brillante debe resolver asuntos mundanos, y lo hace como no podía ser de otra manera: de forma apasionada y visceral, errabunda y lírica, como solo un gran trovador es capaz de hacer.

Un documento maravilloso, que recoge cincuenta años de correspondencia, desde su juventud hasta el lecho de muerte. Cartas personales, cargadas de normalidad y humanidad, que ayudan a entender la grandeza del poeta de Nueva York. Francamente delicioso.