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Perro no come perro

Estos días se ha producido una noticia de esas que te reconcilian con la televisión y también, por qué no decirlo, con el ser humano. Paolo Vasile, consejero delegado de Mediaset y máximo ideólogo de esa fábrica de entretenimiento de calidad que es Telecinco, ha anunciaco a bombo y platillo que ha hecho las paces con Globomedia, la fábrica de éxitos de la ficción española. Redoblan las campanas, estallan los fuegos artificiales y la fábrica de confeti que suministra a Ana Mato se ha visto obligada a interrumpir el resto de pedidos para poder atender a estos dos nuevos clientes. Desde el pacto de Estado entre Rajoy y Rubalcaba el ciudadano no tenía tantos motivos para la esperanza.

Lejos quedan ya los días de furia y crispación. Aquellas jornadas negras en las que los programas “divertidos” de la productora llamaban borracho a Jorge Javier Vázquez, la estrella de Telecinco. Días broncos, en los que desde Globomedia pirateaban las imágenes más chuscas de Telecinco para hacer programas donde se burlaban de la telebasura.  “Han querido destruirme a nivel personal”, llegó a decir Vasile. La guerra alcanzó su máxima intensidad cuando el bueno de Jorge Javier, quién sabe si en plena resaca, arremetió contra sus entonces enemigos desde La Noria: “Me pillaron una vez borracho, pero yo trabajo en una productora en la que nunca los jefes proporcionan cocaína a los trabajadores para que trabajen mejor cuando están cansados, trabajo en una productora en la que cuando llega una fiesta los trabajadores no aportan su dinero para comprar de la mejor cocaína, y trabajo en una productora cuyos jefes pueden decir que nunca por los efectos de la cocaína y de la borrachera han intentado abusar sexualmente de una compañera. Y ahora lo ponéis”.
¿Saben qué les digo? Pues que pelillos a la mar. “No soy rencoroso: es el mejor creador europeo de ficción”, ha dicho Paolo Vasile, consejero delegado de Telecinco, de Daniel Écija, productor de Globomedia. “Es una grandísima responsabilidad trabajar con Telecinco, la cadena líder de nuestro país”, ha dicho Écija de Telecinco. Todas aquellas miserias han sido felizmente superadas: ya están trabajando codo con codo en una serie conjunta.  Las dos empresas han comprendido que están unidas por el más poderoso de los sentimientos: el amor a la buena televisión.
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Están en el mismo barco y, por fin, reman en la misma dirección, en la única dirección: aquella que señaló Zapatero con su reforma audiovisual en nombre de la pluralidad. Telecinco y Cuatro (Mediaset), Antena 3 y La Sexta (Atresmedia). Cuatro cadenas, dos empresas, dos dueños (Lara y Berlusconi) y una meta común: ganar dinero a espuertas. Los mismos perros, con diferente collares. Y bien sabido es que perro no come perro… Puede soltarle un ñasco, pero nada más.
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Son hermanos de sangre. ¿Imaginan ustedes cuánta televisión de primer nivel nos puede proporcionar este reencuentro, cuánto entretenimiento de calidad nos espera? ¿Es consciente del enorme nivel de pluralidad audiovisual que estamos alcanzando? Descorche el cava, amigo, la ocasión lo merece.

 

Un príncipe para Corina

La sensación televisiva del momento es un programa que emite Cuatro y se llama “Un príncipe para Corina”. El pasado lunes se pudo ver “el striptease del Capitán América”, acontecimiento con el que logró batir su record de audiencia con un 9,3% de cuota, convirtiéndose en la segunda opción del prime time, solo superado por la serie “Águila Roja” (TVE). Manuel Villanueva, director de contenidos de Mediaset España y uno de los cerebros de nuestra actual televisión, comprendió rápidamente que estaba ante un espacio destinado a la gloria: “Supe que esto era la versión tróspida de un cuento”.

