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Ante la duda, morcillismo

Los periodistas de raza, aficionados a dar doctrina, tienen un consejo favorito: Ante la duda, periodismo. Hermosas palabras, qué duda cabe. Pero en estos momentos de descrédito profesional, de cierre de medios y de EREs salvajes, de periodismo de chichi nabo, el morcillismo es la alternativa. La solución ante la duda. Me explico…

En la jerga teatral el término “meter una morcilla”, también conocido como “mearse en el guión”, significa intercalar palabras o frases que el autor no incluyó en el libreto pero que a los actores les parece que pueden engrandecer, o salvar, la representación. En periodismo, una morcilla era, hasta ahora, inventarse un texto destinado a completar la información. Eso sí, con la intención de dar lustre a la noticia, o hacerla más interesante, o más completa, o vaya usted a saber que miseria. Mearse en la profesión. En el prestigioso diario El Mundo, tantas veces ejemplo de periodismo riguroso y de calidad, han dado una vuelta de tuerca definitiva a la morcilla.

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“El rey Juan Carlos compra morcillas de Burgos”, titulaba a todo trapo la web del diario de Unidad Editorial el pasado día 7 a las 21:02. La información, acompañada de una gran foto, abría el digital del que presume ser “diario online líder de información en español”. El comienzo de la noticia no tenía desperdicio: “El monarca ha acudido a comer al restaurante del hotel Landa, muy cerca de Burgos. Después, ha pasado por la tienda para comprar estos embutidos”. Gran periodismo. Riguroso. Serio. Comprometido. Con un evidente servicio público. Quizá incluso periodismo de investigación: las morcillas eran de Burgos, cuidado, no de cebolla, no patatera, no blanca de Jaén (sin sangre). De Burgos, atención. Sangre, manteca de cerdo, arroz, pimentón, sal y cebolla.

Ante la duda, morcillismo. A la hora de abrir a lo grande el diario líder en internet en España, digo.

P.D.

Ana Botella anuncia que no será la candidata del PP a la alcaldía de Madrid. Lástima: deja la ciudad como los chorros del oro… La fotografía está tomada a las cinco de la tarde de ayer en la entrada al aparcamiento público de la plaza de las Descalzas, en pleno centro de Madrid.

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Había que intentarlo

TVE, la televisión pública española, estaba preparando un concurso familiar en el que las familias participantes tenían que ser como dios manda. Es decir, formadas por un hombre y una mujer. Es más, por un hombre y una mujer que viviesen, de manera habitual, bajo el mismo techo. Nada de mariconadas, de esas familias, por llamarlas de alguna manera, formadas por parejas homosexuales. Ni siquiera monoparentales. Un concurso para familias de las de toda las vida, de hombre y mujer, como tiene que ser.

No se si ha caído en la cuenta de que el programa, que se llama “¿Quién manda aquí?”, es la adaptación de un espacio turco, e iba a estar realizado por la productora privada Gestmusic, no era un encargo de 13TV, la cadena de los obispos. Era un encargo de TVE, la tele pública de todos los españoles. Y ha sido causa de escándalo, como no podía ser de otra manera: la asociación de defensa de los derechos del colectivo LGTB (lesbianas, gais, transexuales y bisexuales) ha dicho que resulta “más grave aún que sea TVE, una cadena pública, quien lo emita, que se dedique dinero de los contribuyentes a perpetuar un modelo que no es el actual”. La Asociación de Familias por la Diversidad, cree que se trata de un espacio “totalmente discriminatorio e ilógico. Nos  gustaría que explicaran cuál es el motivo. Hay una ley que nos permite casarnos y que está sustentada por el Tribunal Constitucional. Nos gustaría saber qué es lo que impide que una familia formada por dos hombres o dos mujeres, o uno de los padres y su hijo, sea reconocida en todos los ámbitos”.

Ante el follón organizado, en TVE han dado marcha atrás: en el nuevo programa podrán participar cualquier tipo de pareja que conviva y tenga un hijo. TVE parece un pollo sin cabeza, sin dirección, sin criterio.

¿Rectificar es de sabios? En este caso habría que preguntarle a tipos como Paolo Vasile, el capo de Telecinco, la cadena que nunca hubiese dudado: que la ideología nunca se imponga a la audiencia. Es decir, que puedes ser todo lo conservador que quieras, pero a la hora de hacer un concurso de éxito, cuanto más alboroto y alegría mejor. ¿Familias homosexuales? Por supuesto.

