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El suicidio del periódico (de papel)

“El peor enemigo del periodismo no es la corrupción, sino la mediocridad”. Valentí Puig.

Me considero un buen comprador de periódicos. Y un aceptable lector, capaz incluso de recortar y conservar los textos que me resultan interesantes. ¿Diógenes? Hasta hace poco recorría cada jornada muchos kilómetros para hacerme con la prensa. Actualmente compro todos los días de la semana El País y Público. Los miércoles y sábados añado La Vanguardia, por el suplemento cultural y la página de Gregorio Morán, respectivamente. De paso leo las “contras”. Y los sábados también compro el ABC, por su interesante suplemento cultural. Alrededor de 90 euros al mes, más de 1.000 al año. Mucho dinero, sobre teniendo en cuenta dos factores: que buena parte de esa información se encuentra de manera gratuita y actualizada en la red, y que los contenidos, en lugar de mejorar empeoran.

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El fútbol es así

Me gusta el fútbol. A rabiar. Pero reconozco que en su versión más comercial y televisiva está haciendo un daño irreparable a nuestra sociedad. Transmite una imagen agresiva, sucia y empobrecedora del deporte. Es un ejemplo nefasto para los ciudadanos, sobre todo para los más pequeños. El fútbol sugiere que ganar lo justifica todo, y nos invita a ser tramposos, insolidarios, mezquinos, violentos. Nos hace peores personas. ¿No me cree? Entonces es que no vive el fútbol en toda su intensidad…Métase un dedo en el ojo y piense en Mourinho, el tipo que está cubriendo de mierda la supuesta inmaculada imagen del mejor club del mundo. Salga al balcón, grite “¡catalanes hijos de puta!”, y siéntase tan español como un niño frente al televisor de un bar. Péguele una patada en los testículos a su marido y pregúntele: ¿cariño, cómo ha quedado Osasuna? Y no olvide jamás que en España solo hay una imagen más repugnante que la del político corrupto, el constructor desalmado o el nuevo rico ignorante, despilfarrador y soberbio: la del presidente de un club de fútbol. Jesús Gil, el ciudadano que reunía las tres miserias en un solo corpachón, fue ejemplo perfecto.

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La insoportable levedad del periodismo

Juan Luis Cebrián llevaba años esperando este momento. “José Luis Rodríguez Zapatero debe abandonar su patológico optimismo y anunciar cuanto antes un calendario electoral creíble”, escribe el miembro de la Real Academia Española en la portada de El País. Cebrián pide elecciones, lo que significa una sola cosa: que Rubalcaba ya está listo para enfrentarse a Rajoy. El director del periódico, Javier Moreno, apoya a su consejero delegado llevando a esa misma portada un editorial titulado “Fin de ciclo”, y tuiteando un pedrojotil “Zapatero debe convocar elecciones cuanto antes”.

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Un motivo para NO ver la televisión

Seasick Steve

Cd: You Can´t Teach An Old Dog News Tricks.

El californiano Seasick Steve se llama en realidad Steven Gene Wold, lo que no le impide toca la guitarra como si estuviese bajo la lluvia, escondido en un puente, rodeado de sombras y ratas. Es auténtico. Cuenta que construye sus propios instrumentos, que sueña con afinaciones nuevas y que grabó su primer disco a la edad en que otros se retiran del negocio. Seasick Steve toca para los homeless, arrastra el blues y duerme a pierna suelta.

“You Can´t Teach An Old Dog News Tricks” es su quinto disco, un trabajo realizado con la colaboración de toda una estrella: John Paul Jones, el bajista de Led Zeppelin. Quizá por eso suena de mil formas diferentes, desde la intensidad de un solitario bluesmen en una esquina de Chicago a la energía de una banda a lo White Stripes. Sin olvidar a J.J. Cale. Otra delicada e intensa joya.

http://www.youtube.com/watch?v=MlNUeN0vsBI

 

Periodismo sin firma

Cuando quiero leer buen periodismo, abro El País. Espectaculares exclusivas, buenos reportajes, los gurús más solicitados, los humoristas más afilados, los más brillantes fotógrafos, grandes firmas… ¿Grandes firmas? Eso era hasta hace unos días. Los trabajadores del diario del grupo PRISA han decidido no firmar informaciones ni en la edición en papel ni en su página web. “Nos negamos a que en un periódico que está en beneficios se precarice. Ni siquiera exigimos que se nos mantenga el salario, sino que sea justo para los que han entrado en los últimos tiempos y los que lleguen en el futuro… Los responsables del Grupo Prisa consideran que los periodistas deben cobrar 18.000 euros brutos al año, mientras ellos se reparten millones a pesar de la crisis”, asegura el comunicado del comité de empresa. Y parece razonable, ¿verdad? Esta es la portada sin firmas…

