Polvos

Cuando era niño no quería ser astronauta. Era una profesión que fascinaba a muchos de mis colegas, seguramente por su espíritu aventurero, sus naves espaciales y sus trajes futuristas. E imagino que por esos paseos sin gravedad rodeados de la nada. Pues yo no quería ser astronauta por nada del mundo. Y la culpa no era ni del riesgo, ni de la soledad, ni de la lejanía. Era de la comida. No podía soportar la idea de alimentarme con pastillas, como contaban las películas y los reportajes de televisión. ¿Un año de expedición sin bocadillos de Nocilla? ¿Sin chorizo, melón o muslitos de pollo? Jamás. Serían otros quienes viajarían a lejanas galaxias y se encontrarían con civilizaciones superiores y amigables extraterrestres. ISSSpaceFoodOnATray Le cuento todo esto porque acabo de estremecerme al leer en el  periódico la noticia titulada ¿El fin de la comida?. Estremecedora he dicho, y me he quedado corto: Rob Rhinehart, informático norteamericano de 25 años, ha creado un alimento en polvo con todas las vitaminas, proteínas, minerales, sales y nutrientes que el cuerpo humano necesita. Dice que estaba harto de gastar tiempo y dinero en comer. Prefiere disolver un sobre de Soylent, que así se llama el mejunje, en agua, como si fuera una aspirina. Y listo. Comida de astronauta. Tremendo coñazo. Sin texturas, sin sabores, sin colores. E imagino que sin pesadez de estómago, comilona. Sin regüeldos. Puede que hasta sin siesta, innecesaria ante tan frugal ingesta de alimentos. La prensa no tiene punto medio. O El Bulli, o Soylent. Error grave, puesto que lo que yo quiero es que me cuenten como hacer una tortilla de patata en su punto justo, con el huevo poco cuajado pero no baboso. No lo encontraré en un periódico. El menú de polvos disueltos y los guisantes deconstruidos, por supuesto. Pero lo de la tortilla se lo tendré que preguntar a mi madre. txuntxurro

Famosetes al agua

Los famosos y famosetes son la pera. La pera de guapos, de ingeniosos, de originales y de simpáticos, pero también de solidarios. Su última ocurrencia para epatar al vulgo, y demostrar lo generosos que son y su empatía con las miserias ajenas, es un prodigio de talento: se echan por encima un cubo de agua helada. Tronchante ¿verdad? Y solidario que te cagas. Actores, deportistas, músicos… Todos empapados de golpe y porrazo de agua fría, en pleno veranito, para ocupar las portadas de unos medios que se desangran.

Desde Ronaldo y Marcelo, lumbreras del fútbol de élite, hasta los presentadores de los programas de televisión más mediocres del canal más sórdido. Pasando por personajes como Marck Zuckerberg, Justin Bieber, Joe Jonas, Jennifer Lopez, Lebron James, Chris Brown, Jon Bon Jovi, Kobe Bryant, Joe Manganiello, Selena Gomez, Taylor Swift o Wiz Califa. A la mitad ni les conozco, todos se han mojado por, dicen, una buena causa: la lucha contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA).

¿Cómo se lucha contra una enfermedad mojándose con agua fría? Pues ni idea. Lo cierto es que a la lista de famosos anterior se han sumado todos los famosotes ibéricos de medio pelo que usted pueda imaginar, esos que aparecen en la tele cinco minutos y cuando son reclamados para dar el pregón en su pueblo se consideran en la cima del mundo. Solo falta Leo Harlem, que con dos pelotas se ha negado a hacer de pregonero en Tordesillas. “No me gusta el maltrato a los animales”, ha dicho, en serio, el cómico.

