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Talento a la fuga

La Sexta estrenó la noche del pasado martes el programa “Constructor a la fuga”. Obtuvo un gran éxito de audiencia, con más de 13% de cuota de pantalla y 2,5 millones de espectadores. ¡El tercer mejor debut histórico de la cadena pequeña de Atresmedia! No podía ser de otra manera en el país de la picaresca, la chapuza, la corrupción y la burbuja inmobiliaria: “Constructor a la fuga” podría definirse como una versión urbanística de “Pesadilla en la cocina”. Cambie las sartenes grasientas por ladrillos mal colocados, las cocinas sucias llenas de cucarachas por cocinas mal construidas llenas de ratas, los empresarios de hostelería sin escrúpulos por constructores sin escrúpulos y, finalmente, quite a Chicote y ponga al jefe de obra, promotor-constructor y reformista de interiores Antonio Hernández. Tendrá “Constructor a la fuga”. 

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Lo mejor del primer “Constructor a la fuga” fue lo que vino después: “Atrapa a un constructor”. Un programa igual que el estrenado por La Sexta, que era producción propia, pero mucho mejor hecho, con presentadores más potentes, historias más sórdidas, momentos más cutres… Telerealidad realmente miserable, la terealidad basurera y zafia original, la madre de todas las telerealidadades mugrientas y putrefactas. Algo siempre más auténtico, más patéticamente auténtico que una vulgar copia española. Sobre todo cuando falla el presentador: Hernández no tiene ni la energía ni el carisma de Chicote. “Los imitadores siempre son malos, porque no tienen tiempo”, dijo una vez Tom Waits.

“Constructor a la fuga” es la versión ibérica de un formato de Warner Bros llamado “Cowboy builders”. Es decir, una adaptación calcada hasta en sus detalles más pequeños: ese rótulo, ese plano, esa coletilla… “Constructor a la fuga” es la enésima demostración de lo rácana, mediocre y poco creativa que es la televisión en España. Un negocio rentable, pero con el talento a la fuga.

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Un motivo para NO ver la televisión

Peter Case

Cd: HWY 62.

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Peter Case es uno de esos músicos con una historia importante. Fue miembro de los legendarios Nerves, una banda de power pop sin igual, junto a Paul Collins y Jack Lee. Después lideró The Plimsouls, una banda con discos memorables y canciones grandiosas que marcaron los 80: su primer disco es insuperable.

Pues bien, Case no ha dejado de escribir buenos temas en ningún momento. Y tampoco se ha olvidado de grabar buenos discos: su discografía en solitario la forman doce álbumes de excelente nivel, en los que es imposible no encontrar momentos brillantes de pop atemporal. Este “HWY 62”, su primer trabajo en cinco años, editado por Omnivore Records, incluye once canciones construidas con guitarra acústica e interpretadas con profunda intensidad. Case habla de temas actuales, la América de nuestros días, y lo hace con emoción y suavidad. Quedan lejos The Nerves. El Case del 2015 es un cantautor maduro que cuenta grandes historias al oído.

 

La máquina del fango

“Hoy no salir en televisión es un signo de elegancia”. Umberto Eco.

Umberto Eco regaló al programa “Salvados” el título perfecto para el programa que Jordi Évole dedicó el pasado domingo a la intencionalidad política de determinados medios de comunicación: “La máquina del fango”. El filósofo y escritor italiano aseguró que “para deslegitimar a alguien es suficiente con decir que ha hecho algo, con crear una sombra de sospecha”. Y no se refería precisamente a las declaraciones de su compatriota Rossi, un mal perdedor que acusó a Márquez de haberse convertido en escudero de Lorenzo para que éste consiguiera el título de Moto GP. Hablaba de periodismo…

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“Salvados” se propuso analizar el estado de los medios de comunicación. Dejaban caer una pregunta: ¿Para desprestigiar al adversario político se utilizan diarios, televisiones y radios? La respuesta debían ofrecerla, no se lo pierdan, el exdirector de El Mundo, Casimiro García-Abadillo, la periodista de Onda Cero, Julia Otero y la subdirectora de La Razón, Pilar Gómez. No está mal el lote, pero yo sin duda hubiese recurrido a las estrellas de la cadena, a esos periodistas que día tras día refuerzan la imagen de periodismo creíble y serio de que presume La Sexta: Francisco Marhuenda y Eduardo Inda. Sin estas dos leyendas de la información veraz y el periodismo crítico no hay análisis posible sobre el desprestigio de los medios. La ausencia de Marhuenda resulta especialmente dolorosa, puesto que lidera La Razón, empresa hermana de La Sexta.

