No hay que ver la televisión

Es mediodía. Estoy sentado debajo de una encina con un libro en la mano. Hace frío, pero estoy bien abrigado. “Un hombre sano, en realidad, es el complemento de las estaciones, y durante el invierno aloja al verano en su corazón”. He partido unas almendras, que me como muy despacio mientras leo a Thoreau y escucho el jaleo de los rabilargos. El viento hace caer las bellotas, que resuenan con eco al golpear sobre la hierba húmeda y las hojas muertas. Pasa un bando de grullas camino del pantano de Rosarito.

“La vida coincide con lo salvaje. Lo más vivo es lo más salvaje”. Si en lugar de leer a Thoreau bajo una encina estuviese frente a la televisión, muy bien podría estar viendo a los despojos humanos de “Mujeres y hombres y viceversa” (Telecinco). O a Monago, Marhuenda o cualquier otro pelagatos berreando en las tertulias políticas de La Sexta o Cuatro. Es decir, si en lugar del libro hubiera elegido la televisión me estaría embruteciendo, me estaría emputeciendo, me estaría convirtiendo en un ser más triste, pasivo y abyecto.

Le cuento todo esto porque el pasado domingo leí una columna de Elvira Lindo que se titulaba “Hay que ver la tele”. Hablaba de alguien que está fuera de España, y utiliza el electrodoméstico a modo de cordón umbilical para mantenerse informado de la actualidad. Bueno. Puedo llegar a entender su postura: tengo amigos en otros mundos que sienten en su piel el pulso de España, la corrupción y la mediocridad que nos consumen, gracias a “El Intermedio”. Pero creo que NO hay que ver la televisión. Y no solo porque todas las personas que conozco que no tienen el aparato son muy interesantes, como todas las que no tienen carné de conducir, sino porque se trata de un medio en el que la opinión ha sustituido definitivamente al periodismo. Los efectos cotidianos del 95% de lo que aparece en pantalla son dañinos. La tele produce daños mentales y corporales irreversibles. El control social, el consumismo, el poder… La televisión.

Regreso a Thoreau. Leo un librito delicioso que acaba de publicar Errata Naturae, en una bella edición con tapa dura e increíble portada de David Sánchez. Incluye dos historias cortas del fabricante de lápices de Maine: Un paseo invernal y Caminar. Escritos en el siglo XIX, hablan de la política que pretende aplicar el Partido Popular en 2014 en los Parques Nacionales españoles: “El paisaje no tiene dueño y el caminante disfruta de relativa libertad. Pero posiblemente llegará un día en que las dividirán y convertirán en eso que llaman ´fincas de recreo`, en las que unos pocos dispondrán de un placer restringido y exclusivo. Se multiplicarán las cercas y los candados, y nuevos artilugios para mantener al ser humano en los caminos ´públicos` harán que caminar sobre la faz de la tierra sea considerado un intento sistemático de allanamiento de la propiedad privada de unos pocos terratenientes”.

Pudiendo leer a Thoreau, o caminar, o partir almendras, o charlar en la puerta de la panadería, o dormir una siesta del perro, o contemplar la niebla, o escuchar a Lucinda Williams, o beber un vaso de vino, o preparar unos huevos fritos con morcilla, es absurdo ver la televisión. Es un atraso. “Por encima de todo, no podemos permitirnos el lujo de no vivir en el presente. Bendito entre todos los mortales quien no pierde un instante de esta vida fugaz recordando el pasado. A menos que nuestra filosofía sepa escuchar el canto del gallo en todos los corrales de nuestro horizonte, estará perfectamente desfasada”.

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La llorona

Sucedió en “Las mañanas de TVE”. La presentadora María Casado manda callar a una de las tertulianas del programa, Curri Valenzuela. “Curri, que tenemos visita, que coges la pelota y no la sueltas”. La veterana periodista se rebota: “Me cortas solo a mí y no a las otras”. Casado continúa con el programa, pero rumia el encontronazo durante la entrevista a Antonio Garamendi, presidente de CEPYME (Confederación Española de la Pequeña y Mediana Empresa), y decide interrumpir la misma para, no se lo pierda, “pedir disculpas públicamente a Curri Valenzuela porque por mi culpa se está llevando un disgusto fuerte”. Inmediatamente después rompe a llorar. En directo. En mitad del programa. En TVE.

Estamos ante un acontecimiento inaudito, extravagante, yo diría que incluso pasmoso en su rareza. No es habitual que un profesional de TVE arranque a llorar como una vieja en pleno programa. Lo normal es que sean los telespectadores quienes se deshagan en lágrimas al ver en qué han convertido la televisión pública. Lo lógico es que sean los espectadores los que sollocen como magdalenas y gimoteen como niños al ver cómo están tirando el dinero de todos los españoles. Lo habitual es que quienes se sienten frente al televisor suspiren como huerfanitos al comprobar cómo el Gobierno del PP ha destruido TVE y la está convirtiendo en un instrumento de propaganda.

