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Caballos salvajes

Un motivo para NO ver la televisión.

Caballos salvajes

Autor: Jordi Cussà Balaguer.

Editorial: Sajalín.

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Posiblemente estemos ante la gran novela del lumpen ibérico. Y una de las mejores obras de una generación, la de los 80-90 , que dejó un escalofriante rastro de jeringuillas usadas, enfermedades infecciosas y fiambres en los portales. Nada del glamour aquel que garantizaba un cadáver hermoso si palmabas jóven. Nada de la influencia creativa del alcohol o la heroína. Nada de las drogas y la priva como fuente de inspiración para chavales ansiosos por conocer, por viajar, por crear. Solo marginalidad, dolor y muerte. La trilogía del yonqui.

“- Mira, yo, si algún día me noto demasiado subido de ácido, me meto un empujón de algo más fuerte.

- ¿A qué te refieres?

- O aún mejor caballo.

- ¿Te has vuelto loco? –soltó Andrés desesperado- . ¡Igual se muere!

- Tú mismo. Yo, para espantar a los demonios del susto, me voy a meter una raya ahora mismo”.

Jordi Cussà Balaguer publicó este libro en el año 2.000. Y es evidente que no lo escribió de oídas. Los “caballos salvajes” de que habla este escritor directo y recio, dueño de una enorme tensión narrativa y unos diálogos contundentes, han corrido en los hipódromos de su ciudad, de su barrio, de su casa. Y se han despeñado delante de sus narices. Por eso lo cuenta todo con la emoción del superviviente, del que se ha dejado pelos en cada gatera, del que se estremece cuando piensa en lo cerca que ha estado del agujero.

“Ah, sí, se me olvidaba anotar que , mientras meábamos y bebíamos café, ella fue al lavabo a sacarse y lavar una de las dos bolsitas de un gramo que llevaba, dentro de un condón, en la vagina. El aquel momento Silvia y yo no tomábamos mucha, pero Mín hacía ya meses que se la inyectaba, y como le habíamos prohibido taxativamente exportar jeringuillas, además de los cigarrillos se esnifaba un cuarto pesado cada cinco o seis horas. Quizá alguien piense que éramos un poco peliculeros, y que la prudencia nunca sobra. Lo cierto es que, en aquella época, entre los tres, aún hacíamos las cosas con bastante tino”.

Los personajes que protagonizan “Caballos salvajes” están siempre al borde del barranco, pero el autor les obliga a resistir un poco más. El tiempo necesario para contar sus miserias, para hablar de sus drogas favoritas, para trapichear ante un lector en shock que, boquiabierto, asiste a la espeluznante crónica de una época que pasó, pero no del todo. Dura como una piedra de heroína seca, estremecedora como un chute pillado a un camello desconocido, auténtica e imprescindible como las canciones de Lou Reed y Jim Carroll, como las novelas de Hubert Selby Jr y William Burroughs, como las fotografías de Antoine DÁgata y Nan Goldin.

Noche cerrada

Un motivo para NO ver la televisión

Noche cerrada.

Autor: Chris Offutt.

Editorial: Sajalin.

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Tucker es un gran tipo, honrado y familiar, marcado por la mala fortuna y la violencia. Y por una partida de nacimiento en la que se puede leer la palabra Kentucky. Soldado en Corea, de donde volvió siendo un hombre de 18 años cargado de entereza y de medallas, con un cuchillo militar y un puñado de dólares. Conoce a una chica y la convierte en su mujer. Una familia feliz pese a unos hijos con problemas, en algunos casos muy graves, en la que Tucker cree sobre todas las cosas, a la que defenderá sobre todas las cosas. Incluso matando.

“- Yo no puedo arreglar lo que ha pasado. Mi trabajo consiste en tratar de facilitar las cosas a esa familia.

- Una madre con melancolía severa –dijo él-. Un padre ausente. Una casa llena de monstruos de feria. Por un momento temí abrir la puerta y toparme con una señora barbuda y un niño cocodrilo”.

