Berlín

Un motivo para NO ver la televisión.

Berlín.

Autor: Jason Lutes.

Editorial: Astiberri.

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Los tiempos de confinamiento y sucedáneos, duros y aburridos, lo son menos gracias a obras como ésta, un monumento a la historieta de largo recorrido, a la novela gráfica o a como quiera usted llamar a la publicación definitiva de “Berlín”, el cómic total. El lector que, semi cautivo en su propia casa, rehén de las plataformas de series y de la telebasura, tiene la oportunidad de leer libros como éste, más de 590 páginas de literatura de primera calidad y bellas viñetas en minucioso blanco y negro, puede considerarse un tipo con suerte. “Berlín” es una obra maestra. Una de esas maravillas que le suceden al mundo del libro muy de cuando en cuando. Un reencuentro con el espíritu narrativo y el compromiso moral de leyendas como “Maus”, de Spiegelman, de quien toma la intensidad, la fuerza y la emoción.

“Aplicar la prohibición de manifestarse a un grupo así… casi todos los rojos de Berlín… es como intentar masticar un avispero. Escúchalo largando ahí arriba. Me recuerda a alguien. El sargento Mayor Danner, allá en las trincheras. Con sus botas y botones relucientes, mandándonos a tierra de nadie mientras se engominaba el mostacho. Y estos chicos… granjeros e hijos de granjeros… demasiao jóvenes pa haber estao allí, extraños en Berlín… Necesito comer algo, pero me dan ganas de vomitar”.

La edición integral de “Berlín” que presenta Astiberri cuenta mucho más que la decadencia de una ciudad. Lo que se desmorona es una sociedad, una cultura, una forma elevada de entender la vida. La Berlín culta, inquieta, en constante movimiento, ansiosa por leer, por escuchar música, por alimentarse de arte y creatividad, se disuelve como un azucarillo en la mediocridad de un fascismo que arrasa con todo. Los encargados de narrar tan triste historia son las personas, los ciudadanos elegidos por Lutes entre una generación que a duras penas sobrevivió a la destrucción de su forma de vida y de la ciudad que la acogía.

“Tan pronto como salimos de la estación, ese malestar que estaba creciendo en mi interior desde que decidí marcharme queda ahogado por imágenes de un padre moribundo, de una madre preocupada, una sumisa existencia de clase media. Las mismas cosas que me empujaron en su día a una existencia “bohemia”, pero de las que me siento incapaz de escapar.

Pensamientos de una cerda burguesa.

Me imagino cambiando de idea en el último minuto.

Despojándome de las exigencias de la familia; actuando como si fuera un ente completo, separado y libre es escoger.

No una mujer. No una hija. No una ciudadana de Alemania”.

Un periodista de la vieja escuela, con principios, Kurt Severing. Una artista de atormentado pasado, Marthe Müller. Una familia derrotada por las circunstancias terribles que atraviesa el lugar donde viven, acosados por el odio y la pobreza. Ellos son los protagonistas de esta novela gráfica contundente, brillante y emocionante condenada a convertirse en un clásico. Imprescindible.

Caballos salvajes

Un motivo para NO ver la televisión.

Caballos salvajes

Autor: Jordi Cussà Balaguer.

Editorial: Sajalín.

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Posiblemente estemos ante la gran novela del lumpen ibérico. Y una de las mejores obras de una generación, la de los 80-90 , que dejó un escalofriante rastro de jeringuillas usadas, enfermedades infecciosas y fiambres en los portales. Nada del glamour aquel que garantizaba un cadáver hermoso si palmabas jóven. Nada de la influencia creativa del alcohol o la heroína. Nada de las drogas y la priva como fuente de inspiración para chavales ansiosos por conocer, por viajar, por crear. Solo marginalidad, dolor y muerte. La trilogía del yonqui.

“- Mira, yo, si algún día me noto demasiado subido de ácido, me meto un empujón de algo más fuerte.