María Casado llora por haber dado la charla a Curri Valenzuela, cuando en realidad debería llorar por tener que soportarla como tertuliana en la televisión pública. Cualquiera que haya visto a Valenzuela en Telemadrid sabrá que se trata de una periodista sectaria y tendenciosa hasta extremos grotescos: en 13TV llegó a pedir el boicot a los productos catalanes.

María Casado llora por Curri, pero debería llorar por TVE. Por cómo se han desplomado su audiencia y su credibilidad. Por cómo desde que el recientemente cesado Leopoldo González-Echenique se convirtiera en presidente de la corporación, en junio de 2012, la primera cadena, La 1, ha perdido el 10% de cuota de pantalla y el 100% de verosimilitud en sus informativos. Casado debería llorar no por Curri, un fantasma del pasado, sino por trabajar en una televisión pública que aún no ha entrevistado al político de actualidad: Pablo Iglesias.

“Ay de mí, Llorona, Llorona, / Llorona no seas así, / Te pido yo de rodillas, Llorona, / Que no te olvides de mí”.

Pero… ¿Y si María Casado hubiese llorado de miedo? Puro canguelo, por haber molestado a Curri Valenzuela, la periodistas que tiene que estar en TVE por algo que nos cuesta trabajo comprender, pero que podemos imaginar.

P.D.

Me temo que en TVE no es que se hayan olvidado de Pablo Iglesias. Es que aún no se han enterado de quién es…

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Un motivo para NO ver la televisión

Los vivos y los muertos

Auto: Joy Williams.

Editorial: Alpha Decay.

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En solo unos días he leído dos libros en los que uno de los protagonistas se llama Corvus. El primero fue el inolvidable “Canciones de amor a quemarropa”, el segundo es el que hoy nos ocupa, una novela también muy norteamericana, pero mucho más oscura, retorcida y ácida. ¿Casualidad? No creo… “Hay otros mundos, pero ninguna de las personas que conocemos estará en él”.

“Los vivos y los muertos” se desarrolla entre dos mundos fácilmente imaginables. Dos mundos que son muchos mundos. Adultos y jóvenes, vivos y muertos, embrujados y disecados… Los pueblos perdidos de Arizona, secos como las tripas del demonio, son el lugar idóneo para cobijar a una cuadra de personajes flipantes que desean lo que no tienen, y que hacen todo lo posible para no aburrirse, para no parecer aburridos, para crear en el lector una sensación de desasosiego francamente inquietante. “Como una resaca de Smirnoff”.

-Leer es inútil, Carter.

- A mí me gusta, querida.

- Te asustará ver hasta qué punto es inútil.

La conversación termina con un libro de Darwin, un paseo por el zoo, un niño que confunde a un hipopótamo con un pájaro muerto… No es cómodo leer a Joy Williams, pero resulta muy gratificante. Por cómo dibuja de torcidos a los personajes, por cómo convierte un montón de radiantes cuentos en un historia larga, salvaje y desapacible, por su forma de escribir sobre la muerte y alrededores. Normal que con esta obra, calificada de “maravilla” por Raymond Carver,  fuese finalista del Premio Pulitzer. Un libro nada usual, muy turbador, tremendamente cósmico, libre y sorprendente.

Karaoke maltratador

No es un tema nuevo. Es el eterno desprecio a los seres vivos. Es la utilización de los animales, como si fueran objetos, para ganar dinero. Es el habitual programa de televisión en el que se maltrata a serpientes, gallinas, insectos y mamíferos con un único fin: aumentar la audiencia. Hablo de “Killer karaoke”, el último engendro en forma de concurso emitido por Cuatro, la cadena B de Mediaset.

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Una concursante que canta en un jacuzzi sufre una “tormenta tropical” de ranas, iguanas, serpientes…. Otro recibe una lluvia de insectos y gusanos en la cabeza, lanzados desde cubos. Otros tienen que meter la cabeza en cajas con gallinas, mofetas, cucarachas… En eso consiste la gracia de este programa, un karaoke supuestamente radical en el que los vocalistas deben interpretar canciones bajo presión. “Los gusanos y cucarachas que los concursantes pisan son invertebrados muy resistentes, ninguno ha muerto”, asegura el encargado de controlar a los animales del programa. El artículo 4.2 de la Ley de protección de los animales de la Comunidad de Madrid no dice nada de “animales muy resistentes”: “Se prohíbe la utilización de animales en espectáculos, peleas, fiestas populares y otras actividades que impliquen crueldad o maltrato, puedan ocasionarles sufrimientos o hacerles objeto de tratamientos antinaturales”.

