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Somos cangrejos

La fiscalía ha pedido un año de cárcel y siete de inhabilitación a Cassandra Vera Paz, la joven acusada de enaltecimiento del terrorismo por publicar en Twitter chistes sobre el asesinato a manos de ETA de Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno con el dictador Francisco Franco. Ha rebajado su solicitud inicial: en principio había pedido dos años y medio de prisión.

Seguramente alguién ha enseñado al fiscar un librillo de Tip y Coll titulado “Orgía”, publicado por el Círculo de Lectores en, no se lo pierda, 1983. Sí, solo diez años después del atentado la famosa pareja de humoristas hacía (y publicaba impresos en papel) chistes como éste: “Carrero Blanco. De todos mis ascensos, el último fue el más rápido”. Y no pasaba nada. Pasa ahora, cuando han transcurrido ya 34 años de la publicación de “Orgía”, cuando deberíamos estar en el primer mundo intelectual y democrático.

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Es más, incluso la nieta de Carrero Blanco ha dicho, en una carta enviada al diario El País, que es “un disparate” pedir semejante castigo por unos tuits sobre su abuelo: “Me asusta una sociedad en la que la libertad de expresión, por lamentable que sea, pueda acarrear penas de prisión”.

Vamos para atrás. Busquemos culpables en la Ley Mordaza, el liberalismo salvaje o la banda de ultraconservadores camuflados de demócratas. Lo cierto es que nos recortan las libertades, como hacen con el resto de derechos sociales y laborales. Retrocedemos de manera dócil, perdemos calidad de vida sin inmutarnos, nos acostumbramos a vivir en una democracia de mínimos. Somos putos cangrejos caminando hacia atrás.

Un motivo para NO ver la televisión

Disparen al humorista.

Autor: Darío Adanti.

Editorial: Astiberri.

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El subtítulo de este libro desvela su contenido, “un ensayo gráfico sobre los límites del humor”, y lo convierte en imprescindible para completar el post de hoy. “El humor consiste en sacar a la luz nuestros miedos, nuestros pensamientos oscuros, nuestras crueldades y debilidades”, explica el dibujante argentino. “Es exorcismo de nuestros males y reflejo de lo peor de nosotros mismos”.

Fundador de la imprescindible “Mongolia”, Adanti analiza con textos inteligentes e ilustraciones brillantes hasta dónde puede llegar el humor, si es que su fuerza y su poder de redención tienen límites. Yo creo que no, que el humor tiene que ver con la libertad, la inteligencia y las entrañas, elementos sagrados, y por tanto intocables.

“Ese desapego que genera el humor negro nos permite ver todo lo que tenemos de desgraciado, de patético y de monstruoso… Y ahora que el humor negro te ha traído de este lado del espejo, dime: ¿Qué ves exactamente?

¡Veo al monstruo! ¡Lo veo, lo veo! ¡Y el monstruo somos nosotros!”.

Para dar consistencia a sus teorías sobre el humor, el ilustrador de Buenos Aires busca la complicidad de personajes del calibre de Jardiel Poncela, Darwin, Italo Calvino, Mark Twain (el humor es el primer muerto), Kant, Hannah Arendt o Frida Kahlo. Y les devuelve el favor con unas ilustraciones maravillosas, tonos azules, luminosa imperfección, en un big bang de ideas, colores y, por supuesto, comicidad. Un libro de nuestro tiempo y para nuestro tiempo.

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Inteligencia defectuosa

“Asesinos de razones y de vidas / que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestros días / y que en la muerte os persigan nuestras memorias” (Campanadas a muerte, LLuis Llach).

Cuando usted lea este post, José María Aznar quizá este jugando al padel, haciendo abdominales o quién sabe si dando doctrina en el salon de actos de alguna fundación neoliberal. Se lo digo porque se acaban de cumplir 14 años de la invasión de Irak. Un conflicto en el que murieron 200.000 civiles inocentes. Se torturó de manera sistemática, se destruyó un país y se incendió una región. Nunca se encontraron armas de destrucción masiva, ni se demostró su existencia.

No deberíamos olvidar jamás aquella fotografía en la que aparecía un exultante Aznar junto a Bush y Blair. No aquella en que Aznar y Bush tienen los zapatos encima de la mesa, no. Me refiero a la foto de las Azores. Aznar, Bush y Blair sonriendo satisfechos tras diseñar la estrategia para invadir Irak en 2003. La gran estafa de la Coalición de la Cumbre de las Azores: ocultar el interés por el petróleo, asegurar que había armas biológicas y químicas de destrucción masiva.

“Inteligencia defectuosa”, aseguró la comisión de investigación de la guerra de Irak, presidida por John Chilcot, tras siete años de investigaciones. Miles de civiles muertos, un país destruido, un mundo en el alambre. Y ningún culpable, solo la inteligencia defectuosa de un trío de políticos que ha pasado a la historia por sembrar de dolor y muerte el suroeste de Asia. Por hacer del mundo un lugar peor.

