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Periodismo ¿libre, íntegro y comprometido?

“Se han fallado los Premios Internacionales de Periodismo de EL MUNDO, que reconocen el trabajo de los compañeros que pisan el terreno para contar la vida tal y como la perciben, pese a quien pese”. La frase forma parte de la información ofrecida ayer por el diario El Mundo, en la que se podía ver cómo los grandes fotoperiodistas Manu Bravo y Santi Palacios recogían el premio al periodismo “libre, íntegro y comprometido”. Entregó el galardón, no se lo pierdan, Soraya Sáenz de Santamaría, la vicepresidente del gobierno que el 25 de marzo del 2015 sacó adelante, gracias a su mayoría absoluta y con el apoyo del UPN, la Ley Orgánica de Protección de la Seguridad Ciudadana, la ley Mordaza.

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No me digan que no tiene gracia la situación. Y no solo por el papelón de la vice: en ese preciso momento, en el Congreso, el mismísimo presidente Mariano Rajoy estaba defendiendo la Ley Mordaza y pidiendo a la oposición que no se derogase: “A mí me habla mucha gente del paro y de otros problemas, pero ni una sola persona me ha dicho ni una sola palabra de la ley de seguridad ciudadana. Solo he escuchado hablar de ella en esta Cámara”, dijo el presidente sobre la ley que impide, por ejemplo, utilizar imágenes de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Fotoperiodismo sí, por supuesto, y si puede ser “íntegro, libre y comprometido”. Pero mucho mejor con fotos de Irak o Siria.

El periodismo no está para grandes exigencias, la verdad. Por eso si te da un premio El Mundo al periodismo “libre, íntegro y comprometido” lo suyo es que lo pilles, aunque te lo entregue Sáenz de Santamaría. Otra cosa es que la Asociación de Periodistas Parlamentarios (APP), en un delirio digno de análisis (antidoping), premie a Mariano Rajoy como mejor orador. Y a Pedro Sánchez (¿Le suena este nombre?) como, no se lo pierda, “azote de la oposición”.

¿Éste es el mejor orador? Pues joder cómo será el peor. Es difícil explicar este galardón, pero sin duda ayuda mucho una lectura del Informe Anual de la Profesión Periodística 2016 de la Asociación de la Prensa de Madrid: El 75% de los periodistas cede a las presiones por “miedo” a las “represalias”, o a ser despedido o relegado en su trabajo. Y un 57 % reconoce que se autocensura.

 

Olímpicamente machistas

“La hemeroteca de este diario reúne las revelaciones periodísticas más importantes del último cuarto de siglo en España”, escribió una vez el penúltimo director de El Mundo. Igual se refería al 11-M, vaya usted a saber. Pero yo creo que hablaba de los titulares calientes que utilizan para ganar pinchazos. Periodismo de primera categoría que alcanza la cumbre, en cuanto a creatividad y rigor, en “La lista de buenorras internacionales en los Juegos Olímpicos de Río”. Olímpicamente machistas.

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¿Cómo describiría usted, si trabajase en la televisión pública, a una de las deportistas españolas más grandes de todos los tiempos? Pues claro, coño: “Le encanta el rosa, pintarse las uñas antes de cada carrera y le hubiera gustado ser modelo”.

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Españoles, El Mundo ha muerto

Me cuenta un colega que Unidad Editorial ha despedido al director de El Mundo David Jiménez, y que ha puesto como director en funciones a Pedro García Cuartango. Dos tipos interesantes, buenas personas, muy diferentes a nivel profesional, que coinciden en una cosa: como la chica de los Burning, están fuera de lugar. ¿Qué hacen unos chicos como vosotros en un sitio como éste? Un reportero y un filósofo no es lo que necesita El Mundo. El periódico construido por Pedro J a su imagen y semejanza, piensen bien en este detalle estremecedor, lo que necesita es un milagro.

Me comentan detalles del despido de David Jiménez. Pincho en la web de El Mundo, ocho de la noche del miércoles, y me encuentro con una foto de Albert Rivera rodeado de micrófonos y focos. Abriendo el diario, esa imagen grotesca y un titular en campaña: “Rivera ataca a Podemos desde Venezuela: Unos vienen por dinero, otros para ayudar´”. Y pienso: ¿Esto es todo lo que puede ofrecerme uno de los grandes diarios de este país? Lo raro no es que hayan despedido al director, lo verdaderamente extraño es que no hayan cerrado ya el periódico.

