Prejuicios

Sí, tengo prejuicios. Lo reconozco. Prejuicios sobre todo aquel o aquello que tenga que ver con la televisión, la fábrica de embrutecimiento más poderosa y despiadada que conozco. Prejuicios sobre quien estuvo en la órbita judicial del Partido Popular (y cerrase la causa del Yak-42 o asegurase que en los CIE “no se vulneran los derechos fundamentales”). Prejuicios con Borrell. Y también prejuicios con Pedro Sánchez, un político que supura ambición y mediocridad. Un político efectista y de centro. Todo él fuegos artificiales. Un político que, si tenemos en cuenta a los tres últimos presidentes de Gobierno, es posible que se quede en Moncloa durante mucho tiempo.

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Tengo prejuicios, sin duda. Un ministro de Cultura no puede tener como cumbre de su currículo haber presentado un programa con Ana Rosa Quintana en Telecinco. Un ministro de Deportes no puede odiar el deporte. Tengo prejuicios con quien es incapaz de encontrar un ministro de Cultura y Deportes con más méritos, con más chicha.

Dicho lo cual, quizá deberíamos dar un margen a Pedro Sánchez y su Gobierno. Ver qué hay detrás de la pirotecnia. Aunque solo sea a modo de agradecimiento: no olvidemos que se trata del tipo que nos libró, con ayuda de otros a los que no veo en su Gobierno, de la mafia que ha tenido secuestrado este país durante años. A trabajar.

 

 

Hasta nunca

Miserables hasta el final. Quizá por eso, por si en el último momento pudiésemos haber sentido algo de lástima por el desenlace de su historia, traumático y arrastrado, los líderes del Partido Popular han reivindicado hasta el último instante su condición de auténticas inmundicias. Rabiosos y altivos, maleducados y arrogantes, incluso en la despedida. Para que no olvidemos nunca lo repugnante que ha sido su Gobierno, el presidente Mariano Rajoy y el portavoz Rafael Hernando se han mostrado como unos absolutos canallas hasta el último minuto. Malos perdedores, no podía ser de otra manera.

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El primero ha eludido sus responsabilidades, una vez más, hasta el término de sus días: abandonó el Congreso, el debate, la política, para refugiarse en un restaurante. Un debate, una política, que también evitó en una segunda jornada que ya sabía perdida: sin nada que rascar, el PP considera el tiempo empleado en el órgano constitucional que representa al pueblo español como minutos de la basura. Con su injustificada ausencia, Mariano Punto Rajoy insultó a los ciudadanos y a sus colegas. El punto final perfecto.

El segundo, rabioso como un perro, escupió veneno y soltó zarpazos a diestra y siniestra. Desencadenado, Hernando mostró su rostro más repugnante: era la soberbia en estado puro. Exhibió toda su pobreza moral, manipuló y mintió, amenazó y gruñó. Se mostró, por enésima vez, como un auténtico desequilibrado.

Horas antes había sido Dolores de Cospedal quien había puesto en duda a los jueces, a la justicia, por una simple razón: les habían pillado. Corruptos, organización criminal, dopados en las elecciones, caja B, rapiña de dinero público… Mucho más de lo que una señora de su categoría puede soportar: hizo un Cifuentes, risa forzada, joderos. Y tragó bilis para ingerir su penúltimo sapo.

Gracias por esta despedida. Fue un perfecto resumen de la forma de gobernar del PP, una banda de políticos engreídos que se consideraban impunes, eternos, exquisitos. Y solo eran un puñado de meapilas, franquistas y corruptos reunidos en una organización constituida para delinquir. Hasta nunca.

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Black power

En plena crisis del gobierno corrupto del Partido Popular, cuando Mariano Rajoy y sus secuaces más necesitan un medio de comunicación a su servicio, resulta emocionante sentarse los viernes a ver un Telediario. ¡Quién lo hubiese imaginado! Suena la sintonía y ahí está la presentadora, vestida de negro. Con dos ovarios. Como muchos de sus compañeros. ¿El contenido del informativo? Eso es lo de menos, ya nos lo podemos imaginar. A mí de momento me basta con ver ese derroche de valor, ese compromiso con la televisión pública, esa denuncia de la manipulación, esa apuesta por el periodismo. Es solo cuestión de tiempo que acabe esta pesadilla…

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Tienen valor las mujeres y hombres de negro. Se juegan el puesto trabajo, están en manos no solo de corruptos, sino de fanáticos. Tipos como José Antonio Sánchez, un presidente de TVE capaz no solo de manipular la información de manera burda sino de decir cosas como ésta: “En cuanto a los papeles de Bárcenas… Yo no estoy ni en los papeles de Irán, ahí donde se cuelga en grúas a los homosexuales o se mata a pedradas a las niñas por darse un revolcón con el novio, ni donde se asesina a 150 personas por manifestarse en una calle como en Caracas… Yo estoy en los papeles de Bárcenas, en los papeles manchados de sangre nunca estaré”.