- ¿A qué te refieres?

- O aún mejor caballo.

- ¿Te has vuelto loco? –soltó Andrés desesperado- . ¡Igual se muere!

- Tú mismo. Yo, para espantar a los demonios del susto, me voy a meter una raya ahora mismo”.

Jordi Cussà Balaguer publicó este libro en el año 2.000. Y es evidente que no lo escribió de oídas. Los “caballos salvajes” de que habla este escritor directo y recio, dueño de una enorme tensión narrativa y unos diálogos contundentes, han corrido en los hipódromos de su ciudad, de su barrio, de su casa. Y se han despeñado delante de sus narices. Por eso lo cuenta todo con la emoción del superviviente, del que se ha dejado pelos en cada gatera, del que se estremece cuando piensa en lo cerca que ha estado del agujero.

“Ah, sí, se me olvidaba anotar que , mientras meábamos y bebíamos café, ella fue al lavabo a sacarse y lavar una de las dos bolsitas de un gramo que llevaba, dentro de un condón, en la vagina. El aquel momento Silvia y yo no tomábamos mucha, pero Mín hacía ya meses que se la inyectaba, y como le habíamos prohibido taxativamente exportar jeringuillas, además de los cigarrillos se esnifaba un cuarto pesado cada cinco o seis horas. Quizá alguien piense que éramos un poco peliculeros, y que la prudencia nunca sobra. Lo cierto es que, en aquella época, entre los tres, aún hacíamos las cosas con bastante tino”.

Los personajes que protagonizan “Caballos salvajes” están siempre al borde del barranco, pero el autor les obliga a resistir un poco más. El tiempo necesario para contar sus miserias, para hablar de sus drogas favoritas, para trapichear ante un lector en shock que, boquiabierto, asiste a la espeluznante crónica de una época que pasó, pero no del todo. Dura como una piedra de heroína seca, estremecedora como un chute pillado a un camello desconocido, auténtica e imprescindible como las canciones de Lou Reed y Jim Carroll, como las novelas de Hubert Selby Jr y William Burroughs, como las fotografías de Antoine DÁgata y Nan Goldin.

El negacionista

Un motivo para NO ver la televisión.

Tras unas largas y claramente inmerecidas vacaciones, regreso con el ánimo de seguir hablando de libros y de discos que nos alegren estos tiempos de mierda. No encontraréis discos mediocres. No descubriréis un solo libro malo. Reniego incluso del medio pelo. No creo que toda la música y toda la escritura merezcan la pena, como no creo que la tierra sea plana, que se hayan muerto Justin Townes Earle y Juan Marsé, que algún día recuperemos el dinero de Bankia, que Miguel Bosé sea un visionario o que todos los políticos sean iguales.

Creo en las baladas de Hayes Carll, en la cerveza casera y en las maldiciones de Harry Crews, en las imágenes de Antoine D´Agata y en las metáforas de Thoreau, en los solos de Ben Webster y en los helados de El Polo Norte, en la voz de Alynda Segarra y en el topspin de Ma Long, en los dibujos de Alfonso Zapico, en las alineaciones del Cholo, en la ausencia de televisión y en el sonido de una M6. Creo en todo aquello que sin ser ilegal me lleva. Y también en lo ilegal. Creo en el hombre y la mujer nuevos de Whitman, que respiran naturaleza y trazan su propio camino.

Creo que es hora de seguir.

Vender a Hitler

Un motivo para NO ver la televisión.

Vender a Hitler.

Autor Robert Harris.

Editorial: Es Pop.

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Es éste un libro peculiar, puesto que en una misma historias cuenta diferentes miserias protagonizadas por personajes bien distintos: periodistas, falsificadores, magnates de la prensa, coleccionistas de recuerdos nazis, nazis auténticos, historiadores de medio pelo… Algo les une: la ambición. Buscan desesperadamente más dinero, más reconocimiento, más reliquias, más lectores, más, más, más. El resultado, no podía ser de distinta manera, es una obra histórica repleta de información, de nombres y de fechas, de acontecimientos importantes, de referencias a documentos legendarios. Pero también tiene trazas de texto policíaco, de ensayo periodístico, por supuesto de novela pícara (exaltación de la mentira y la manipulación) y afortunadamente de desternillante obra humorística.