Évole tenía a la estrella de la noche, al hombre con todas las respuestas, en su propia casa, Planeta. Un tipo que dirige La Razón, diario famoso en el mundo entero por sobrevivir durante 15 años sin obtener beneficio económico alguno, tiene que tener todos los secretos sobre “la máquina del fango”. Si le queda a usted alguna duda, sobre el espesor del cieno o la pestilencia del mismo, puede recordar alguna de sus legendarias portadas: “Rajoy vence a Rubalbárcenas”, “Los malos estudiantes agitan la educación” o “Monedero se esconde en el metro”.

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Quizá Marhuenda no sea el inventor del ingenio mecánico, pero desde luego es un diligente encargado del mantenimiento y uno de los máximos beneficiarios del funcionamiento del mismo. Por eso un programa de televisión sobre la máquina del fango sin uno de sus maquinistas más dotados, queridos amigos de La Sexta, es un programa incompleto. Combustible para la caldera de una locomotora que, vaya por dios, parece que arranca: La Razón ha cerrado el ejercicio 2.014 con, ¡milagro! unos beneficios de 5.000 euros antes de impuestos. Una gran noticia para el periodismo en general y para la libertad de expresión en particular.

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Un motivo para No ver la televisión

Sherwood Fleming

Cd: blues Blues Blues.

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Nació hace casi 80 años en Lula, Misisipi, y creció recogiendo algodón y escuchando canciones tristes. Poco después se trasladó a California, donde grabó algunos temas para pequeñas discográficas que pasaron sin pena ni gloria. Sherwood tiró la toalla y abandonó el mundo de la música. Han tenido que pasar décadas, y el sello Dynaflow ha tenido que utilizar todo su poder de convicción, para que nuestro hombre regrese a los estudios de grabación. Menos mal: ha registrado un disco memorable, blues de enorme calidad, en el que destacan cuatro composiciones propias y dos versiones de clásicos de Ike Turner y Buddy Guy. Nunca un título describió mejor un disco: Blues, blues, blues… La mejor sorpresa posible para los amantes del género de los doce compases.

La niñera de Podemos

Entrevistan en La Sexta a la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena. Una entrevista light, a las doce de la noche, que saca de sus casillas a la caverna: “El presentador de laSexta no tiene ninguna vergüenza. Por eso complementa las mentiras de Carmena con celo servil”, escribe el columnista de ABC Hermann Tersch en las redes sociales. “Iñaki López, la niñera de Podemos, le hace un masaje en toda regla a Manuela Carmena”, titula a todo trapo Periodista digital, el fanzine en la red de Alfonso Rojo.

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Carmena tiene todos los ingredientes para desquiciar a ultras sin escrúpulos: serenidad, educación, paciencia, experiencia, buenas intenciones, modestia… Carmena contesta a los insultos de la rabiosa Esperanza Aguirre con una bandeja de magdalenas, para desayunar juntas. “Necesitamos lo que une, no lo que separa. Una actitud de sumar, no de restar”, dice. Buen rollo. Eso es lo que transmite, una sensación de normalidad apabullante, que desmonta a quienes han tomado partido, a quienes viven la política como una batalla, a quienes han convertido el periodismo en un esperpento.

Le preguntan a Carmena por la agresividad de sus rivales. Ella habla de la necesidad de escuchar, de no caricaturizar las ideas nuevas, de la obligación que tiene la política de refrescarse. Y recuerda a los espectadores la teatralidad de la actitud de los políticos, capaces de insultarse ante las cámaras una noche y desayunar juntos unas magdalenas al día siguiente. ¿Es esa imagen de acritud, de diferencia irreconciliable, de exabrupto permanente, la que deben transmitir a la sociedad? Quizá la ausencia de ideas, de talento, de capacidad política, les obliga a vivir en el enfrentamiento.

Iñaki López no es la niñera de Podemos. Es solo un periodista que da la cara en un programa absurdo, capaz de incluir a Marhuenda e Inda en plantilla y al tiempo presumir de periodismo. Un programa que depende no de la calidad de la información que suministra, sino de la audiencia que consigue. Un programa que aprieta pero que no ahoga, que quiere seguir teniendo invitados, que se desarma en pedazos ante la sencillez ilustrada de una alcaldesa lista y entrañable: “Pues sabes lo que te digo, que yo no voy a jugar a la porrilla esa…”, respondió Carmena a Iñaki cuando este le pidió unos resultados para el 20-N.

