Héroes

Sábado noche. En la mesa del restaurante me acompañan mi mujer y unos callos con garbanzos. En la mesa de al lado, tres árbitros de fútbol. Mi mujer está encantadora, los callos necesitan algún día y algún recalentón más, los árbitros parecen exultantes: acaban de sobrevivir a algún partido de quién sabe qué división, y quiero imaginar que cenan con la dieta de la Federación antes de volver a casa con vida. No puedo evitar escuchar su conversación, parecida a la de tres niños felices tras jugar a la pelota.

Parecida, pero muy diferente. No hablan de goles, de regates, de pases en profundidad o de cabezazos a la red. Hablan de tarjetas merecidas, de ese fuera de juego que has visto de maravilla, de lo difícil que es marcar la distancia de la barrera, de sancionar “sí o sí” todos los codazos en los saltos… Hablan con entusiasmo de lo que el resto de futboleros consideramos un coñazo: esa parte del juego que, pese a ser imprescindible, nunca deja satisfecho a todo el mundo. El arbitraje.

El día anterior pude ver en un informativo de televisión la agresión a unos árbitros en Argentina. Les comienzan a pegar en la cancha y les corren a golpes hasta los vestuarios. Uno pierde el conocimiento. El periodista habla de dientes y costillas rotos. Nuestra sociedad sitúa a los árbitros en el último escalafón de la raza humana, junto a verdugos, inspectores de Hacienda, notarios y gentuza similar.

Sentía que estaba sentado junto a tres extraterrestres. ¿Cómo hablar de la distancia de la barrera en un lanzamiento de falta, cuando se puede estar haciéndolo de si lanzarla con el exterior o con el interior del pie, por encima de la barrera o por el lateral, con potencia o con colocación? Pues ahí estaban, con sus huevos rotos con jamón, de primero, y su entrecot de segundo, charlando sobre las diferencias entre carga legal y empujón.

Hay gente para todo. Insultados, señalados e incluso apedreados, los árbitros son héroes de nuestro tiempo. Gente capaz no solo de aguantar todo tipo de insultos y vejaciones, sino de jugarse el físico, para disfrute del resto de la población. Brindo por ellos.

 Un motivo para NO ver la televisión

Orgullo y satisfacción. Grande éxitos.

Editorial: Astiberri.

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La abdicación de Juan Carlos I trajo menos cosas buenas que las previstas. Todo siguió más o menos igual. Salvo quizá por la censura editorial de una portada de El Jueves, que dio lugar a la rebeldía y dimisión de un grupo de peligrosos dibujantes y escritores antisistema. Los rebeldes dieron forma a una publicación satírica de carácter mensual que, para desgracia de los amantes del papel, solo tenía formato digital. Ahí estaba el talento de tipos tan peligrosos para el sistema como Fontdevilla, Isaac Rosa, Pacheco & Pacheco o Miguel Brieva.

Mucho ingenio, mucho humor, mucha crítica despiadada. Demasiado como para quedar perdido en las redes. Coincidiendo con el último número de “Orgullo y satisfacción”, el 40, editorial Astiberri ha tenido la gran idea de recopilar parte de lo mejor de ese material digital y llevarlo al papel, en una hermosa edición apaisada. Contundente como el ladrillo que revienta el escaparate de una sede bancaria, el libro recopila con excelente criterio y a lo largo de 312 páginas a todo color, viñetas y reflexiones de Ágreda, Albert Monteys, Alberto Gónzalez Vázquez, Asier y Javier, Bernardo Vergara, El Mundo Today, Flavita Banana, Guillermo, Isaac Rosa, Lalo Kubala, Luis Bustos, Malagón, Manel Fontdevila, Manuel Bartual, Mel, Miguel Brieva, Morán, Oroz, Paco Alcázar, Paco Sordo, Pacheco & Pacheco, Toni o Triz.

“Orgullo y satisfacción” quizá solo sea un pequeño paso hacia la República, pero supone una enorme zancada hacia el humor realmente crítico y libre. Los proyectos independientes, con dosis similares de inconsciencia y talento, de ironía y locura, de arte e insatisfacción, no solo son posibles, sino necesarios. Muy necesarios. El perfecto regalo navideño para ese cuñado plasta que soltará en nochebuena aquello de “pues diréis lo que queráis de Felipe, pero está muy preparado”.

