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Hasta nunca, Rojo

Telemadrid ha despedido a Alfonso Rojo. O si usted lo prefiere, no le ha renovado el contrato. La noticia es que después de todo un año presentando el programa “Más Madrid”, un periodista tendencioso aficionado al insulto y la maledicencia dejará de aparecer en la televisión pública de los madrileños. ¿Una buena noticia? A medias…

Telemadrid se libra de un personaje nefasto. Esta es la buena noticia. La mala, que todos los directivos de Telemadrid que, lejos de prohibir el paso de individuos como Rojo a las instalaciones de la cadena, le abrieron las puertas de la misma, le pusieron al frente de un programa y le pagaron (dinero público) por ello, siguen en sus despachos, aferrados a sus cargos y sus nóminas.

La tan cacareada transición en Telemadrid sugerida por la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, de momento solo es una broma de mal gusto. Los problemas de la cadena pública madrileña van mucho más allá de Rojo, un simple grano en el culo de una cadena consumida por las hemorroides ideológicas: Telemadrid no es una televisión, es un instrumento de propaganda del PP madrileño. Echar a Rojo es una anécdota dermatológica, cuando lo que Telemadrid necesita es despiadada cirugía.

Mientras no se desmonte de raíz la infraestructura propagandística montada por Esperanza Aguirre y sus secuaces, Telemadrid seguirá siendo una vergüenza para todos: madrileños, periodistas y hasta los miembros honrados y cabales del PP, que imagino existen.

Un motivo para NO ver la televisión

Un buen hijo.

Autor: Pascal Bruckner.

Editorial: Impedimenta.

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Demoledora autobiografía del filósofo y novelista francés Pascal Bruckner, en la que presta especial atención a la influencia de su padre, un tipo instruido pero despiadado, un fascista de tomo y lomo, que marcará su vida. “En casa, la muerte reinaba como dueña y señora, todos éramos cadáveres diferidos, obligados a vivir protegidos como un burlete”.

Bruckner escribe de maravilla, cruzando en este libro fascinante anécdotas personales con reflexiones vitales y filosóficas. Es una cruda novela de formación, como bien reza la contra portada, pero también la espeluznante descripción de un individuo brutal, de un padre violento, despiadado, malvado. El hijo sobrevive a duras penas a la crueldad de un tipo que parece indestructible, y que resulta destructivo y perverso hasta el final de sus días. “Crecer es inventar la propia vida: envejecer es reducirla a algunos elementos anteriores. Si las decisiones han sido erróneas, la vejez será la imagen de esos errores”.

Destaca, por encima de las miserias familiares, el amor de Bruckner por la reflexión, por la cultura, por la literatura: “Los libros me han salvado. De la desesperación, de la estupidez, de la cobardía, del tedio. Los grandes textos nos izan por encima de nosotros mismos, nos ensanchan el alma hasta que alcanzamos las dimensiones de una república del espíritu”. Este es uno de esos grandes textos.

 

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El orgullo de Telemadrid

Una de las condiciones que impuso Ciudadanos para apoyar el nombramiento de Cristina Cifuentes presidenta de la Comunidad de Madrid fue cambiar la ley televisiva actual. Es decir, “despolitizar y profesionalizar” Telemadrid, y que la elección del consejo y del director general los realizasen mayorías cualificadas. Mutarse hasta parecer la BBC, exigieron los chicos de Rivera: servicio público y pluralidad.

Podría parecer que los directivos de Telemadrid lo han entendido a la primera: retransmitieron la marcha del Orgullo Gay en directo, con cuatro reporteros incrustados e integrados entre el personal. Sin el Follonero de derechas haciéndose el facha. Una cobertura mejor o peor de la fiesta, cuestión de gustos y falta de experiencia, pero cobertura a fin de cuentas, con momentos en los que incluso hablaban del número de asistentes en términos elogiosos. Un millón y medio de personas en la calle. Una fiesta.

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Salir del armario le ha sentado bien a la televisión pública madrileña: 9.5% de share, el doble de la media de la cadena y triple de lo registrado habitualmente por el programa “Aquí Madrid”, donde se emitió la marcha.

Parece lógico. Madrid es una comunidad amplia, abierta, acogedora… Una Telemadrid como la actual, nido de fachas y descarado órgano de propaganda de lo más rancio y lumpen del PP, no podía funcionar. Pero el telespectador estaba ahí. Agazapado en el sofá, frente al electrodoméstico, con el mando a distancia on fire. En cuanto las plumas sustituyeron a las corridas de toros, las carreras de tacones a los spaguetti western, y las dragqueen, los osos amorosos y los palomos cojos a los tertulianos casposos, la cadena ha revivido. Es una fantasía, apenas minutos de color y libertad, porque no se le pueden quitar las manchas a un leopardo: los despachos de Telemadrid siguen llenos de esbirros del PP. Pero ha sido un soplo de aire fresco, y un aviso de lo que está a punto de suceder.

Cifuentes y los suyos tienen que ceder el control de Telemadrid. Así se lo exigió Ciudadanos, y así se lo deben pedir el resto de partidos. Y los ciudadanos. Es una ocasión única para devolver a la televisión pública de los madrileños la dignidad. Y el orgullo, por supuesto.

