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TVE, a punto de caramelo

Un informe sobre RTVE solicitado por la SEPI (Sociedad Estatal de Participaciones Industriales) asegura que la radio televisión pública española “no ha sabido adaptarse ni al cambio de hábitos de los usuarios ni al entorno audiovisual en transformación”, y que su estructura está “desajustada”. Pide “un plan de futuro” ante la delicada situación patrimonial.

Espero que el informe haya sido barato. Era absolutamente innecesario. Basta con echar un ojo a la programación de RTVE, o a sus cuentas, para comprender que algo está fallando, que la radiotelevisión pública no funciona, que a quienes deben encargarse de su gestión solo les interesa como instrumento de propaganda.

Con RTVE llevan décadas tomando el pelo a los ciudadanos. Han diseñado un ecosistema audiovisual que favorece a las cadenas privadas, el famoso duopolio formado por Atresmedia (Antena 3 y La Sexta) y Mediaset (Telecinco y Cuatro), despreciando la televisión pública. Los resultados de semejante trapicheo son demoledores: las privadas se forran (166 millones de beneficio Mediaset, 99 millones Atresmedia) mientras TVE se hunde (37 millones de pérdidas netas).

El concepto que muchos políticos tienen del servicio público es difícil de entender. Mire la parrilla televisiva y sabrá de qué le hablo. Televisión comercial: telebasura y propaganda política. Televisión pública: propaganda. ¿TVE? Se encuentra en la última fase del proceso de demolición al que ha sido sometida en los últimos tiempos. Solo es cuestión de días que alguien proponga privatizarla: “Está demostrado que es una ruina, que pierde dinero y audiencia, que a los ciudadanos no les interesa y les cuesta dinero. La gestión privada mejoraría los contenidos y las cuentas”, dira el político a sueldo del empresario.

En este sentido, resulta enternecedor el editorial del diario El País titulado “RTVE necesita un plan”. Prisa, una de las empresas que mayores beneficios ha obtenido de los trafullos audiovisuales de sucesivos gobiernos, y que peor los ha gestionado, se atreve a hablar de la incapacidad del Gobierno “para definir un modelo televisivo”.

Si quieren hundir la sanidad y la educación públicas, ante la indiferencia de buena parte de los ciudadanos, la verdad es que no encuentro razón para que no hagan lo mismo con la televisión.

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Euroscuridad

El titular es de los que ponen los pelos de punta: “Es imposible saber cuánto cuesta a España participar en Eurovisión”. Y es que el Gobierno de Mariano Rajoy, el mismo que impulsó a bombo y platillo la llamada Ley de Transparencia, ahora ha presentado cinco recursos a los tribunales para oponerse al Consejo de Transparencia y no tener que dar información sobre los gastos de, entre otras cosas, RTVE. Como si de un fondo de reptiles se tratase.

Euro

Todo comenzó cuando un par de ciudadanos curiosos quiso conocer el coste de la participación española en Eurovisión. Ya sabe, los viajes, el vestuario, las dietas, los hoteles. RTVE ni les contestó, a fin de cuentas eran solo un par de insignificantes ciudadanos. Ante la insistencia de la pareja, qué pesaditos, el Ente respondió que las cifras podrían perjudicar sus intereses comerciales. Secreto de Estado. Algo difícil de entender en una televisión pública, sin publicidad, sin intereses comerciales. El Consejo de Transparencia dió la razón a los ciudadanos: “Proporcionar información desagregada sobre el coste en euros por cada canal de televisión abierto al público no daña el secreto comercial o empresarial ni los intereses económicos”.

“¿En qué cojones se están gastando nuestras perras?”, se preguntará un tercer ciudadano, menos paciente y templado que los dos anteriores. Un tipo éste último quizá desconfiado por naturaleza, quién sabe si alguien estafado por Bankia, un votante del Partido Popular o simplemente un telespectador que vio el otro día el programa de Osborne y Arévalo. Una víctima, en resumen, de los tiempos oscuros y sucios que nos ha tocado vivir.

Lo que piden esos dos señores no parece tan raro: ¿Cuánto ha costado, nos ha costado, la participación española en esa basura llamada Eurovisión? La simple ocultación, la nula transparencia inicial, nos hacen temer lo peor. RTVE no solo es gris en su programación. Algo huele mal en su gestión económica.

