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¿Qué es la corrupción?

En la medianoche del lunes al martes Bertín Osborne y Esperanza Aguirre analizaron los males de la corrupción, en un sonrojante alarde de hipocresía, mientras se zampaban un arrocito en el prime time de Telecinco. “Acabar totalmente (con la corrupción) no se puede, como tampoco con los violadores o los asesinos, pero poner medidas sí”, dijo la mujer que destapó la Gürtel con la boca llena. Llena de mierda: “Volví por miedo a Podemos. He vuelto a la política para evitar que lleguen al gobierno, eso sería un drama”. El cantante con cuentas en Panamá movía la copa de vino, servida con decantador, mientras la llamaba “mi vida” y le recordaba cuánto habían robado los Pujol. Es evidente que la pareja no tenía muy claro qué es la corrupción.

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Sólo unas horas después, a las nueve de la mañana, Pepa Bueno entrevistaba en la Cadena SER al vicesecretario de Organización del Partido Popular Fernando Martínez-Maillo. Un tipo mediocre que sin embargo dejó una frase para la historia: “Tenemos que ponernos de acuerdo en qué es corrupción. Para mí, corrupción es robar”.

Acabáramos. Si el vicesecretario de Organización del Partido Popular, grupo político considerado por la Guardia Civil una “organización criminal”, todavía no sabe bien qué es corrupción, apaga y vámonos. Lástima que nada más terminar la entrevista se marchase, porque en la misma cadena en que Martínez-Maillo quedó como un cínico miserable los ciudadanos pudieron escuchar, solo unos minutos después, la respuesta a la pregunta del millón. El sumario de la Operación Púnica: “Mordidas en mano y pelotazos del 20%”.

¿Qué es corrupción? Y tú me lo preguntas, Maillo. Corrupción es el Partido Popular.

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P.D.

Los partidos políticos quieren gastar menos en esta nueva campaña electoral. O eso dicen. El que más fácil lo tiene es Podemos, qué duda cabe. La campaña se la está haciendo el enemigo. Recuerde las palabras de Aguirre: “Volví por miedo a Podemos. He vuelto a la política para evitar que lleguen al gobierno, eso sería un drama”. Una frase pronunciada en hora de máxima audiencia televisiva poco antes de que El Mundo abriese su web con este titular: “Marjaliza pagaba a Granados y a cada alcalde `entre 3.000 y 6.000 euros´ por vivienda”.

¡Da las gracias, Coletas! No hay dinero en Venezuela y en Irán para pagar la campaña que os está haciendo Aguirre.

0.  Granados, bailando con Aguirre al ser elegidos presidenta y diputado de la Comunidad de Madrid.

 

Un motivo para NO ver la televisión

Ha muerto Guy Clark, uno de los más grandes cantautores norteamericanos, con permiso de John Prine y Townes Van Zandt. Poeta y guitarrista, el tejano no grabó discos malos, pero sí algunos memorables: el primero, “Old Nº 1″, del 75, es imprescindible. El último, “My Favorite Pictures of You”, resulta estremecedor.

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La enviada de dios

“Me han dicho que soy una enviada de dios, me quedo con eso”, dijo la representante española en Eurovisión a la presentadora Anne Igartiburu. Y se quedó tan ancha. Barei, que así se llama la supuesta cantante, hizo esa confesión entre religiosa y mística tras saber que había quedado en la posición número 22 de un total de 26 participantes.

No digo yo que dios no la haya enviado, ni muchísimo menos. Pero sí que podía haberlo hecho cuando estuviese un poco mejor preparada, quizá con una mejor canción, quien sabe si después de hacerse un curso de inglés de CEAC, puede que con una coreografía que ofreciese algo más que un movimiento de piernas a lo Lina Morgan y una falsa caída. Podía haberlo hecho, pero no quiso: los caminos del señor son inescrutables.

Barei estuvo a la altura de un festival musical que es una auténtica mierda. Y que de manera absolutamente increíble despierta el entusiamo de determinados sectores dedicados al mundo de la televisión. El festival de Eurovisión es la nada. Nada de talento, de interés, de imaginación, de novedad, de arte. El festival de Eurovisión es la caspa. Y si no me cree recuerde las palabras de José María Íñigo: “El festival de Eurovisión es como una final de la Champion”.

