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Leer al poder

Juan Cruz ha tenido que salir, por una vez y sin que sirva de precedente, en defensa de El País. “Yo sí leo El País”, titula una columna/post en la que no duda en hacer dolorosa autocrítica: “Este periódico que rodea este blog, y que tiene una versión en papel, que es mi preferida, con perdón de los que prefieren el digital, me da el confort del orden que otros han elegido para mí. Hay historias humanas, del extranjero y de España, hay entrevistas de piedra, de mármol y de humo, hay un esfuerzo enorme de reporteros que se juegan cada día el oficio de contar sin saber que al cabo de sus días o de sus noches alguien va a decir, como si fuera un hallazgo: que conste que ya no leo tu periódico”.

Debo reconocer que yo también leo El País. Pero cada vez menos. Lo que no hago de ninguna manera es comprarlo. No hace falta para dar un repaso a la crónica deportiva, a Forges y El Roto, a unos cuantos amiguetes y a otros tantos buenos periodistas que sobreviven. En el bar, en el teléfono… Cada vez leo menos El País, el mejor de los grandes periódicos nacionales, porque cada vez me interesa menos lo que dice, y porque en algunos momentos incluso se atreve a faltarme al respeto. Es decir, pone en duda mi inteligencia, mi criterio. Por ejemplo cuando habla de Podemos. O cuando intenta destruir a Pedro Sánchez (sí, destruir) en un desesperado apoyo a Susana Diaz. Podría ponerle más ejemplos. Como lector, es muy difícil creer en periódicos que insultan tu inteligencia.

Mucha gente ha dejado de leer El País, las ventas del diario han caído un 26,4% en el pasado mes de enero en relación a las del mismo mes del año 2016, y otros muchos están en ello. En un mundo como el actual, donde la sobredosis de información (la mayoría de baja calidad) es brutal, los grandes diarios deberían ser diferentes, marcar la diferencia, ofrecer más y mejor. Más compromiso, más espíritu crítico, más independencia, más denuncia, más libertad, más periodismo. Pero no pueden, porque han recortado sus plantillas, son más dóciles, están del lado del poder. Y el periodismo y el poder son agua y aceite.

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Un motivo para NO ver la televisión

Un millón de años.

Autor: David Sánchez.

Editorial: Astiberri.

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Aunque no lo sepa, es casi seguro que usted no solo conoce a David Sánchez, sino que incluso le admira. ¿Recuerda esas portadas de la editorial Errata Naturae con maravillosos retratos de Walt Whitman, Marx, Thoreau o Nietzsche? ¿Esos retratos de familia de Mad Men, Juego de Tronos o criminales y prostitutas tatuados? Pues son suyos. Sánchez no se prodiga mucho con los cómics en este formato, un álbum completo, editado por cierto de manera lujosa por Astiberri, así que la satisfacción es enorme.

“Un millón de años” cuenta historias de otros mundos habitados por otros seres. Parecen humanos, pero… Muchas veces ni los humanos lo parecemos, ¿verdad? No importa si tienen un solo ojo o cuatro, si se tranforman en culebra o tienen cara de sapo, si tratan de sobrevivir o matan por placer. El asunto es que usted leerá “Un millón de años” diferente al que he leído yo. Excepto por una cosa: la belleza de unas ilustraciones inquietantes, de unos personajes diabólicos o entrañables, de unos paisajes de otra galaxia.

Este cómic quién sabe si futurista o prehistórico me recuerda a los mejores momentos fantásticos de otro gran artista: Moebius. Ese escenario que se desdobla, esos personajes en constante evolución, esos mundos raros que nos invitan a explorar los rincones del inconsciente. Torcer la cinta, cambiar la dimensión, ser dualidad, decía Jean Giraud cuando pasaba a ser Moebius, cuando aparcaba a Blueberry y se subía al terodáctilo de Arzach. David Sánchez, como Moebius, ama el desierto. El lugar ideal para situar sus aventuras, para que la imaginación vuele, para invocar al chamán, para abrir los ojos, la mente, a un espacio metafísicamente limpio, amplio, perfecto y en constante evolución. El territorio por el que se mueven los protagonistas de “Un millón de años”, el cómic fuera de plano. Dantesco, hermoso y sorprendente.

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La libertad de prensa (según Prisa)

Escribía el domingo Antonio Caño, director de El País, una interesante columna titulada “Amenazas a la libertad de prensa”. Su tribuna se centraba en advertir de la llegada de Donal Trump y del peligro de los populismos (usted ya sabe a quiénes me refiero): “Destruir el prestigio y la credibilidad de los medios principales, nada de lo que ellos critiquen tendrá impacto entre mis seguidores… Le ha funcionado a Trump…Y le ha funcionado a otros, que han podido despreciar sin aclarar las sospechas sobre sus fuentes de financiación”.