Pero la ideología es la ideología. Había que intentarlo… Y si no que se lo digan a Luz Sanín, senadora del Partido Popular por Ceuta. Según ella, “las subvenciones de Zapatero a los homosexuales aumentaron la deuda pública”.

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Matrimonio concursante en “¿Quién manda aquí?” (TVE)

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En El Mundo, un nuevo alarde de periodismo, educación y buen gusto: La niña del Gorila (Melody) ha crecido, ahora es más racial y menos putón”.

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P.D.2

Lo mejor que se pudo ver el fin de semana en televisión, sin duda alguna, estos dos legendarios sketches de Tip y Coll en La 2 de TVE (19:40). Así están las cosas…

Dictaduras buenas

El pasado sábado en La Sexta el director adjunto de El Mundo, Eduardo Inda, repetía uno de los mantras que le han situado en la cumbre del escalafón populista: “Podemos cobra dinero sucio de Venezuela”. Una frase escuchada una y mil veces que en esta ocasión sonó especialmente obscena, puesto que solo un par de días antes su periódico, El Mundo, había publicado un especial de 32 páginas sobre Guinea Ecuatorial. ¿Dinero sucio? No más que el conseguido con las mentiras del 11-M, para que usted me entienda.

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Resulta que no todas las dictaduras son iguales. Las que te contratan un suplemento de 32 páginas son, evidentemente, mucho mejores que aquellas que no lo hacen. La Guinea Ecuatorial de Teodoro Obiang tiene, según el especial de El Mundo, “grandes posibilidades como centro de inversión”, y “busca reanudar y profundizar sus lazos con España”. Por otro lado, según el director adjunto de ese diario, Eduardo Inda, la Venezuela de Maduro “asesina a la gente, tortura a los estudiantes y censura a los periodistas”.

Periodismo hipócrita que no vale el precio del papel, que pide a gritos que los lectores abandonen los grandes medios, que exige nuevas formas de entender la información. Hemos hablado de El Mundo, hablemos de El País. Un diario que no me ofrece lo que quiero saber, las razones por las que la cadena SER prescinde del excelente programa “Carne Cruda”, y me satura con publireportajes sobre espacios de la misma emisora que no me importan un pimiento: “El sexo calienta las ondas. “Contigo dentro”, una aventura erótica sin tapujos en la Cadena SER”.

P.D.

Según los datos de junio de OJD, El Mundo ha perdido el 16,9% de sus lectores respecto al mismo mes de 2013. El País, un 6%. En los seis primeros meses de este año Unidad Editorial, propietaria de El Mundo, ha sumado unos números rojos de 16,6 millones de euros.

 

Un motivo para NO ver la televisión

Mal encuentro a la luz de la luna

Autor: W. Stanley Moss.

Editorial: Acantilado.

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El subtítulo de este libro explica a la perfección su contenido: “El secuestro del general Kreipe en Creta durante la Segunda Guerra Mundial”. Kreipe era un militar nazi, y el autor, Stanley Moss, oficial británico del Servicio de Operaciones Especiales. Moss tiene un compañero muy especial: Patrick Leigh Fermor, escritor, historiador, militar y, sobre todas las cosas, incansable viajero de insaciable curiosidad del que hemos hablado alguna vez en este blog. Juntos lideran un grupo de miembros de la resistencia que se propone dar un golpe de efecto espectacular al ejército nazi en la isla de Creta.

Narrado sin dramatismo y sin rencores, en ocasiones con gran sentido del humor, “Mal encuentro a la luz de la luna” es un espléndido libro de aventuras. Moss cuenta los preparativos, las largas caminatas nocturnas, las penurias de sus hombres escapando por las montañas, refugiándose en cuevas, confiando en la población local… Detalles sobre sus compañeros de asalto y escapada, sobre los cretenses, sobre un episodio especialmente emocionante de la Segunda Guerra Mundial. Y de regalo, un prólogo y epílogo de Iain Moncreiffe y un post scriptum del mismísimo Patrick Leigh Fermor.

Sanción microgorda

La Sala Primera del Tribunal Supremo ha dictaminado que el diario El Mundo debe pagar 20.000 euros como indemnización por una de sus exquisitas piezas periodísticas. ¿Se castigan, por fin, sus informaciones sobre el 11-M? No, por dios. Eso es historia del periodismo español: los lectores nunca agradeceremos lo suficiente a los jefes del diario de Unidad Editorial por enseñarnos cuán bajo puede llegar a caer un medio de comunicación. El Mundo debe pagar 20.000 euros porque la Justicia considera que determinadas expresiones utilizadas en uno de sus textos de opinión son constitutivas de infracción “al derecho al honor y a la intimidad”.