Tras el fracaso digamos que… artístico, de esta edición de Eurovisión, solo nos quedará un detalle para el recuerdo: la presencia en el festival del vicesecretario de accción territorial del Partido Popular Javier Maroto, fan declarado, junto a su marido Josema Rodríguez. Maroto disfrutó del fracaso estrepitoso de nuestra enviada por los dioses solo unas horas después de que el Tribunal de Cuentas le condenase, a él y a Alfonso Alonso, ministro de Sanidad en funciones y presidente del PP vasco, por un “perjuicio” de 393.862 euros a las arcas públicas de Vitoria.

Sí, sí, Maroto, la sangre nueva de los populares, uno de los jóvenes encargados de renovar el partido, el mismo que una vez pidio, todo serio y muy cabreado, una “purga” contra la corrupción “que se lleve por delante a quien se lleve”.

La corrupción en el PP, ese sí que es un festival cojonudo.

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Rata come rata

Se veía venir. Cuando el barco se hunde, las ratas abandonan el navío. Las que saben nadar. Las que no saben se van a la bodega a pegarse el último banquete, o a montar una gran orgía final… o le sueltan un bocado a esas otras ratas a las que tienen ganas.

El Partido Popular es, desde hace tiempo, un barco a la deriva con el casco agujereado. A partir de esta peliaguda situación le dejo a usted que imagine quiénes son los roedores, en qué consiste el banquete y qué orificios resultarán sellados con carne en la última bacanal. ¿Las ratas que comen rata? Muy sencillo. “No está diciendo toda la verdad”, dicen unos vicesecretarios del PP que se niegan a seguir defendiendo a José Manuel Soria, el último ministro enjardinado en su propio laberinto de mentiras.

Ratas de élite mordisqueando los testículos de una rata líder. El acabose. Barra libre en las alcantarillas de la derecha española. Y si no me cree, un segundo detalle de esta explosión de canibalismo roedor: el ministro de Hacienda Cristobal Montoro ha multado con 70.403 euros a José María Aznar por irregularidades fiscales, y le obliga a pagar otros 199.052 en una liquidación complementaria. ¿Complementaria? ¡Coño, como el sinvergüenza de Monedero!

“Si todos los españoles hiciéramos eso, a ver cómo pagábamos los servicios públicos educación y sanidad”, dijo la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáez de Santamaría. Y tenía toda la razón del mundo, ¿verdad? Tanta que el mismo José María Aznar estaba de acuerdo, allá por 1997, con la sinvergonzonería de los defraudadores: “El fraude fiscal es incompatible con una sociedad moderna y solidaria. Lo que uno deja de pagar, lo acaban pagando otros”.

Ratas comiendo ratas. Un banquete antropófago que no ha hecho más que empezar.

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P.D.

“Nunca pactaremos con populistas”, dijo en una ocasión la socialista Susana Díaz. ¿Se refería a un acto de onanismo político sin precedentes? Seguro…

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Clamor silencioso

Dice Alberto Garre, ex presidente del PP en Murcia, que dentro de su partido hay un “clamor silencioso” para que Mariano Rajoy de un paso atrás. Es decir, para que se retire y deje paso libre a una reforma en su partido. No lo veo claro. Y no porque una “organización criminal”, que es como define la policía al PP, no se reforme simplemente con la retirada de su líder. No lo veo claro porque Rajoy aún tiene mucho que decir. Recuerde que hace solo un par de días asombró a todos los españoles con una nueva frase, la enésima, para la historia: “Tenemos que fabricar máquinas que nos permitan seguir fabricando máquinas, porque lo que no va a hacer nunca una máquina es fabricar máquinas”, sentenció durante un encuentro con mujeres emprendedoras en Madrid.

El “clamor silencioso” del que habla el señor Garre es engañoso. Por lo críptico del término, un auténtico oxímoron, la palabra complementada con la opuesta. Una figura literaria contradictoria solo al alcance de auténticos genios. Y porque el verdadero “clamor silencioso” es el que señala como futuro inevitable el famoso gran pacto, el bipartidismo a tres (otro término complejo), la apuesta por un cambio con el que nada cambie.