Caño también dice cosas hermosísimas, de esas que ponen la piel de gallina a cualquier demócrata: “una prensa independiente y fuerte es más necesaria que nunca… Sin ella, simplemente estaríamos a merced de los embusteros y los manipuladores”. E incluso hace autocrítica: “Su excesiva cercanía al poder (de los periódicos), su distancia con los lectores, su endogamia y arrogancia impidieron a veces que los diarios hiciéramos una adecuada interpretación de los hechos”.

Olvida Caño, y eso que habla de la “excesiva cercanía al poder” como motivo de descrédito de los periódicos, un par de noticias que le vendrían al pelo para defender su teoría. La primera, el último gran fichaje de El País: Alfredo Pérez Rubalcaba se incorporó en septiembre del pasado año al consejo editorial del diario de Prisa, para debatir la línea editorial del mismo. La segunda es más reciente y afecta a su grupo: Augusto Delkader, presidente de la Cadena SER, se ha convertido en consejero ejecutivo de la constructora Sacyr.

Hay que tenerlos muy bien puestos para hablar de “la cercanía al poder” como amenaza a la libertad de prensa con Rubalcaba en tu consejo editorial y Delkader como consejero de Sacyr. Caño los tiene. Muy bien puestos, digo. Recuerden que llamó “insensato sin escrúpulos” a Pedro Sánchez. Lo que viene siendo la sagrada libertad de prensa.

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Un motivo para NO ver la televisión

La era de la Yihad.

Autor: Patrick Cockburn.

Editorial: Capitán Swing.

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Vivimos tiempos convulsos. Y todo parece indicar que los que vienen pueden ser aún más complicados. Escribo esta reseña cuando el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha decretado la prohibición de la entrada en EEUU de ciudadanos de Libia, Irán, Irak, Siria, Somalia, Sudán y Yemen durante 90 días, hasta la cancelación de todos los visado de refugiado político. Una orden que incluye un refuerzo de las medidas de control para la entrega de visados.

“Estados Unidos recurrió a los señores de la guerra como aliados locales, a pesar del odio generalizado que les profesaban los afganos de a pie. El atractivo político de los talibanes, dejando a un lado su intolerancia y su oscurantismo religioso, había radicado siempre en su supuesta oposición al caciquismo de los señores de la guerra. Lo que vino después fue una profunda desilusión con el Gobierno de Karzai y, cuando empecé a visitar y a escribir de nuevo sobre Afganistán, a partir de 2008, me di cuenta de que el rasgo político dominante era la antipatía o el odio hacia el Gobierno en todos los niveles de la sociedad”.

Es el momento perfecto para leer “La era de la Yihad”, del periodista irlandés Patrick Cockburn. Se trata de una recopilación de textos importantes, escritos en primera línea de conflicto, desde el corazón de Iraq, Siria, Afganistán y Libia. Puro periodismo, necesario a todas luces para entender un problema que sacude la estabilidad mundial. Desde Oriente Próximo el periodista, que es también un meticuloso analista, ofrece al lector clarificadoras crónicas no solo sobre el presente, sino sobre las raíces del problema. Imprescindible, insisto, para entender qué está pasando, qué puede pasar.

“La expresión “Primavera Árabe” está en el origen de muchas ideas equivocadas sobre lo que ha ocurrido en Oriente Próximo y el norte de África en 2011 y los años posteriores. Es un término que alimenta la idea de que las flores frescas de la democracia, la tolerancia y la paz sustituirán a los viejos y despóticos regímenes dictatoriales. Evoca recuerdos de la Primavera de Praga y crea la esperanza de que en el mundo árabe el declive de los viejos estados policiales será tan pacífico como en la época de la caída del comunismo hace un cuarto de siglo.

Cinco años después, la gente es muy consciente de que eso es exactamente lo que no ha ocurrido y muchos sienten que en 2011 les engañaron”.

“La era de la Yihad” es periodismo en estado puro. Periodismo de la mejor calidad, obra de un especialista que no solo domina los temas que trata, el estado Islámico y la guerra en Oriente Próximo, sino que sabe escribir. Y observar. Y situar en el tiempo y la historia. Y contarlo todo con pasmosa eficacia, alternando la historia con la actualidad, desde el corazón del conflicto. Una lección de reporterismo de altísimo nivel, un periodismo que ya solo hacen unos pocos maestros. Cockburn es uno de los mejores.

I Master de Rock and Roll Matutino sobre Ruedas.

Lunes 30 de enero

Louie Louie.

