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Agnese va a morir

Un motivo para NO ver la televisión

Agnese va a morir

Autora: Renata Viganò.

Editorial: Errata Naturae.

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Imposible dejar de leer este libro, las aventuras de una partisana llamada Agnese, tan trepidante como emocionante. Porque la protagonista del mismo no es la partisana que nos suelen contar los libros y películas sobre el género. Agnese es la anti heroína: una mujer mayor, hogareña, discreta, aparentemente vulgar… pero que resulta valiente, decidida, humilde, generosa y, sobre todo, luchadora infatigable. Desde la mesura más absoluta Agnese se enfrenta a los nazis y a los fascistas con una constancia y una energía conmovedoras. Es la compañera ideal, la que nunca falla, la que jamás traicionaría, la que siempre está ahí, dispuesta a darlo todo por los demás a cambio de nada. Una gran mujer, una historia conmovedora.

“Pero el alemán no me preocupa, y tampoco que me hayan quemado la casa; ni haberme ido con lo puesto. Cuando vinieron a llevarse a mi marido, quería matarlos porque sabía que iban a asesinarlo, pero fui incapaz de moverme. Anoche, en cambio, llegó el momento”.

Todo tiene lugar en la Italia rural, durante la Segunda Guerra Mundial. Los nazis se sienten acosados por la inminente llegada de las tropas aliadas. Los fascistas italianos colaboran con los alemanes delatando a sus compatriotas. Y luchando contra ellos, desde la clandestinidad, los partisanos. Cuando los nazis deportan al marido de Agnese, comunista, ella sabe que le van a matar. Y se incorpora a la resistencia. De eso trata este inolvidable libro, de las aventuras de una mujer recia que lucha contra el ejército alemán con todas sus fuerzas, pero desde un segundo plano.

“Tenían una bonita finca de la que habrían vivido holgadamente, con un huerto de verduras, hortalizas y frutas, vacas y un gallinero; no necesitaban nada ni a nadie, habrían podido seguir con su vida sin correr peligro en ese rincón apartado, ocuparse de sus asuntos, velar por sus intereses y hacer dinero en el mercado negro. Y, sin embargo, se jugaban el pellejo a diario: trabajaban para la Resistencia”.

Editado a finales de los años 40, “Agnese va a morir” es un clásico de las letras italianas. Y lo es desde la sencillez de una prosa directa, sin aspavientos, que utiliza las palabras justas y dramatiza lo mínimo. Renata Viganò escribió una obra emocionante desde la moderación, desde la certeza y la verdad, sin necesidad de recurrir a la violencia desenfrenada o la sangre fácil.  Y podía haberlo hecho: lo brutal e inhumano del nazismo y el fascismo se agazapa en cada línea de este libro, solo superado por la esperanza, el valor y la solidaridad partisana. Una pequeña y entrañable maravilla.

“En la vida partisana, que se rige por sus propias leyes, dictadas por un anhelo personal de honor, fe, pulcritud moral y orden íntimo, ay, si no existiera ese tipo de justicia voluntaria, incluso en aquellos que parecían revestir escasa importancia. Los traidores se ejecutaban de inmediato, y hasta un pequeño error se castigaba con severidad: así pues, era necesario que la fidelidad, el coraje y el amor por la resistencia se reconocieran, se valorasen. No había recompensas, ni premios, ni promesas futuras, ni rimbombantes frases retóricas. Bastaba una palabra, un gesto, para demostrar que el compañero comandante, el compañero dirigente, o los compañeros de lucha habían reconocido el valor, la altura del individuo, la medida de su sacrificio, de su voluntad, de su capacidad”.

Cómo ser una buena criatura

Un motivo para NO ver la televisión

Cómo ser una buena criatura

Autora: Sy Montgomery.

Editorial: Errata Naturae.

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Sy Montgomery es una vieja amiga, a la que seguramente recuerde por dos libros que hablan de las relaciones entre humanos y animales tan diferentes como tigres y pulpos. “El embrujo del tigre” (Errata Naturae) y “El alma de los pulpos” (Seix Barral) son textos redondos que convirtieron a la escritora alemana, afincada desde niña en Estados Unidos, en referencia destacada en el mundo de la literatura de naturaleza: Montgomery escoge bien los temas, se sumerge en ellos sin miramientos y cuenta las historias que le suceden de maravilla. Por eso escribir este “Cómo ser una buena criatura”, una original autobiografía basada en trece animales que de alguna manera han marcado diferentes etapas de su vida: perros, cerdos, emús, armiños, equidnas… y por supuesto pulpos.