Tucker se dedica al contrabando de alcohol. Es el mejor en lo suyo, transportar botellas por los polvorientos caminos de Kentucky. Lo que no impide que acabe en chirona, donde sobrevive a duras penas. Ésta es la historia que Offutt cuenta de maravilla, su primera obra de ficción en dos décadas, su segundo libro traducido al castellano tras la excelente colección de relatos “Kentucky seco” (Sajalín). Personajes llevados al límite que jamás pierden su humanidad, situaciones broncas que solo admiten soluciones sangrientas, paisajes desangelados poblados por almas en pena, ausencia de futuro… Es la Norteamérica interior, descrita a través de supervivientes inolvidables: Tucker y familia se quedarán contigo para siempre. Una gozada.

“- Has cometido un error.

- Puede que haya cometido mil.

- Has renunciado a tu pistola demasiado rápido. Eso significa que tienes otra arma a mano. Yo diría que hay una escopeta detrás de esa puerta.

- Podría llevar escondido un revolver de cañón corto.

- Sé de un hombre que llevaba uno de esos Derringer de dos disparos sujeto con un cordel dentro de la camisa. No tiene seguro. Se le disparó en la polla.

- ¿Se la reventó o se hizo un rasguño?

- Nunca se los pregunté”.

Pinchar para leer el primer capítulo.

Entrevista con Chris Offutt en La Vanguardia.

 

Un día más en el paraíso

Un motivo para NO ver la televisión

Un día más en el paraíso.

Autor: Eddie Little.

Editorial: Sajalín.

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Eddie Little, escritor californiano que murió en 2003 con cuarenta y siete años, esnifó por primera vez pegamento cuando tenía ocho. Se nota. En cada palabra, en cada párrafo, en cada página. Little sabe de qué escribe cuando cuenta la historia de Bobbie Prine, un chaval de catorce años que en solo unos meses pasa de reventar tragaperras a triunfar en las grandes ligas del crimen. Bobbie es Eddie, y “Un día más en el paraíso” su estremecedora autobiografía, un libro repleto de acción que se lee al ritmo de las anfetas y te deja tan doblado como un zurriagazo de jaco. Un clásico del robo y la drogadicción.

Bobbie se cree “un Robin Hood honrado y drogadicto de catorce años”. Casi acierta. En realidad es un delincuente de medio pelo que esnifa speed, se pone “hasta el culo” de pastillas y de vez en cuando se pincha caballo. Para financiarse estos insignificantes vicios comete “pequeños delitos”, como robar radiocasetes de coche. Trapichea, 200 ó 300 dólares a la semana, poca cosa. “Lo único que excede a mi arrogancia es mi ignorancia”, asegura, consciente de sus limitaciones.

Pero conoce gente. Gente que parece la adecuada para hacer realidad sus ambiciones. Primero Rosie, una portorriqueña-irlandesa de diecisiete años con los ojos “tristes y extraviados”, se convierte en su novia. Después Mel y Syd, una pareja de ladrones adultos y profesionales, le cuidan tras una salvaje paliza. Mel se convierte en su Pigmalión. Un hermano mayor que le guía por los caminos del hampa, le hace crecer a golpe de atraco y le siembra el camino de trampas: “Tu amigo Mel es el judío más descerebrado que he conocido en mi vida, pero según tengo entendido hay por ahí un país entero lleno de ellos: Israel. Esos sí que son unos hijos de puta”, le dice el doctor Ben.

Y es que en este “Un día más en el paraíso” encontramos mucho más que atracos a almacenes de droga, cócteles de estupefacientes y personajes con tendencia a la autodestrucción. Problemas emocionales y sociales, incapacidad de amar y expresar sentimientos, el fracaso de la justicia y el sistema penitenciario, la hipocresía de la droga… y por supuesto el racismo: “Vamos chaval, espabila. Si Rosie no pone a parir a los negratas, me como ahora mismo el volante. Todo el mundo se caga en todo el mundo, los negros en los hispanos, los hispanos en los negros, y todos, los negros y los hispanos, en los paletos blancos, en los irlandeses de mierda, en los blancuchos y en los blanquitos, llámalos como quieras. Mel es un puto judío, un usurero, un pichacortada; con esa cuadrilla en la que andas metido tendrías que pasarte todo el tiempo asegurándote de no herir los sentimientos de nadie…La regla es la misma en todas partes: en cuanto un grupo étnico sale de la habitación, se abre la veda”.