Tróspida. No es un insulto del capitán Haddock en una de sus peores resacas. Es la palabra de moda en tv. Si en los últimos meses usted ha construido más de cuatro frases seguidas hablando de televisión sin utilizar la palabra “tróspida” es que es un aburrido, un patán y un fracasado. No es cool, y no tiene el más mínimo talento. ¿Que qué significa “tróspida”? Pues tróspida significa que el programa en cuestión es una mierda, pero como soy tan brillante utilizando palabros resulto chispeante.

Dicen que “Un príncipe para  Corina” es un reality-dating, pero yo juraría que es la telebasura de toda la vida. Tróspida telebasura, si así lo quiere el señor Villanueva, pero telebasura. Y de la peor calidad. Y del tamaño de los excrementos de un dromedario. De esa telebasura reciclada de otras telebasuras. Porque “Un príncipe para  Corina” es una versión, o una adaptación, como usted prefiera, de esperpentos del calibre de “Granjero busca esposa” o “¿Quiere usted casarse con mi hijo?”. En este caso un puñado de hombres, 24, de diferentes calañas y con innumerables defectos de fábrica, deben conquistar a la clásica rubia guapa: Corina Randazzo Lagamma, malagueña de 21 años. Imaginen el resto…

Un programa inconcebible al revés, es decir, con un hombre guapo, Corino, al que tendrían que conquistar un grupo de mujeres gruesas, torpes o freaks. Se acusaría inmediatamente a la cadena de machismo. No sucede eso con “Corina”, donde los hombres denigrados son considerados “participantes”.

Lo dicho. Telebasura. Un éxito de audiencia, pero también un serio aspirante al título de peor programa de la historia de la televisión.

 

Un motivo para NO ver la televisión

La vida simple.

Autor: Sylvain Tesson.

Editorial: Alfaguara.

El diario El País dedicó hace unos días más de media página a entrevistar a Sylvain Tesson, autor de “La vida simple”, libro del que hablaban maravillas. Esto no quiere decir gran cosa, puesto que se trata de un título publicado por una editorial que pertenece al grupo del periódico. Publicidad vendida como información. Pero recurro a ese texto porque destaca una frase que define en buena medida la obra de este escritor francés: “Abandonar la sociedad siempre es mejor que tratar de destruirla”.

Creo que la frase es sonora, un buen titular, pero que está llena de trampas. Hay muchas opciones entre abandonar y destruir. En cualquier caso, no es esa frase lo que me interesa, sino la afición de Tesson por las sentencias. Eso es “La vida simple”: una buena idea rodeada de sentencias más o menos brillantes. La idea, por cierto, la tuvo Thoreau hace 168 años: abandonar la civilización y recluirse en una cabaña, en soledad y en contacto directo con la naturaleza. Tesson, como Thoreau, se busca a sí mismo.

La cabaña del francés está en la orilla del lago Baikal, en Siberia. Nuestro hombre abandona su ático en París y vive seis meses en un chamizo de nueve metros cuadrados. Dispone de una estufa (las temperaturas son heladoras), 80 libros de todos los génereos, alimentos, cañas de pescar y litros y litros y litros de vodka. En estas circunstancias, Tesson corta leña, da grandes paseos, escribe un diario (el libro que tenemos en la mano) y se emborracha. Algunas páginas son brillantes, otras pedantes, las más, interesantes: un viajero moderno se convierte en Robinson Crusoe de manera voluntaria, durante un periodo de tiempo controlado, y reflexiona sobre la vida que pasa. La famosa vida simple. Recomendable.

Descenso a los infiernos

Hablábamos hace solo unos días de la muerte de dos participantes en sendos realitys juveniles europeos. Programas extremos que dicen buscar el límite de los concursantes. Anoche me acordé de ellos viendo en Cuatro el estreno de la nueva ocurrencia de Jesús Calleja, que básicamente consiste en “descender hacia el inframundo”: tirolinas, charcas, barrizales, saltos desde helicóptero al mar… y la bajada de los dos participantes  victoriosos “a una oquedad de más de 200 metros de profundidad”. En una entrevista, el popular presentador dice cosas tan inteligentes como “el riesgo es adictivo”, “Jugamos con la muerte con control” o “Este año se nos ha ido la pinza”. Rafa Lomana, hermano de la veterana colaboradora de programas-basura y altivo entrenador deportivo, resume el espíritu del espacio: “Dolor, sufrimiento, desgaste y superación”. Calleja define a los participantes: “Este año hemos incorporado a aspirantes con traumas o miedos específicos”. Una opositora a policía que se cree mejor que los demás, una camarera tatuada que es madre soltera, un filólogo que se reconoce esclavo de la depilación…

