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El caos se llama Movistar +

Pulso un día el botón rojo del mando a distancia de Canal +, e inmediatamente después los números 3 y 2. El canal de National Geographic. No está National Geographic. En su lugar hay otro canal que se llama Canal + Extra… y resulta que sus contenidos me importan una mierda. Husmeo por la parrilla de pago y me encuentro con que en el 33 tampoco está Canal Historia: ha sido sustituido por Canal + Acción, donde tiene lugar una estúpida persecución de coches por las calles de una ciudad. Tampoco aparece Canal + 2, ni Canal 30… La parrilla de esta televisión ha cambiado, y lo ha hecho con nocturnidad, alevosía y por supuesto de manera unilateral. Hace tiempo me enviaban cada mes una revista por correo para informarme de todas la novedades. Durante los últimos meses me han llamado algunas veces por teléfono, pero para proponerme ofertas.

¡Los diez primeros canales de esta nueva televisión de pago son los canales generalistas! Aquellos que vemos gratis, aquellos por los que huí de la televisión comercial.

Parece que ahora han decidido cambiar aquello por lo que llevo años pagando. Incluso se llama de otra forma: Movistar +. Lo que sí mantienen es su costumbre de pasarme el recibo del mes con puntualidad. No me cuadra todo este lío: pago lo mismo que antes pero recibo algo muy distinto. El 90% de las películas del Plus eran una bazofia, de acuerdo, pero ¿Y el resto? ¿Podré seguir viendo series de calidad? ¿Y el fútbol? ¿Qué pasa con el partido de los domingos? ¿Cuánto costará ver la Liga? ¿Funcionará mi iPlus? ¿Dejarán de fallar el mando a distancia y de bloquearse el decodificador? Quizá deberían haberme contado sus planes con anterioridad, y preguntarme si quería pagar por su nuevo negocio.

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Tengo un par de mails suyos. “¿Sabes que… hemos cambiado nuestros diales?”. Pues acabo de enterarme, la verdad. En un correo del 30 de junio me dicen: “Canal + abusa de tu imaginación. Descubre los destacados de junio y gana entradas para tu parque de atracciones favorito”. En el del 9 de Julio me dan la bienvenida a Movistar +. Sin más explicaciones.

Canal + ha muerto. Y ahora me temo que son ellos quienes están abusando de nuestra imaginación… Y de que vivimos en un país donde la televisión en abierto se ha convertido, gracias a la ineptitud y podredumbre de los políticos, en un duopolio miserable. Reina la telebasura, privada y pública. El último refugio es, era, la televisión de pago. Respecto a la fusión/absorción realizada por Movistar/Canal + solo tengo una duda: ¿Cómo piensan engañarnos en esta ocasión?

Guiñoles

Televisiones, diarios y radios de toda España han prestado una gran atención durante los últimos días a los guiñoles de Canal + Francia. El pasado viernes todos comentaban en tono melancólico la desaparición de los muñecos, poco menos que una tragedia para el humor inteligente contemporáneo. Notición, qué duda cabe. Al día siguiente se confirmaba la continuidad de los muñecos, poco menos que patrimonio nacional francés. Mayor notición, si cabe. Y eso que en España los guiñoles chaparon en 2008 sin pena ni gloria.

En el periodismo español los guiñoles son, reconozcámoslo, innecesarios. Por redundantes. La redacciones de informativos, sin ir más lejos, está atiborradas de guiñoles. Muñecos sin alma ni sangre en la venas, cuerpo de trapo y bisagra en la cintura, que se mueven gracias a unos hilos invisibles que se manejan desde dos sitios: arriba y la oficina del paro. Arriba es arriba, la planta que está justo encima de la redacción, con su moqueta y sus sillones ergonómicos. Y la oficina del paro es el sumidero de la profesión: estamos en julio, pero si eres periodista sabes que pasarás mucho frío en la calle.

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La Ley Mordaza que tanto nos escandaliza lleva años funcionando, quién sabe si a modo experimental, en los medios de comunicación. La única diferencia de esta última con la que maneja Interior es que son los propios periodistas quienes se vigilan, quienes toman nota de sus matrículas y se graban en vídeo, quienes se cortan y se censuran, quienes no quieren pasar ni una sola noche en el calabozo del paro.