La respuesta de la dirección del periódico no se ha hecho esperar. Y ha estado a la altura de la legendaria soberbia del grupo PRISA, puesto que ha sido firmada por ese poker de ases que forman los cuatro directores que ha tenido El País en sus 35 años de historia. Juan Luis Cebrián, Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio y Javier Moreno dicen a coro que “no firmar los textos es una falta de respeto al lector al primar un asunto laboral sobre lo profesional”. Y la cosa no queda ahí, puesto que consideran a los lectores “rehenes” de aquellos periodistas que no han querido firmar sus informaciones.

Soy lector de El País, entiendo que sus trabajadores exijan un convenio justo, y no me siento en absoluto su rehén por no ver las firmas de los textos. Es más: como lector ocasional de The Economist, pienso que las firmas no aportan demasiado a las informaciones. El prestigioso semanal británico nunca firma los textos, y no creo ni que falte al respeto a los lectores ni que estos últimos sean rehenes de los periodistas, sino todo lo contrario.

No me sorprenden en absoluto las exigencias de los trabajadores de El País: es la reacción lógica de los periodistas de base a una gestión nefasta, la famosa ludopatía de Enric González (“cualquier día, en cualquier empresa, van a rebajar el sueldo a los obreros para financiar la ludopatía bursátil de los dueños”). Tampoco me sorprende la carta firmada por los cuatro directores del periódico, imagino que aplaudida por la élite de la redacción, puesto que esta profesión atraviesa tiempos duros: cada vez están más marcadas las categorías laborales, las diferencias sociales, los sueldos y las condiciones de trabajo. Hoy más que nunca hay que tenerlos muy bien puestos para ponerse del lado de los trabajadores…

Me sorprende enormemente, sin embargo, el escaso apoyo a los compañeros de El País desde otros medios, desde otras redacciones, desde blogs y webs periodísticos. ¿Acaso no es este un buen motivo para indignarse y solidarizarse? ¿Quizá no quieran ser señalados? ¿Aspiran acaso a firmar algún día para Cebrián?

Y me sorprende aún más que la cúpula de El País se niegue a publicar la carta que, como réplica a la firmada por los cuatro directores, ha escrito el comité de empresa del periódico. “Los lectores tienen derecho a tener la opinión de las dos partes. Eso sí que lo pone muy claro el Libro de Estilo”, argumentan. Esta es la carta no publicada.

Mi solidaridad absoluta con los trabajadores de El País. A la mierda las firmas, el despilfarro, los privilegios, los salarios indignos, los salarios desproporcionados y las malas gestiones. ¡Vivan los periodistas y viva el periodismo!

P.D.

¿Firmará Boris Izaguirre, último gran fichaje de El País, su texto del próximo sábado? Estoy en ascuas…

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Un motivo para No ver la televisión

Las cosas que llevaban los hombres que lucharon.

Autor: Tim O´Brien.

Editorial: Anagrama.

Ya que hablamos de periodismo, recuperemos un título eterno: este “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon” es mucho más que un clásico sobre Vietnam. Reeditado por Anagrama, se trata de  un ejercicio perfecto de periodismo de guerra, tanto por su prosa rigurosa y dura como por la información que ofrece. Cuidado, porque los datos sobre la guerra, las estrategias o la geopolítica son simplemente aceptables. Lo importante es el aspecto humano del conflicto, cómo la batalla influye en soldados de ambos bandos, cómo la violencia altera la vida de todo un pueblo.

O´Brien combatió en Vietnam, y después se convirtió en periodista quizá para contarlo todo, para poder ordenar sus notas plagadas de nombres y colores, para escribir los 22 relatos cortos que forman esta obra maestra. Relatos relacionados entre sí por el tema central, Vietnam, pero también por lo terrible de las historias que cuenta, por la belleza de la prosa, por la minuciosidad de los detalles personales y por la desgarradora imagen que muestra de un momento fundamental de la historia reciente de la humanidad. O´Brien habla de un breve periodo de tiempo, entre 1969 y 1970, repleto de odio, de muerte y de miseria, pero también de esperanza y de solidaridad.

Un libro sobre la guerra, sobre Vietnam, a la altura de los clásicos. Fundamental.

- Leer un fragmento del libro.

Y una joya: ¡Tim O´Brien conversando con Tobias Wolff!