The Kingsmen.

“O eres de los del Louie Louie o eres de los otros”, decía un colega. Los del Louie Louie son los del rock and roll. Los otros son… los otros. El resto. Richard Berry, cantante y compositor nacido en Nueva Orleans, escribió este himno en 1955. En él está la esencia del rock and roll, desde entonces hasta nuestros días: menos de tres minutos de riff muy claro, guitarras incendiarias, y una melodía que invita al baile. Existen decenas, cientos de versiones, del Louie Louie. Desde David Bowie hasta Motorhead, pasando por los Flamin Groovies o los Kinks, todos han querido hacer suya esta obra maestra. Pero la más conocida, la que la ha convertido en inmortal, es la grabada en 1963 por una banda de garaje de Oregón: The Kingsmen. Escucha y luego dime: ¿Eres de los del Louie Louie?

¿Qué fue de los intelectuales?

De vez en cuando uno se pregunta por el papel de los intelectuales en la sociedad española actual, corrupta y embrutecida, capaz de valorar más el corte de pelo de un futbolista que un buen libro, una canción hermosa o un gesto de solidaridad con los desfavorecidos. ¿Dónde están los intelectuales, dónde sus ideas y sus propuestas, dónde su compromiso y su lucha?

En la España actual, la de la resaca del ladrillo y los nuevos ricos, de los millonarios de pelotazo y los pobres de hambre y frio, de la corrupción y el hastío, los intelectuales deberían estar en la calle. No solo firmando en la Feria del Libro o en el pasillo de los grandes almacenes, sino junto a los titiriteros y los raperos, recorriendo los pueblos y ciudades de España como hizo La Barraca de Lorca y Ugarte, como soñó la Institucion Libre de Enseñanza. Necesitamos resucitar una versión moderna de las Misiones Pedagógicas de la Segunda República Española, imprescindible para compensar de alguna manera la destrucción de la cultura y la educación que han llevado a cabo durante décadas PP-PSOE. Hace falta que los intelectuales encabecen, o al menos jaleen, una revolución cultural.

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Pero los intelectuales han desaparecido. De las calles, digo. Las razones son muy diferentes. Arrogancia, vanidad, egoismo, inseguridad, ambición… o simplemente porque les dan asco las mierdas de perro que inundan las aceras: coja una bolsa, por si vomita de asco, y lea la columna que ha publicado Javier Marías en El País bajo el ingenioso título de “Perrolatría”: “Lo de los derechos de los animales es uno de los mayores despropósitos (triunfantes) de nuestra época. Ni los tienen ni se les ocurriría reclamarlos”.

¡Ah, las boutades de nuestros ingeniosos intelectuales! Dispuestos siempre a escandalizarnos, a ir contracorriente. Bueno, siempre que no afecte a sus relaciones sociales, a sus contactos editoriales, a sus ambiciones académicas. En la España actual, ¿A qué mejor cosa podría dedicar un intelectual el espacio privilegiado de una columna en El País que a los no derechos de los perros?

No necesitamos momias sentadas en la Academia, sino activistas dispuestos a pisar esas calles llenas de mierda de perro para despertar a los ciudadanos, estimular su espíritu crítico, alimentar sus necesidades intelectuales y fortalecer, en resumen, la vida cultural del país aletargado. No nos hacen falta ególatras de suplemento dominical, intelectuales de salón, culturetas de ministerio, filósofos de tertulia radiofónica o eruditos lamedores de culos. Necesitamos a los escritores, músicos, pintores y dibujantes, actores y cineastas, escultores y titiriteros a pie de calle, de centro cultural, de plaza de pueblo. Bebiendo vino en las tabernas, no en la entrega del premio Planeta. Necesitamos una labor educativa popular, al margen del Estado. Necesitamos la base intelectual para una revolución social. Y la necesitamos YA.

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Un motivo para NO ver la televisión

La industria de los sueños 2: ¡Pura fórmula!

Autor: Paco Alcázar.

Editorial: Astiberri.

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Estamos ante una colección de chistes para cinéfilos marcados por la mordacidad, la ironía y el sarcarsmo. La recopilación de los últimos cuatro años de las tiras publicadas por Paco Alcázar, dibujante y guionista, en la revista Cinemanía. Pura guasa en chascarrillos de una página, flashes sobre películas, actores y directores presentados en colores luminosos, con textos desternillantes y una presentación original: 15 por 15 centímetros, algo más grande que un CD, con tapa dura, lomo grueso, buen papel y excelente impresión. Un regalo grande.

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¿En qué quedamos, Cebrián?

