Regreso al Edén

Un motivo para NO ver la televisión.

Regreso al Edén.

Autor: Paco Roca.

Editorial: Astiberri.

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Paco Roca insiste en convertir la historieta en una forma elevada de narrativa. ¿Literatura gráfica? Su trabajo consiste en emocionar al lector, algo que consigue utilizando recursos clásicos: grandes historias que contar, textos elaborados y dibujos luminosos que caminan junto a las palabras. El resultado, más que nunca en este “Regreso al Edén” de tintes autobiográficos, es tan emotivo y  sincero como una crónica de Miguel Delibes, tan pasional y comprometido como una novela de Almudena Grandes, tan arriesgado y atemporal como un relato de Juan Marsé.

“Amparín había sido la favorita de su padre desde que nació.

Era su tercer hijo, sin embargo una corriente eléctrica le atravesó al cogerla por primera vez. Aquel bebé encajaba tan perfectamente entre sus brazos como ninguna otra cosa en el mundo lo había hecho. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para que no se le escapasen las lágrimas. 

Como cualquier hombre, Vicente no mostraba sus sentimientos. Quizá el único que podía expresar sin vergüenza era la furia. 

Amparín recibió más broncas y más capones que ninguno de sus otros hijos. Si esa era la forma que tenía su padre de decirle que la quería, Amparín jamás lo sintió así. Y quizá por eso se obstinó en hacer lo contrario a lo que su padre esperaba de ella. 

Cuando su hermana Vicentita anunció que estaba embarazada de su segundo hijo, Amparín ya sabía que ella también esperaba un  niño”.

“Regreso al Edén” nace en la fotografía que se hace en 1946 una familia humilde durante un día de fiesta en la playa valenciana de Nazaret. Esa imagen permite a Roca mirar hacia atrás, y recordar no solo a una familia que representa a muchas familias, sino a todo un país, la España desgarrada y gris de la posguerra. Así las cosas, lo emocional y lo social, lo personal y lo político, la miseria y la esperanza, se agolpan en la memoria del narrador, que pone vida con su lápiz a los rostros detenidos en el tiempo por la transparencia y les da voz en elaborados diálogos.

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Lo ha vuelto a hacer. Paco Roca continúa avanzando en su proceso de creación, apostando por el relato innovador dentro de los cauces clásicos. Es decir, una buena idea (una fotografía familiar) como perfecta excusa para desarrollar personajes, para dar vida a los recuerdos, para crear diálogos, para reflexionar sobre el pasado, para recuperar historias tan maravillosas como la del capitán Don Milán… para hacer literatura gráfica. Y todo a un precio que no deja de sorprenderme (en el mundo del cómic en general, en este título en particular). Porque los 18 euros que cuesta este libro, formato apaisado, tapa dura y 170 páginas de papel de calidad con dibujos a todo color, son un regalo si lo comparamos con el precio de algunas novedades sin ilustrar. Imprescindible.

Satán es real

Un motivo para NO ver la televisión.

Satán es real. La balada de los Louvin Brothers,

Autor: Charlie Louvin.

Editorial: Es Pop.

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¿Recuerda usted los nudillos tatuados del falso predicador Robert Mitchum en “La noche del cazador”? Siempre enfrentados, en continua batalla. Pues así era la relación entre Ira y Charlie, los hermanos Louvin, leyendas del country más auténtico, profundo e influyente de la primera mitad del siglo XX. “Amor” y “Odio”, se podía leer en las manos del actor más cool de todos los tiempos. Y si tenemos en cuenta que Charlie es quien ha escrito este libro, con la ayuda del escritor Benjamín Whitmer, no nos será muy difícil imaginar a cuál de los hermanos corresponde cada extremidad. Ira era un chuleta obsesionado por las mujeres que le daba a la botella y se peleaba sin motivo alguno. Un macarra. Charlie sin embargo era un tipo responsable, religioso y prudente que trataba de controlar a la bestia que tenía por hermano.

“Perdimos muchas horas de sueño, pero eso formaba parte del negocio. Además, había pastillas para remediarlo. En aquellos tiempos había quien se las tomaba aunque no tuviese que conducir, sólo por el subidón, pero yo únicamente recurría a ellas para aguantar al volante. No me quedaba otra. Debido a su espalda y, a veces a la cerveza, Ira casi nunca conducía.