Los clamores silenciosos solo se contrarrestan con clamores clamorosos. ¿Elecciones? Cualquier cosa antes que más de lo mismo.

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Un motivo para NO ver la televisión

Pimp. Memorias de un chulo.

Autor: Iceberg Slim.

Editorial: Capitán Swing.

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Cuando leí por primera vez la autobiografía de Robert Beck, más conocido como Iceberg Slim, en la vieja edición de Anagrama, me impresionó menos que ahora, en la versión de Capitán Swing. La culpa no la tienen la diferente introducción, el nuevo postfacio o el ampliado glosario final. La culpa debe ser mía: me estoy haciendo mayor. “Pimp” me ha golpeado en el estómago como una bola de demolición. Por la brutal sinceridad del protagonista, aparentemente ajeno a su maldad y su violencia, y por el maltrato que sufren las mujeres al servicio de Iceberg y otros proxenetas. Mujeres que en demasiados momentos pierden la condición humana y se convierten en cachos de carne al servicio de los chulos. Simple mercancía.

Curiosamente, justo antes de entrar por segunda vez en el sórdido mundo de “Pimp” leí sobre su protagonista en la autobiografía de Mike Tyson que en su día comenté en esta sección. El boxeador, no puede ser de otra manera, admiraba al chulo: “Por esta época conocí al famoso y legendario proxeneta/escritor Iceberg Slim. Ojalá lo hubiese conocido antes de casarme con Robin. Él me habría abierto los ojos… Para mí Iceberg poseía una estatura mítica. Su apodo se lo ganó la noche en la que, estando hasta las cejas de cocaína en su club favorito, un tipo disparó contra la persona que tenía a su lado. La bala pasó rozando a su amigo y le hizo un agujero en el sombrero. Él ni se inmutó; se limitó a sacarse el sombrero para inspeccionar la entrada y la salida de la bala. A sus amigos les pareció tan imperturbable que decidieron llamarlo Iceberg”.

Tyson visitó a un Iceberg viejo y decadente acompañado por Don King. Y le preguntó: “Señor, ¿cómo funciona ese rollo de ser el puto amo? ¿Significa poder controlar a una chica y conseguir que haga lo que desee?”. “No, eso no es ser el puto amo –me respondió lentamente Berg- Ser el puto amo es cuando controlas todos los elementos, como me ocurre a mí aquí. Sé todo lo que está pasando. Ser el puto amo no tiene que ver con las mujeres. Ser el puto amo las lleva hacia tí, las atrae y les hace saber lo que deben hacer. Se sienten magnetizadas; ser un puto amo es un imán. No tiene que ver con obligarlas a hacer lo que deseas, ellas ya saben lo que deben hacer”.

Así era Iceberg. Un hijoputa machista, drogado hasta las cejas, violento y sin escrúpulos. Un tipo sincero, astuto y despreciable que se metía tres gramos diarios de coca. Y así es “Pimp”, la autobiografía verídica y descarnada de un chulo de leyenda, adicto a las ropas caras y los Lincoln Continental, de la que se han vendido millones de ejemplares. Un libro que adoran los raperos más asilvestrados, y que odiaban unos Black Panthers que veían en él la explotación de los negros por los propios negros.

Escribe Iceberg en sus inicios, antes de completar su cuadra de putas: “Estaba peligrosamente desesperado por clavársela a toda chica lo bastante débil como para dejarse. Una noche tuve que correr para salvar el pellejo. Un padre enfurecido me pilló a horcajadas en el porche de atrás de su casa soltando puñetazos como un animal en la cabeza de su hija. Había perdido la paciencia con la dureza tan poco habitual de su himen”.

Así era el protagonista de este libro incómodo, una veces fascinante y otras repugnante. La historia de un proxeneta que en diciembre de 1945, cuando la guerra había terminado y el mundo se lamía las heridas, recordaba ya sus años de gloria: “Las drogas y el juego de los chulos me han endurecido la cara de niño. Estaba perdiendo pelo. Iba a cumplir veintiocho años, pero aparentaba cuarenta”.