A capilla

Tras una semana movidita, con misas, vigilias y protestas de diferente índole, el Arzobispado de Madrid ha dado su brazo incorrupto a torcer y ha aceptado trasladar el chiringuito de que disponía en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense. El acuerdo no ha sido sencillo: el Arzobispado se negó a aceptar la primera ubicación ofrecida por la Facultad, un aula sin ventanas de la planta baja. Quizá el hombre del espacio, como llaman en Mongolia al líder espiritual cristiano, necesite la luz del sol o salida directa a la calle.

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La capilla estará ahora en un aula alargada con un ventanal en el primer piso de la facultad. ¿Y qué pinta una capilla en una universidad? se preguntará el lector más inquieto. Pues si le digo la verdad, no tengo ni idea. La religión y la educación me parecen extremos opuestos. Por un lado, creer, incluso en las cosas más inverosímiles, sin prueba alguna. Pura cuestión de fé. Por otro, transmitir conocimientos adquiridos tras años de estudios e investigaciones. Pura ciencia. Seguramente por eso los que pensamos que la religión no tiene sitio en las escuelas, creemos que la única capilla que debería haber en la universidad es la del amor. Ya sabe usted, las Dixie Cups, aquel trío prodigioso de Nueva Orleans que en los 60 triunfó con esta delicia escrita por Phil Spector, Jeff Barry y Ellie Greenwich para las Ronettes

El gran Pepe Cervera, un biólogo/paleontólogo/periodista que da clases en la Universidad Juan Carlos I y que comunica como los ángeles, cree que lo que diferencia a las personas que se dedican a la religión y a la ciencia es la disposición a cambiar de opinión: “Las verdades de la religión son universales y eternas. Y sin embargo las explicaciones científicas, lo que podríamos llamar las doctrinas de la ciencia, cambian con el tiempo. Esto, más que ninguna otra cosa, separa a las religiones del mundo del conocimiento científico: la absoluta certeza del conocimiento religioso frente a la absoluta falta de certeza del conocimiento científico”.

Pues con la educación pasa algo parecido. Las enseñanzas religiosas son universales y eternas, mientras que los buenos profesores y maestros se adaptan a los tiempos e incluso dudan. ¿Una capilla en la universidad? Sería más útil un buen laboratorio, una biblioteca especializada, otra cafetería o incluso unos servicios con ducha.

 

Derecho de cita

Dos grandes enfrentamientos judiciales han tenido en vilo a los españoles durante los últimos días. Por un lado, el Juzgado de lo Social número 16 de Madrid ha desestimado la demanda por despido improcedente presentada por Luis Bárcenas contra el Partido Popular, por la que le reclamaba 900.000 euros por despedirle en enero de 2013 y no en 2010, como sostiene la secretaria general María Dolores de Cospedal. Parece que no hay pruebas suficientes para demostrar que el ex tesorero estuvo trabajando hasta la fecha que él dijo, y que sólo fue despedido cuando se conocieron sus cuentas en Suiza.

Por otro lado, Atresmedia y Mediaset han llegado a un acuerdo de compensación para eludir el juicio que enfrentaba a los dos tentáculos del duopolio audiovisual español por las imágenes que el programa de La Sexta “Se lo que hicisteis” utilizó durante años sin permiso.

Hasta el 20% de “Se lo que hicisteis” eran contenidos de Telecinco. Para rapiñar esas imágenes, por supuesto sin pagar un duro, La Sexta se basaba en que era “una costumbre ampliamente asentada en el sector audiovisual” para difundir contenidos. Se convirtió en un muy rentable contenedor de basura, hasta que la cadena de Vasile reclamó que estaban vulnerando la Ley de Propiedad Intelectual. Basura, sí, pero con derechos de autor.

El llamado “derecho de cita” ha creado muchas confusiones en este país. La Sexta puso por la cara a su servicio el trabajo, miserable trabajo, bien es cierto, de Telecinco. Frases, citas, de Mermelada (Jorge javier Vázquez), de las que se descojonaban. Cospedal cita de manera simulada y en diferido a Bárcenas. El ex tesorero y los directivos de La Sexta tenían una cita en los juzgados. Pero tranquilos que la sangre en ningún caso llega al río: perro no come perro.

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Un motivo para NO ver la televisión

En un metro de bosque.

Autor: David George Haskell.

Editorial: Turner.