“Desafío en el abismo” es, en realidad y por si usted no se había dado cuenta, un programa de autoayuda: “Se puede conseguir lo que quieras. Por ejemplo, hemos llevado a gente que no sabía nadar a bucear en grutas de espeleobuceo de las más radicales. Es una demostración de que nada es imposible y se puede aplicar a estos tiempos difíciles”. ¿Gente que no sabía nadar buceando en grutas de espeleobuceo de las más radicales? Ahora entiendo el sueño de uno de los concursantes: “salir en la Wikipedia o llegar a ser alguien conocido en el pueblo”. Concretamente el tonto del pueblo.

“Tenéis que vencer vuestros miedos y vuestras debilidades”, dice un Calleja que intercala filosofía barata y publicidad de seguros. Habla de que van a entrar en “una selva virgen inexplorada”. ¿Una selva vírgen inexplorada? Que llamen a los de National Geographic, por favor… “Las palabras de Jesús me han llegado, estoy de subidón”, dice la mujer policía, que se pone a llorar de purita emoción. Y en el colmo del despimporre aparece un chamán que les regala plumas de guacamayo escarlata, “representación energética “. Su cara me sonaba de Port Aventura…

Cada vez que veo uno de estos sórdidos y aparatosos espectáculos televisivos, en los que tratan de mezclar deporte, circo, broncas, tetas y autoayuda a ritmo de reality show, siento nostalgia de los buenos tiempos. Cuando TVE emitía “Al filo de lo imposible”, por ejemplo. ¿Recuerda? Aventura en estado puro, y no estos esperpentos competitivos con ganadores y perdedores tarados presentados por superhéroes de medio pelo.

Además, el ciudadano que sea tan necio como para querer descender antes de tiempo a los infiernos lo tiene muy fácil. No hace falta que viaje al Hoyo Cimarrón de Guatemala con un grupo de concursantes que “no ha pasado ni una noche en un saco”. Basta con que espere a padecer algún problema físico que requiera asistencia médica. Es decir, que tenga que recurrir a la cada vez más abandonada, privatizada y recortada, sanidad pública española. Porque en este país, donde estábamos ya por debajo del gasto europeo por paciente, las concesionarias de los hospitales de la Comunidad de Madrid anuncian la reducción del 20% del gasto por paciente. Y no pasa nada.

P.D.1

La Junta de Andalucía anunció ayer que aprobará un decreto para luchar contra la exclusión social. No olvidemos que seis de cada 100 niños andaluces se encuentran en situación de extrema pobreza. Una de las medidas será utilizar la red de centros escolares de la comunidad para garantizar que los menores cuyas familias están en situación más extrema coman al menos tres veces al día: desayuno, almuerzo y merienda. Nada más conocerse la noticia, Ernesto Sáenz de Buruaga, periodista de la COPE, la cadena de la Conferencia Episcopal, escribió el siguiente tuit…

P.D.2

El domingo se celebra el Gran Premio de Fórmula 1 de Barhéin. ¿Le preocupa correr en un país donde hay tantas protestas sociales?, preguntan a Fernando Alonso. El piloto responde:  “Si nos ponemos a mirar eso, al ir a China deberíamos preocuparnos por lo que pasa en sus fábricas; cuando lo hacemos en India porque dicen que allí trabajan niños y se les explota; y cuando corriéramos en España por la corrupción política”.

Tiene razón Alonso: es mejor mirar siempre para otro lado…

 

Un motivo para NO ver la televisión

El arte de la defensa

Autor: Chad Harbach.

Editorial: Salamandra.