Los economistas salvajes

“Siempre he sido un potro salvaje”. José Carlos Díez, economista mediático audiovisual televisivo.

Los personajes de moda en la televisión, después de los periodistas del corazón, los tertulianos y los cocineros, son los economistas. Las teles se están llenando de economistas. No hay cadena que se precie que no tenga en estos momentos a media docena en nómina. No hay tertulia ambiciosa, ni debate con pretensiones, que no ceda unos minutos a un economista que, trajeado o descamisado, desarrapado o guapeado, engominado o calvorota, intente traducir al ignorante telespectador las claves de esa ciencia que dominan a la perfección y que se llama economía. Maduros como Abadía, histriónicos como Gay de Liébana o tiernos como Daniel Lacalle, hablan con erudición de macroeconomía, de microeconomía o de astronomía, pues de todo saben. Del precio del barril de petróleo y del abono transporte, de las preferentes de Bankia y del gin tonic de Tanqueray, de la Bolsa de valores y del saco de patatas. Nada escapa al control del economista, un ser superior que puede hablar directamente a cámara, o contestar al presentador, o defenderse del opinador de signo contrario. Con pizarra o a pelo, no importan las circunstancias, su tono será siempre el mismo: firme, seguro, elevado, preciso, sin atisbo de duda. Porque el economista es, además de un gran economista, un comunicador acojonante, capaz de hipnotizar a los pardillos que le escuchan tratando de entender, pobres, esa ciencia de élites llamada economía.

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El economista es un ser superior, habíamos dicho, que siempre tiene un libro a la venta con todas las soluciones a la crisis. ¡Si los presidentes del Gobierno comprásen ese libro otro gallo nos cantaría! Porque los economistas televisivos, a diferencia del resto de los economistas, conocen los secretos de la economía, todos, y son conscientes de las claves del actual fracaso del sistema: ¡Somos el primer país europeo en Índice Mundial de Miseria, y ellos lo saben! Escuchar a un economista de televisión es escuchar a un hombre cabal e infalible, a un sabio, al tipo que tiene la solución a nuestros problemas. Todos deberíamos comprar su libro, porque conformarse con sus apariciones en televisión es claramente insuficiente. Pase usted por caja, que se lo pide un economista de los buenos.

Lo malo de los economistas de televisión es que se repiten mucho. Si les ves tres veces el mismo día, por ejemplo en un desayuno informativo a las nueve, en un magazine matinal a las doce y en un debate de actualidad a media tarde, corres el riesgo de memorizar, como un loro, sus frases favoritas, sus chascarrillos, sus citas y coletillas. Y puedes soltarlas, por ejemplo, cuando estés en la cola del INEM: “Si esto sigue así tendremos que hacer lo que decía Groucho Marx: que paren el mundo que nos bajamos”.

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Los economistas audiovisuales son potros salvajes. Libres, sanos, rebeldes, musculados, con la mirada limpia y el espíritu asilvestrado. No son casta, cuidado. No forman parte del sistema, atención. De hecho, son antisistema: la voz de los necesitados, de los desfavorecidos, de los excluidos, de los desahuciados. Compañeros de correrías del Pequeño Nicolas, la ex de Monago, la Pechotes y Bertín Osborne, los economistas audiovisuales son gente de fiar, ajenos al mundo de la telebasura. Líderes de opinión, los economistas de la pequeña pantalla tienen un nivel tan alto, tan serio, tan creíble, como para compartir plató y conversación con Marhuenda, Alfonso Rojo o Eduardo Inda. Exentos de las miserias de los medios de comunicación, ajenos a la tiranía del duopolio Mediaset/Atresmedia, los economistas de la tele son independientes, neutrales, autosuficientes. ¿Imprescindibles? Sin duda, porque como dijo el economista británico Alfred Marshall, “toda frase breve acerca de la economía es intrínsecamente falsa”.

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Hablemos en serio: Aprender economía y reírse es posible. Alternativas Económicas lanza una campaña de crowdfunding para financiar un libro de Enric González y Darío Adanti. Un diccionario irreverente de economía. Satisfacción garantizada.

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Intolerable. Telemadrid acosa a Juan Carlos Monedero, intenta sacarle de sus casillas para grabarle una mala palabra, un mal gesto. Y lo hace con el dinero de los madrileños. Y lo hace con total impunidad. ¿Dónde están las asociaciones de la prensa, de periodistas? ¿Dónde los políticos madrileños? Intolerable, insisto.

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Es un inmigrante sin trabajo… “pero”… es una persona muy honrada. No como otros inmigrantes sin trabajo, que son unos ladrones hijoputas.

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¿Recuerda usted la historia aquella de un necio que, en nombre de la ciencia, pretendía ser comido por una anaconda en Discovery Channel? Pues zampe interruptus: a los pocos segundos, cuando la serpiente apenas se lo había comenzado a merendar, el aventurero de pacotilla se ha echado atrás…

 

Un motivo para NO ver la televisión

Cracker

Cd: Berkeley to Bakersfield.

