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Comercializar el ébola

¿Puede un enfermo de ébola comercializar su enfermedad? se preguntan en los programas de televisión que comercializan cada día con la enfermedad, el dolor y hasta la muerte. Lo hacen minutos antes de que Teresa Romero, la auxiliar que ha sobrevivido al ébola, ofrezca una rueda de prensa. Les preocupa que la mujer, ya fuera del hospital, pueda vender exclusivas. “Primero que de una rueda de prensa y luego que recorra todos los platós que quiera”, exige una Susanna Griso que quiere organizar la vida de la auxiliar.

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Periodistas que corren tras los famosetes, y que pagan a pelagatos por exclusivas insignificantes, por cotilleos miserables, se llevan las manos a la cabeza ante la posibilidad de que Romero cobre por una entrevista. Normal: el nivel moral e intelectual de nuestra televisión es tan alto que algo así resultaría impensable, intolerable, insólito. Que Isabel Pantoja solicite 300.000 euros por una entrevista televisiva es normal, pero que un sanitario se pueda ganar unos cientos es indecente, ¿verdad?

Vivimos en la sociedad del espectáculo. Y la televisión fabrica los monstruos que en ella se exhiben: es un medio de comunicación que vive de la casquería, del altercado y la provocación, de rentabilizar las miserias ajenas. Si una cadena de televisión privada quiere contar con la presencia de Teresa Romero en exclusiva no lo hace por servicio público: con la presencia de la auxiliar buscará aumentar la audiencia, es decir, la publicidad, es decir, la pasta… ¿Tiene que ser Teresa la única que quede fuera del business? Eso pretenden.

Que Teresa Romero cobrase por hablar en Telecinco o Antena 3 podría resultar triste, pero nunca un escándalo. Sería lo normal, la consecuencia de vivir en el país de Jesulín y Julián Muñoz, del pequeño Nicolás y la Pechotes, de Esperanza Aguirre y Jaume Matas, de Marhuenda e Inda, de Mediaset y Atresmedia. La consecuencia de vivir en un país en descomposición, con un periodismo indecente y unas televisiones repugnantes.

Me gustaría que Teresa Romero no entrase en el juego de los medios. Pero si lo hace, que sea para su propio beneficio.

P.D.

La televisión de Castilla La Mancha ya es, tras dura batalla con Telemadrid, la autonómica menos vista de España. Mientras todas crecen, la tele de Cospedal pierde en un mes el 20% de audiencia.

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Un motivo para NO ver la televisión

Michael Leonard Witham

Cd: A Scandal in the Violets.

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Estoy absolutamente enganchado a este disco, a la voz de este músico de Arkansas, a medio camino entres las de Ian Hunter y Steve Forbert. Y estoy enganchado a su forma de escribir canciones, entre la melancolía profunda y el éxtasis vaquero. “A Scandal in the Violets”, primer disco de Michael Leonard Witham, es un debut magnífico en su sencillez: suena a John Prine, a folk moderno, a pasión por la música sencilla y directa. Diez canciones fabulosas en una de las grabaciones más hermosas y adictivas del año.

Sacar pechote

En el programa de Ana Rosa Quintana (Telecinco) entrevistan a Javier Negre, el periodista de El Mundo que descubrió a Isabel Mateos, más conocida en ambientes político-tabernarios como La Pechotes. Y es que el periodismo de investigación no hace diferencias entre medios, y salta de la prensa a la televisión con enorme naturalidad. El Mundo sigue el rastro de La Pechotes, Telecinco pone el altavoz… e Interviú prepara el talón para que la amiguita del alma del pequeño Nicolás de el brinco definitivo a la fama. Así funcionan las cosas.

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El caché de La Pechotes sobrepasa, antes de enseñar una sola ubre, los 30.000 euros. Por bolo. Ya sabe, presentar una colonia o lucir el palmito en una discoteca. Debido a este precio, las televisiones se tienen que conformar con entrevistar al periodista que un día vió a un novio de una amiga del cuñado de La Pechotes, amiga íntima del pequeño Nicolás. El gran periodismo tiene que empezar por algún sitio… “Nicolás debe cien euros en el club Puerta de Hierro”, desvela el reportero en rigurosa exclusiva. El resto de tertulianos pregunta: “¿Y cómo están sus padres?” (los de Nicolás). “Bastante afectados”, responde el periodista sacando pechote.