 

Un motivo para NO ver la televisión

Tristeza de la tierra

Autor: Éric Vullard.

Editorial: Errata Naturae.

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Este libro, protagonista de premios tan importantes como el Goncourt 2014 (finalista) o el Joseph Kessel 2015, habla de la decadencia de una leyenda. Y del desprecio absoluto al pueblo indio. La leyenda es William Frederick Cody, más conocido como Buffalo Bill, soldado estadounidense, masacrador de bisontes y, en el final de su vida, grotesca estrella de su propio espectáculo circense: el Buffalo Bill’s Wild West Show, una atracción que estuvo de gira durante más de veinte años y que a finales del siglo XIX convirtió a la compañía de Bill en la más célebre del mundo.

Decenas de caballos y cientos de personas formaban parte del negocio de Buffalo Bill. Un circo que crecía y buscaba reflejar toda la rudeza salvaje del Oeste norteamericano, indios incluidos: “Los pieles rojas estaban considerados como los desechos del mundo antiguo, y la consigna por entonces era que debían integrarse, escribe Vuillard. “Y así comienza el espectáculo. Un indio aparece en la pista: es el vencedor de Little Big Horn. Luce su traje más hermoso. Ladies and gentlemans, permítanme que les presente al gran jefe indio…”. Se trata del anciano jefe indio Toro Sentado, que ha llegado a un acuerdo para sumarse a la compañía a cambio de 50 dólares semanales, más un adelanto, dietas, todos los gastos pagados y el derecho exclusivo a vender sus fotografías y disponer de sus autógrafos.

Buffalo Bill envejece y enloquece: “Se cuenta que tras haber actuado decenas de veces en la representación de la batalla de Little Big Horn, al término de su vida creía de veras haber participado en ella. Por exigencias del espectáculo se había llegado incluso a modificar el desenlace de dicha batalla, dado que el público prefería un happy end.

Donde no hubo final feliz fue en la masacre, que no batalla, de Wounded Knee, en Dakota del Sur. El 28 de diciembre de 1890 un destacamento del 7º de caballería interceptó y escoltó a un grupo de indios hasta el arroyo de Wounded Knee. Un malentendido provocó un tiroteo, y los soldados dispararon indiscriminadamente sus ametralladoras Hotchkiss. “Apilaron a ochenta y cuatro hombres, cuarenta y cuatro mujeres, y dieciocho niños. Primero una fila que recubrieron con mantas viejas, luego otra hilera en sentido contrario; y así sucesivamente”.

Buffalo Bill contrató a los supervivientes y los integró en su circo: “Ya sea en Estrasburgo o en Illinois, los supervivientes de la masacre interpretarán una y otra vez la versión soft de Wounded Knee. Una versión en la que los indios y el 7º Regimiento de Caballería se enfrentan heroicamente y de la cual el ejército americano sale victorioso”. Una versión chusca de la realidad, “buffalo-billesca”, que será representada durante más de un año por toda europa.

El autor de “Tristeza de la tierra”, acertadamente subtitulado “La otra historia de Buffalo Bill”, habla del origen del reality show: “impele a los últimos actores del drama a una amnesia sin retorno”. Los indios no solo han sido masacrados, sino que se les condena a revivir eternamente su derrota.

Un libro estremecedor y emocionante, que golpea en las entrañas con un lenguaje directo que en ocasiones recuerda al Cormac Maccarthy de la trilogía de la frontera. Una gran historia, conocida en parte y enriquecida con detalles tan terribles como la compra de una niña india. Un libro imprescindible, que pide a gritos releer “Enterrad mi corazón en Wounded Knee”, el clásico de Dee Brown, y recuperar la maravillosa colección que dedicó al pueblo indio el editor José j. de Olañeta, con grandes títulos de Edward S. Curtis o biografías tan necesarias como “Toro sentado, el último indio”, de Bernard Dubant.

 

 

Naranjito versus Coleta Morada

Miraba con recelo la sopa de verduras de la cena. ¿Y si de pronto surgía del fondo, entre trozos de zanahoria y rodajas de puerro, la figura sonriente y dicharachera de Jordi Évole? Fue el jueves de la semana pasada, cuando había escuchado al presentador de La Sexta entrevistado en Onda Cero y la Cadena SER, y le había visto en El Hormiguero. Poco después, el que fuera Follonero se me apareció en la pantalla del ordenador, entrevistado en Cxtx, un nuevo medio digital. Y por supuesto en el diario El País: “La opinión, sobre todo la mía, está sobrevalorada”, reconoce Évole en una reflexión que le engrandece, pero que no le impide seguir dando su opinión por radio, prensa y televisión.

