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Sergio Martín, el chiquilicuatre

Sergio Martín es un chaval muy serio, con chaqueta, gafas de pasta y gesto entre sesudo y avinagrado, como de gran analista. Dirige el canal de televisión público de información continua 24 horas, donde presenta (y dirige) “La noche en 24 horas”, un programa de actualidad política. La clásica tertulia en la que se rodea de periodistas un tanto conservadores y viejunos. Alfonso Rojo, Graciano Palomo, Antonio Pérez Henares… usted ya me entiende. Sergio Martín pasará a la historia del periodismo por preguntarle a Pablo Iglesias “¿Está usted de enhorabuena por la salida de los presos de ETA?”. Y por un audio grabado minutos antes de esa entrevista: cuando estaban solos el presentador y los tertulianos, Martín les advirtió: “hay que estar tranquilos, no hay que darles motivos… buen rollo, buen rollo. Que no diga luego que es una encerrona”. Por si quedaban dudas del carácter mafioso de la entrevista, Alfonso Rojo dijo, para regodeo de sus compañeros, que “al enemigo no hay que darle ni agua. ¡Ni agua!”.

Este es Sergio Martín. ¿Un cuerpo de 38 primaveras con el cerebro de un carcamal reaccionario y casposo? ¿Un conservador decrépito al servicio del Gobierno escondido en el físico de un chaval? ¿Un informador en la flor de la vida que apesta a moho y está en la nómina de un partido viejo y corrupto?

Para nada. Sergio Martín es un cascabel. ¡Tenía usted que haberle visto bailar el Chiqui Chiqui en Nochebuena! Sí, sí, en TVE, la televisión pública, y con guitarrita de plástico y todo. Viendo sus entrevistas tendenciosas y sus debates manipulados algún cazatalentos de la tele pública debió pensar: “¡Este tío no puede ser tan rancio! Es un gran actor. Y no debe tener ni un pelo de vergüenza, viendo sus entrevistas… ¡Le ponemos a cantar y bailar, que tiene que ser un cachondo!”. Y el informador de rostro huraño cambió el semblante, enseñó la piñata y se volvió loco danzando un clásico del Chiquilicuatre entre Raphael y otras estrellas de “Telepasión”, el programa estrella de TVE para la Nochebuena. Perrea, perrea…

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“Lo baila mi mulata con las bragas en la mano”, cantó Sergio Martín en el prime time de TVE. ¿Imagina usted a Iñaki Gabilondo bailando una canción de El Koala en la Nochebuena de Cuatro? Pues eso. Que tenemos una televisión pública que da asco, repleta de periodistas chiqui chiqui. Manipulación, entretenimiento antediluviano y escaso servicio público.

Un motivo para NO ver la televisión

The Sonics

Cd: This is The Sonics.

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Estamos ante una leyenda del rock más guitarrero, salvaje, primitivo y auténtico. Nacieron a comienzos de los 60 en Tacoma, EEUU, y en solo tres años y tres discos se convirtieron en los reyes del Louie Louie: esos álbumes están repletos de rabia, de energía, de una fuerza apabullante. Son el punk antes del punk, con un sonido crudo, canciones de menos de tres minutos y el espíritu de Chuck Berry y los grandes del rock and roll como única compañía.

Pues medio siglo después, los Sonics regresan. Y lo hacen con un disco formidable capaz de despertar la envidia de Keith Richard y compañía. Nada que ver con los descafeinados Stones. “This is The Sonics” incluye doce auténtico trallazos, con un sonido crudo en el que las guitarras mandan. Nada de nostalgias moñas, de reuniones con fines comerciales o de arrastrar los huesos por escenarios vintage. Lo de estos Sonics es muy serio: no han perdido ni un ápice de potencia, ni de carácter, ni de calidad. Siguen siendo los reyes del garaje. ¡La fuerza está con ellos! Obligatorio.