El día del debate televisivo a cuatro entre Rajoy, Iglesias, Sánchez y Rivera se podía leer en la página 17 de El País: “Si es verdad que la campaña del 26-J será una de las más decisivas de la historia, con alrededor del 30% de los electores aún indecisos, el debate de esta noche entre los cuatro principales candidatos puede resultar un punto de inflexión determinante”.

Dos días después del debate televisivo a cuatro entre Rajoy, Iglesias, Sánchez y Rivera se podía leer en la portada de El País: “Pablo Iglesias gana un debate sin influencia en el voto del 26-J”.

¿En qué quedamos, Juan Luis? ¿Punto de inflexión determinante o sin influencia? Pues quedamos en que no va a ser fácil.

Va a ser sumamente difícil. Tanto que incluso un socialdemócrata de verdad como el ex ministro Jordi Sevilla, no como esos socialdemócratas perroflautas antisistema, acaba de hacer público el plan B del PSOE: “para evitar terceras elecciones, si no hay mayorías, debería dejarse gobernar al candidato que consiga mayor apoyo parlamentario”. PP incluido. Un tuit que responde a muchas de las preguntas a las que no se atrevió a responder Pedro Sánchez en el famoso debate televisivo.

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¿Todavía tiene dudas sobre las intenciones del PSOE? El camino a la perdición emprendido por Sánchez y compañía es tan evidente que incluso han recuperado a Alfonso Guerra, leyenda del Club de la Comedia socialista, para poner un toque de chascarrillo y buen humor al suicidio del partido del Pablo Iglesias sin coleta: “no nos han perdonado, nos la guardan desde 1921″, dijo el hermano de Juan Guerra en referencia al viaje de Fernando de los Ríos a la Rusia bolchevique que hizo que el PSOE no quisiera entrar en la III Internacional comunista. “¡Bolcheviques, chavistas, comunistas”, repetía el muy cebolleta aferrado al micro. Y sentenció: “Solo por ver cómo se le hiela la sonrisa (a Pablo Iglesias) merece la pena votar al PSOE.

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Un motivo para NO ver la televisión

Soñadores

Autores: Edmond Baudoin y Cédric Villani.

Editorial: Astiberri.

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Cuando parece que ya nada puede sorprendernos en el mundo de la historia gráfica, que ya está todo dicho en el lenguaje del cómic, resulta que Astiberri edita “Soñadores” y nos deja con los ojos abiertos. Y una gran sonrisa: estamos ante una obra maestra difícil de definir, entre el dibujo documental y la poesía científica. Un libro que en 190 páginas narra, mediante ilustraciones sombrías y textos rigurosos, la suerte de cuatro hombres geniales que fueron capaces de cambiar el curso de la historia.

“Los humanos necesitan dar una dimensión personal a los acontecimientos y muchos comprenden la historia de la humanidad al hilo de las figuras políticas… Hay en cambio quienes, inspirados por Marx y Tolstoi, prefieren ver la historia como el fruto de la acción de los pueblos, las luchas de clases, humanas, culturales, sociales, económicas…”.

El dibujante Edmond Baudoin y el matemático Cédric Villani unen sus fuerzas en este titánico proyecto, una obra colosal que analiza las vidas, y sobre todos los pensamientos y las obras, de cuatro científicos tan brillantes como poco conocidos. Werner Heisenberg (un genio de la estructura atómica que dirigió el intento alemán por tener la bomba nuclear), Alan Turing (precursor de la informatica moderna que descifró el código nazi Enigma), Leo Szilard (excéntrico físico que pensó en la posibilidad de una reacción nuclear en cadena) y Hugh Dowding (oficial al mando de la RAF tan importante en la batalla de Inglaterra como para que Churchill le dedicara aquello de “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos” ) son los protagonistas de un libro de historia sorprendente y hermoso que demuestra que tan importante como los hechos es saber contarlos.

“Entre una cosa y otra, esta obra aborda de forma tangencial tres conocidas controversias cientifico-históricas. La primera es el papel de Heisenberg durante la guerra. La segunda guarda relación con la muerte de Turing. La tercera tiene que ver con la influencia de la bomba atómica en las relaciones mundiales. ¿fue un factor estabilizador o desestabilizador? El hecho de que en los últimos setenta años no haya habido conflicto atómico alguno parece dar la razón a la teoría del equilibrio del terror.

“Soñadores” es un libro ambicioso y deslumbrante. Pero no es un libro fácil. Exige la atención de un lector dispuesto a volver atrás para terminar de comprender una teoría, para acabar de entender un análisis, para volver a disfrutar de las dudas morales de un físico sumergido en un homenaje a Harold Lloyd. El goce de la historia y la ciencia, la belleza de la ilustración, en una obra extraordinaria.

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