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El Mundo está muerto. Lo mató Pedro J con su periodismo agresivo y trafullero, con su excesivo protagonismo, con el momento más triste y vergonzoso en la historia del periodismo en nuestro país (11-M), con su fábrica de periodistas clónicos adoctrinados para buscar “el lado oscuro” de la información.

Un muerto no necesita periodistas. Ni reporteros, ni filósofos. Solo un entierro digno. O el famoso milagro: el retorno del monstruo, de un Pedro J-taeistein capaz de dar cuatro tajos al cadáver, zurcir aquí un brazo, remendar allí un páncreas, recuperar una entrevista con Trashorras (el del Rayo no, el otro), y pegarle un calambrazo de cojones para poner en marcha el nuevo engendro, un walking dead de chichinabo capaz de competir con okdiario, su gran rival en estos momentos.

P.D.

Un abrazo fuerte para mis ex compañeros de El Mundo, acosados por los ERE y la inestabilidad profesional. En esa redacción hay algunos capullos, para qué vamos a negarlo, pero también muchos y muy buenos periodistas. Suerte.

Un motivo para NO ver la televisión

El campeón ha vuelto

Autor: J.R. Moehringer.

Editorial: Duomo.

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El post de hoy va de periodismo. De la crisis del periodismo. De eso precisamente habla el escritor norteamericano J.R. Moehringer en la introducción a este libro, un reportaje largo fechado en 1997 y editado en España sin duda a rebufo del éxito de “El bar de las grandes esperanzas”. Otra cosa que agradecer a esta gran obra sobre garitos, bebidas, padres e hijos, derrotas y sueños.

“A mí el periodismo me encantaba, pero en aquel periódico, en aquella época, el periodismo no se ejercía noblemente. Sobre todo, aunque no enteramente, por culpa de la difícil situación económica, se tomaban decisiones motivadas por el pánico. Se daba prioridad a las noticias de última hora. Se consideraba que la manera más rápida de recuperar peso y rentabilidad era competir con los incontables canales de televisión que proliferan a nuestro alrededor”.

Moehringer vivió momentos duros en el periódico en que trabajaba. Presiones, despidos, dudas profesionales… ¿Tengo futuro en este trabajo o debo buscarme la vida? Afortunadamente eligió seguir contando historias. No escribir noticias, eso es otra cosa: “En realidad solo hay dos tipos de historias en el mundo: las que los demás quieren que cuentes y las que quieres contar tú. Y nadie va a dejarte así, sin más, contar las segundas. Tú tienes que pelear para ganarte ese privilegio, ese derecho”.

Nuestro hombre tenía la historia, un reportaje sobre un boxeador de los años 40 y 50 que, tras algunos buenos combates, había desaparecido. Se llamaba Bob Satterfield, pero todos le llamaban “Campeón”. Vagabundeaba por las calles, bebía whisky barato y guardaba sus pertenencias en un carrito de supermercado que arrastraba del comedor social al albergue. Moehringer le localiza, le da la mano y cinco dólares, y se sumerge en una vida de luces y sombras en la que nada es lo que parece.

Como no podía ser de otra manera, si ha leído usted “El bar de las grandes esperanzas” seguro que me entiende, Moehringer encuentra posos de su padre en las cicatrices del viejo púgil: “Cuando el hombre hundido en su valor es tu padre, la angustia se cuadriplica y tu virilidad no sangra, se desangra. A veces la angustia alcanza un crescendo de tal magnitud que, simplemente, desobedeces a tus ojos. Cualquier cosa con tal de frenar la hemorragia”.

“El campeón ha vuelto” es un reportaje corto e intenso que podría haber supurado testosterona, pero que prefiere husmear en los rincones de la derrota, de la soledad, de la mentira piadosa y la verdad insoportable. “A veces golpear a un hombre es la respuesta más satisfactoria al hecho de ser hombre. Perturbador, tal vez, pero ahí está”, escribe el periodista recuperado para la causa en un reportaje de boxeo que habla de la vida.

Una obra para guardar junto a “En la cima del mundo”, de Norman Mailer, y “Del boxeo”, de Joyce Carol Oates. Un libro que va más allá de las doce cuerdas, de la semblanza biográfica o de la narración deportiva: es periodismo en estado puro.

Periodismo de detectives

Dicen en el informativo de La Sexta que desde que han hecho públicos los 11 millones de documentos de los papeles de Panamá se cuentan por miles “las personas que están jugando a detectives”. Curioso.