Los guiñoles bailan en las redacciones al ritmo que marcan los dueños del guiñol y sus secuaces. Y no se saltan ni un paso, no se la juegan en una sola nota, no arriesgan en la más mínima improvisación. El espectáculo cada día resulta más aburrido, más prescindible, menos democrático. Pobres. Dentro de poco estarán todos en la calle, y ahí la competencia es feroz. Porque donde esté un buen mimo, que se quite un guiñol…

Le cuento todo esto después de ver la entrevista de Pedro Piqueras al presidente del Gobierno Mariano Rajoy en Telecinco. Vergonzosa. Rajoy, el político alérgico a dar la cara, el hombre de plasma, sentado en el plató con una sonrisa húmeda de oreja a oreja, completamente seguro de que el supuesto informador que tenía enfrente se limitaría a masajearle el lomo. Así fue. Un burdo ejercicio de periodismo mamporrero, de colaboracionismo, de vulgar propaganda. Se les debería caer la cara de vergüenza. Al presidente por cobarde, por pervertir la política y la información. Al segundo por pusilánime, por ensuciar el género entrevista con tan escandalosa friega. Y por guiñol.

Mariano

 

Los reyes del ring

“Tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él”. Immanuel Kant.

El post de hoy va de grandes números, enormes anillos y gruesos collares, descomunales limusinas, montones de millones de dólares… El post de hoy va del combate del siglo, una pelea a puñetazo limpio entre dos seres humanos evolucionados retransmitida por una gran cadena de televisión a un precio módico, o quizá no tanto: 12 euros en España, una pasta, 99 dólares en Estados Unidos, algo sencillamente acojonante. La recaudación del PPV: 300 millones de dólares. Normal. Se trata, dicen, del evento más exclusivo de la historia del deporte, aquel que enfrentó al norteamericano Mayweather y al filipino Pacquiao.

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Canal + montó un set con público en el que no faltó nadie: estaba incluso Ramoncín. “Se pegan como si se debieran dinero”, dijo uno de los comentaristas del combate del siglo. “Le está cayendo la del pulpo”, añadió otro especialista. Lenguaje tabernario para un evento cuya importancia radica en las cifras: “una bolsa garantizada de entre 250-300 millones de dólares, 74 millones de taquillazo por 16.800 butacas, los 2.3 millones del pantalón de Pacquiao, los 5.7 de la cervecera Tecate en el centro del ring, los 35 millones en derechos internacionales que se han pagado desde los 150 países donde se retransmite, los 390.000 dólares pagados por alguna butaca de ring side…. En Filipinas la verán entre 96 y 98 millones de personas en abierto y en México más de 60 millones por Azteca y Televisa -ocasión única- con unos minutos de retraso. Porque una entrada que valía 10.000 dólares está en la reventa a más de 150.000 y es de las medianas, porque la más barata costaría 45.000 dólares en la reventa”.

El post de hoy va, decía, de grandes números, enormes anillos y gruesos collares, descomunales limusinas, montones de millones de dólares… Pero no solo de eso. Ni tampoco de la violencia primitiva e irracional que acompaña a un combate de boxeo, deporte despiadado que practican individuos sin futuro (“Mientras haya pobres, habrá boxeo” José Sulaimán, ex presidente del Consejo Mundial de Boxeo), generalmente hispanos, afroamericanos o asiáticos, para regocijo de aficionados a la furia y la crueldad de diferentes calañas. Mientras me disponía a ver el combate, por si el acontecimiento televisivo de la década merecía una reseña, recordé una noticia de esas que te ayudan a volver a creer en el ser humano: “Una acalorada discusión sobre la filosofía de Kant, termina en un tiroteo sangriento”.

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Dos hombres se pelean no por una bolsa de millones de dólares, sino para dilucidar cual de los dos era el más fiel seguidor del filósofo alemán. ¿No es emocionante? “Yo le admiro más que tú”, diría uno al tiempo que soltaba un gancho de derecha. “De ninguna manera, yo le admiro más”, insistiría el otro mientras le quitaba el seguro a la pistola. Argumentos a la altura del pensador europeo, defensor de la idea de que “la felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación”.

