El principio del fin

Siento profundamente tener que colgar el post de hoy. La razón es sencilla: viene a sustituir al post de ayer. Y es un drama, porque mientras que el post anterior hablábamos del talento, la ironía y el humor satírico, en el de hoy lo hacemos sobre la continuidad de la mediocridad como valor político. Moncho Alpuente ya es historia, lo que nos deja un poco más desamparados, mientras que la victoria del PSOE en Andalucía es presente y futuro, lo que nos recuerda que vivimos en un bucle político de corrupción, mezquindad e ineptitud.

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Y es que el PSOE, pese al escándalo mayúsculo de los EREs, pese a los miles y miles de ciudadanos a los que ha engañado y defraudado, aguanta el tirón y gana en Andalucía sin perder un solo escaño. El PP se hunde. Se confirma el ascenso de Podemos, la aparición explosiva de Ciudadanos y el descalabro de IU. La pluralidad política que asoma, el principio del fin del bipartidismo, sería la buena noticia. Y el fracaso del PP. La mala, seguramente la nula erosión que sufren los socialistas. Estoy seguro de que Susana Díaz fallará a los andaluces. Solo me queda confirmar cuándo y cómo. Es una sensación que no puedo evitar: desconfío profundamente de quien miente, de quien dice medias verdades, de quien desde el populismo más absoluto acusa al resto de populismo.

Mediocridad también la de los medios de comunicación. Dos horas antes del Barcelona-Real Madrid era imposible encontrar una emisora de radio que informase de las elecciones andaluzas. Ni la SER, ni la COPE, ni Onda Cero, ni siquiera RNE. Todas enfrascadas en unos previos al clásico de, por cierto, nefasta calidad. En televisión, lo mejor estuvo en el largo programa que ofreció La Sexta. El Especial Elecciones de TVE estuvo durante mucho tiempo arrinconado, quizá porque se olían la derrota, en el Canal 24 Horas. La lucidez, como siempre de la mano de El Roto…

El Roto Elecciones

Un tipo ingobernable

Admiro profundamente a los tipos ingobernables. Absolutamente ingobernables solo he conocido a dos, y ya están muertos: el Reverendo y Moncho Alpuente. El primero, que tenía un talento descomunal para la música, solo entraba en vereda con el Gran Wyoming. Y no siempre. El segundo era brillante escribiendo, pensando, razonando, hablando, a su manera incluso cantando. La sencillez con que manejaba todas sus virtudes, y su escasa ambición, le resultaban profundamente incómodas a quienes mandaban, a los poderosos. Porque Moncho siempre estaba con los de abajo, era un tipo afable, humilde y discreto, y despreciaba a los mediocres que se creían por encima.

Cuando comencé a trabajar en Radio El País yo era profundamente ignorante y enormemente mediocre. Aunque pueda parecer increíble, aún más que ahora. Llegaba a la emisora muy temprano y ahí estaba Moncho, con su resaca, su cigarro, su cerveza y sus colegas, escribiendo con una facilidad que me resultaba estremecedora. Aparecía alguien con una noticia absurda, o política, o económica, o las tres cosas al tiempo, no importaba en absoluto el tema, y Moncho se paraba unos segundos a pensar, daba un trago a la birra, y en dos minutos tenía un texto tronchante sobre ese asunto cualquiera. Unos párrafos tan inteligentes, irónicos y mordaces como para deprimir a todo aquel que pretendiese hacer del periodismo su profesión. Nunca he visto a nadie escribir tan rápido, tan bien, de manera tan lúcida, radiante y libre.

Nos encontramos cerca de Gran Vía hace no mucho tiempo. Tenía un saludable aspecto de abandono, estaba contento y risueño, hablamos de los viejos buenos tiempos y de los inciertos nuevos tiempos, y cuando se despidió me pareció un hombre eterno, uno de esos genios atemporales que pasan a tu lado como un suspiro, purificando el aire que respiras, engrandeciendo tu vida.