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Un motivo para NO ver la televisión

Delincuentes de medio pelo

Autor: Gene Kerrigan.

Editorial: Sajalín.

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Vivimos en un país de delincuentes de medio pelo. Y no lo digo solo por El Bigotes y los pelagatos de la trama Gürtel. O por el bigotes del post. Me refiero a una forma de entender la política, los negocios, la vida. Delincuentes sin carisma, sin talento, con tarjetas black, que roban al más pobre, al pequeño accionista, para gastárselo en volquetes de putas. El libro que hoy nos ocupa habla de otro tipo de chorizos, mucho más interesantes a nivel literario, capaces de enfrentarse a los de su propia calaña pistola en mano.

“Cuando empiezas, Frankie, quieres hacerlo todo, y multiplicado por diez. Mujeres, bebida, juego, viajes, ir a todas partes, hacerlo todo. En esa fase de la vida tienes sueños, ambiciones. Cuando eres joven crees que puedes hacer cualquier cosa, y eso está bien. –Levantó un dedo-. Pero cuando llegas a cierta edad, Frankie, tienes que conocer tus límites. Has de vivir dentro de ellos”.

Estamos en Irlanda, pero muy bien podía tratarse del New Jersey de los Soprano. Años 90, un país que funciona, con sus reglas y sus clanes, con sus diferentes formas de ver y hacer las cosas. Existe un orden jerárquico, pero tambien gente con aspiraciones que no se limita a esperar. Frankie Crowe, ex presidiario, es uno de ellos. Un delincuente de medio pelo que tiene un plan para dejar de serlo. Esta es la historia que Gene Kerrigan, periodista nacido en Dublín al que ya conocíamos por su imprescindible “La furia” (Sajalín, 2015), cuenta de maravilla en esta novela espectacular.

“Lo mejor de llevar una vida honrada, al menos para Brendan Sweetman, era que no tenías preocupaciones. Sabías más o menos a dónde iba tu vida. No corrías el riesgo de salir un día de una joyería con una escopeta en la mano y encontrarte a media docena de policías con ganas de apretar el gatillo. No te arriesgabas a pasar unos cuantos años en una pequeña habitación con barrotes en compañía de algún cretino que se pasaba la vida pajeándose y peyéndose en un triste remedo de vida.

Pero por otro lado, también sabías que las cosas no iban a mejorar mucho”.

“Delincuentes de medio pelo” tiene 400 páginas que el lector devora. Todo encaja a la perfección, desde la idea absurda de Crowe, un secuestro fuera de tiempo y de lugar, hasta la huida hacia delante de los autores del mismo. Los personajes son reales, y están desesperados. El lenguaje es creíble, el ritmo desasosegante, y la trama ha sido diseñada con precisión: nada está fuera de lugar, no sobra ni una palabra, el perfil del lumpen irlandés es simplemente brillante. Novela negra actual con el regusto equilibrado y armónico, whisky y Guinnes, de los clásicos.

 

Be Good, Chuck

La muerte de Chuck Berry es la peor noticia en la historia del rock and roll desde aquel 16 de agosto de 1977 en que supimos que la caricatura de Elvis Presley había reventado en el baño de Graceland. Elvis era el rey (blanco), Berry el padre (negro). Todo lo que escuchamos ha surgido de las manos, la garganta y el talento del músico de Misuri, el hombre que fue incapaz de escribir una sola canción mala. ¿No me cree? Consiga la caja “Rock And Roll Music – Any Old Way You Choose It – The Complete Studio Recordings … Plus!”, 16 discos con 396 canciones, 21 horas y 11 minutos de auténtico, puro y salvaje rock and roll (más dos libros con fotografías inéditas e interesante material biográfico). Quizá tenga que vender sus discos de Spandau Ballet: Confirmar que Charles Edward Berry es el mejor compositor de este género de todos los tiempos le costará alrededor de 275 euros.

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Elvis era el sueño americano. Berry la pesadilla. Tenía fama de arisco, de roñoso, de informal y pendenciero, de evasor de impuestos y hasta de proxeneta. Pasó dos años en chirona por incitar a la prostitución a una apache de 14 años en su club de Saint Louis. Era el final de los 50. Berry salió de la cárcel y encontró que se había convertido en una estrella: el rock and roll, su rock and roll, era el ritmo que se había puesto de moda.

