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Hermano Ortega

Anoche arrancó la 17 edición de Gran Hermano. Y es que no todo van a ser malas noticias en esta España desgobernada: regresan los gandules analfabetos a Telecinco, capitaneados ahora por Jorge Javier Vázquez, se casa por todo lo alto Rociíto Carrasco y el hombre más rico del mundo es, con dos cojones, ¡un español! Como usted y como yo, cagüen la leche. Amancio Ortega. Sí hombre, el de Zara. El de la fundación esa. El más grande de nuestros hermanos. ¡Levante la cabeza con orgullo, coño, que como Ortega también usted es español, español, español! No todo está perdido en el país del turismo low cost, la corrupción generalizada y los 100.000 muertos en las cunetas.

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“17 valientes entran en la casa de Guadalix de la Sierra… Más de un millón de almas ha querido estar en la piel de esos afortunados”, asegura el sustituto de Mercedes Milá al frente del programa que simboliza la telebasura. El espacio estrella de Telecinco. Un millón de personas han intentado entrar en Gran Hermano, esa jaula de primates escasamente evolucionados en la que están prohibidos los libros, los buenos modales y los ejercicios neuronales.

Jorge Javier Vázquez, el nuevo presentador, la estrella de Telecinco, es un conocido animalista. Bien por sus reivindicaciones: “Es demencial que el rey y la infanta Elena vayan a los toros”. Y bien por sus reportajes en esa África salvaje donde impera la ley de la jungla. No se pierda el viaje por Tanzania de nuestro presentador más popular, en exclusiva para National Geographic

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¿He dicho National Geographic? Perdón, en exclusiva para Lecturas. Aunque debemos reconocer que sería digno merecedor de portada de la revista del marco amarillo un reportaje sobre “animales macrobióticos” que “no se alimentaran entre ellos”.

Gran Hermano nos acerca a Lecturas y nos aleja de National Geographic. Así es la máquina de embrutecer (la televisión) de insistente y despiadada. Diecisiete ediciones ofreciendo ocio de la peor calidad, diecisiete años haciendo a los telespectadores peores personas, diecisiete temporadas burlándose de una Ley de Televisión Privada que habla, no se ría usted, de “un servicio público esencial”.

Menos mal que a los españoles aún nos quedan algunas satisfacciones. Ver a Amancio Ortega, un hispano, un hermano, en la cumbre de la cadena trófica, es una de ellas.

Llegar a rico me costó lo vuestro (por El Roto)

 

La tiranía de la actualidad

Hoy me haría muy feliz poder contarle que un hombre ha mordido a un perro, la noticia estrella del periodismo. Pero tengo que conformarme con decirle que el perro de Ivy, una de las concursantes de “Gran Hermano”, le ha soltado un ñasco a Jordi González, uno de los presentadores del programa. Nada raro, ¿verdad? Una reacción que hubiésemos podido tener usted o yo. Pues a la estrella televisiva se le fue la mano: “¡Malparido!”, gruñó el humano al animal utilizando un término de película de Garci.

Le cuento todo esto porque me había olvidado de que “Gran Hermano” seguía emitiéndose. De verdad. No me imaginaba que esa pandilla de descerebrados continuase encerrada en una casa, que Jordi González y Mercedes Milá siguiesen haciendo sicología de saldo, que Telecinco insistiese en estrujar la teta más ajada de la vaca. Imagino que no lo recordaba porque esa máquina perfecta que es nuestro cerebro sin duda es capaz de seleccionar con precisión, y diferenciar entre aquello que debemos recordar y lo que tenemos que olvidar de inmediato. Lo que interesa, aquello que merece la pena, se queda. Lo que nos importa una mierda, al carajo.

Así las cosas… ¿Qué fue de los refugiados? Sí, no se si usted lo recuerda. La terrible crisis humanitaria que sacudió nuestras conciencias durante algunos días, puede que unas semanas. Imágenes terribles que abrieron los telediarios, con familias enteras huyendo de la guerra, niños ahogados y países planteándose levantar muros en sus fronteras. Escenas dramáticas que nos estremecieron a todos… hasta que llegaron los atentados de París. Cambiaron las portadas. La tragedia de Francia se ha enfriado justo cuando comienza la larga, larguísima recta final, de la campaña electoral en España. Vuelven a cambiar las portadas. Los debates, las encuestas, los mítines… La tiranía de la actualidad.

¿Y los refugiados? Ya no salen en la tele, imagino que el problema estará resuelto.