Me procuraba unas que llamaban Old Yellers (Fieles Amigas). Con una sola de aquellas pastillas aguantaba despierto los ochocientos kilómetros hasta el bolo y los ochocientos de vuelta. Había gente que tomaba una al salir, dos más durante el trayecto y otras tres para volver a casa. Tengo el organismo delicado. No lo habría tolerado”.

Hermano bueno, hermano malo. ¿Un pastiche de biografía? De ninguna manera: “Satán es real” es, además de uno de los mejores discos de este imprescindible dúo de algodoneros pobres de Alabama, el Sur profundo, una biografía divertida con algunas anécdotas jugosas, que ayudan a entender la excitante música de esa zona, y otras simplemente desternillantes. Por las páginas de este libro, repletas de ironía y mala leche, circulan algunos de los grandes nombres de la época dorada del country. Desde Hank Williams a Johnny Cash pasando por el mismísimo Elvis. Charlie Louvin lo cuenta con desparpajo, gracia y precisión, sin utilizar una sola palabra de más, con la soltura del que sabe que su hermano no puede quejarse de nada (murió en 1965).

“Al bajar del bordillo me fijé en un tipo tendido junto a la acera, borracho como una cuba. Había devuelto y el chorro de vómito bajaba metro y medio hasta una alcantarilla.

- ¿Quién pollas es ese? – le pregunté a Ira.

- Hank Williams – respondió con tono de desprecio.

Y, en efecto, era él. Se había agarrado semejante melopea que no había sido capaz ni de llegar a la tasca desde Hayrine. Qué espectáculo tan lamentable. Me pareció trágico ver a un hombre con la aptitud, el talento y el futuro de Hank Williams echarlo todo a perder por culpa de la bebida”.

“Satán es real” puede reposar, una vez leído, en la estantería dedicada al country, junto a las biografías de Cash o de Gram Parsons (nadie debería dejar de leer la de Parsons escrita por Sid Griffin, editorial Sierra Records). Pero también puede hacerlo junto a los negros lomos de la editorial Dirty Works, puesto que ofrece una interesantísima perspectiva sonora del sur de los Apalaches. Ya saben: serpientes, whisky casero, dientes podridos, gente temerosa del señor… y también mandolinas y banjos, y canciones tradicionales sobre el amor y la violencia, y trabajo duro, miseria y malos tratos, y conciertos en gimnasios de colegio, y shows radiofónicos, y miles de kilómetros en la carretera cargados de anfetas, y sueños de gloria en el Grand Ole Opry. De todo eso habla, con un tono sencillo y directo, muy eficaz, un libro que casi se puede tararear. Como muchas de las grandes canciones de uno de los dúos más interesantes e influyentes, lamentablemente desconocidos en nuestro país, de la música norteamericana. Una agradable sorpresa.

La montaña muerta

Un motivo para NO ver la televisión.

Dead Mountain

Autor: Donnie Eichar

Editorial: Desnivel.

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A medio camino entre la investigación y la literatura, “La Montaña Muerta” cuenta una historia fascinante que va mas allá de la habitual tragedia durante una expedición de escalada. El autor, un profesional de la televisión norteamericana llamado Donnie Eichar, tiene que retroceder en el tiempo: pretende desentrañar los secretos de la misteriosa muerte de nueve jóvenes montañeros en una cumbre de los Urales rusos, la Montaña Muerta, en febrero de 1959. Lejos de imaginar los acontecimientos, de construir hipótesis sobre el drama, decide ejercer de periodista, en ocasiones incluso de investigador, y medio siglo después se traslada al lugar de los acontecimientos.

“Dos figuras caminan penosamente cruzando un paraje nevado.Es por la tarde, aunque sería  precisar la hora. El sol es solo una mancha más clara detrás de la cubierta de nubes. Sus amigos llevan diez días desaparecidos. Los hombres se repiten una y otra vez que esto es una misión de rescate, y no de recuperación. A través de la neblina que les desorienta y que desdibuja el relieve, distinguen algo que no es una roca ni un árbol. Una sombra oscura y gris. Al acercarse encuentran una tienda que se agita al viento, con el techo parcialmente hundido bajo el peso de las recientes nevadas. 
Gritan llamando a sus amigos, pero no hay respuesta”.

