Este diálogo forma parte del último capítulo emitido por Cuatro de “American Horror Story”, una serie que viene recomendada para mayores de 12 años (parte superior derecha de la pantalla). Lógico. Si con 12 años un chaval no es consciente de que hasta que no te la chupa un tío no puedes saber si eres gay o no, es que es un pardillo o un monaguillo. Que sus padres le ingresen en un convento, pero que no le pongan delante de la tele. Ya va siendo hora de qué la juventud espabile, ¡coño!
Dicho esto, le recomiendo encarecidamente “American Horror Story”. Una serie alucinante, por original, enrevesada y escalofriante. Por sus guiones agresivos y despiadados. Por sus actores fantásticos. Y porque cuenta con dos veteranas espectaculares: Jessica Lange y Frances Conroy, la madre de “A dos metros bajo tierra”. La historia parece fácil de contar: una familia con problemas (un aborto, una infidelidad) se traslada de Boston a Los Ángeles para vivir en un caserón que acaban de comprar… y que está embrujado. Allí se cometieron varios asesinatos. Pero la trama se complica de forma brutal, con decenas de historias paralelas, de personajes terroríficos y de detalles y giros macabros. La tenebrosa imaginación de los guionistas de Fox parece no tener límites.
Abundan las series interesantes pero superficiales, que se ven y se olvidan con la misma facilidad. Lo mejor que puedo decirle de “American Horror Story” es que le acompañará hasta la cama, y es muy posible que influya en sus sueños. Tiene todos los ingredientes para convertirlos en pesadillas: bebés muertos, sicópatas, engaños y violencia, miembros mutilados, muertos vivientes, sexo morboso y estrambótico, sustos a cascoporro…
¿Un thriller psico-sexual? Quizá. Y seguramente la mejor serie, la más sorprendente e intensa de los últimos tiempos. Lamentablemente tiene en la realidad su peor enemigo: ¿puede haber algo más terrorífico que los Presupuestos Generales del Estado?
El presidente de las productoras españolas piensa que, pese al recorte inicial de 200 millones en el presupuesto de RTVE (1.200 millones), la televisión pública debería seguir invirtiendo en ficción nacional. En sus productoras. ¿Con qué dinero? Muy fácil, dicen: recortando en fútbol, juegos olímpicos o películas norteamericanas. Señores productores… ¿Y si les dijese que me gustan más el fútbol, los juegos olímpicos y las películas norteamericanas que las series que ustedes producen?
En cualquier caso, lo verdaderamente dramático del llanto de Lorenzo es que su sector dependa de TVE. Descubrimos que la televisión pública tiene una misión: ¡mantener con vida la ficción española! Me veo en la obligación de recordar a los productores españoles que existen al menos cuatro grandes cadenas generalistas, privadas ellas, algunas de las cuales consiguen jugosos beneficios. ¿Los obtienen emitiendo las grandes y costosas series españolas? Por lo visto no: las grandes y costosas series españolas son para la televisión pública, la que no tiene publicidad, la que debe recortar su presupuesto, la que tiene que quedar reducida a mera anécdota institucional para beneficio definitivo de las insaciables cadenas privadas.
En La Sexta se autodenominan “serial lovers”. La Sexta es una cadena que cuenta con productora propia, Globomedia, pero curiosamente su parrilla está abarrotada de ficción norteamericana: “El mentalista”, “Bones”, “Navy”, The Walking Deads”, “Vigilados”, “The Killing”… “Las series nº1 en EEUU están en La Sexta”, proclaman orgullosos en su web. En Telecinco desde hace años su serie estrella es “CSI”. Y en Cuatro apuestan por series como “House”, “Terra Nova” o la reciente “American Horror Story”.
Ha muerto una leyenda. Earl Scruggs, el rey del banjo de cinco cuerdas, instrumento fundamental en la música norteamericana, falleció el pasado miércoles. Nació en 1924 en Flint Hill, Carolina del Norte, formó parte de bandas históricas (Foggy Mountain Boys, Scruggs y Lester Flatt…) y grabó algunos discos magistrales. Recomiendo “Foggy Mountain Jamboree”, una maravilla vocal e instrumental editada en 1957 y fundamental para entender ese género tradicional llamado bluegrass.