“¡Hay un cerdo en nuestro jardín! ¿Es vuestro?”, me preguntaban por teléfono, y allá que salía yo a buscarlo. A veces me presentaba en camisón y con el pelo enmarañado: la peor pinta posible para socializar, sobre todo con vecinos a los que apenas conocía. Pero siempre era bienvenida, porque, para cuando llegaba, Christopher ya había encandilado a sus anfitriones: me los encontraba rascándole las enormes orejas, restregándole la barriga o dándole alguna chuchería. “¡Qué mono es! ¡Pero qué simpático!”, exclamaban, Querían saberlo todo sobre él”.

En este libro Montgomery desnuda su alma animal en unas líneas en ocasiones sencillísimas, prácticamente infantiles, para dos párrafos más adelante mostrarse madura, emocionalmente intensa y fuertemente comprometida. Particularmente la prefiero cuando se convierte en una Durrell (Gerard, por supuesto) divertida y apasionada. En cualquier caso se trata de una obra original, de un trabajo original que Errata Naturae convierte en una pequeña obra maestra con su bellísima edición (mucha culpa es de las maravillosas ilustraciones de Rebecca Green).

“Aunque había aprendido mucho del tiempo que pasé con Clarabelle y sus parientes de ocho patas en la Guyana Francesa, nunca antes había llegado a hacerme amiga íntima de un invertebrado, y mucho menos de un invertebrado marino. El mero hecho de que fuera posible trabar amistad con un pulpo podía ser considerado en muchos círculos como un deplorable antropomorfismo: la proyección ficticia de emociones humanas en un animal”.

“Cómo ser una buena criatura” es mucho más que el regalo perfecto. Es una biografía sorprendente y emocionante, que analiza con sensibilidad la esencia de la naturaleza, que es la esencia de la vida: el amor, la soledad, la amistad, la muerte… Los intensos vínculos que nos unen con la tierra y relacionan con sus habitantes, nuestros hermanos.

 

El hueco de las estrellas

Un motivo para NO ver la televisión

El hueco de las estrellas

Autor: Joe Wilkins.

Editorial: Errata Naturae.

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Errata Naturae ha conseguido con su colección de narrativa Libros Salvajes lo que viene logrando con el resto de su catálogo: que el lector se entregue a sus títulos de manera ciega, sin reparar en autores, con la fe del integrista, creyendo de manera absoluta en su criterio editorial. Son de fiar. No publican textos mediocres. Buena prueba de ello es “El hueco de las estrellas”, del norteamericano Joe Willkins, un libro que reivindica de nuevo los grandes espacios, la fauna libre y la capacidad del ser humano para lo mejor y lo peor, para amar y odiar, para engancharse a la tierra con raíces indestructibles, para entender la libertad como principio y final de las cosas. Un libro con aires de clásico.

“¿Algún oso de las Rocosas recuerda que andaba por estas colinas y llanuras y suspiraba por ellas? Yo diría que sí. Todo forma parte de ellas. Como yo. Como tú hijo. Como tu abuelo mi padre y los abuelos que vendrán. Esta tierra somos nosotros. Lo sabemos desde hace mucho. Como una mano que ya no tuviéramos pero que siguiésemos sintiendo.

O quizá sea al revés. Quizá solo seamos un órgano de la tierra. Quizá nosotros seamos lo perdido y cuando la tierra ya no nos tiene nos llora. ¿Es así? ¿Llora la tierra por mi abuelo? ¿Por los osos grizzly desaparecidos? ¿O por ambos?”.

“El hueco de las estrellas” cuenta la historia de Wendell y Rowdy, dos seres abandonados por la suerte condenados a entenderse. Los lazos que les atan los dibuja una trabajadora social, que descubre que a Rowdy, un niño de siete años con rasgos autistas y la madre en prisión, solo le queda en el mundo Wendell, familia lejana, joven agricultor instalado en una caravana, condenado a pagar las deudas de las tierras de su padre y el tratamiento médico de su madre, fallecida. Juntos huyen de la vida real, se sumergen en las montañas y escuchan la redención en el aullar de los lobos. Wendel Protege a Rowdy, y las Bull Mountains se convierten en su último refugio.

