En El País no pierden el tiempo. Aún están calientes los cuerpos de los 129 trabajadores que despidieron el lunes cuando acaban de presentar a su nuevo y flamante fichaje. ¿Un colaborador de Ana Rosa Quintana, para que Boris Izaguirre se ponga las pilas? No, alguien en verdad importante, comprometido, con cosas que decir, y que no se desvía un ápice de la línea editorial marcadamente progresista del periódico. Don Emilio Botín. Ahí tienen “La cuarta página” de ayer, que en realidad fue la 39, dedicada por entero a la opinión del presidente de Banco de Santander.
Don Emilio arranca con fuerza, con un titular de esos que no dejan indiferente y condicionan la lectura del resto del texto: “No hay plan B”. Es decir, que te guste o no lo que leas a partir de ahora, te jodes. Es lo que hay, ¿entiendes? No hay plan B. Son lentejas. Lee y mueve la cabeza con docilidad, como esos perros que llevaban los coches de los 60 en la bandeja del maletero.
“El País está dando buen trato informativo a Santander”, advertía el pasado 27 de agosto El Confidencial. Don Emilio les devuelve el favor escribiendo, en exclusiva para el diario que dirige Juan Luis Cebrián, un texto de carácter visionario, a la altura de los mejores de Hermann Tertsch sobre huelgas generales: “La reforma bancaria española producirá uno de los sistemas financieros más sólidos del mundo”. Lo dice alguien que, insisto, no tiene nada, absolutamente nada que ver con la actual crisis financiera.
El camino que sigue la televisión en España es el previsto: contenidos de ínfima categoría en abierto y algo de calidad para el que pueda pagar. Así de sencillo, así de triste. Este plan de deterioro audiovisual, que viene de lejos, fue cuidadosamente diseñado por políticos y empresarios que buscaban dos grandes fines: controlar la información, los primeros, y forrarse, los segundos. Si en el camino los primeros han tenido ocasión de forrarse, y los segundos de controlar la información, no han desaprovechado tan atractivas alternativas. Nos encontramos en la recta final de tan ambicioso proyecto, en el momento culminante de una estrategia vergonzosa. En España la televisión es peor que nunca. La televisión informa más sesgadamente que nunca. La televisión es menos democrática que nunca. Le recuerdo que aquella televisión plural y diversa que prometió Zapatero, con decenas de canales, ha degenerado y se ha empobrecido tanto que ya tiene solo tres dueños: el Gobierno (TVE), Mediaset (Telecinco/Cuatro) y Antena 3 (Antena 3/La Sexta).
Si usted no es muy futbolero pensará, con toda la razón del mundo, que se trata del último de nuestros problemas. Con la que está cayendo, no necesitamos ni niñatos millonarios, ni rancios presidentes, ni federaciones mafiosas para sobrevivir. Tampoco necesitamos ir al cine o leer libros, ¿verdad?. Seguramente por eso le suben el iva a la cultura…
El fútbol es, como bien sabemos los futboleros, una prolongación de la vida. Y nuestra vida es, actualmente, una prodigiosa mezcla de corrupción, especulación e hipocresía. El gran negocio que parecía ser el fútbol español, con la televisión ejerciendo de perfecto aliado, de inigualable plataforma de expansión, no es tal. Hace aguas: la burbuja está a punto de explotar. Estamos en España, no lo olviden.
Para desenredar el problema del fútbol en televisión la única solución sería una Comisión de capos di tuttu i capi, como aquella legendaria que reunió en 1931 en Chicago a Charlie “Lucky” Luciano, Vincent Mangano, Tommy Gagliano, Joseph Bonanno, Al Capone y Stefano Magaddino. En este caso la asamblea de empresarios, una cumbre repleta de talento, altruismo y espíritu solidario, podría estar formada por dos viejos conocidos, el consejero delegado de Mediapro (Jaume Roures) y el presidente de PRISA (Juan Luis Cebrián), a los que se añadirían los presidentes del Sevilla y del Real Madrid (Del Nido y Florentino), el presidente de la FEF (Ángel Villar), el manager de Ronaldo y Mourinho (Jorge Mendes) y el consejero delegado de Mediaset (Paolo Vasile). La Comisión podría reunirse en terreno neutral: la mesa de un discreto restaurante siciliano. Sin armas, sin carteras, sin vergüenza… De ahí saldrían las bases del fútbol televisivo. Es más, ¿Por qué no pedirles que rediseñen la televisión española del futuro? Seguro que sabrían dar al actual modelo la continuidad que este país merece.