La decadencia del Everest como montaña legendaria viene de lejos. “Se ha convertido en un parque temático que debería comprar Disneylandia”, ha llegado a decir el gran Reinhold Messner. Desde hace años las expediciones comerciales, los cazadores de records y los aventureros de pacotilla consideran ese lugar sagrado como el perfecto escenario para sus fanfarronadas. Apenas queda nada de la cima virgen que conquistaron en 1953 Tenzing y Hillary. Hollar hoy la montaña más alta del planeta es cuestión de dinero. El camino desde Lukla es una autopista de tierra con cibercafés y teterías, el campamento base un poblacho lleno de basura y botellas de oxígeno, y el recorrido a la cumbre un colapsado desfile de buscadores de fama. El hombre que más veces ha hecho cima, la mujer que ha subido y bajado más rápido o el primer ciego (o tuerto) mayor de 65 años en hacer cumbre. El Everest se ha convertido en un circo. Y un circo necesitas payasos. En esas llegó Jesús Calleja…
Y Calleja llegó para hacer de la cima del Himalaya, Chomolungma, la diosa madre, el plató de un reality show de televisión. Porque eso exactamente es “Desafío Everest: la barrera de la muerte”, el nuevo programa de Cuatro para la noche de los domingos. Un puñetero reality en el que diez “aspirantes a montañeros” se enfrentan al reto propuesto por la cadena: llegar hasta el Campo 3 del Everest, a 7.300 metros de altura. “Por motivos de seguridad, sólo los dos más aptos verán cumplido su sueño”, aseguran de manera melodramática los guionistas. Y únicamente uno será el ganador. El resto se quedará, en términos televisivos, por el camino. ¿Qué queda del viejo espíritu de las montañas, de ese hombre que busca encontrarse a sí mismo en la soledad de la naturaleza salvaje? Nada de nada: esto es televisión, imbécil.
No respetan nada, y la montaña no tenía por qué ser una excepción. ¿Recuerdan “Gran hermano”, la basura de Telecinco que ensucia nuestras pantallas desde hace años? Pues Cuatro, su cadena hermana, no quería ser menos y ha montado un “Gran montañero” por todo lo alto, sin escatimar en porteadores, yaks o cámaras. En los primeros diez minutos Calleja otras tantas veces “la barrera de la muerte”, y amenaza a los concursantes con los mayores males: “incluso podría sobrevenirnos la muerte súbita”. Sensacionalismo en estado puro. Algo tan absurdo, irreal y burdo como el plantel de concursantes: una profesora de música, un policía, una empresaria, un director de banco, un abogado… Viendo el tono programa (un concursante se tira un pedo en la cara de otro que le besa el culo) yo hubiese apostado por una ex monja, transexual, judía y con antecedentes por zoofilia. A la hora de crear problemas de convivencia, que es de lo que se trata en estos programas basura, es un perfil que sin duda funciona mejor que el de socorrista o fisioterapeuta.
¿Y para esta basura amarilla tienen que viajar hasta el Himalaya? En Gredos podrían haber rodado semejante pantomima por menos de la cuarta parte de pasta. Pero claro, entonces no podría decir que lo mejor es compartir casa con los sherpas.
Conclusión: ¡Cómo echamos de menos “Al filo de lo imposible”! Eso era televisión sobre montaña, sobre escaladores, sobre aventuras y naturaleza salvaje. Televisión de calidad (pública). Para todos los que hemos estado en Chomolungma, la diosa madre, y adoramos en valle del Khumbu, programas como este “Desafío Everest: la barrera de la muerte” son un insulto. A los recuerdos, a la inteligencia y a la misma montaña. ¡Alejen sus sucias cámaras de la tierra del leopardo de las nieves!
Un motivo para NO ver la televisión
Jay Farrar, Yim Yames, Will Johnson y Anders Parker
Cd: New Multitudes
Una reunión de estrellas del género Americana, Jay Farrar (Uncle Tupelo, Son Volt), Will Johnson (Centro-Matic, South San Gabriel), Anders Parker (Varnaline) y Yim Yames (My Morning Jacket), han trabajado duro para poner música a las letras perdidas de Woody Guthrie. Se trata de un proyecto similar al que realizaron hace años Wilco y Billy Bragg, en el que Nora Guthrie, hija de Woody, pone a disposición de los músicos el archivo de la leyenda del folk.
El resultado es una obra maestra en que cada artista aporta lo mejor de sí mismo, lo que incluye desde baladas de gran profundidad a temas que recuperan el espíritu de Son Volt. Un disco grande, mezcla de géneros (blues, pop, country…), disponible en versión doble cd, con el alma de Guthrie haciendo de eslabón entre cantautores en estado de gracia.
“La música es el lenguaje de las mentes que viajan / Lleva la llave de las leyes del tiempo y el espacio / Tren solitario silbando por el llanto silencioso del viento / La vida es el sonido, la creación ha sido una canción…” Hoping Machine (Woody Guthrie).