No sabemos quién ganó la pelea de Rusia, los auténtico reyes del ring. La de Las Vegas, Mayweather, bautizado como “el rey del pay per view”.

 

Un motivo para NO ver la televisión

Los reyes del jaco.

Autor: Vern E. Smith.

Editorial: Sajalin.

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Terminé de leer “Los reyes del jaco” y comencé a ver el combate entre Mayweather y Pacquiao. Todos los personajes de este libro hubiesen vendido su alma al diablo, si Satanás hubiese querido para algo semejantes colección de espíritus podridos, por asistir a esa velada. Una velada en la que, por cierto, no habrían desentonado lo más mínimo pese a situar sus vidas en el comienzo de los años 70. Concretamente en el Detroit de 1972. Tipos con abrigos de chinchilla, grandes joyas en los dedos y el cuello, botas de cueros exóticos, cochazos tapizados con imitaciones de piel de leopardo en los que los altavoces escupen canciones de los Temptations

Negra sobre negros. Así es esta novela demoledora, que se lee como se aspira una raya de buena coca, con los ojos como platos y esa ansiedad que provocan los placeres salvajes. Una novela directa como un gancho al hígado, sucia como los picaderos de droga en cadena por los que corren las ratas, demoledora como un chute de heroína de Nueva York, sin cortar, sin lactosa, sin piedad. “Los reyes del jaco” es un viaje a los Estados Unidos del año en que Lou Reed lanza “Transformer”, su primer disco en solitario, ese que arranca con “Vicious” e incluye un paseo por el lado salvaje. El Brooklyn del cerebro de la Velvet Underground no estaba mal, pero era un balneario para jubilados si lo comparamos con los suburbios de Detroit, barrios miserables sembrados de camellos, chulos y lumis en los que todo el mundo procuraba llevar al menos una Magnum del 47 en el bolsillo. Barrios pobres en los que mandaban los reyes del jaco, los que estaban y los que querían sustituírles.

“Dijo que un traficante cualquiera le saca más pasta a treinta gramos de heroína que él a diez putas. Todavía recuerdo los tiempos en que los chulos eran los reyes. Ahora solo hay reyes del jaco”. Willie McDaniel reina en el negocio de la heroína, pero el joven Lennie Jack quiere su trono. Jack da el palo a McDaniel, lo que significa gloria o muerte. La policía mete la nariz en el asunto. Y todo se enreda, se complica, se cubre de polvo y sangre, en una aventura protagonizada por personajes brutales capaces de hacer cualquier cosa por salvar su culo.

Personajes como T.C. Thomas, “el increíble hombre de las pipas”. Aquí le tenemos, con una bolsa de pollo frito Church al volante de un Fleetwood amarillo: “Llevaba su habitual abrigo de visón de tres cuartos y la Magnun del 357 en la cintura. En el coche había otras diez armas de fuego: dos Magnum debajo del asiento; otra escondida en la guantera bajo un montón de servilletas de papel; una 45 y una 32 bajo el asiento del acompañante; un par de 38…”. Un tipo desconfiado. O precavido. O ambas cosas.

“Los reyes del jaco” es mucho más que una historia de drogatas en el Detroit de comienzos de los setenta. Es una historia de ambiciones y violencia en un mundo en descomposición, en el que suenan por igual canciones de Aretha Franklin y disparos de escopeta. Mueren algunos hombres y mujeres. Otros mienten, delatan, engañan, roban… Supervivientes que se mueven, sin futuro y armados hasta los dientes, en un submundo oscuro, apestoso y sangriento en el que quien en verdad reina es el caballo. Vernon Emile Smith lo cuenta de la mejor manera posible, dejando al lector aturdido, sorprendido, sin aliento. Un clásico absoluto.