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David George Haskell es biólogo y profesor en la University of the South of Tennessse. Y un gran narrador. Y un observador minucioso. Y un tipo con paciencia y sensibilidad. En este maravilloso libro, subtitulado “un año observando la naturaleza”, cuenta cómo son las cosas en su mandala, un círculo de algo más de un metro de diámetro situado en la ladera arbolada de un bosque primario, en las colinas del sureste de Tennessee. Nuestro hombre visita cada día el lugar, soportando las nieves invernales y los calores veraniegos. Se acerca al suelo para sentir la tierra, el musgo, para ver los detalles de los diminutos insectos, el vuelo de las esporas de los hongos. Oye el canto de las aves, siente la presencia de mamíferos. Las reglas son sencillas: “Visitarlo a menudo y observar el transcurso de un año; guardar silencio, molestar lo mínimo; no matar, no mover de sitio los animales y no cavar en el mandala ni arrastrarse por él. Servirse prudentemente del tacto de vez en cuando es suficiente”.

Un año en un metro de naturaleza. La clave es que David George Haskell lo cuenta de maravilla. Es un científico, pero también un poeta. Cada detalle aparentemente menor da lugar a cuatro o cinco páginas memorables: Semillas andantes, helechos, la motosierra, unas huellas, el tritón y el coyote, bestiario subterráneo, las copas de los árboles… Grandes descripciones de pequeñas gestas naturales.

“La vida de las musarañas es breve y violenta. Solo una de cada diez vive más de un año y las demás acaban quemadas por su metabolismo febril. Las musarañas respiran tan frenéticamente que no pueden sobrevivir demasiado tiempo en la superficie. En un ambiente seco, su respiración escandalosamente rápida las desecaría y mataría”.

 

 

¿Sobra información?

Tras pasar toda la semana viendo basura, el crítico de televisión necesita el fin de semana para desintoxicarse. Por eso apaga el electrodoméstico, sale a disfrutar de las calles y busca un quiosco donde comprar un periódico. El mejor periódico. El País, ¿no? Es domingo, y son 2,50 euros, una cifra importante. Pero hay que olvidarse de la tele y disfrutar de información de calidad. El crítico arrincona el suplemento dominical, un catálogo de publicidad, y arranca la lectura como en los viejos tiempos: por detrás.

Mierda. En la contraportada de El País del domingo Juan Cruz entrevista a Jorge Javier Vázquez, el presentador de “Sálvame”, el carroñero estrella de Telecinco. Esta cadena forma parte de Mediaset, empresa socia de PRISA, la editora de El País. Como Juan Cruz es sobre todas las cosas un hombre de empresa, me temo lo peor. Arranca la entrevista…

- ¿Cómo está?

- Decir feliz me parece prepotente o vanidoso…

Y así se desarrolla la entrevista estrella, la contra, del país del domingo. De manera ligera, superficial, babosilla. “Dicen que soy muy soberbio y vanidoso; creo que es timidez, instinto de protección… Me gustaría decirte que luego me pongo hasta arriba de dry martinis; pero me vuelvo a casa, tienes que descansar, es que si no lo resistes…”. Jorge Javier Vázquez parece no tener nada que decir, quizá porque Cruz no tiene nada que preguntar. Un precioso espacio perdido, papel para tapar el arroz mientras reposa. No es lo que yo busco en la prensa del fin de semana…

Podríamos pensar que la televisión contamina. Que mancha lo que toca. Que es imposible hacer nada digno partiendo de un aparato tan ultrajado, tan maltratado, tan denostado, tan torticeramente utilizado. Pero puede que no sea suya toda la culpa, y que los diarios hayan dejado de ser referencia informativa. ¿Acaso quedan referencias informativas? Tal vez la cantidad, toneladas de noticias, entrevistas y opiniones de medio pelo discurriendo a saco por las redes, hayan sustituido a la información de calidad. Puede que a nadie le interese ya la información. Que prefieran estar simplemente entretenidos. Jorge Javier Vázquez fue entrevistado en El País en 2011. Y también en 2012. Y su último libro fue reseñado en Babelia en 2103. En la foto, el presentador durante su trabajo en Telecinco…

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Maurizio Carlotti, vicepresidente del Grupo Atresmedia, ha sugerido que los informativos de televisión de la noche sobran. Durante su participación en los Cursos de Verano de El Escorial ha dicho que esos telediarios nocturnos “no introducen novedad”. “Es invitar a cenar a uno que ya ha cenado, uno que pica algo por cortesía”, asegura Carlotti.

¿Sobra información?