“Un día más en el paraíso” tiene todo aquello que buscan los fieles lectores de la colección “Al Margen”, el reducto para manguis, drogatas y convictos de editorial Sajalín. Y lo tiene a lo grande, en intensidad y calidad. Una escapada épica de las dos parejas en busca de no saben muy bien qué, complicada por las adicciones desbocadas, la violencia irracional y unos sueños condenados a fracasar. La historia de una derrota anunciada. Sin duda, uno de los mejores títulos de este catálogo.

Drugstore cowboy

Un motivo para NO ver la televisión

Drugstore Cowboy

Autor: James Fogle.

Editorial: Sajalín.

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Hay libros que tienen el destino determinado, que parecen haber sido escritos para ser publicados en una editorial concreta. Aquella que se ajusta mejor a su carácter, a su temática, a sus personajes, a su autor. “Drugstore Cowboy” no tenía otra alternativa que formar parte del catálogo de Sajalín. Y el lector lo comprende antes incluso de leer una sola línea: en la solapa, tras la portada, una fotografía en blanco y negro del autor en su ficha policial. Carne de chirona, ladrón de leyenda y drogadicto profesional, James Fogle protagoniza una obra que engancha más que el caballo, que se lee de una sentada, que es capaz de arrastrarnos de la carcajada a la pesadilla en la misma página.

“- Dios mío, si es el chorizo drogadicto de mi hijo y la chiflada ninfómana de su mujer. Esconded la plata y el televisor, guardad las medicinas en los armarios y no soltéis las carteras.

- Joder, mamá, ¿Cuándo he robado yo en tu casa? Dime una cosa que te haya quitado alguna vez. Venga, solo una.

- Nunca he dicho que cogieras nada, yonqui desgraciado. Solo estoy repitiendo lo que dicen en la tele, y si lo dicen tantas veces, debe ser verdad. Mira cuánto tiempo has pasado en la cárcel. Sé que el estado no te ha mantenido la mitad de tu vida por ser tan bueno. Eres un peligro, Robert, eres un peligro repugnante y un malhechor, y todos nosotros, que somos buenas personas, tenemos que pagar tus buenos ratos con más impuestos. También dicen eso en la tele.

- Sí, bueno, tendré que llevarme de aquí esa maldita televisión si sigues viendo esa basura. ¿Por qué no ves las películas de miedo y de asesinatos como hace la gente normal?”.

El protagonista de este libro no es un chorizo de medio pelo: es un especialista. Concretamente un enamorado de las farmacias, y de sus productos más selectos. Le gusta drogarse, y mucho, pero lo cierto es que disfruta casi tanto consiguiendo el material de manera ilegal: montando un número teatral en la farmacia, haciendo un agujero en el techo del local, por la fuerza… Fogle es delincuente romántico, que parece adorar su forma de vida. Tanto como desprecia a sus compañeros de aventuras, maleantes aficionados que nunca están a su altura.

“No importa cuánta droga hayas pillado hoy, el mañana siempre va a ser una mierda. Así que tienes que seguir mirando adelante. Joder, nunca te prometí un jardín de rosas. ¿Quién te dijo que ser una drogata era pan comido? Coño, es la hostia de duro, eso es. No es otra cosa que trabajar a  destajo de sol a sol. No hay ni un solo currela de la construcción, haciendo dos turnos al día, que saque adelante tanto trabajo y se estrese tanto como nosotros, y lo sabes. Y una vez que aflojas, estás perdido. En ese caso más te valdría coger una pistola y volarte la sesera, porque a un drogota perezoso no le queda otra que ir a parar a la cárcel o depender de si mismo y vender su culo a cambio de cualquier cosa. ¿Te gustaría eso? ¿Pasarte las noches en cualquier puticlub miserable chupándosela a viejos pervertidos para sacarte dinero suficiente como para sentirte bien por la mañana? ¿Crees que te gustaría más eso?”.

Es evidente que Fogle sabe de qué habla, de qué escribe. Cuando cuenta un atraco puedes oler el miedo en el sudor del farmacéutico, cuando se mete un chute casi te viene el subidón al pecho. Por eso es un placer sumergirse en sus enloquecidas aventuras, y conocer las relaciones que mantiene con otros drogotas, con la policía o con su madre. El placer primitivo e intenso que solo proporcionan los narradores salvajes, los escritores auténticos.