Letras simples, en ocasiones incoherentes, inconexas. Acordes fáciles que se repiten, con algo de blues, algo de country, algo de boogie boogie. Una guitarra eléctrica sencilla que suena metálica, que chirría, que corta el aliento. Historias juveniles, protagonizadas por adolescentes rebeldes. Y por coches bonitos. Una voz potente. Y por supuesto el paso del pato. Esta es la fórmula del mejor rock and roll, creada en la primera mitad de los años 50 del siglo XX por el hombre que pidió paso a los más grandes: “Apártate, Beethoven / Y cuéntale la noticia a Chaikovski. / El latido de mi corazón marca el ritmo / y mi alma sigue cantando el blues” (Roll Over Beethoven, 1956).

Allá donde estés, Be Good, Chuck.

 

Leer al poder

Juan Cruz ha tenido que salir, por una vez y sin que sirva de precedente, en defensa de El País. “Yo sí leo El País”, titula una columna/post en la que no duda en hacer dolorosa autocrítica: “Este periódico que rodea este blog, y que tiene una versión en papel, que es mi preferida, con perdón de los que prefieren el digital, me da el confort del orden que otros han elegido para mí. Hay historias humanas, del extranjero y de España, hay entrevistas de piedra, de mármol y de humo, hay un esfuerzo enorme de reporteros que se juegan cada día el oficio de contar sin saber que al cabo de sus días o de sus noches alguien va a decir, como si fuera un hallazgo: que conste que ya no leo tu periódico”.

Debo reconocer que yo también leo El País. Pero cada vez menos. Lo que no hago de ninguna manera es comprarlo. No hace falta para dar un repaso a la crónica deportiva, a Forges y El Roto, a unos cuantos amiguetes y a otros tantos buenos periodistas que sobreviven. En el bar, en el teléfono… Cada vez leo menos El País, el mejor de los grandes periódicos nacionales, porque cada vez me interesa menos lo que dice, y porque en algunos momentos incluso se atreve a faltarme al respeto. Es decir, pone en duda mi inteligencia, mi criterio. Por ejemplo cuando habla de Podemos. O cuando intenta destruir a Pedro Sánchez (sí, destruir) en un desesperado apoyo a Susana Diaz. Podría ponerle más ejemplos. Como lector, es muy difícil creer en periódicos que insultan tu inteligencia.

Mucha gente ha dejado de leer El País, las ventas del diario han caído un 26,4% en el pasado mes de enero en relación a las del mismo mes del año 2016, y otros muchos están en ello. En un mundo como el actual, donde la sobredosis de información (la mayoría de baja calidad) es brutal, los grandes diarios deberían ser diferentes, marcar la diferencia, ofrecer más y mejor. Más compromiso, más espíritu crítico, más independencia, más denuncia, más libertad, más periodismo. Pero no pueden, porque han recortado sus plantillas, son más dóciles, están del lado del poder. Y el periodismo y el poder son agua y aceite.

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Un motivo para NO ver la televisión

Un millón de años.

Autor: David Sánchez.

Editorial: Astiberri.

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Aunque no lo sepa, es casi seguro que usted no solo conoce a David Sánchez, sino que incluso le admira. ¿Recuerda esas portadas de la editorial Errata Naturae con maravillosos retratos de Walt Whitman, Marx, Thoreau o Nietzsche? ¿Esos retratos de familia de Mad Men, Juego de Tronos o criminales y prostitutas tatuados? Pues son suyos. Sánchez no se prodiga mucho con los cómics en este formato, un álbum completo, editado por cierto de manera lujosa por Astiberri, así que la satisfacción es enorme.

“Un millón de años” cuenta historias de otros mundos habitados por otros seres. Parecen humanos, pero… Muchas veces ni los humanos lo parecemos, ¿verdad? No importa si tienen un solo ojo o cuatro, si se tranforman en culebra o tienen cara de sapo, si tratan de sobrevivir o matan por placer. El asunto es que usted leerá “Un millón de años” diferente al que he leído yo. Excepto por una cosa: la belleza de unas ilustraciones inquietantes, de unos personajes diabólicos o entrañables, de unos paisajes de otra galaxia.

Este cómic quién sabe si futurista o prehistórico me recuerda a los mejores momentos fantásticos de otro gran artista: Moebius. Ese escenario que se desdobla, esos personajes en constante evolución, esos mundos raros que nos invitan a explorar los rincones del inconsciente. Torcer la cinta, cambiar la dimensión, ser dualidad, decía Jean Giraud cuando pasaba a ser Moebius, cuando aparcaba a Blueberry y se subía al terodáctilo de Arzach. David Sánchez, como Moebius, ama el desierto. El lugar ideal para situar sus aventuras, para que la imaginación vuele, para invocar al chamán, para abrir los ojos, la mente, a un espacio metafísicamente limpio, amplio, perfecto y en constante evolución. El territorio por el que se mueven los protagonistas de “Un millón de años”, el cómic fuera de plano. Dantesco, hermoso y sorprendente.

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