Ausencia de vergüenza

“Quitarle la publicidad a TVE le quitó la capacidad de competir y motivación para competir, dice a trompicones Alfredo Urdaci, quizá el peor director de informativos de todos los tiempos, en una entrevista publicada por la web de televisión Bluper. Le diría a Urdaci lo que le dijo Carlos Fabra al periodista que le reprochó haber inaugurado un aeropuerto sin aviones: no has entendido nada. La televisión pública no debe competir con las televisiones privadas. Es otro modelo, tiene otros intereses, otro público, otro sistema de financiación. La televisión pública no se debe a unos accionistas, sino al servicio público. Única y exclusivamente.

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TVE tiene la obligación de informar con rigor. Historicamente los informativos de TVE han superado a los de las cadenas privadas, por medios y por calidad profesional. Y por audiencia. Los informativos de TVE estaban en la cumbre, y si han dejado de estarlo es por tipos como Urdaci. Los mercenarios a sueldo de partidos políticos son los culpables de la debacle de la televisión pública: sin credibilidad no hay audiencia posible. Y pasa lo que pasa: que una cadena modesta como La Sexta es capaz de superar a la poderosa TVE a la hora de informar a los españoles en una cita tan importante como la electoral. “Si La Sexta nos gana es que lo habrán hecho mejor”, dijo con un tono irónico difícil de entender José Antonio Sánchez, presidente de RTVE.

La ausencia de publicidad en TVE no justifica el descenso en la calidad y audiencia de sus informativos. Solo es señal de que se están haciendo mal las cosas. Otro ejemplo: en estas últimas elecciones TVE y las cadenas autonómicas se han gastado 470.000 euros en una encuesta, realizada a pie de urna con entrevistas a 177.000 personas en más de 1.200 colegios electorales, que no ha servido para nada. Informa eldiario.es: Los resultados de TVE predecían una horquilla de escaños para el PP de entre 114-118; para PSOE apuntaban entre 81-85; para Podemos ofrecían una horquilla de entre 76-80; para Ciudadanos daban entre 47-50 y para IU aseguraban una horquilla de entre 3-4.  Los resultados que se fueron conociendo poco después ofrecieron un panorama bastante diferente al apuntado. Así, el PP logró 123 escaños, PSOE consiguió 90; Podemos y las confluencias lograron 69 escaños; C’s registró 40 escaños e IU se quedó en 2”.

En TVE lo hacen peor. Y no solo porque tiran el dinero, como se ve en la fracasada encuesta electoral. Sino por la calidad de la información que ofrecen. Los legendarios telediarios son el hazmerreír de la profesión. Un panfleto gubernamental que ha obligado a los periodistas de TVE a emitir un comunicado en el que se quejan “del desequilibrio” en los telediarios “en favor del partido del Gobierno y ante las próximas elecciones generales ha alcanzado cotas intolerables”. El Consejo de Informativos ha denunciado manipulación electoral en la cadena pública en los días previos a las elecciones generales.

¿La culpa es de la ausencia de publicidad? como dice Urdaci. No, de la falta de vergüenza.

Caraplasma frente a Pdro Snchz

El cara a cara entre Mariano Rajoy y Pedro Sánchez de esta noche coincide, maldita sea, con la habitual cena navideña con mis ex compañeros de El Mundo. Como periodista televisivo de enorme prestigio, consciente de mantener una descomunal responsabilidad con los lectores, no tengo ninguna duda: me debería sentar delante de la pantalla, tragarme la pantomima entre los dos líderes acabados de la vieja política, y contárselo todo a ustedes en un post memorable. Pero como colega de una peña con la que pasé algunos de los mejores años de mi vida, surgen incertidumbres: ¿Dónde voy a estar mejor que tomándome una lasaña de morcilla y un vino de Toro con mis amiguetes? No hay duda. La madurez, la sensatez y el compromiso profesional se imponen: cuando usted esté viendo a Caraplasma y a Pdro Snchz, pedazo de pardillo, yo le estaré dando a los callos y el tintorro.