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El hombre que vió cambiar la historia de la música

Un motivo para NO ver la televisión

Testimony

Autor: Robbie Robertson.

Editorial: Alfaomega / Neo Person.

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Toda la grandeza de este libro, la autobiografía de un músico fundamental para entender la historia del rock, podría resumirse en una de las fotografías incluidas en el mismo. Se trata de una imagen en blanco y negro, reproducida a pequeño tamaño, poco más de un cuarto de página, en la que el protagonista, Robbie Robertson, aparece en segundo plano, al fondo de una sala, sentado, con gafas de sol y expresión aburrida. A su derecha está John Hammond, y en primer plano, de pie, Bob Dylan. Robertson fue uno de los invitados, no se lo pierda, a la sesión de grabación de “Like a Rolling Stone”. Robertson y su grupo acompañaban al Dylan eléctrico y desbocado cuando, en el mítico concierto del 17 de mayo de 1966 en el Free Trade Hall de Manchester, el público le llama “Judas”. Robertson lo cuenta todo, y muchísimas cosas más, en este libro.

Guitarrista de The Band, el canadiense estuvo siempre en el lugar preciso en el momento adecuado. Por eso en este maravilloso viaje al pasado en forma de autobiografía, subtitulado correctamente “Los acontecimientos que cambiaron la música”, van pasando los personajes más importantes e influyentes de rock, el cine y el arte de los años 60 y 70. Desde Johnny Cash, Muddy Waters o Bo Diddley a Andy Warhol, Marlon Brando o Martin Scorsese. Cientos de nombres, de artistas grandiosos, que en algún momento se cruzaron con Robertson en la vida o el escenario.

“Poco después recibí una llamada de la oficina de Albert Grossman. La persona que contactó conmigo me preguntó si me apetecía ir a la ciudad cuando tuviera un día libre para reunirme con Bob Dylan. Solo le había visto aquel día que fui al estudio con John Hammond, cuando estaba grabando “Like a Rolling Stone”. Le pregunté a los chicos si conocían la música de Bob. Yo no estaba muy familiarizado con ella, aunque recordaba un tema que había sacado unos años antes, titulado “Oxford town”. Sonaba sincero y el tono de su voz me había llamado la atención. Richard dijo que una de las canciones de Bob, “Subterranean Homesick Blues” le recordaba al tema de Chuck Berry “Too Much Monkey Bussines”.

- Sí –dije yo- ese fraseo rítmico con stacatto se parece bastante”.

Robertson estuvo allí. Y afortunadamente no solo tiene una memoria prodigiosa, sino que ha sabido escribir todas esas anécdotas de manera espléndida: evitando innecesarios detalles escabrosos, pero recreándose en todos aquellos momentos que fascinan a los aficionados al rock and roll. Músicos legendarios que aparecen y desaparecen, instrumentos y equipos de sonido, productores y managers, giras interminables, groupies y drogas, grabaciones inolvidables, amistades inquebrantables y estafadores profesionales… y todo contado de manera respetuosa, amena y apasionada. Robertson ha escrito 600 páginas que ojalá hubieran sido 1.200: controla el ritmo narrativo con el mismo talento y desparpajo con que domina los tiempos musicales, convirtiendo cada párrafo en un acorde que encaja perfectamente con el anterior y el siguiente. El resultado se llama “Testimony”, y se lee con el mismo cadencioso deleite con que se escucha “The Night They Drove Old Dixie Down”.

“Nos alojamos en un motel y volvimos al club aquella noche con la intención de empezar a tocar a las nueve en punto. El público lo componían menos de diez personas. El local estaba tan vacío que podías entablar conversaciones individuales con la audiencia.

A mitad de la primera canción, una chica comenzó a bailar desde el final de la sala en dirección al escenario. Cuando estaba lo suficientemente cerca me di cuenta de que se trataba de una gogó con un solo brazo contratada por el propietario para animar a que la gente se levantara y se pusiese a bailar. Bailó alrededor de una mesa, haciendo señales con su único brazo hacia las personas que estaban sentadas. Nosotros nos hallábamos en trance, observando cómo los clientes se esforzaban por evitar su mirada, aunque finalmente su brazo giratorio consiguió que aquellos intrépidos que se habían atrevido a mirar asintieran con la cabeza en señal de aprobación. Cruzó la sala bailando el Twist hasta llegar a la zona que quedaba delante del escenario y nos regaló unas cuantas piruetas y giros, como si todos formáramos parte de la misma atracción. Y después, sin previo aviso, se lanzó al suelo e hizo un spagat. Casi me meo encima”.