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Un blog de televisión del periódico que fuera dirigido por Pedro J llamó a Chelo García Cortés, colaboradora del programa de Telecinco “Sálvame”, lindezas como “microgorda ponzoñosa”, “carroñera del montón y miss plumilla menopáusica transmutada en pequeña escribiente florentina del buitrerío ibérico”. Y dijo que tenía una “imbecilidad de grado cum laude”. Estos insultos tienen un precio: 20.000 euros. Un precio que se paga tarde, los insultos se vertieron en mayo de 2008, pero se paga.

Esta sanción me obliga a reflexionar por varios motivos. El primero es que colgué mi último post en El Mundo el 2 de noviembre de 2007, después de escribir durante tres años precisamente un blog sobre televisión (y sus mundos paralelos). Un blog que escribí, que escribo diez años después, con absoluta y total libertad, pero procurando no cruzar las líneas rojas que dictan el sentido común y la buena educación. No estoy seguro que haberlo conseguido siempre. ¿Habré faltado al respeto a alguien en todos estos años? Puede que sí. Lo siento. Nunca, en ningún caso, jamás, ha sido de manera premeditada, por razones personales, para conseguir visitas.

Me horroriza haber podido escribir cosas tan despectivas como “microgorda ponzoñosa” o “miss plumilla menopáusica”. Es posible que algún lector busque y encuentre expresiones parecidas en El Descodificador. Si no lo he hecho, es posible que haya estado cerca. Lo siento, insisto. Lo de “carroñeros” creo que puede tener sentido, por ejemplo, para definir a seudo periodistas que despellejan a famosos en programas basura. O que venden sus relaciones sexuales en televisión. Pero “microgorda ponzoñosa” suena demasiado miserable y personal, claramente ofensivo, francamente violento y absolutamente innecesario.

La culpa es del autor del blog de El Mundo, evidentemente, pero sólo en parte. Los medios exigen que los blogs tengan visitas, muchas visitas, para sobrevivir (El País acaba de cerrar decenas), y una forma de conseguir esas visitas es escribiendo post agresivos. El problema comienza cuando al opinador se le va la mano, se viene arriba, se cree impune por trabajar en un gran medio y, lo que es peor, ejerce esa agresividad con los más débiles. Cuando es crítico hasta la sangre con el poder, político o económico, o con su propio medio, bien por sus pelotas. Llamar a una tertuliana “microgorda ponzoñosa” es demasiado fácil, muy ruin y tremendamente injusto. 20.000 euros me parece una sanción… digamos que microgorda.

Decía Ryszard Kapuscinski que las malas personas nunca pueden ser buenos periodistas. Si desde un medio llamas a alguien “microgorda ponzoñosa” es muy posible que seas mala persona, y por tanto mal periodista.

Les pido disculpas de nuevo por lo que me pueda tocar. Lo siento. No volverá a pasar.

 

Un motivo para NO ver la televisión

Autor: Ben Brooks.

Editorial: Blackiebooks.

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Etgar tiene quince años. Bebe Nesquik y ron, fuma poco, come porquería, tiene una novia que le engaña, unos amigos raros, se da baños calientes, y pasea a su perro, Amundsen, menos de lo que debiera. Amundsen se caga en el salón de su casa. La vida de Etgar es una mierda, y el protagonista de nuestra historia se defiende escondiéndose bajo las sábanas, bebiendo, viendo series… y husmeando en chats sexuales. Cuando sus padres se van de viaje conoce a alguien en internet, y se gasta con ella el dinero que le dejó su abuela. Son dos personas inocentes, abofeteadas por la vida, dándose consuelo, ofreciéndose calor. Pero las cosas no son tan fáciles…

“Quiero correr por todo el barrio, rompiendo ventanas y encendiendo fuegos y meando en los buzones hasta que llegue la policía y me eche spray de pimienta en la cara y se me lleve. Quiero hacerles unos arañazos profundos en las piernas a los policías. Quiero darles cabezazos y clavarles los codos en los ojos. Quiero rebotar de una pared a otra en la celda hasta que me desmaye y me despierte treinta horas más tarde con una conmoción cerebral en un día que no sea hoy”.

Lolito es la historia de un pequeño perdedor. En ocasiones tronchante, a veces cruel, siempre naif. Ben Brooks (1992) es un escritor joven que tiene un estilo propio, sencillo pero ingenioso, que le viene al pelo a este libro moderno, chispeante, con más talento del que puede parecer en las primeras páginas. Un libro original y fresco que, presentado por Blakiebooks en una bonita edición con tapa dura, hay que leer.