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Gran Hermano Sirio

Mercedes Milá ha dicho, en un alarde de solidaridad bastarda y demagogia repugnante, que “abriría Gran Hermano a los sirios que no tienen dónde ir”. Pobres sirios. Como si no tuvieran bastante con la guerra, como si no fuera suficiente con el exilio y la miseria, la veterana presentadora pretende condenarles también a la ignorancia y el disparate. No debería extrañarnos. Es bien conocido que en televisión todo vale para subir un punto la audiencia, para mantenerse a flote, para seguir explotando la miseria ajena. ¡Quién pudiera meter un sirio en la casa de “Gran Hermano”! Y si además fuese negro, transexual y enano, pues mucho mejor.

Arranca la 16 edición de “Gran Hermano” (Telecinco). Un formato agotado para cualquier espectador capaz de generar una chispa de actividad intelectual. Una presentadora acabada, la “yaya Merche”, que intenta compensar su decadencia profesional con extravagancias e histrionismo. Una colección de concursantes elegidos entre lo más sórdido y patético de la sociedad española, carne de esperpento. Una sucesión de frases insípidas, de personajes insustanciales, de decorados cutres y trampillas chuscas, de actos vacuos, de majadería en estado puro.

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Con estos mimbres Telecinco sigue haciendo caja. Da asco este sórdido negocio, mucho asco, pero sería injusto no reconocer que tiene su mérito: han conseguido embrutecer a una buena parte del pueblo español, han convertido a millones de ciudadanos, adictos a sus producciones de ínfima calidad, a sus famosos de saldo, a sus princesas de estercolero, a sus presentadores impresentables. Rentabilizan la zafiedad, el cotilleo y la desidia como nadie. Transforman en euros la peor televisión posible. Se enriquecen desnudando las miserias de nuestra sociedad, la simpleza de los seres humanos, mostrando lo mezquino y abandonado que puede ser el entretenimiento audiovisual.

¿Novedades? Los ejecutivos de Telecinco se han estrujado la cabeza, de nuevo hay que reconocer las cosas, y para esta nueva temporada, 16 años idiotizando a los españoles, ofrecen una gran sorpresa. Algo inimaginable, un prodigio de ingenio y talento solo al alcance de auténticos magos de la televisión: han fichado a Belén Esteban y Olvido Hormigos para el debate. Con ánimo de subir el nivel intelectual del mismo, imagino.

-¿De dónde eres?

- De Cáceres.

- ¡Anda! Andaluza.

Tras esta conversación entre dos concursantes de la nueva edición, ¿qué más podríamos decir del programa en cuestión? El puto día de la marmota televisiva. Arranca con una pedida de mano, ¡los dos son concursantes, pero no pueden decir que están comprometidos! Una madre y su hija tienen que disimular que lo son. Una chica llega con su hijo de un mes en un carrito, pero tranquilos porque estará en “una sala atendido por especialistas”. Una patinadora de circo. Una diva de barrio. Un médico. Un chino con coleta que no habla castellano… También hay un perrito “bodeguero”, un hombre invisible, un hijo falso, una casa con jacuzzi y discoteca… ¿Discoteca? ¿Acaso concursa Miquel Iceta? No, se trata de la misma basura de siempre, sin ritmo alguno, sin imaginación, sin un destello de inteligencia, sin renovar los guiones, sin vida neuronal alguna… Pero lo peor, fíjese lo que le digo, es que tras dos horas de programa parece que han pasado dos años.

Hágase un favor y apague la televisión. Antes de que incluyan un concursante sirio.

Un motivo para NO ver la televisión

Trabajo sucio

Autor: Larry Brown.

Editorial: Dirty Works.

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En su primera novela Larry Brown (Yokom, Mississippi, 1951) cuenta la poco convencional historia de dos hombres incompletos nacidos en el sur de los Estados Unidos. “Joder, nos criamos con el blues. Conozco estos sitios en Clarksdale, la música sonando por todas partes. El blues es lo único que teníamos. Eso y el puto azadón”.

Uno es blanco y el otro negro. La guerra del Vietnam les robó a ambos la inocencia, y algunas partes de su anatomía. Cuando regresaron no eran los mismos. Más de 20 años después ocupan camas paralelas en un hospital de veteranos, donde beben cervezas, fuman porros y se lamen las heridas. Añoran todo. Los días en los que se les consideraba personas, los buenos tiempos, lejos del campo de batalla, entre familiares y colegas. Y miran al futuro con desconfianza, como solo pueden hacerlo unos tipos tan golpeados por la vida. “Una de las cuestiones sobre la naturaleza humana que más que interesa es el modo en que la gente es capaz de aguantar bajo calamidades monstruosas, bajo todas las cosas terribles que le pueden acontecer, guerra, pobreza, desesperación… Lo mismo les hago saber más de lo que desearían saber sobre los pobres, los desafortunados o los alcohólicos”, cuenta el autor en una conferencia recogida al final del libro.