Eichar no ha escatimado esfuerzos a la hora de escribir este libro. Ha viajado dos veces a Rusia, ha entrevistado a los supervivientes, a los implicados en el rescate, a los familiares… Ha consultado registros oficiales, ha recopilado fotografías de la expedición y de sus protagonistas, ha leído sus diarios personales, ha analizado todas las teorías sobre las posibles causas de la tragedia, incluso las más peregrinas… Y por supuesto, se ha calzado las botas de montaña y ha seguido las huellas de los montañeros desaparecidos hasta el mismo lugar de la tragedia.

¿Qué sucedió realmente aquel día? El equipo de rescate encontró la tienda de campaña destrozada y los cuerpos de los montañeros, con extrañas heridas, repartidos por los alrededores. Habían salido de la tienda, todo parece indicar que huyendo de algo o de alguien, sin la ropa adecuada para la época invernal, en algunos casos incluso descalzos. Algunas prendas registraban altos índices de radiación. Un rompecabezas de altura en el umbral de Siberia.

“Mientras caminaba en torno a la roca, buscando posibles indicios de otros visitantes anteriores, encontré un sombrero Stetson de color cuero, plegado bajo una pequeña repisa natural a un metro y medio por encima del suelo. Saqué el sombrero y encontré un montoncito de notas, cartas y poemas dedicados a los jóvenes de Diátlov, la mayor parte de los cuales amarilleaban claramente. A lo largo de los últimos cincuenta años, los visitantes de los mese de verano habían colocado aquí sus pequeños testimonios, protegidos de los elementos, como en una cápsula del tiempo, como los mensajes en botellas dirigidos a otras personas que habían completado aquella ruta”.

Afortunadamente, el autor ha tenido el olfato necesario como para rescatar este drama. Y el coraje como para hacer una amplia, compleja y valerosa reconstrucción de unos acontecimientos, la muerte de nueve jóvenes en el llamado Paso Diátlov, que para la mayoría pertenecían ya al pasado más gris, cuando en realidad formaban parte de la más sorprendente historia. El resultado de tan ambicioso proyecto solo podía ser magnífico: periodismo de investigación, literatura contenida en favor del reporterismo, el espíritu de aventura de un grupo de montañeros, el misterio de su enigmática y violenta desaparición en un territorio salvaje, el trabajo minucioso de un informador que resucita la vieja historia… Imposible no leer del tirón.

 

La caza

Un motivo para NO ver la televisión.

La caza

Autor: Alberto Vázquez

Editorial: Astiberri.

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Un mundo en blanco y negro, difuminado por la incertidumbre, con la tinta corriendo a la velocidad de la sangre y los hombres persiguiendo animales para darles caza. Lo que es tanto como perseguirse y cazarse a sí mismos. Así, con una metáfora gráfica oscura sembrada de detalles y guiños, la visión del pasado que podría ser presente, sembrado de tensiones, angustias, miserias y hasta pandemias, es como imagina el dibujante Alberto Vázquez la vida. Así es como lo cuenta, en este libro oscuro de principio a final.

“Seguirás a la bestia y le clavarás tu flecha. Cortarás su cabeza, mascarás su corazón y beberás su sangre. Te enseñará a ver cómo es en realidad el mundo”.

El suelo está podrido, los pájaros son fantasmas, los perros hambrientos aúllan por la muerte de sus hermanos, los espíritus viven en el fondo del río, los demonios tienen un solo ojo… Vázquez insiste en que  la tierra está moribunda, en que hemos olvidado lo que somos (“Al perder la referencia del animal perdió la suya propia”), en que habitamos un lugar en descomposición (“tan solo insectos habitaban el suelo envenenado”). Y nos recuerda que solo hay un camino: el que nos enseña a caminar sigilosos, a comprender todos los ruidos y a vivir en armonía con la naturaleza. La intensa crónica oscura de un planeta que se desmorona por culpa de una especie que se cree todopoderosa.

“Entonces el hombre cerró sus ojos. Pudo sentir la brisa, el aire húmedo del bosque. El sonido de los pájaros y demás bestias, el sol filtrándose entre las ramas de los árboles… pudo sentir el roce de las hojas y el agua resbalando por su piel”.

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