Ojos en el infierno

Un motivo para NO ver la televisión

El fotógrafo de Mauthausen.

Autores: Salva Rubio, Pedro J. Colombo y Aintzane Landa.

Editorial: Norma.

Cartier-Bresson, Alemania 1945.

Autores: Morvar y Savoia.

Editorial: Diábolo ediciones.

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Dos grandes novelas gráficas que no pueden faltar en la biblioteca de todos aquellos interesados en la fotografía. Dos libros cuidadosamente editados, excelente diseño, buen papel y maravillosos dibujos, que recogen dos visiones diferentes, ambas heroicas, del final del nazismo y la II Guerra Mundial. Las visiones de dos grandes fotógrafos. Uno ha pasado a la historia como un artista: Henri Cartier-Bresson. Otro, como un valiente: Francisco Boix. Ambos se enfrentaron al terror nazi de la mejor forma posible: con sus leicas. Fueron los ojos del mundo en el infierno.

“Clasificar a los seres humanos es una costumbre tan antigua como deleznable. Eso fue lo que pensé cuando llegué a Dessau. Alemania. Sajonia-Anhalt. Mayo de 1945. Creo que jamás habría sido capaz de hacerlo si no persiguiera un reportaje. O más bien una causa, la de fotografiar a las personas liberadas de los campos regresando a sus hogares” (Cartier-Bresson, Alemania 1945).

En “Cartier-Bresson, Alemania 1945” todo parte de una de las muchas imágenes icónicas del padre del fotoreportaje. La liberación vista a través de la mirada de un artista que busca el encuadre perfecto, el movimiento, la narración. En “El fotógrafo de Mauthausen” se cuenta le heroica lucha del español Francisco Boix por sobrevivir a la tortura, y por conservar las imágenes que pudiesen mostrar al mundo todo el horror que se vivió en los campos de concentración.

“Cuando los fascistas se sublevaron en España fotografié a gente que luchaba por sus ideales y moría por la libertad de otros. Esa fue la verdad que yo vi y fotografié. Esas fotografías contaban la verdad, sí. Y además, esos muertos vivirían para siempre en mis instantáneas. Pero en Mauthausen la fotografía era una mentira. Tampoco moríamos por ideales. Moríamos porque no éramos nada. Ni siquiera nombres de los que quedasen recuerdos. Estábamos condenados al más terrible olvido. Pero una sola foto podría hacernos vivir para siempre. Una foto te puede dar la inmortalidad. Incluso muriendo en Mauthausen” (El fotógrafo de Mauthausen).

Dos historias estremecedoras, épicas, inolvidables, en dos libros que van mucho más allá de la historia gráfica. Buena parte de cada volumen está dedicada a las fotografías, portafolios acompañados de excelentes textos tanto explicativos como biográficos. Total y absolutamente imprescindibles.

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¡Salud!

Un motivo para NO ver la televisión

¡Salud!

Autores: Nadar & Philippe Thirault.

Editorial: Astiberri.

Salud

Un francés sin escrúpulos, con el alcohol y la ambición como únicos amigos, aterriza en una España que vive los últimos estertores del franquismo. Corre 1975 cuando Antoine, aficionado a los placeres de la buena vida, se casa con una gallega y se traslada a A Coruña, donde ayudado en todo por su familia política monta un restaurante de éxito. Es un vividor, pero tiene cierta conciencia social que, entre otras cosas, le hace ver a España como “un país de capullos y de imbéciles”.

“Nuevo atentado de coche bomba perpetrado por ETA.

- En Francia también hay independentistas que ponen bombas.

- Lo dice como si no le importara. ¿Y los muertos qué?- Mientras sean policías o militares, no me importa.

Toda España se pregunta qué métodos nuevos utilizarán los terroristas la próxima vez contra el pueblo.

- Hoy se cual es la bomba más devastadora: el cóctel de alcohol y dinero”.

Como un Gatsby de medio pelo, un seductor borrachín y decadente, Antoine lo tiene todo y lo pierde todo. En el camino nos cuenta su visión de esa España miserable, en blanco y gris, que sobrevivía entre chivatos, torturas y mediocridades. Una España magníficamente descrita en este cómic triste y melancólico, basado en una historia real y con dibujo vintage, que habla de oprimidos, de derrotados y de la bebida como arma de destrucción masiva. Brindo por tan etílica sorpresa.

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En busca de los discos perdidos

Un motivo para NO ver la televisión

En busca de los discos perdidos.

Autor: Eric Spitznagel.

Editorial: Contra.

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La historia que cuenta este libro puede parecer absurda: el autor del texto pretende recuperar aquellos discos que marcaron su juventud, y que vendió de mala manera en el momento en que el vinilo dejó paso al CD. Pero no quiere copias actuales o reediciones de aquellos títulos. El muy freak quiere hacerse con los mismos discos exactamente, con sus saltos en el comienzo del tema 3 de la cara B. Con la marca de vaso de gin tonic en la carátula. Con el olor a marihuana del que utilizó como escondite de droga. Esos discos fueron su vida y quiere que vuelvan a serlo.

Una historia absurda, insisto, si no fuera porque está escrita por Eric Spitznagel, periodista musical de enorme talento que ha firmado, entre otros medios, para Rolling Stone, Vanity Fair o Esquire. Spitznagel sabe de música, pero sobre todo sabe de gente que ama la música: es uno de ellos. Y conoce todos los tics, todas las manías, todas las debilidades de aquellos individuos capaces de dar la vuelta al mundo por un single de los Flamin Groovies solo porque tiene una canción inédita en la cara B.

“El dolor me estaba cercando deprisa. Veía cómo me envolvía. Lo olía en el aire. Me rodeaba en círculos como un tiburón en busca de la manera de penetrar. Si me quedaba allí sentado, encontraría tarde o temprano la manera de acceder a mi pecho. Tenía que hacer algo, encontrar un modo de mantener mi cerebro ocupado y distraído. Así que fui a buscar mi copia del Let It Be. No estaba en ninguno de los lugares habituales, así que amplié la búsqueda. Busqué por las estanterías, vacié las cajas, escarbé en cada armario. Prácticamente puse la casa patas arriba intentando encontrarlo… Deshacerme de mis discos y mi tocadiscos fue algo que hice sin pensar demasiado. Pero durante aquella noche, mientras deambulaba por mi apartamento de Burbank envuelto en una nebulosa, vaciando estanterías en busca de joyas, habría dado cualquier cosa por recuperar mi Let It Be”.

Spitznagel me cayó bien desde el principio: uno de sus discos favoritos es el “Let it Be” de los Replacements. El disco que quiso escuchar cuando murió su padre. Pero me fascinó completamente cuando inició su trabajo de investigación, mezcla de detective privado y adulto tratando de recuperar la frescura de sus raíces. Habla de los discos, de la música y los músicos con tanto conocimiento como entusiasmo, ironía y desparpajo: es un tipo divertido. Pero resulta aún más recomendable el perfil que traza del maniaco de la música, del coleccionista de vinilos, del seguidor acérrimo de un determinado grupo, de todos aquellos, en resumen, que hemos estado enganchados de forma irracional al rock.

Nick Hornby hubiese firmado feliz este libro. Un canto a la música como escuela de vida, como último refugio, como un mundo personal e intransferible al que siempre podemos regresar.

NO es NO

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