Todos los animales que se utilizan en programas como “Killer Karaoke” son objeto de “tratamientos antinaturales”. Todos sufren. No solo golpes, pisotones y manotazos. Padecen estrés, provocados por los focos, el calor, la manipulación. Y soportan el desprecio de quienes los utilizan para dar miedo, para dar asco. Sufren la arrogancia y la desconsideración de quienes se creen superiores, con derecho a utilizarlos como juguetes.

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Estamos ante una sofisticada forma de telebasura. Un modo de hacer televisión viejo, decrépito, que debemos asociar con prácticas tan terribles como los circos con leones, los fotógrafos con monos, los osos bailarines… Diversiones del pasado, impensables en una sociedad moderna y sensible, en un mundo civilizado.

“Killer karaoke” no es nada original, no se lo vaya usted a creer. Ni un ápice de talento. Se trata de la habitual adaptación de un programa que se emite en el exterior, en este caso del talent game show británico “Sing If You Can” de 2011. Vea si no tiene otra cosa mejor que hacer, que me extraña, esta versión igual de patética que la ibérica procedente de otro mundo…

Un motivo para NO ver la televisión

Isma Romero.

Cd: Antes de que esté prohibido.

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Mejora este disco a partir de una segunda escucha. Gana en intensidad, en fuerza, en melodía. El rock and roll crece, las referencias se intensifican: “El Carnaval” recuerda al buen Calamaro, los Rodríguez deambulan por cada surco, Pereza permanece en la sombra… hasta Chuck Berry está en algunos riffs de guitarra. La producción del álbum, a cargo de Candy Caramelo, suena cada vez más familiar, más cercana, más creíble.

“Antes de que esté prohibido”, primer disco del valenciano Isma Romero, tiene diez excelentes canciones y muy buena actitud. ¿Las letras podrían ser mejores? Sin duda, pero para eso tendremos que esperar a un segundo trabajo. De momento, un debut que no está nada mal. Y un rocker al que seguir la pista…

¿Usted es un buen tío?

Muchas mañanas me despierto empapado en sudor. ¿Ganará Podemos las elecciones? ¿Será Pablo Iglesias el nuevo presidente del Gobierno? ¿Se mantendrán fieles a sus principios, no nos decepcionarán, no se convertirán en casta? ¿Acabarán, como han prometido, con el “régimen” de la transición? Un infierno…

A partir de la noche del sábado, cuando tengo alguna duda sobre la capacidad de Podemos como alternativa a los partidos políticos actuales me pongo el vídeo de la entrevista a José Antonio Monago en “Un tiempo nuevo”, emitida en Telecinco. Le interrogan dos personas, una periodista (Pepa Bueno) y un palmero (Ángel Expósito).

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Cuando solo han pasado unos minutos de grabación me dan ganas de felicitar a Pepa Bueno… Y abrazar a Monedero, besar por donde pisa Errejón, ponerle un piso a Carolina Bescansa y hacerle cada mañana la coleta a Iglesias. Se lo juro. Y es que Monago resulta más plañidero, demagogo y populachero de lo que pueda imaginar: “Esta mañana me ha parado un coche en la Gran Vía, he bajado la ventanilla y me ha dicho: Usted es un buen tío. Un señor más o menos de mi edad. Eso es lo que me da a mí fuerza para seguir luchando en política”.

Dan ganas incluso de comprarme un chándal bolivariano. Así de patético me parece Monago, el presidente llorón y mentiroso, blandengue y granuja, desvergonzado y cobarde. El presidente fullero de las explicaciones inexplicables, que apela a la tierra, al honor, a los extremeños, a la familia… incluso a la no posesión de una antena parabólica como muestra de austeridad y de honradez. El hombre hecho a sí mismo que cuenta entre lágrimas detalles de sus pobres pobres trabajadores para, un minuto después, pedir que respeten su vida privada. Y es que cuando uno creía haberlo visto todo en cuanto a populismo con José Bono aparece Monago, el amante de Tenerife, el viajero incansable que siempre viaja por trabajo, pero cuidado que pagará sus viajes, pero espera, espera, que ya no los pagará porque viajó a trabajar.

En el mismo instante en que Monago decía en Telecinco que había demostrado “con documentos” que sus viajes a Tenerife estaban justificados, en “La Sexta Noche” (La Sexta) se podía ver esta imagen…

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Mientras Monago decía en Telecinco que era el presidente autonómico que menos cobraba, e insistía en ello pese a que Pepa Bueno le decía que no era cierto, que mirase la web de la cadena SER, en La Sexta se veía una imagen en la que, con datos oficiales, demostrában que mentía: es el quinto que más cobra…

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¿Hasta cuándo tendremos que soportar a todos estos mentirosos? Hagamos caso al único momento creíble de las declaraciones de Monago: “Uno tiene que limpiar de mierda este patio, porque hay mucha mierda”.

P.D.

Octavillas repartidas por Extremadura…

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