Lo que no impide en absoluto que haya realizado un trabajo de investigación previo brutal, formidable, titánico, que justifica plenamente que usted se encuentre ahora mismo leyendo este post aparentemente hueco. ¿Acaso me voy a marcar un Hermann Tertsch, escribiendo la crónica del debate horas antes de que se produzca? De ninguna manera. Ese desafío se me queda corto. Voy a dar un paso más y le voy a ofrecer una imagen exclusiva de los ensayos del cara a cara, que como usted sabe será moderado por Manuel Campo Vidal

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¿Se ha fijado usted en el pecho lobo del moderador? No se me ocurre peor manera de pasar el tiempo que viendo a Rajoy y Sánchez tratando de imponer sus desgastadas ideas. Y entonces aparece Campo Vidal, sangre fresca, y dice que “El cara a cara exige más a los candidatos que los debates”. Mundo viejuno. No saben, o si lo saben, pero se hacen los tontos, que este país vive un momento político diferente, que corre aire fresco, que se barajan nuevas ideas, que existen alternativas menos rancias. Que son historia. Ellos dos, tres si contamos a Campo Vidal, representan lo agotado, la decepción, lo obsoleto, el fracaso. Un cara a cara entre dos cadáveres políticos que se resisten a entrar en la caja, que luchan por no ser enterrados, que desprecian a quienes están pidiendo espacio. Ya me contarán que tal, y eso…

P.D.

Por si al cara a cara le faltase algo de caspa, cuenta El Confidencial que Manuel Campo Vidal, presidente de la Academia de Televisión y presentador del debate en cuestión, fue socio de José Luis Ulibarri Cormenzana, uno de los principales empresarios imputados en el caso Gürtel. Según el diario digital, “Ulibarri y Campo Vidal fueron los últimos administradores de la empresa Otecable SA, constituida en noviembre de 1995 y cerrada a mediados del año 2011. Campo Vidal llegó a tener el 24% de las acciones de Otecable, que se dedicaba a la “realización de estudios, dictámenes, informes, así como la prestación de servicios a través de, o relacionados con sistemas de cable; ya sean portadores, de operador o finales, y de satélite, para televisión o telefonía”. La empresa se liquidó en 2011, pero la última vez que presentó sus cuentas fue en el ejercicio 2001.

Ya estoy viendo a Campo Vidal acorralando a Rajoy con el tema de la corrupción…

Un motivo para NO ver la televisión

El hijo.

Autor: Philipp Meyer.

Editorial: Random House.

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Con apenas cuarenta años, y un solo libro anterior (American Rust), el neoyorquino Philipp Meyer ha escrito una de esas obras trascendentes que permanecen en la memoria, y en las librerías, durante décadas. “El hijo” es el ejemplo perfecto de lo que se denomina, en ocasiones con ligereza, la gran novela americana. No es el caso. Estamos ante un tocho de casi 600 páginas con una historia épica sobre los miembros de una familia tejana, los McCullough, que es en realidad un análisis sobre la vida, la muerte y el paso del tiempo. Los elementos de todas las grandes obras literarias.

“Nuestro nombre tiene más influencia que nunca. Donde esperaba amargura, recibo respeto; donde esperaba envidia, recibo aliento. No robes a los McCullough: te matarán. No difames a los McCullough: te matarán. Mi padre considera que así debe ser. Le digo que estamos en el décimo siglo del segundo milenio. A fin de cuentas, es como él dice: creen que estamos hechos de una pasta diferente. Si alguna vez se les ocurriera que comemos y sangramos igual que ellos, nos perseguirían con antorchas y horcas. O, mejor dicho, con agua bendita y estacas de madera”.