¿Un miserable? Sin duda. Desde primera hora de la mañana. Pero ahí están los periodistas de verdad, vestidos cada viernes de negro para recordarle que sus días están contados y que pasará a la historia de los medios de comunicación españoles como el sicario audiovisual de Rajoy. Tienen las manos tan sucias que la vergüenza y el poder se les escapan entre los dedos.

Un motivo para NO ver la televisión

¡Maldito Allende!

Autores: Jorge González y Olivier Bras.

Editorial: ecc.

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Ésta es la historia de una traición. De una de las traiciones más repugnantes que ha conocido la humanidad. La traición de un militar a su presidente legítimo, a su pueblo soberano. Una traición que costó miles de muertos y desaparecidos, que duró décadas y que negó el futuro a todo un país. La traición de Augusto Pinochet a Salvador Allende un 12 de septiembre de 1973.

“En sus memorias Augusto Pinochet asegura que había planeado minuciosamente el golpe de estado y que no se quitó la máscara hasta el último momento para no poner en peligro el proyecto. Pero tenía claro que debía pasar a la acción para liberar al país del lastre comunista. Supo engañar al enemigo mostrándose leal al presidente Allende. Por fin había llegado el momento de la traición. Algunos miembros de la junta militar no dudarían más tarde en poner en entredicho esta versión, asegurando que hubo que convencerle de que se uniera al complot contra Allende”.

El presidente socialista enseñó el camino a otros pueblos de América. “El pueblo de Chile entrará conmigo en la Moneda”, dijo. Mucho más de lo que Richard Nixon y el Gobierno de Estados Unidos, indignados por el gobierno comunista de Cuba, podían soportar.

Con unos dibujos desoladores y un guión muy didáctico, Jorge González y Olivier Bras nos cuentan de manera amena y emotiva uno de los momentos más dramáticos de la historia sudamericana. Mezcla de bocetos, fotografías retocadas, sombras siniestras y hermosos retratos, “¡Maldito Allende!” ofrece el tono visualmente dramático que exige la historia. Y los textos, rigurosos en cuanto a datos, fechas y personajes, invitan al lector a recordar y añorar a todos aquellos mártires de la democracia. Una historia gráfica necesaria que todos deberíamos leer, para no olvidar.

“Chile está viviendo un acontecimiento que no es extraño a los países que buscan su vía de emancipación”, dijo Allende en noviembre de 1971. “Los grandes propietarios utilizan a los pequeños y medianos agricultores y les hacen creer que la revolución les será perjudicial… No daré un paso atrás. Dejaré la Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera. No tengo otra elección. Solo acribillado a balazos podrán impedir que cumpla mi voluntad de llevar a cabo el programa del pueblo”.

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Hedionda versus Bella

Un motivo para NO ver la televisión

Belleza.

Autores: Kerascoët & Hubert.

Editorial: Astiberri.

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Este cómic extenso y jugoso habla de la hermosura y la fealdad, de cómo la apariencia física condiciona nuestras vidas, de por qué miramos el exterior antes que el interior, de la importancia de la carcasa. Y lo hace en un tono de fábula medieval, incluidas unas hadas que recuerdan algún trazo de Max, que curiosamente no restan una pizca de actualidad a la obra: nuestra sociedad es igual de mediocre y zafia que la que describen Kerascoët & Hubert. Un mundo de envidias y ambiciones, de violencia y rencor, de luchas por el poder y deseos irrefrenables. Un mundo complicado para personas tan humildes y sencillas, en un principio, como Hedionda, la protagonista de este relato.

“Buscando contentar a Belleza, Odón se había marchado en pos de la riqueza. Aunque la fortuna sonríe a los valientes, no cae así como así en las alforjas de los impacientes. Y Odón era de lo más impaciente. Ardía constantemente en deseos de regresar a los brazos de Belleza”.

Hedionda es fea como un demonio. Y además, huele a pescado. Un golpe de suerte, en forma de hada de los deseos, cambia su vida. Cambia incluso de nombre. La joven antes conocida como Hedionda, ahora Bella, se ve sumergida en un torbellino de pasiones y miserias: vuelve locos a los hombres, lo cual desencadena un tsunami de desgracias personales, inestabilidades políticas y violencia desenfrenada. Cada paso que la pobre Hedionda da es un nuevo error, un motivo para causar dolor y derramar sangre. Ha puesto el mundo patas arriba. ¿Añora la fealdad? ¿Está sobrevalorada la belleza? ¿La superficialidad es la causa de todas las desgracias?

“El rey jabalí se sentía sobrehumano. Había aplastado al reino del sur. Tenía en su poder a la más bella de las mujeres y su Reina lo esperaba fielmente en el Norte. Era la encarnación misma del poder que con su desbordante fuerza extingue el más mínimo atisbo de resistencia”.

Kerascoët & Hubert cuentan esta apasionante historia de manera minimalista a nivel gráfico, blanco y negro y un color, pero apoyándose en un guión denso y jugoso. El resultado es brillante. Bonitos dibujos de aire japonés, personajes entrañables y pasiones desenfrenadas. Poco más se le puede pedir a un cómic de gran formato, y cuidada edición integral de 156 páginas, que se devora. Inquietante y hermoso.

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