En Antena 3 han puesto a una reportera siguiendo “la ruta del pequeño Nicolás”. Garitos exclusivos para gente guapa, con privados abarrotados de VIPs. La noche antes de ser detenido Nicolás estaba tomándose copas en uno de estos locales, “y mucha atención porque le acompañaba un señor al que le quería comprar un chalé”. La periodista pone toda la carne en el asador: “Mi teoría, pero es una teoría mía, cuidado, es que era un empresario de Toledo”. Gran trabajo. Sin respiro, pasan a hablar con un ex jefe de La Pechotes: “El primer día que tuvo que trabajar en un programa de radio no se presentó… dijo que tenía problemas políticos”.

“Aquí hay caza mayor, esto no se va a quedar en un mocito feliz, sentencia el periodista de El Mundo en Telecinco. Tras una búsqueda rápida en Google, más periodismo de investigación, estoy en condiciones de asegurarle que Mocito Feliz, con mayúsculas y negrita, es “el anónimo más famoso de la televisión”. Un freak que “lleva casi dos décadas colándose en los planos de los personajes de la farándula y siguiéndoles allí donde van”. Así funcionan las cosas, insisto.

Y así pasa lo que pasa: que el museo del estadio Santiago Bernabéu es el cuarto más visitado de Madrid, sólo por detrás del Reina Sofía, el Prado y el Thyssen. Es decir, que la gente prefiere ver la camiseta sudada de Butragueño que el esqueleto del colosal Diplodocus carnegii que se exhibe en el Museo de Ciencias Naturales. O que las obras maestras que se muestran en los museos Arqueológico, Sorolla o Naval. Le diré más: prefieren ver las botas de Michel Salgado, quizá las mismas con que rompió el peroné a Juninho, que la figura de Fernando Alonso del Museo de Cera. Terrorífico en ambos casos.

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P.D.

Isabel Pantoja, a prisión.

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Un motivo para NO ver la televisión

Bob Dylan and the Band

Cd: The Basement Tapes. Complete.

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Tengo al menos cuatro versiones de estas “cintas del sótano”, todas ellas piratas. En vinilo, en casete, en cd… Con sonido a veces ratonero, en el mejor de los casos aceptable. Ahora soy feliz: puedo disfrutar, por fin, de la versión oficial de esta maravilla, seis discos, 138 canciones, minutos y minutos de música improvisada, fresca, vital, fascinante. Una colección imprescindible, pero cara, que los menos dylanitas pueden evitar con la versión breve, de sólo dos discos, un resumen magnífico de las que quizá sean las sesiones de grabación más legendarias de la historia del rock.

Dylan se había estrellado con su motocicleta Triumph en 1966. Mientras curaba las heridas se aisló en su casa de West Saugerties, Nueva York. Pero no dejó de componer y tocar: llamó a sus colegas de The Band y, alejados del resto del mundo, bajaron al estudio del sótano y se pusieron a hacer música. A improvisar. A dar la vuelta a canciones ya escritas, a construir temas nuevos. Tanto Dylan como Robbie Robertson y sus chicos se encontraban, a nivel creativo, en plena ebullición. Grabaron decenas de canciones mágicas, al margen de la industria, música con mayúsculas. Historia del rock and roll, del mejor rock and roll, sonando de la mejor manera posible.

La coronilla

Telecinco estrenó anoche una miniserie sobre la figura del rey Juan Carlos. ¿Dónde está la noticia?, se preguntará el lector de un blog como éste, crítico con una monarquía amojamada que intenta salvar el cuello con un proceso de modernización tan apresurado como irrelevante. Pues muy sencillo: la noticia es que el papel estelar, el del cazador arrepentido que no lo volverá a hacer más, NO lo interpreta Juanjo Puigcorbé, el actor que mejor ha sabido reflejar la mediocridad de una figura incapaz de aguantar el discurrir de la historia.