El resultado es una brutal novela contra la guerra, contra la violencia y contra la cobardía. Una obra tensa, original, arriesgada y sorprendente que golpea al lector en el estómago como una coz. Es imposible mostrarse indiferente ante este diálogo entre dos hermanos de sangre, y de cicatrices, que se preguntan cómo han llegado a donde están: “La gente ha estado luchando entre sí desde que Dios creó el primer hombre y seguirá haciéndolo siempre. Nada cambia, nunca, salvo los motivos, tío”.

 

 

Corderos degollados

En Telecinco han puesto en marcha una nueva edición de “Gran Hermano”. Van quince. Podría parecer que en este programa ya está todo visto, todas las miserias humanas mostradas, todos los freaks utilizados, todas las historias chungas amortizadas. Pues no. Para eso están los directivos de una cadena triunfadora, para darle una vuelta de tuerca al que seguramente sea el programa más repugnante jamás emitido y así poder sacarle unas pocas perras más. Tipos ingeniosos, es bien sabido que los grandes talentos están en la televisión, con ideas sencillamente brillantes. “En la historia mundial de ‘GH’, nunca, ningún presentador había entrado en la casa”, explica la cadena dirigida por Paolo Vasile. “¡Pero nosotros somos diferentes! Mercedes Milá quiso vivir la experiencia en su propia piel y pasar las primeras horas de la convivencia junto a los concursantes, y por lo que parece durmió muy bien”.

Ahí tiene la primera gran sorpresa. Después de vestirse de coliflor, de hacerse la loca y de enseñar las tetas, la gran comunicadora al frente de “Gran Hermano” se mete en la casa y se pega una siesta. ¡Qué fuerte! ¡Por primera vez en la historia mundial de GH! ¡Alucinante, ¿verdad? La presentadora no solo es campechana, sino que no duda en tumbarse en una de las camas de Gran Hermano, más piojosas y pegajosas que las piltras del más sucio y pestilente puticlub de carretera. Ella es así. De humana, de hermana.

“Gran Hermano” es el ejemplo perfecto de telebasura. No es la primera vez que lo digo. Me gusta decirlo una vez por edición, así que van quince veces. Por lo menos… Y me lo parece, telebasura, porque el programa está basado en la utilización de personas cultural, económica o socialmente inferiores. Así de sencillo, así de duro. Los ejecutivos encorbatados de Telecinco, y la histriónica presentadora, se aprovechan de las necesidades de concursantes con evidentes carencias intelectuales y emocionales. Y si no me cree, ahí tiene el titular de una web de televisión: “La incultura de los grandes hermanos: el principal satélite de la Tierra es Marte”.

Nada más comenzar esta edición del programa, primer escándalo: una de las concursantes, musulmana, tiene una fotografía en su cuenta de Twitter en la que aparece degollando una oveja. Pie de foto: “A más de uno le aria asín”.

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Corderos degollados. Eso son los concursantes de Gran Hermano, la fábrica de muñecos rotos y de portadas de Interviú. Y de dinero y publicidad para Telecinco, la cadena especializada en rentabilizar las miserias humanas.

P.D.

Cañete: El petróleo se queda en familia…

Un motivo para NO ver la televisión

La escritura transparente.

Autor: William Lyon.

Editorial: Libros del K.O.

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Delicioso librito sobre el arte de contar historias, escrito por uno de esos talentos enormes, tanto por su sabiduría como por su discreción, del periodismo mundial. William Lyon nació hace más de setenta años en Nueva York, pero ha escrito grandes reportajes en medios españoles. Recomiendo su libro “La pierna del Tato”, una colección de historias taurinas que, como sucedía con los textos del maestro Joaquín Vidal, pueden ser disfrutados incluso por los antitaurinos más acérrimos.

“La escritura transparente” desvela algunos trucos para ser mejor periodista. Es decir, para contar mejor las historias. Porque en eso consiste el periodismo. Ni más ni menos. “Escribimos mal. Escribimos confuso. Escribimos desordenado. Escribimos sin pararnos a pensar en lo que estamos escribiendo ni en quien nos va a leer”, reza la contraportada. Ya dentro del libro, un master en sentido común periodístico. Lyon no es un teórico, no es un catedrático aburrido. Es un tipo que ha vivido y ha viajado, obsesionado por ser eficaz en sus textos: tienen que entenderse, tienen que disfrutarse, tiene que fascinar al lector. “Es precisamente esta sensibilidad hacia el lector -el saber siempre cómo está reaccionando a lo que está leyendo- uno de los atributos más importantes del buen periodista. Si no puede ponerse en lugar del lector, ¿cómo va a conectar el él?”. Un placer útil.