Una novela que huele a musgo húmedo, a restos de alce devorado por un oso, a nubes de nieve y gasoil de camioneta. Y a miedo, amor y redención. Una propuesta de libertad, un canto a la naturaleza salvaje y a aquellos que luchan por romper con su destino. Un libro inolvidable sobre aquellos que sobreviven entre valles infinitos, disparos de escopeta y sensación de abandono. Estremecedor.

“Si esto es el final hijo que sepas que te quiero. Te lo debería haber dicho cuando vivía contigo. Díselo a tu madre también. Puede que esté enfadada conmigo por lo que ha pasado y por lo que he hecho pero díselo de todos modos. Siento todo esto pero hay una forma correcta de vivir y una forma incorrecta, y nunca coincidirán. Nunca. Grábatelo en tu corazón de muchacho y que se ilumine radiante como la luz de esta luna.

Voy a levantarme e irme de aquí. La noche. Las montañas”.

Enseñarle a hablar a una piedra

Un motivo para NO ver la televisión

Enseñarle a hablar a una piedra

Autora: Annie Dillard.

Editorial: Errata Naturae.

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Este libro no es una sorpresa: conocíamos a Annie Dillard gracias a “Una temporada en Tinker Creek”, un conmovedor canto a la vida campestre editado en su momento por Errata Naturae. No es una sorpresa por tanto, insisto, la excelente descripción que la escritora de Pensilvania hace de los diferentes lugares remotos que visita en una sucesión de expediciones naturalistas. Dillard viaja con información sobre el terreno que pisa, y los ojos muy abiertos. Y lo cuenta todo de maravilla, en ocasiones utilizando descripciones casi científicas, siempre con una sensibilidad descomunal que jamás resulta remilgada. Tiene perfectamente cogido el pulso a una nature writting vibrante, intensa, que engancha al lector y es capaz de sacudirlo con una reivindicación conservacionista para inmediatamente después derrotarse compartiendo su intimidad con la de una comadreja.

“Me gustaría aprender a vivir o recordar cómo vive. Para ser franca, vengo a la laguna de Hollins no tanto para aprender a vivir como para olvidar. Es decir, no creo que sea capaz de aprender a vivir de un animal salvaje en particular -¿debería chupar sangre caliente, mantener la cola erguida, caminar con  precisión sobre las huellas de mis manos?- , aunque sí podría aprender algo de su despreocupación, de la pureza de vivir con los sentidos físicos, de la dignidad de vivir sin prejuicios ni motivo. La comadreja vive en la necesidad y nosotros vivimos en la elección, odiamos la necesidad y al final morimos en sus garras de la forma mas innoble. Me gustaría vivir como debo vivir, que es lo que hace la comadreja. Y sospecho que, para mí, el modo de conseguirlo es el mismo: abrirme al tiempo y a la muerte sin sufrimiento, percibirlo todo, no recordar nada, elegir lo que viene dado con una voluntad feroz e incisiva”.

Annie Dillard es capaz de emocionarte hasta la lágrima con un párrafo dedicado a un árbol, un micro mamífero o una isla y, en la siguiente página, explicarte con la seriedad y contundencia de un científico los secretos de un ecosistema tan complejo como las islas Galápagos. Algo que solo está al alcance de los mejores. Aquellos capaces de disfrutar, e inspirarse, tanto con un pinzón que te picotea el pelo como con los estudios climatológicos que advierten del cambio climático. El campo es su hábitat.

“El silencio de la naturaleza es su único comentario, y cada escama del mundo es una astilla de ese palo mudo e inmutable. Los chinos dicen que vivimos en el mundo de las diez mil cosas. Lo que cada una de esas diez mil cosas nos grita es, precisamente, nada”.

“Enseñarle a hablar a una piedra” recoge catorce textos de diferente calado, que van desde ambiciosas expediciones a las regiones polares a modestas observaciones de un ciervo junto a la casa, pasando por misiones tan aparentemente imposibles como enseñar a hablar a una piedra. Dillard está cómoda en todos los terrenos, siempre que no tenga un techo sobre su cabeza. Naturaleza y gran literatura recorren de la mano los caminos del planeta. Un placer enorme.

“Me debato entre la idea del planeta como hogar –una morada de piedra con jardín, acogedora y familiar- y la idea del planeta como territorio de exilio austero donde todos estamos de paso. Hoy me declino por esta segunda opción… El planeta en sí es un peregrino en un espacio sin aire, una bola húmeda arrojada a través de la nada. Los pocos objetos que hay en el universo se dispersan. La coherencia de la materia se reduce y se desmorona hacia la quietud”.