Y digo curioso porque hasta ayer mismo los medios de comunicación que disponían de los archivos filtrados del ICIJ (Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación) aseguraban hacer “periodismo de investigación”. Es decir, que cuando un periodista pone en la ventana “buscar” de un documento tocho los nombres de “Emilio Botín”, o “Imanol Arias”, o incluso “Juan Luis Cebrián”, eso es periodismo de investigación. Pero cuando es un ciudadano fontanero, notario, esteticista o banderillero quien lo hace, entonces se convierte en un “juego de detectives”.

Vaya con el periodismo moderno. ¿Periodismo de detectives? No sé, no sé. De lo único que estoy seguro es de que el periodismo está cambiando, entre otras cosas porque la filtración mató a la estrella de la exclusiva, del verdadero periodismo. Con las redacciones cada vez más vacías, ocupadas por becarios con sueldos miserables en lugar de por profesionales con salarios dignos, no se puede hacer gran periodismo, no se le puede dedicar ni tiempo ni presupuesto. Otra cosa son las filtraciones, tipo Panamá o Wikileaks, o las exclusivas de pega, tipo Inda: excelente relación calidad-precio, prueba evidente del mal momento que vive la profesión.

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El buen periodismo es caro. Requiere tiempo, esfuerzo, conocimientos y una organización profesional. Lo contrario de lo que exigen estos tiempos apresurados y digitales de vídeos “más vistos” y noticias “más leídas”. Ahí tienen los ejemplos de grandes medios venidos a menos. El País, que no levanta cabeza tras el despido de 129 profesionales hace tres años. Y El Mundo, enfrascado en un cuarto ERE que pretende poner a 198 profesionales en la calle.

Dos diarios que han sufrido de lleno la crisis de la prensa. Una crisis que es culpa de todos. Por un lado, de la lenta y tardía respuesta de los grandes medios a la revolución digital, de su búsqueda desesperada del éxito a golpe de clic, del abandono de la calidad, el riesgo y la independencia. Por otro, de unos jefes de mentalidad neoliberal que, lejos de vigilar al poder, verdadera razón de ser del periodismo, se pusieron de su lado y se cobijaron a su sombra. Y finalmente por el aburguesamiento de unas plantillas bien alimentadas y sumisas atemorizadas por el fantasma del paro.

Ya es tarde. Vivimos tiempos donde el periodismo consiste en jugar a detectives.

Un motivo para NO ver la televisión

El olor de los muchachos voraces.

Autores: Frederik Peeters y Loo Hui Phang.

Editorial: Astiberri.

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En este western postmoderno hay algo de Jean Giraud, esos paisajes rocosos y esas praderas crepusculares absolutamente impecables. Y también algo de Jodorowsky, esos espasmos místicos, esa relación sonora con los caballos, esas fotos fantasmagóricas, esas visiones dignas del mejor peyote. Y por supuesto algo de “Brokeback Mountain”, el comienzo de una relación digamos que… indeterminada entre el fotógrafo Oscar Forrest y el imberbe Milton.

“Me gustan las llanuras. Los pueblos paganos dan mucha importancia a los sueños. Dicen que, a lo mejor, el mundo en que vivimos es un gran sueño que tiene lugar en la mente de alguien… Es la embriaguez del vacío. Las grandes llanuras provocan una especie de vértigo a lo horizontal. Tanta apertura marea. Como si al borrarse los contornos se provocara un caos incontrolable. Todo se mezcla, todo se invierte”.

La historia se desarrolla en 1872 en Texas. Un geólogo llamado Stingley dirige una expedición por territorio comanche. Como Lewis y Clark pero por el sur, de manera más informal, y con dos compañeros, un fotografo fugitivo y un… niño. Nada es lo que parece, ni el niño, ni el geólogo, ni el fotógrafo, ni siquiera la expedición. Los indios observan desde las rocas, y los cazarecompensas tiene rostro de calavera. Mientras, la despiadada naturaleza sigue su curso.

“Aquella mañana mis hermanos querían enseñarme a ubicar el galope de un caballo, a calcular su velocidad solo con el oído. Me vendaron los ojos, me ataron los brazos a la espalda y me dejaron en medio del campo. Soltaron caballos furiosos en mi dirección y yo tenía que esquivarlos antes de que me arrollaran. Me decían que con miedo se aprende más rápido”.

“El olor de los muchachos voraces” es un cómic del Oeste con matices filosóficos que habla de la amistad y del odio, de los espacios abiertos y las viejas costumbres, del deseo y la insatisfacción y, sobre todo, de la maldición de las apariencias. Nada es lo que parece. Una bonita historia de amor a contrapelo, tan hermosa e insólita como los ritos transculturales del chamanismo, los primitivos recursos ceremoniales y todos aquellos viajes por sendas espirituales.

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