Reconoce el autor en la recta final de esta grandiosa novela que la habilidad para lanzar una pelota de béisbol es pura alquimia, “el poder secreto de un superhéroe”. Algo así podría suceder con la escritura, pura alquimia, y con el descomunal talento que se necesita para escribir una historia tan maravillosa como la del jóven Henry Skrimshander, un genio del béisbol, y de toda la gente que se mueve alrededor de su equipo, de su universidad, de su vida.

El poder secreto de un superhéroe llamado Chad Harbach, norteamericano de Wisconsin, capaz de escribir un primer libro tan emocionante como éste. Un análisis de la amistad, las relaciones, las decepciones y los sueños, el meollo de la vida, con el béisbol como telón de fondo. El bate y la bola, omnipresentes en este fascinante proceso de iniciación de un grupo inolvidable. El bate y la bola como metáforas de la sociedad, del dolor y el éxito, como aparente nexo de unión entre seres muy diferentes, unidos en realidad por un chico frágil y callado que tiene un don.

“El béisbol es un arte, pero para destacar en él había  que convertirse en una máquina”. Henry juega de parador en corto. Es un gran defensor, capaz de igualar el record de una leyenda llamada Aparicio Rodríguez. Abandona su pueblo para triunfar en el Westish College, un pequeño centro universitario de Wisconsin. Con él viajan sus más preciadas posesiones: un guante llamado Cero y el libro “El arte de la defensa”, de Rodríguez. Comparte habitación con Owen Dunne, el Buda, un mulato gay irónico e inteligente que también forma parte de Los Arponeros de Westish, equipo en el que destaca Mike Schwartz, el líder, el capitán.

Todo va sobre ruedas hasta que Henry hace lo que parecía imposible: fallar. Golpea a Owen, se rompe la magia, y el castillo de naipes se desmorona. Aquellos que parecían indestructibles, inmortales, se sitúan al borde del barranco.

Si usted tiene intención de escribir una novela quizá no debería leer “El arte de la defensa”. Es tan jodidamente buena, está tan bien escrita, es tan redonda, que se morirá de envidia. Por cierto: pese a que todo gira alrededor del béisbol, el libro se puede disfrutar en su totalidad sin conocer sus incomprensibles reglas de juego.

“El arte de la defensa” descansa ya en una de las  baldas más queridas de mi biblioteca, justo entre Richard Ford y Jonathan Franzen.

El duopolio perfecto

Titulaba ayer El País a toda página que “la televisión se vuelve bicéfala”. Es decir, que está en manos de dos empresas: Mediaset y Atresmedia. O si usted lo prefiere, Telecinco y Antena 3. Las dos cadenas han obtenido exactamente la misma cuota de pantalla en el mes de marzo: 13, 1%. Son colíderes. Se reparten el bacalao. Son tan repugnantemente clónicas, tan asquerosamente parecidas, que hasta sus hijos tontos, esas filiales llamadas Cuatro y La Sexta, también han empatado en audiencia: 5,9% por barba.

Ser iguales, y carecer de competencia, les permite hacer rentable su zafio modo de entender la televisión. Un ejemplo: si Antena 3 estrena esta noche un concurso con famosetes saltando de un trampolín, y le llama “Splash! famosos al agua”, pasado mañana estrena Telecinco un programa con famosete saltando desde un trampolín llamado “¡Mira quién salta!”. Talento a cascoporro en la tele española, ¿verdad?
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Nuestra televisión está justo donde los que mandan quieren que esté. En manos de dos empresas que se forran y no le tocan las pelotas al Gobierno. ¿Entretenimiento de calidad? ¿Informativos críticos? ¿Cultura? No, no y no. Vosotros atontais a las masas, que consumen cantidades ingentes de telebasura (262 minutos por persona y día) haciendo que Falete enseñe las lorzas, y nosotros os dejamos ganar cantidades obscenas de pasta. Todos contentos.
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Esta miseria es el resultado de la gran estafa mediática de Zapatero, y su famoso reparto de canales en favor de la pluralidad. ¿Pluralidad? La tele es bicéfala, dicen. Pero el término más correcto sería duopolio. Es decir, libertad de expresión convertida en libertad de presión. Ósea, mafia.