“Cómo Murdoch y la empresa Newsweek se enzarzaron en una atrabiliaria subasta que en determinado momento llegó a inflar el precio de los diarios hasta los 3.75 millones de dólares, hasta que la avaricia de Stern y la supuesta falta de escrúpulos de Newsweek dieron al traste con el trato; Cómo Stern consiguió, en cualquier caso, vender los derechos subsidiarios de los diarios a periódicos y semanarios en Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia, Francia, Italia, España, Noruega, Holanda y Bélgica, mediante un contrato cuidadosamente calculado para exprimir hasta la última gota vendible de Adolf Hitler, dividiendo los diarios en veintiocho extractos individuales cuya publicación habría abarcado más de dieciocho meses; de que modo se apremió la publicación de la noticia del descubrimiento de los diarios a pesar del creciente número de pruebas que indicaban que parte de las libretas habían sido creadas después de la guerra; y por último, cómo esta elaborada pero cada vez más inestable pirámide de ventas de derechos y contratos subsidiarios acabó viniéndose abajo dos semanas más tarde debido a un breve informe redactado por el laboratorio de la policía federal alemana”.

Todo gira alrededor de los supuestos diarios privados y secretos de Hitler, y de un falsificador que se los coloca por un precio de escándalo a uno de los mayores grupos de comunicación del planeta. Todos se frotan las manos con el negocio. Todo resulta ser un pufo. Muchos de los protagonistas quedan en entredicho. El timador podría ser el héroe, si no fuera por lo gris y sórdido del personaje. Y siempre de fondo, en ocasiones en primera plana, un periodismo patético que es ridiculizado en múltiples ocasiones.

“El proyecto de los diario de Hitler llevaba en marcha menos de tres meses y ya contenía al menos tres niveles de mendicidad. Kujau estaba engañando a Heidemann: Heidemann estaba engañando a Kuau y a la ejecutiva de Gruner + Jahr; y la ejecutiva de Gruner + Jahr esta engañando a los responsables de Stern”.

¿Un batiburrillo de géneros, de personajes y de trapicheos? De alguna manera sí, pero de ninguna a la hora de dificultar la lectura o de impedir el disfrute de la misma. El libro está perfectamente documentado, ordenado y escrito, resultando brillante su capacidad para hacer agradable la avalancha de personajes y cambalaches. “Vender a Hitler” engancha desde las primeras páginas, aumenta nuestros conocimientos sobre el nazismo, desnuda las ambiciones y flaquezas de los grandes medios de comunicación, y nos proporciona momentos hilarantes, donde reiremos con ganas contemplando cómo delincuentes de poca monta ridiculizan a sesudos especialistas, historiadores y periodistas. Descorazonador, si, pero brillante, pedagógico y divertido.

“Los diarios, afirmó un comunicado del Archivo Estatal de le República Federal Alemana el 6 de mayo, no eran meramente falsos; eran `una burda falsificación´; la confección `grotesca y superficial´ de un copista dotado de `una capacidad intelectual limitada´. El papel, la goma y hasta el hilo de la encuadernación habían sido fabricados después de la guerra, Para cuando se hizo pública esta revelación, la directiva de Stern había entregado un total de veintisiete maletines llenos de dinero en el transcurso de un periodo superior a dos años para conseguir que su reportero estrella, Gerd Heidemann, se hiciera con los diarios. Cuatro millones de dólares habían desaparecido, haciendo de los diarios de Hitler el fraude más prolongado y costoso de la historia de la industria editorial… Al menos cuatro directores de publicaciones de tres países distintos perdieron su empleo como resultado”.