“Testimony” viene a sumarse a la larga lista de autobiografías de grandes músicos que se han publicado en los últimos meses. Y resulta tan recomendable como la que más. Menos personal pero más documental y cautivadora que la de Springsteen. Cien veces más intensa y jugosa que la de Dylan. Una obra maestra del género que no debe faltar en ninguna biblioteca rocanrolera.

 

5G

Coincidiendo con la confirmación de la ruina del fondo de reserva de la Seguridad Social, del que Rajoy ha gastado casi un 40% en tres años, el Gobierno anuncia que ha comenzado a diseñar el plan y el calendario para la liberación de la banda de 700 Megahercios (MHz), que alojará la quinta generación de telefonía móvil o 5G.

Es decir, que dentro de no demasiado tiempo no tendremos médico que nos atienda cuando estemos enfermos. Pero podremos mirar los síntomas en un internet rapidísimo y auto diagnosticarnos de inmediato.  Si no acertamos en la evaluación, también podremos bajarnos a toda hostia el resguardo de la cita de un ambulatorio que, mecagüen, llevará meses cerrado.

Cuando sea mayor, más mayor, seguramente no cobraré pensión. Es decir, que no podré pagarme ni las pastillas, ni la prótesis, ni unas vacaciones. Ni siquiera la quinta generación de telefonía móvil. Viejo, enfermo y sin conexión 5G.

Quizá usted pueda ayudarme: ¿Avanzamos o retrocedemos?

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Un motivo para NO ver la televisión

Perelmanía.

Autor: S.J. Perelman.

Editorial: Contra.

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Me repugnan los monólogos cómicos, en los que guionistas que se creen tan brillantes como graciosos enlazan chistes patéticos para delirio de un público sin criterio. Soy exigente con el humor. Dicho esto, le diré que me he descojonado vivo con “Perelmanía”, el libro editado por Contra con una selección de los mejores relatos del humorista norteamericano S. J. Perelman. El humor tiene niveles, y exige compromiso, y requiere talento, y crece con la inteligencia, y es una excelente forma de crítica, y se engrandece con el lenguaje. Perelman está en la cumbre del humor. Perelman (1904-1979) tenía nivel, compromiso, talento, inteligencia, sentido crítico y un vocabulario que envidiarán muchos escritores de prestigio. Hay que leer a un Perelman por el que no pasa el tiempo.

“Por un instante, consideré reivindicar mi profesión con un gesto llamativo y estamparle un directo a su mandíbula, pero entonces pensé que él también podría reivindicar la suya con un directo a la mía, así que lo dejé correr. Con todo, al recordar ese episodio más tarde, me pregunté si el testimonio de la dama, pese a su extremada magnanimidad, acaso podía acarrear consecuencias aciagas. A lo largo de los años, los editores han aprendido a aceptar la desconfianza, el rencor y la perversidad de los autores; de hecho, sobre ello se cimenta su propia existencia. Si de repente a los escritores les diera por agasajar a los mecenas como si fueran perritos falderos y cantar sus virtudes a los cuatro vientos, su amour-propre se extinguiría de un día para otro, generaciones de ejecutivos adiestrados para postrarse y humillarse quedarían obsoletos y la estructura entera del negocio acabaría por desintegrarse”.

Guionista de algunos de los mejores trabajos de los Hermanos Marx, y de brillantes textos publicados en The New Yorker, Perelman ha marcado a varias generaciones de escritores, no solo humorísticos, desde Kurt Vonnegut a Bill Bryson pasando por Woody Allen. Es lo que tiene ser un superdotado, a nivel intelectual: Perelman dominaba la parodia, utilizaba el surrealismo más loco, y se podía mostrar descarnadamente irónico. Cualquier detalle aparecido en un articulo del diario del día, o en un anuncio de una revista, le servía para escribir una crónica delirante, desternillante, magnífica. Textos que podían tener forma de artículo periodístico o de simple carta, breves como suspiros o extensos como relatos. Un puñado de esas joyas, la mayoría publicadas por The New Yorker, han sido recogidas con gran criterio en este libro disparatado, tronchante, imprescindible. El humor inteligente era esto.