Si usted busca un nuevo “El poder del perro” se sentirá decepcionado con “El club del amanecer”. Aquello eran palabras mayores, un nuevo concepto de novela criminal. “El club del amanecer” es solo entretenimiento. ¿Solo? Muchísimo, puesto que se trata de entretenimiento de calidad, escrito de maravilla, que se puede utilizar incluso como guía de viaje para recorrer las playas de los alrededores de San Diego.
“El club del amanecer” es una novela de surf policiaco. Un concepto quizá difícil de entender a la primera, pero en realidad muy sencillo: el detective que protagoniza el libro es un amante de coger olas. Ex policía, Boone Daniels vive para surfear junto a sus colegas, una extravagante cuadrilla unida por lazos que atan: Marea Alta, el Doce Dedos, David el Adonis… Daniels acepta un encargo, encontrar a una striper llamada Tammy, pero la cosa se complica hasta límites insospechados.
Un homenaje a la amistad eterna, a las pandillas, a los espacios abiertos y, sobre todo, a las olas y el surf. Es decir, a la inconmensurable libertad que proporcionan aquellas cosas que no cuestan dinero.
“Hacer las cosas que a uno le gustan, en un lugar que le encanta, con las personas que quiere: de eso se trata la vida, o, como mínimo, así debería ser. Si te pasas la vida así –como he hecho yo, piensa Boone -, no deberías lamentarte cuando se acabe. Tal vez solo un poquito, cuando sabes que estás surfeando tu última ola”.
Cada mañana me siento a desayunar con un café, un trozo de pan tostado y el diario El País. Pongo un poco de azúcar en el café, aceite de oliva y tomate en el pan, y abro el periódico por las páginas finales, las de televisión. Una rutina que tiene que ver con este blog, que escribo desde hace siete años y está dedicado a la pequeña pantalla y sus vericuetos. Me interesa especialmente la información sobre televisión. Compro El País, entre otras cosas, por la información sobre televisión. Pago buena parte de ese euro con treinta céntimos que me cobra el quiosquero por su información sobre televisión. ¿Y qué me encuentro un día tras otro? Publicidad. Ayer concretamente la sección incluía dos piezas: la primera, sobre una película de animación que estrena hoy Canal +, la plataforma de pago de PRISA, propietaria del diario El País. La segunda, sobre un documental que estrenó esa misma noche una cadena de pago, en el dial 21 de Canal +, la plataforma de pago de PRISA, propietaria del diario El País.
A los periodistas de raza estos detalles les parecen insignificantes. A mí, como lector mestizo, pero de pago, me indignan. Mordisqueo el pan, me limpio unas gotas de grasa de la barbilla, apuro el café y me pregunto: ¿para qué coño sigo comprando el periódico? “Por la sección de internacional y los chistes de El Roto y Forges”, me susurra la voz de mi nostálgica conciencia periodística. “En la red lo tienes todo, no seas tan gilipollas como para pagar la publicidad a precio de información”, grita mi raquítica cartera desde el fondo del bolsillo del pantalón. Juan Luis Cebrián, consejero delegado de PRISA, me ayuda a tomar una decisión: “los periódicos han desaparecido y no lo sabemos. Somos como muertos vivientes”.
Acabáramos. La culpa es de los periodistas. Esos caguetas que piensan que tienen que escribir bien de Canal +, del grupo Santillana, de la Cadena Ser, de Mediaset (Telecinco, Cuatro), de la monarquía, de los políticos que les concedieron las televisiones, del empresario mexicano Carlos Slim, de los bancos acreedores con los que han pactado la refinanciación de una deuda financiera de PRISA que ascendía en 2011 hasta los 3.537 millones de euros…
Muertos vivientes, insiste un Cebrián que, quizá en un gesto que forma parte de su campaña en defensa de la monarquía, y para quitarle plomo al incidente de Froilán, se ha disparado con un Magnum 44 en el pie. ¡Pum!
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