 

Un motivo para NO ver la televisión

Johnny Winter

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Ha muerto el más feroz de los grandes bluesman blancos. Nació en el 44 en Texas, tocaba la guitarra de una forma tan salvaje como Hendrix, era tan técnico como Stevie Ray Vaughan, tenía el feeling de Albert Lee… jamás hizo una concesión comercial, nunca abandonó la carretera, siempre amó el blues sobre todas las cosas. Era un prodigio, un titán escondido en el cuerpo frágil de un niño tatuado. Y grabó algunos discos mágicos que nos quedan para siempre. ¿El mejor? Entre sus cuatro primeros y magníficos álbumes quizá destaca el que significó su debut en estudio, allá por el 69. Se llama “Second Winter”, y en su versión Legacy Edition incluye un directo en el Royal Albert Hall en 1970. Una memorable descarga eléctrica.

Sangre sabia

Si mira la fotografía de portada de El País, diario monárquico de izquierdas, del pasado miércoles, verá a una reina. Que se dice pronto. La señora de la imagen trasmite una serenidad, una sabiduría, una elegancia y una grandeza solo al alcance de las grandes estirpes de monarcas. ¿No es cierto? Una raza especial, un linaje único, los elegidos. Nadie se atrevería a imaginar que esa mujer de mirada divina, rígido semblante y enorme abolengo un día fue humana, como usted y como yo, e incluso pisó un excremento de perro en la calle Leganitos. Y fue periodista, como un servidor, y trabajó en una redacción rodeada de plebeyos dicharacheros, vulgares ciudadanos que la trataban de tú. Es difícil pensar que esa señora de porte sublime, barbilla elevada, nariz y mirada regias, un día fue una ciudadana de a pie, bebió cerveza directamente de la lata, se fumo un piti, se puso un DIU, se zampó un grasiento bocata de calamares, soltó un “¡Será hijo de la gran puta!”, se rascó el ojete y hasta se tiró un sonoro pedo trompetero. Nadie lo diría, ¿verdad?

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La sangre es sabia. Y la de Letizia, más. Si usted creía que los reyes eran especiales, lo mejor de la raza humana, los intocables del primer mundo, seres exclusivos de otra galaxia, elegidos para la gloria, estaba usted muy equivocado. Las mutaciones son posibles, las metamorfosis se producen. Una transformación inversa se pudo ver en Shrek, con la princesa Fiona transformada en ogro mediante un hechizo. Es decir, que incluso usted podría ser, si se diesen las circunstancias adecuadas, rey o reina.

La sangre azul, las cosas de que se entera uno, no es un don hereditario. Es un tinte. Cuestión mental: si te crees reina, poco a poco los eritrocitos y los leucocitos, y demás componentes sanguíneos, se pigmentan del tono primario de las nubes, el mar y la camiseta de la selección italiana (azzurra). Si uno lo desea con todas sus fuerzas, y cuenta con el apoyo del rancio abolengo y la gran alcurnia, la vulgar ciudadana puede dejar de serlo y convertirse en reina. La columna vertebral se estira, como a Michael Jackson en el vídeo de Thriller, la plebeya grasa desaparece del cuerpo, la mirada se torna fría, de azor, el pellejo se estira como un tambor, y la forma de pensar, de hablar, de expresarse, se engrandece: en el caparazón de una vulgar presentadora de telediarios se escondía toda una reina.

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Un motivo para NO ver la televisión

Cuadernos rusos (La guerra olvidada del Cáucaso).
Autor: Igort.
Editorial: Salamandra.

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Todo comienza con el asesinato, el 7 de octubre de 2006, de la periodista de 48 años Anna Politkòvskaya. La dispararon en el ascensor de su casa en Moscú. El autor de esta novela gráfica visita el edificio, entra en el ascensor, sube hasta el piso de Anna, porque quiere ver con sus propios ojos el lugar del crimen, recordar el día en que “quedó desenmascarada la verdadera naturaleza de una dictadura disfrazada de democracia”.

Democradura. Así llama al régimen de la Gran Madre Rusia Igort, autor de obras tan conocidas como la serie “Baobab”, “Sinatra”, “Casino” o “Fast Waller”, esta última con textos de Carlos Sampayo. El dibujante ha pasado casi dos años entre Ucrania, Rusia y Siberia “con el propósito de comprender y recabar información” para esta obra. Un cómic, un trabajo periodístico, y un relato estremecedor sobre las mentiras de un Gobierno y la tragedia del pueblo checheno.

Periodismo dibujado. Eso son estos “Cuadernos rusos”, un viaje por el lado oscuro de una democracia disfrazada, con tragedias tan brutales como el asedio y asalto al Teatro Dubrovka en 2002 o la matanza de la escuela de Beslán en 2006. Muchas preguntas sin contestar, una gran periodista asesinada y un libro estremecedor.

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