La redacción de la vergüenza

Tenemos por delante unos meses repletos de citas electorales: Además de los comicios andaluces del 22 de marzo, en mayo habrá elecciones autónomicas y municipales. En otoño nueva cita en Cataluña y, a partir de noviembre, se abrirá el nuevo período para convocar elecciones a las Cortes Generales. En RTVE, una empresa con más de mil periodistas en plantilla, están pensando en reforzar su redacción de informativos. ¿Acaso no le parece suficiente personal? Bueno, querrán hacer un trabajo formidable, en el que destaque su información independiente y libre. Ya, pues en ese caso ahí tienen a 4.000 profesionales en el banco de datos. Sí, pero RTVE busca unos perfiles diferentes, que les ofrezcan mayores garantías. La crème. Por ejemplo los periodistas de Intereconomía, cantera perfecta para elegir profesionales de refuerzo para una televisión pública, ¿verdad?

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Los trabajadores de TVE no lo ven así, y hablan de la creación de una “redacción paralela”. Como sucedió en Telemadrid. ¿Una redacción incorruptible que garantice la independencia y la pluralidad de TVE en este año electoral? No exactamente. ¿Una redacción a la medida de los tiempos, del periodismo y de las necesidades de los ciudadanos? Frío, frío… Una redacción al servicio del Gobierno, pero pagada por todos los españoles. Lo cuentan los propios trabajadores de TVE en notas internas: “Ya no es que traigan directivos, muchos de ellos ignorantes de las técnicas de televisión; es que ahora fichan redactores de la competencia, al margen del banco de datos, donde hay miles de periodistas, que ya han trabajado aquí, y a los que se margina”.

El tsunami electoral que se avecina exige quitarse las caretas. No es tiempo de tibiezas, no hay lugar para la prudencia, el disimulo o las medias tintas. O echamos el resto, dicen los directivos populares de RTVE, o nos quitan el puesto. Quememos pues las naves y hagamos de la televisión pública española la mayor arma de desinformación masiva de la historia. Ya lo adelantó Carlos Floriano: “TVE está al servicio del gobierno y del partido que lo sustenta”.

¿Un escándalo? Sí, pero nada que no pueda soportar una sociedad anestesiada, como la nuestra. Nada que ruborice al Gobierno, y a unos grandes medios de comunicación entregados. Nada que ponga en pie de guerra a las asociaciones de prensa, o a esa Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión preocupada en dar premios a Ana Rosa Quintana “por su trayectoria profesional”.

El-Roto

Un motivo para NO ver la televisión

Subsuelo

Autor: Marcelo Luján.

Editorial: Salto de Página.

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Argentino de nacimiento y madrileño de adopción, Marcelo Luján es un escritor de largo y tortuoso recorrido. “Subsuelo” es una novela compleja, intensa, difícil, que habla de la culpa y la redención, de la familia y las amistades peligrosas, de las emociones viscerales y las consecuencias del desamor. Luján ha escrito un libro que se mueve en el tiempo, que viaja de verano en verano, de chapuzón en chapuzón, a través de las vidas de unos seres acogotados por las hormigas y los secretos.

“Subsuelo” es una historia de personas complejas y atormentadas que viven situaciones límite. “Siente que la boca se le seca de pronto y que la sangre se le junta toda en medio del pecho y que si cerrara los ojos no vería todo negro sino todo blanco y ciego y desquiciante”. Una novela de contactos constantes, de cruces de acusaciones, de diálogos cargados de intención y veneno. No es un libro fácil, es un libro tremendo que zigzaguea por el interior de las entrañas. “No se trata exactamente de una bifurcación y el sendero es, de pronto, más estrecho, más escabroso aún. Algunos tallos tienen pinchos, otros, cogollos con pinchos”. Doloroso, intenso y en ocasiones aterrador.

La historia interminable

Con el ánimo por las nubes tras uno de esos partidos de fútbol para la historia, afronté la gala de los Goya, la fiesta del cine español, con una sonrisa en los labios. Suele ser un coñazo, me dije, con sus agradecimientos eternos y sus vanidades desbocadas, pero después del 4-0 me creía capaz de soportar el chiste menos gracioso, el play back más doloroso (Miguel Poveda), el discurso más soso (González Macho), el llanto más grimoso (Nerea Barros) o incluso la sonrisa cínica de un ministro asqueroso.