La razón de semejante sobreexposición mediática, solo comparable a la que lleva a cabo Santiago Segura cuando estrena película, se debe al comienzo de una nueva temporada de “Salvados” (La Sexta). La cadena de Planeta no se ha quedado atrás en el aspecto promocional, y ha vendido el retorno de Évole como la reserva espiritual del periodismo en España. La nueva temporada arrancaba la noche del domingo, tras un insólito preestreno con el papanatas de Julio Iglesias, con un modesto cara a cara, mesa de bar y cafés con leche, entre Pablo Iglesias y Albert Rivera. “Naranjito versus Coleta Morada”, decían en la web de la cadena.

Pablo Iglesias y Albert Rivera. Otra vez. Acaba de comenzar la precampaña electoral y ya estoy cansado de la incansable verborrea de los candidatos, de las crisis internas de Rajoy y sus secuaces, de la torpeza de Sánchez y su tránsfuga, de la desintegración de IU, de… ¿No será que vivimos en una constante campaña electoral? No importa, Pablo Iglesias y Albert Rivera se sentaron en un bar, se pidieron unos cafelitos y trataron de ofrecer una imagen de normalidad absoluta, de nueva política, de somos frescos, somos sanos, somos diferentes. No habían pactado nada. Évole fue sacando temas, y ellos hablaron.

¿Son la nueva política? No estoy seguro de que su tibieza, su búsqueda del centro y su devoción por los medios de comunicación sea lo que necesitamos. Y no me gusta que se parezcan tanto, o que parezca que se parecen tanto: “Como esto siga así, nos presentaremos juntos”, bromeó Iglesias.

Lo que sí es cierto es que fue un debate diferente. Menos formal, más abierto, menos profundo, más libre. Un debate en el que Rajoy y Sánchez hubiesen rechinado: el primero solo pisa un bar con Ana Rosa Quintana, el segundo con Irene Lozano. En el bareto de barrio Rivera se mostró arrollador, creído, teatral, apabullante… Iglesias pareció tranquilo, natural, algo inconcreto en algunos temas pero brillante en otros. Esa nacionalización de las eléctricas. Y todo con Évole como observador casi invisible, como moderador perfecto, como alternativa a un periodismo que está fuera de juego, que es casta con la casta.

“Si tú eres el mejor periodista de España… ¡Cómo está el periodismo en España!”, contó en la radio Jordi Évole que le había dicho en una ocasión su padre. Tenía mucha razón. El deterioro del periodismo en España es descomunal. Lo que no quita que Évole haga bien su trabajo, que no es exactamente periodismo sino entretenimiento político, o social, o como quiera usted llamarlo. Una labor interesante y amena que no hacen los grandes medios, más preocupados en sobrevivir que en informar, y que borda un tipo que en su día fue follonero y que ha reconducido su talento con enorme criterio. Tenerle hasta en la sopa es el precio que pagamos por ser el único de su especie.

 

Un motivo para NO ver la televisión

La última galopada.

Autor: Thomas Eidson.

Editorial: Valdemar / Frontera.

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La colección Frontera editada por Valdemar como homenaje al gran western llega a los diez títulos con el menos clásico de todos ellos. Los nueve anteriores son imprescindibles: auténticas obras maestras del género. “La última galopada”, obra de un escritor que vive y no está considerado un clásico indiscutible, se puede considerar una apuesta arriesgada. Una apuesta que obtiene premio: la historia en principio no sorprende, una joven secuestrada por los indios, y la partida de rescate correspondiente, pero que mezcla elementos novedosos. El líder de los perseguidores es el abuelo de la niña, un blanco medio indio que regresaba a casa de su hija para morir.

“La última galopada” cuenta la persecución, puro western, pero también la batalla interior entre dos seres humanos, el viejo y la hija abandonada, que viven en dos mundos antagónicos. Costumbres cristianas y ritos indios se cruzan en una lucha paralela a la que mantienen con los secuestradores, dando forma a un libro que habla del perdón, de la fe, de la redención y de la esperanza. Un western violento y místico, crepuscular y sorprendente.