Ante la mediocridad política que nos acogota, ante la vanidad literaria y la soberbia artística, me gustaría reivindicar el talento. Por eso he querido hablar un poco, no mucho, de Moncho Alpuente, el talento en estado puro.

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En Madrid hostil

A las once de la noche del miércoles, mientras Antena 3 emitía el programa de “En tierra hostil” dedicado a Venezuela, país que resume todas las miserias de las políticas alternativas a nuestro bipartidismo, por la madrileña calle de Isaac Peral bajaba una turba de desarrapados. Como los protagonistas de una película de ciencia ficción distópica, hombres y mujeres de rostros sucios y miradas animales, cubiertos con ropas remendadas y plásticos, harapos desgarrados y chanclas, formaban una banda de supervivientes que, cabizbajos, se dirigía a la plaza de Cristo Rey. Desordenados, derrotados, recelosos, arrastraban bajo la llovizna sus escasas pertenencias en desvencijados carros de supermercado repletos de bolsas, y en carritos de la compra a punto de reventar. Eran más de veinte, y surgían de los campamentos que levantan en los alrededores del Hospital Clínico Universitario San Carlos, entre los árboles del campus de la Ciudad Universitaria, junto al corazón de la ciudad.

La tierra hostil está junto al salón de casa. Solo unas horas después de esa dantesca escena, más propia del libro de Cormac McCarthy “En la carretera” que de una ciudad europea en el año 2015, uno de esos andrajosos ciudadanos se agachaba junto a la puerta que lleva, imagino, a las tripas de la fuente dedicada a Carlos Jiménez Díaz en la Plaza de Cristo Rey. Estaba defecando. Observaba su entorno como haría una comadreja, con ojos de mustélido acorralado. Eran poco más de las ocho de la mañana, y la gente que iba y venía al trabajo, entre la Clínica de la Concepción y el Hospital Clínico, miraba para otro lado.

La tierra hostil está mucho más cerca de lo que dice la televisión. La tierra hostil es el mundo postapocalíptico en que viven no solo los nómadas que duermen bajo los puentes del Manzanares, sino los madrileños que recogen la fruta podrida y los productos caducados que los supermercados tiran cada noche a la basura. O las familias que han pasado el invierno sin encender la calefacción: vivimos en una ciudad donde la pobreza energética se ha duplicado desde 2008 y afecta ya a 500.000 personas en la región, el 7% de los hogares madrileños.

Son los supervivientes de una sociedad indeseable, con casas sin techo, chamizos sin puertas ni ventanas, sin calefacción, mujeres y hombres sin voz y por supuesto sin voto. ¿Sin voto? Seres inexistentes. El resto de la ciudad contempla impasible la escena, que supone el ocaso de una forma de humanidad. Un paisaje de fin de civilización, excepto para aquellos que desde el poder quieren dividirnos en bandos. Los malos, nosotros, los buenos, ellos. Un conflicto atávico aplicado a la política local.

Por la noche, en la tele un político español nos recuerda que en Caracas “la inseguridad ciudadana es angustiosa”. En ese mismo instante en las calles de Madrid, muy cerca de su casa, una pandilla de sub humanos recorre la ciudad quemada en busca de unas condiciones mínimas de vida. Tratan de sobrevivir como personas, no como animales. Los muy bolivarianos.

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El señor pelotas

Necesito un poco de distracción, pensar en cosas ligeras, evadirme de la realidad por unos minutos. Seguramente por eso me he detenido en una noticia sobre una presentadora de televisión que ha alcanzado la fama por lucir un escote con forma de pene. Se llama Natarsha Belling, trabaja para el Canal 10 australiano, y su vestido incluye hasta las pelotas.

La noticia es absurda, una completa gilipollez, y como no podía ser de otra manera se ha convertido en viral. La recojo en este post urgente, acelerado y superficial simplemente porque me ha arrancado una sonrisa, al recordarme una escena sublime de una película patética: la protagonizada por Kate Winslet y Hugh Jackman en “Movie 43″…