Gente normal

El candidato del Partido Popular a la presidencia de la Generalitat, Xavier García Albiol, afirmó el pasado viernes en un acto de precampaña electoral del 21-D en Cerdanyola del Vallès que su partido propondrá “cerrar TV3 y volverla a abrir con gente normal”.

¿Gente normal? ¿Quiere usted decir que los actuales trabajadores de TV3 no son normales? Al menos no tan normales como, por ejemplo, Carlos Herrera, presentador del último éxito en la programación de TVE, la televisión pública española. O que Salvador Sostres, el escritor que en ese mismo programa definió la ley de violencia de género como “fascista” e “impresentable”.

Y es que lo de gente normal es muy relativo. Lo que para usted es una persona no ya normal, sino ejemplar, para mí puede ser un corrupto. Por eso, pensar que los 2.300 trabajadores de TV3 no son normales es muy osado. Una auténtica fanfarronada, digna de un absoluto necio, cuando quien lo dice forma parte de un partido con gente tan normal como Bárcenas, Ignacio González, Carlos Fabra, Acebes, Lapuerta, Rato, Sonia Ripoll, Jaume Matas, Ana Mato, Granados, López Viejo, Jesús Sepúlveda, Ricardo Costa y tantos y tantos otros.

Gente normal. De bien. No como “esos carcas, todo el día con la fosa de no se quien”. No como quienes no piensan como yo.

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Un motivo para NO ver la televisión

La encrucijada.

Autores: Paco Roca y Seguridad Social.

Editorial: Astiberri.

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El cruce de caminos en que empezó todo. La encrucijada. El bluesman que vendió su alma al diablo para dominar doce compases, grabar 29 canciones y convertirse en leyenda. La música de nuestro tiempo nace en el Delta, pasa por Memphis, absorbe ritmos de otros mundos y se extiende por el planeta como un huracán. A España llega tarde y mal, con demasiada distorsión y algo de eco. Escuchábamos rock and roll mientras leíamos Totem y El Víbora. Eran dos idiomas de una misma generación, dos formas de interpretar la misma canción con diferentes instrumentos.

El rock y el cómic. Paco Roca y José Manuel Casañ (Seguridad Social). Dos colegas diseñando un plan conjunto, y paralelo, con cuerpo de disco-libro y contenido ambicioso: una historia de la música contada de manera cronológica. Es el proyecto inicial, que cambia a medida que pasan los días, las comidas y los gin tonics. “Hablando con José Manuel me di cuenta de que, al igual que ocurre con la historia del arte, en la música es difícil diferenciar los géneros musicales porque se solapan y se mezclan continuamente. Cualquier música que escuches viene de algún sitio y está evolucionando hacia otro”, escribe Roca en esta ambiciosa obra realizada a dos manos.

¿Es “La encrucijada” una historia de la música contada en un cómic de 150 páginas y un disco de 11 canciones? Sí, pero no. Quizá sea más correcto decir que se trata de una historia de música, muy personal y confesional, aliñada con canciones. La encrucijada es la conversación entre un dibujante y un músico que aman su trabajo, se niegan a estancarse, y miran por el retrovisor para poder seguir moviéndose. El dibujante recoge sus charlas, sus análisis, sus técnicas de trabajo y sus aspiraciones. El músico despliega el catalogo de géneros, escribe canciones y busca desesperadamente evolucionar. “No repetirse. Ahí surge un gran dilema que creo tenemos todos los que vivimos de que alguien compre nuestros discos o nuestros libros”, dice el primero. “Simplemente soy incapaz de repetir el mismo esquema dos veces”, responde el segundo entes de hablar de la rumba y de contar cómo escribió “el son montuno, al estilo de El Guayabero”, que se puede escuchar en “La encrucijada”.

Ritmos mestizos, memorias de un músico, secretos de la industria del disco (y del cómic), humor e ironía, ilustración y canción en un trabajo que une dos lenguajes fascinantes. Y en un formato, el disco libro, por el que a priori no hubiera dado un duro. Imprescindible para los seguidores de Paco Roca. Y no solo para los de Seguridad Social, sino para todos aquellos que vivieron La Movida y sus consecuencias. El placer de sentir la música en cada viñeta, en cada diálogo, en cada canción.

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