CC

El sitio de mi recreo

Tengo la sensación de que los grandes talentos del pop-rock español están muertos. Debe ser un problema de la edad: cuando pasas de los cincuenta el cuerpo te obliga a mirar más de la cuenta por el retrovisor. Puedo ver a Enrique Urquijo y sus problemas tocando, en un bar junto al Puente de Segovia, “Agárrate fuerte a mí, María”. Me descojono con un Pepe Risi que, escondido tras unas gafas negras de escarabajo, me cuenta historias chungas de la Elipa mientras caminamos por Cuatro Caminos. Siento a Poch moverse como una cola de lagartija, a las tres de la mañana, en el asiento trasero del taxi que nos lleva camino del Agapo. Y por supuesto escucho atentamente a Antonio Vega hablar de gatos mientras los perros de Ñete corretean por la plaza de Olavide, la misma noche en que tocará en un garito sin nombre. Un concierto nefasto. Nunca más volvería a verle en directo.

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La sensación que me dejó el último Antonio Vega fue amarga. Por eso reconforta verle joven y sano en algunos planos de “Tu voz entre otras mil”, la película documental que anoche estrenó Canal +. Un trabajo que ha provocado división de opiniones. La directora de la cinta, Paloma Concejero, habla del retrato de un músico genial que no puede evitar sumergirse en los abismos. “No es un reportaje para la tele”, reconoce. “Me interesa ver cómo llevaba a la práctica esas teorías, cómo define sus canciones como trozos de carne donde se reflejan sus crisis amorosas, la relación con su madre o la ausencia de la persona a la que quiere… Desprendía un magnetismo que he querido trasladar a la gran pantalla. Antonio, en un día bueno, te traspasaba, no solo su parte de autor, sino su vida y su filosofía. Quiero que esa sensación llegue al espectador que no ha tenido la suerte de tenerlo enfrente”.

Carlos Vega, hermano de Antonio, no piensa lo mismo: “Nos sentimos manipulados y engañados. La película es el retrato de un drogodependiente que tocaba la guitarra y componía y no la de un gran músico que tenía sus adicciones. La grandeza de Antonio como músico no está reflejada en este documental”.

Filmaciones inéditas en Super8, documentos gráficos, letras, poemas, manuscritos, dibujos, fotos de su archivo personal… Todo en una película emocionante y terrible, en la que Antonio habla de las llaves del cielo. “Tu voz entre otras mil” es la puerta del infierno. El lado oscuro de un genio irrepetible.

P.D.

Comenzaba este post con la sensación de que los grandes talentos del pop-rock español están muertos. No es justo. No es cierto. Ahí están ahora mismo, juntos en la carretera, dos genios: Quique González y Lapido. Ahí está el nuevo disco, tras un largo silencio, de Los Enemigos. Ahí están los incombustibles Siniestro Total. Ahí están… Me temo que solo es un problema de la edad, del jodido paso del tiempo, de aquellos días que nunca regresarán: “De vez en cuando siento / que puedo regresar tiempo atrás / Éramos jóvenes los dos / fue tan perfecto…”.

Un motivo para NO ver la televisión

Nacha Pop

Cd: Nacha Pop.

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Recuerdo perfectamente las primeras veces que pude ver a Antonio, Nacho, Carlos y Ñete sobre un escenario: con Alaska y los Pegamoides y Tos, en Rockola, teloneando a Los Ramones en Vista Alegre, en el festival de Primavera… Nunca olvidaré el día en que compré el primer disco de Nacha Pop. Fue en 1980 en la vieja tienda de Escridiscos en los bajos de Argüelles. Ya en casa, en un tocadiscos-maleta antediluviano (los dos altavoces hacían de tapa), las canciones explotaron: La chica de ayer, Antes de que salga el sol, Nadie puede parar, Lloviendo en la ciudad…

Eran días raros, algo confusos, con emisoras que metían en el mismo saco a los nuevos románticos, a los artistas del sello Stiff o a los Flamin Groovies. Nacha Pop eran frescos, inocentes, creíbles… y cantaban en castellano. Fue un shock. Sus canciones contaban historias de los bares de Malasaña, de las chicas del barrio, de nuestras primeras citas con el rock and roll. Era un primer disco capaz de liderar una movida, un álbum imperfecto que sonaba a gloria. Una colección de canciones que engrandeció la vida de mucha gente y la cambió para siempre.