Pedagogía en La Sexta

En La Sexta, la cadena B (de izquierdas) de Lara, hay pedagogía. Es decir, respuestas. O sea, servicio público. Lo dice Javier Gómez, flamante presentador veraniego de “La Sexta Noche”: “La Sexta tiene cierto servicio público porque da respuestas a la gente”. Es decir, que cuando usted oye a Marhueda, Alfonso Rojo, Carmona o Eduardo Inda, no escucha a cuatro buscavidas diciendo sandeces partidistas. Escucha respuestas. Ciertas respuestas. Es decir, que esos tertulianos aparentemente tendenciosos y chuletas lo que en realidad hacen es ponerle en bandeja la sabiduría, el conocimiento, la razón. Ya lo dice Gómez, cierto servicio público.

Cuando Marhuenda dice en La Sexta que “habrá que enseñar a las mujeres a no quedarse embarazadas”, es servicio público. Y cuando dice que el periodista Carmelo Encinas es un “payaso” y un “bufón”, también. Cuando Alfonso Rojo llama “gordita” a Ada Colau, servicio público auténtico. Y cuando dice que sus seguidores son “piojosos”, más servicio público. Y cuando dice a Pablo Iglesias que ha cobrado “de todos los asesinos del mundo”, eso es servicio público del bueno.

Cuando Antonio Miguel Carmona asegura que ha “metido gente en los medios de comunicación” y que su discurso en plató está “teledirigido”, eso es servicio público necesario. Cuando Eduardo Inda dice que Pablo Iglesias “elogia a ETA”, eso es servicio público. Y punto.

“Tenemos cierto servicio público,porque la gente en estos momentos tiene la necesidad de preguntar mucho y obtener respuestas. Y nosotros se las damos. Por tanto, hay función pedagógica”, insiste Javier Gómez, presentador de La Sexta Noche. Y tiene mucha razón. Pero no solo con los tertulianos, como hemos podido ver, sino también con, por ejemplo, los programas de videntes nocturnos. Auténtico servicio público. Y con los bloques de publicidad de diez minutos. Servicio público. Y con los tarotistas, homeópatas y adivinos. Y con las repeticiones de programas. Servicio público. ¿Del bueno? Del cierto.

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Furgol

Dice Enrique Cerezo, presidente del glorioso Atlético de Madrid, actual campeón de Liga, que “el fútbol entretiene a gran parte del país”. Con esa frase trata de justificar los 500 millones que los clubes deben a Hacienda. “Me hace gracia cuando hablan de la deuda de 500 millones a Hacienda. ¿Y eso es un drama? Parece que hemos matao a Manolete. Cualquier empresa grande en suspensión de pagos triplica eso”, sentencia el amiguete del presidente de la Comunidad de Madrid Ignacio González.

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La deuda de los equipos con Hacienda es una subvención encubierta. Llevan sin pagar desde el 2007, cuando comenzó la crisis. Cerezo, declarado culpable por apropiación indebida (delito prescrito), le quita importancia. Apela al “entretenimiento” del populacho. El factor social, el miedo a los narcotizados de la calle: ¿Sin fútbol el país sería ingobernable? No olvidemos que 2.224.000 telespectadores contemplaron como borregos el coñazo de partido amistoso que jugaron hace solo unos días el Real Madrid y la Fiorentina. Más de dos millones de ciudadanos hipnotizados durante dos horas. ¿Quién da más? El fútbol, vía de escape para la agresividad y el resquemor de una población que, de no tener este desahogo, se lanzaría a saquear grandes almacenes, quemar iglesias y violar políticos. Si tienen huevos, amigos del Gobierno, intenten cobrar la deuda de los clubes con Hacienda. O frenar algunas recalificaciones de terrenos. El acabose.

El fútbol es así. De maravilloso, cuando estás en el campo viendo un partido memorable o en el callejón jugando una pachanga inolvidable. Y de cutre en todo lo demás: las declaraciones de Cerezo coinciden con el retorno a la pantalla de “El chiringuito de jugones” (Neox), programa histérico y fanático presentado por el histriónico Josep Pedrerol. Enésimo cambio de canal, me voy y vengo, en el que sin duda mantienen la línea editorial: el griterío, el amarillismo, el furgol.