“El hijo” comienza en el lejano Oeste, 1849, cuando un grupo de comanches asalta la casa de los McCullough. Una carnicería a la que sobrevive Eli, un chico de 13 años que termina viviendo con los indios. Años después, tras una epidemia, regresa a la civilización y se incorpora a una vida nueva pero no menos salvaje. “La historia entera de la humanidad se caracteriza por un único movimiento inexorable: del instinto animal al pensamiento racional, del comportamiento innato al conocimiento adquirido. Una cría de pantera a medio crecer abandonada a la intemperie se convertirá en una pantera perfectamente normal. Pero un niño a medio crecer abandonado de un modo similar se convertirá en un salvaje irreconocible, incapaz de vivir en una sociedad normal”.

Meyer narra sin concesiones, con una aspereza que recuerda al mejor Cormac McCarthy, el de la “Trilogía de la pradera” (“Crees en la pradera, el código, la nobleza del sufrido vaquero y el vacío del corazón de los banqueros: todo ese rollo que leíste en las novelas de Zane Grey…”, escribe Meyer), la aventura de un joven que se sobrepone a la muerte de su madre y sus hermanos, y su lucha por sobrevivir en una tribu de salvajes, por olvidar su pasado, por adaptarse a la vida entre bisontes y cabelleras cortadas.

La historia salta en el tiempo y cambian los narradores, dependiendo de los capítulos, pero sin perder nunca de vista el eje central de una obra que habla de un clan y todo aquello que le rodea: la tierra y los pastos, los hombres que trabajan de sol a sol, las diferencias entre razas y clases, la violencia y la rapiña, los límites muchas veces invisibles entre la belleza y la muerte, y por supuesto el paso económico y social del ganado al petróleo. “Papá quiere creer que estamos sentados encima de un mar de petróleo, pero no es así; estamos sentados encima de un montón de contratos de arrendamiento caros que no valen un carajo en tierras que ni siquiera son de nuestra propiedad”.

“El hijo” me recordó, desde sus primeras páginas, a “País de sombras”, esa otra obra maestra del gran Peter Matthiessen. En esta como en aquella encontramos la esencia de los pioneros, de un país salvaje por domesticar, de tipos despiadados capaces de hacer cualquier cosa por conservar sus propiedades, de los complejos paisajes físicos y morales que atormentan a quienes viven en la naturaleza, del aprendizaje y los sentimientos primigenios.

Con este libro, de gran intensidad emocional y enorme calidad narrativa, Philipp Meyer nos transporta al mundo violento y legendario de los primeros Estados Unidos. Una epopeya grandiosa que le convierte en uno de los escritores norteamericanos más sólidos, brillantes y ambiciosos del momento. Absolutamente imprescindible.

 

Llamadme conspiranoico

Durante el debate a nueve que tuvo lugar la noche del pasado miércoles en La 1 (TVE) se produjeron algunos cortes de audio, siete largos segundos, que impidieron seguir con normalidad el discurso de Antonio Hernando, representante del PSOE. Fueron las únicas interrupciones que se produjeron durante el programa. ¿Adivina usted de qué estaba hablando Hernando cuando tuvo lugar el fallo técnico? Pues exactamente de eso, amigo malpensado: de los papeles de Bárcenas, de los sobres con dinero B de Rajoy, de la corrupción instalada en las entrañas del PP…  

Llamadme loco, antisistema o, mejor aún, conspiranoico, pero creo que TVE, la televisión pública, el medio de comunicación de todos los españoles, no está siendo todo lo neutral que debería ser en esta campaña electoral. Y no solo porque tuviese que intervenir la Junta Electoral Central (JEC), que les obligó a emitir el debate a nueve a las 22:15, en horario de máxima audiencia, y no a medianoche como había previsto la cadena. ¿Arrinconando la política, escondiendo las alternativas, silenciado a los nuevos partidos? No, por favor, era por no cambiar de hora el programa de Bertín Osborne.

