Jordi Évole ofreció anoche otro interesante programa-denuncia. Con el tono habitual en el programa, desenfadado pero riguroso, analizó en “Salvados” (La Sexta) el problema del desperdicio de alimentos: en un país como el nuestro, en el que más de tres millones de personas pasan hambre, se tiran cada año a la basura nueve millones de toneladas de comida. Partiendo de esta premisa, de esta nefasta gestión, de este despropósito, Évole hace periodismo y da voz a las partes en conflicto: viaja al campo y a la playa para entrevistar a productores (de mandarinas y de pescado) que desechan frutas de aspecto feo y peces muertos, charla con Joan Baldoví, diputado en el Congreso por Compromís-Equo, y visita un Banco de Alimentos. “Con la comida no se juega”, tituló acertadamente el programa.
En La Sexta parece que se han tomado muy en serio el tema del papeo. Recuerde que su último gran éxito es “Pesadilla en la cocina”, espacio emitido solo unos días antes que el programa de Évole. De hecho, no acabo de entender por qué “Pesadilla…” no salió en “Salvados”: durante su rodaje se desperdician toneladas de alimentos: esa sopa asquerosa, esas croquetas rocosas, ese bacalao al salitre, esa lasaña que “sabe a polvos”… “¡A la basura todo!”, brama Chicote.
Lo llaman telerrealidad, pero en realidad es telebasura. O mejor dicho, telefarsa. Por los ambientes en que se mueven, auténticos estercoleros, y por lo que supone de aceptación de la manipulación. “Pesadilla en la cocina”, el programa que solo unas semanas después de su estreno se repite más que un revuelto de morcilla. Vista una cocina mugrienta, un dueño acabado, un cocinero inútil, una plantilla incapaz y un presentador sudoroso vestido como Fofito, vistos todos los programas. El restaurante de Bilbao que protagonizó la marranada del pasado jueves se queja de que el programa es “una manipulación y una farsa”, e incluso amenaza con denunciar a La Sexta. En La Sexta se frotan las manos: publicidad gratuita para uno de los pocos espacios con audiencia de la cadena.
En uno de esos programas clónicos Chicote, el cocinero socorrista, está probando la comida del restaurante que quiere salvar de la miseria. La cata y dice: “Se han confundido, me han puesto la comida del perro”. Acaba “Pesadilla en la cocina” y comienza “Kitchen Nightmares”, la versión original, presentada por Gordon Ramsay. El Chef británico se sienta en la mesa del restaurante que quiere revivir, prueba la comida y dice: “Se han confundido, me han puesto la comida del gato”.
La gente de la televisión dirá que todo el mundo sabe que este tipo de programas, la telerealidad, es en realidad una farsa, la telefarsa. No sé yo si los telespectadores lo tienen tan claro. Quizá no quieran saberlo: después de tantos años consumiendo televisión estúpida y alienante tal vez hayan perdido el criterio, y sean incapaces de exigir, de distinguir sabores, de diferenciar entre el entretenimiento de calidad (“Salvados”) y burdos remedos de telebasura anglosajona (“Pesadilla en la cocina”).
Un motivo para NO ver la televisión
Little Blue Boy
Autor: Edward Bunker.
Editorial: Sajalín.
Bunker es seguramente el escritor que mejor describe el lumpen norteamericano de los 50-60. Tiempos de rock and roll, pero también de Cadillacs robados, de maría y caballo, de sodomitas, de gomina, de billares, de prisiones de alta seguridad y correccionales… Precisamente carne de correccional, y de todo tipo de instituciones penitenciarias para jóvenes, es Alex Hammond, el protagonista de este libro. Un Alex que tiene once años en las primera páginas y catorce en las últimas, varios delitos, huidas y palizas después.
“Es una historia de gran interés humano”, dice un detective al arrancar la obra. Con un coeficiente intelectual muy elevado, y grandes problemas para controlar su ira, Alex sueña con abandonar la casa de acogida donde reside e ir a vivir con su padre. No son buenos tiempos. La Gran Depresión sacude con rabia a los más débiles, y el padre de Alex es uno de ellos: malvive en una habitación alquilada, lugar a todas luces inadecuado para criar a un niño.
Las cosas se complican cuando, durante un robo a una tienda, Alex dispara al dueño. El lector ya no tendrá una sola página de tregua, de la misma forma que Alex no tendrá un solo día de paz. Malas compañías y peores decisiones arrastran a nuestro protagonista por los tugurios más sórdidos y las trenas más pestilentes. Alex solo encuentra paz en la lectura: se sumerge en London, en novelas del Oeste, y nombra en varias ocasiones, y con agrado, “El doctor Arrowsmith”, de Sinclair Lewis. “Mientras tuviera buenos libros estaría bien… preferiría vivir en sus mundos que en la fealdad de su propio mundo real”, escribe cuando Alex está en el agujero, aislado tras una agresión.
Excelente traducción y la habitual edición cómoda y recia de una editorial, Sajalín, incapaz de publicar libros malos.
Una obra ejemplar sobre el mal y la inocencia arrancada a golpes, sobre hombres de trece años capaces de soportar todo excepto la delación (y que les llamen maricas), y sobre la incapacidad de la sociedad para reconducir una vida torcida.