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Me gustó el comienzo, con un Dani Rovira en el que no tenía depositadas demasiadas esperanzas absolutamente brillante. Seguro, ágil, simpático… Tras la primera hora la fiesta comenzó a repetirse y, lo que es peor, a desangrarse: el aburrimiento es el peor enemigo del cine y, lógicamente, de una gala cinematográfica en la que sobran agradecimientos, discursos y minutos. Y por supuesto actuaciones musicales freaks, humoristas casposos y bailoteos interminables. Y a la que faltan películas: es terrible ver cómo todo gira alrededor de dos únicas cintas, “La isla mínima” y “El niño”.

Cuatro horas eternas. Entiendo el cine como entretenimiento, pero también como compromiso y denuncia. Por eso me parece brillante aprovechar los minutos de gloria para algo más que saludar a tus padres y dedicar la estatua a tus hijos. Algo que muy pocos de los que subieron al escenario tuvieron pelotas de hacer. Por eso me gustó lo que disgustó a ABC: “Amigos de la cultura y el cine español… señor Wert, no está incluido en esto”, dijo Pedro Almodovar al presentar a Antonio Banderas. En el diario conservador y ultragubernamental titulaban: “Todo el cine español respeta a Wert, menos Almodovar”.

Pero el auténtico premio a la interpretación, el Goya entre los Goya, se lo merecen no Penélope Cruz, Bárbara Lennie o Carmen Machi, actrices todas ellas de medio pelo si las comparamos con la vedette estrella de la política española, la Lina Morgan de la bufonada popular y el sainete social, caricata de la administración e histriona de lo público. La gran Esperanza Aguirre.

“No pondría la mano en el fuego por Rajoy”, reconoce la lideresa a Jordi Évole en una de las entrevistas más surrealistas que recuerdo. Évole ironizando de manera burda, provocando descaradamente a una Aguirre que aguanta el tirón, traga bilis y actúa como una Linda Lovelace conservadora para no dejarse llevar por la furia y desperdiciar la oportunidad televisiva. Patética. Repite su eterno discurso, yo no sabía nada de nada, pobrecita mía, e incluso torea con facilidad las preguntas del presentador: “En la Comunidad de Madrid no ha habido recortes ni en Sanidad ni en Educación”, dijo a un Évole que debió responderle con cifras. Por ejemplo: Entre julio de 2011 y julio de 2013, el recorte de personal en Sanidad y Educación en la Comunidad de Madrid superó los 7.500 profesionales.

Y cuando se cansó, se levantó y se fue.

P.D.

¿Censura en los guiones de los Goya? Me temo que a nadie le extrañaría. Pues eso dicen que le sucedió al actor Carlos Areces, que se presentó en la gala con unas preciosas gafas naranjas y un lazo del mismo color en solidaridad, el lazo, con los trabajadores de RTVE. Areces tenía que entregar uno de los premios, pero cuentan que la organización le pidió que se quitara el lazo y que firmara un documento comprometiéndose a no saltarse el guión. Areces se negó, y se quedó sin entregar el premio y sin asiento en la fiesta.

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Un motivo para NO ver la televisión

Steve Earle

Cd: Terraplane.

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Cada nuevo disco de Steve Earle, seguramente la última gran leyenda entre los cantautores norteamericanos, siempre es esperado con enorme ansiedad. ¿Volverá el de Fort Monroe a regalarnos otro “I Feel Alright”? O cuando menos otro “Copperhead Road”. O quizá un nuevo “El Corazón”. Es decir, el mejor Steve Earle. Todos sus seguidores esperan la grabación que le recupere definitivamente para el country rock, o para el folk eléctrico, o para la Americana, o para como demonios quiera usted llamarlo.

Pero Earle no está por la labor. Sigue lanzando discos excelentes, algunos de bluegrass como “The Mountain”, otros homenajes a viejos amigos, como “Townes”, pero nada que recuerde los viejos y buenos tiempos. Este “Terraplane” es un gran disco de blues. Ni más ni menos. Blues. En ocasiones tradicional, en otras con aires de jazz, a veces recordando a los Stones…

Un disco magnífico que nos ayuda a superar el mono generado por este coloso de la música Norteamericana. Y a sobrellevar la espera del álbum total que, con los aires que le han convertido en leyenda, sin duda llegará.