Ayer me acosté con Hernando pidiendo, a trompicones, entre ruidos y silencios, con interrupciones, la inhabilitación de Mariano Rajoy por corrupto: “Durante mucho tiempo Bárcenas y el Partido Popular fueron lo mismo”. El debate a nueve, una jaula de grillos con sonido capado. Y esta mañana me he levantado con Mariano Rajoy diciendo, en la misma cadena pero con un excelente sonido, que “España es hoy un pedazo de país”. María Casado masajeando en “Los desayunos de La 1” a un Rajoy que a estas alturas de campaña tiene que tener la espalda como una pista de curling.

Puede que sea un simple fallo técnico, pero es difícil de creer. La credibilidad de TVE está por los suelos. La presencia de ese personaje llamado Julio Somoano, autor de un trabajo fin de máster titulado “Estrategia de comunicación para el triunfo del Partido Popular en las próximas elecciones generales”, al frente del debate a nueve era toda una declaración de principios por parte del Ente. Si yo fuese director de TVE me daría una vergüenza insoportable, un asco terrible, elegir al hombre que escribió “Estrategia de comunicación para el triunfo del Partido Popular en las próximas elecciones generales” como moderador de un debate político en una televisión pública. Llamadme conspiranoico.

P.D.

Nacho Villa, viejo amigo de este blog desde sus días de tertuliano, director de la Radio y la Televisión Pública de Castilla-La Mancha durante el gobierno de Cospedal, se gastó más de 136.000 euros en cuatro años con las dos visas del Ente público“Representación y gastos de empresa, totalmente justificados y normales en cualquier radio y cualquier televisión pública donde el director general está yendo y viniendo por toda la comunidad”, dice Villa de estos gastos, que incluyen compras en tiendas de Louis Vuitton, comidas en restaurantes con Estrellas Michelin y habitaciones en hoteles de cinco estrellas. Lo normal.

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Un motivo para NO ver la televisión

La casa.

Autor: Paco Roca.

Editorial: Astiberri.

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Paco Roca es un genio de la narración, uno de esos elegidos capaces de convertir una historia minúscula en una gran historia. Lo ha hecho con anterioridad, en maravillas como “Arrugas”, “El invierno del dibujante” o “Los surcos del azar”. Y lo hace de nuevo con “La casa”, una humilde narración sobre el tiempo, la memoria, la familia, las higueras, los silencios, las comidas de los domingos, las pérgolas y la felicidad. Una pequeña gran historia sobre la vida y alrededores.

“¿Tú crees que mi padre tuvo una vida feliz?”, pregunta José, el hijo mediano de Antonio, a su chica. Están en la casa de campo familiar. El lugar favorito de su padre, muerto un año antes. Recogen basura, arreglan mangueras, riegan almendros, tiran ropa vieja, levantan muros caídos y pintan paredes desconchadas. Desde una ventana se ve el mar. Los tres hermanos re reúnen porque quieren vender el chaletito: desde que dejaron de ser niños no lo visitan. ¿Una vida feliz? preguntaba José. “¿Cómo se calcula eso? Imagino que depende de las ambiciones que cada uno tenga, ¿no”, responde ella. “Quizá se trate más de lo que hemos hecho que de lo que nos ha quedado por hacer”.

En “La casa” Roca permite ver el paso del tiempo en horizontal, ordenado en viñetas, desmenuzado en pequeñas cosas, y por supuesto a todo color. Un tiempo que primero nos arrulla, después nos zarandea como ramas viejas y finalmente nos engulle. El tiempo de recordar al padre, los lazos que nos unen, y también la niñez construída alrededor de cosas sencillas, los pequeños placeres de la juventud, y finalmente la pérdida, la nostalgia de la madurez. El valor de los recuerdos.

“A medida que envejezco siento que el único tema de la literatura -y probablemente de todo lo demás- es el paso del Tiempo”, escribe Fernando Marías en un epilogo que ayuda a recobrar el aliento. Un libro mágico sobre la sencillez y el adiós, con evidente carácter autobiográfico, en el que Paco Roca se confirma como un narrador sublime. Afortunadamente las cosas le suceden a quien sabe contarlas.

 

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