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Cracker, la banda de Redlands, lanza un doble disco sorprendente, dedicado a dos de las regiones más interesantes de California: Berkeley y Bakersfield. El primero, que recoge los sonidos de la zona de la bahía de Berkeley, suena garajero, punk y hasta funk. Música más abierta al exterior, menos tradicional. Rock and roll interpretado por un grupo que recurre, por primera vez en 20 años, a su formación original. El segundo disco, un homenaje al  Bakersfield de leyendas como Buck Owens o Merle Haggard, penetra en los valles del interior, secarrales, para rescatar las raíces, el country rock que ahora llaman Americana. Un trabajo ambicioso con 18 canciones diferentes, amplias, potentes en su primera mitad, soleadas en su segunda.

Dinero

Tenía que pasar. Era cuestión de tiempo. Y de dinero, por supuesto. En la televisión española actual todo es cuestión de pasta, no lo olvide usted ni por un momento. Dinero, dinero y dinero. Y si no es suficiente con ese dinero… pues será cuestión de poner más. Si la inversión es correcta, el éxito está garantizado: audiencia, publicidad… Es decir, dinero. Que llama a más dinero.

El programa de Telecinco “Un tiempo nuevo” no levantaba cabeza, superado cada noche de sábado por sus rivales de La Sexta. Hasta que tiraron de talonario, ficharon al pequeño Nicolás y machacaron a la tele de izquierdas de Atresmedia. Una vez encontrada la fórmula del éxito, viruta y más viruta, la cosa consiste en repetir el método: en la silla aún caliente del diminuto agente secreto se sentó, solo una semana después, la auxiliar que superó el ébola. Donde dijo Nicolás, diga Teresa. La receta mágica de la televisión moderna: el talonario.

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“No soy la misma. He vuelto a nacer, y no es fácil. Con todo el daño, con todo el sufrimiento… No es fácil esta segunda vida. Era más feliz antes”, dijo una nerviosa Teresa Romero. La presentadora se mostró no sólo como una gran periodista, sino también como una excelente entrevistadora: “Te tocas mucho la cara ¿Es un tic nervioso?”. Televisión ruin, basada en la comercialización de la desgracia, de la polémica, de los detalles personales (“al entrar en mi casa veo que faltan el 90% de las cosas”; “Yo no he tenido hijos y Excalibur era mi hijo”) de una mujer que ha estado muy enferma por ayudar a los demás, que ha sobrevivido, y que finalmente se ve devorada por ese ogro despiadado que es la televisión. A Telecinco la inversión le ha sido rentable: “Un tiempo nuevo” baja casi un millón de espectadores con respecto al pequeño Nicolás, la estrella mediática del momento, pero doblega de nuevo a “La Sexta noche”. Misión cumplida: Telecinco se mantiene líder de audiencia por tercer mes consecutivo.

¿Y Teresa? Que le vaya bonito. La despiden en plató, una heroína en entredicho, y dan entrada a la delegada del gobierno Cristina Cifuentes, una política tan cool como para tener tatuajes. La tele no está para hacer amigos. Recuerde: Está para hacer dinero.

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Así informa Telemadrid, la cadena pública financiada por todos los madrileños, de las primarias en Izquierda Unida. Gran periodismo.

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¿El tiempo que nos ha tocado vivir?

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Un motivo para NO ver la televisión

El baile de los penitentes.

Autor: Francisco Bescós.

Editorial: Almuzara.

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“La verdad es la verdad, Calahorra es Calahorra, el lugar donde nunca pasa nada malo, ni una gota de sangre desde la ocupación romana”. No se crea esta frase, que se puede leer en la recta final de “El baile de los penitentes”. Calahorra es la meca del crimen, de la droga, de los asesinos en serie y de las apuestas. Con permiso del Londres de Conan Doyle, el L.A. de Raymond Chandler o el Atlantic City de Peter Blauner, por supuesto. Calahorra es, a lo largo de las 410 páginas de esta novela difícil de olvidar, un lugar caliente donde se trapichea y se bebe, se juega y se mata, se sale en procesión y se intenta sobrevivir. Calahorra es, por unas horas, el centro del universo negro.

Una teniente de la Guardia Civil llamada Lucía Utrera, la Grande, intenta detener al asesino de una niña gitana. Una pareja de yonquis tiene una última oportunidad para rehacer su vida. Semana Santa. Un capo de la droga confía en su sobrino como heredero. Un hombre debe mucho dinero, demasiado dinero. La Banda de Cornetas y Tambores de la Cofradía de la Santa Vera Cruz. Un tipo que se golpea el pecho como un autómata en el acto de contricción. Y Los Borregos, un juego con retranca y mucha pasta sobre el tapete. Como sucede en toda buena novela policíaca, nada es lo que parece. Varias historias brutales, con sus correspondientes protagonistas, se cruzan en una trama compleja que fluye de manera natural, sin duda por estar escrita de maravilla: pese a la sucesión de historias, a los múltiples personajes, a los constantes giros, a los infinitos recodos, el lector jamás se pierde. Todo resulta complejo en un principio, y todo se va aclarando página a página hasta llegar a un final perfecto, lógico, magnífico. Absolutamente recomendable.