RTVE siempre ha sido la puta de políticos y empresarios audiovisuales. Hasta hace pocos años, la televisión pública era el mejor altavoz para amplificar el mensaje del Gobierno y ocultar el de la oposición, el mejor instrumento para torear al populacho, manejar la opinión y asegurar el voto. El control de TVE no solo garantizaba una ventaja política, sino que ayudaba a sostener economías próximas: varias productoras privadas han sobrevivido vendiendo sus productos a la televisión pública, y todas las cadenas privadas se han beneficiado del fin de la publicidad en TVE. La televisión pública española ha sido una lumi deseada por todos, utilizada por todos, extorsionada por todos, saqueada por todos, sodomizada por todos. Por eso es sorprendente que haya sobrevivido hasta nuestros días, y deberíamos considerar milagroso que en los últimos tiempos incluso haya gozado de excelente salud: actualmente disfruta de independencia y de audiencia. Algo así no se podía consentir…
En estado de guerra
En una ocasión, cuando la “investigación periodística” del 11-M estaba en su momento cumbre, un directivo de Telemadrid me confesó el porqué de la actitud tan partidista, chusca y manipuladora de los informativos de su cadena: “vivimos en estado de guerra”, aseguró, “y tienes que elegir en qué bando estás”. Me sorprendió, y me causó inquietud, el lenguaje melodramático que utilizó, pero al tiempo me provocó una enorme ternura: estaba ante un idealista. Un tipo fiel a unos principios, que podía estar confundido, de acuerdo, pero se movía por impulsos morales.
Dimisión
El hecho de que los políticos no acostumbren a corregir sus errores podría llevarnos a pensar que rectificar es de sabios. Pero no es así: rectificar no siempre es de sabios. Puede muy bien ser de tontos. O de cobardes. O de tramposos. O de consejeros de RTVE. Tras las quejas de periodistas, ciudadanos y trabajadores de la corporación, el Consejo de RTVE ha dado marcha atrás y asegura que anulará hoy mismo el acuerdo alcanzado para que los políticos pudieran supervisar la elaboración de los telediarios.
Tarde, demasiado tarde. Rectificar es, en este caso, de desvergonzados. De censores desenmascarados. Lo primero que deberían hacer los consejeros que, con su voto o su abstención, respaldaron esta medida facciosa, es dimitir. ¡A la calle los políticos incapaces de entender y defender el servicio público! Este sería el primer e innegociable paso para que PP y PSOE recuperasen una cierta salud democrática, algo de credibilidad. Pero no será sencillo: una de las prioridades de los partidos es el control de la información, y muchos periodistas y medios se sienten cómodos alimentando este juego de poder e intereses.
Los partidos políticos que nombraron a estos consejeros ahora les niegan, y se desmarcan de su actuación. Escuchen a esos líderes sinceros, consecuentes y merecedores de toda confianza: “rectificar es de sabios”, dice un original Rajoy. “No me gusta la decisión y estoy a favor de la rectificación” asegura un brillante Rubalcaba. Ni una palabra de dimisiones, ni una crítica dura, ni un ápice de dignidad.
Las víctimas de este escándalo democrático, de semejante vileza política, somos, una vez más, los ciudadanos. La Constitución nos garantiza el derecho a una información libre, independiente y de calidad que, en televisión y hoy por hoy, solo nos proporciona TVE. ¿La mejor televisión pública de la democracia a nivel informativo? Podría ser. Precisamente por eso en lugar de mimarla y protegerla, tratan de ensuciarla y manipularla para, finalmente, destruirla. O ponerla a su servicio.
Un motivo para NO ver la televisión
Wilco ha presentado su nuevo disco en el programa de David Letterman…