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El nuevo rey está interpretado por tres actores, tantos como etapas de la vida del monarca muestra Telecinco en prime time: niñez, adolescencia y madurez. Y en ninguna de ellas está Puigcorbé, maldita sea. Lástima, porque igual que no hay una juerga de verdad sin una canción de los Stones, no hay un biopic sobre el rey Juan Carlos sin Puigcorbé haciendo el papel de bobo de baba (no se pierda la mirada de lechuguino de la imagen superior). Y es que el actor catalán es un clásico de la interpretación monárquica, tras ofrecer una memorable versión de Juan Carlos, en la serie “Felipe y Letizia”, y darlo todo como don Juan de Borbón en “Sofía”.

Solo Iñaki Urdangarín ha hecho tanto como Telecinco y sus miniseries por el fin de la Monarquía y la llegada de la República. Y es que cuando el ciudadano está hasta la coronilla, nunca mejor dicho, de todo lo que rodea a este sistema hereditario de poder, llegan los chicos de Vasile y ponen en antena una mini-serie sobre el jefe del clan… del elefante cavernario.

“El rey” comienza en 1948, cuando el protagonista cumple diez años y llega a España para formarse a la imagen y semejanza de Francisco Franco, que se dice pronto. El primer capítulo de “El rey” acaba en 1960, y el último en 1993, con la muerte de Juan de Borbón, padre del protagonista. ¡Se dejan fuera toda la chicha! Corinna, el caso Urdangarín, la cadera rota en la cacería de elefantes…

Así las cosas, la serie se me queda pequeña. El cuerpo me pedía carnaza, escándalos y corrupción a cascoporro, y Telecinco me ofreció historia. Una historia con minúsculas, evidentemente: ese acento andaluz de Cármen Polo… El resto, pura baba, auténtica adulación, un burdo intento por diferenciar al dictador de su discípulo. “¿Pretende que mi hijo vaya al desfile de la victoria, un acto franquista?”, se queja desde el exilio en Estoril un don Juan todo digno. Y es que Franco era muy, muy, malo, y los borbones tan, tan buenos… Excepto cuando tenían un arma en las manos: la escena en la que cubren el cuerpo de Alfonso, el hermano muerto, con una bandera de España, resulta especialmente patética en su dramatismo. “No me mires así, papa, por favor”, suplica un Juan Carlos tan increíble en la ficción como en la realidad.

Actores irregulares, decorados dignos, ritmo perezoso, saltos en la narración, tradiciones dinámicas, muchos fachas, tópicos monárquicos, un Juan Carlos guapo, listo, valiente, honrado, corajudo, enamoradizo… “El Rey de Telecinco es como el Juego de Tronos español”, ha dicho uno de los actores de la serie, a modo de resumen. No se crean ni una palabra. De nada.

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Un motivo para NO ver la televisión

Eric Sardinas & Big Motor.

Cd: Boomerang.

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Descubrí a Sardinas, un bluesman montaraz nacido en Florida, allá por 1999, cuando publicó un sorprendente disco de debut llamado “Treath Me Right”. Sorprendente por varias razones: Eric tocaba un dobro, la guitarra con el cuerpo metálico, arrastrando el slide y utilizando afinaciones abiertas, y sonaba absolutamente asilvestrado y salvaje. Era blues en esencia acústico a bordo de un tren de mercancías a punto de descarrilar. Un disco especial.

Eric Sardinas editó más discos, e incluso visitó España en diferentes ocasiones. Ya no sorprende como entonces, pero sigue siendo igual de creíble y de brutal. Blues-rock pesado, boogie, heavy blues… Interpretado todo ello con la energía de un caballo desbocado, pero de forma increíble sin olvidar a los clásicos, esos bluesman acústicos con los que Sardinas aprendió a dominar el instrumento. Imprescindible para superar la pérdida del gran Johnny Winter.

¡Qué pedazo de país tenemos!

Noche del sábado 25 de octubre de 2014. Telecinco estrena programa de actualidad política en prime time. Contraprograman “La Sexta noche”, el exitoso espacio de la competencia. Se llama “Un tiempo nuevo”, y arranca a lo grande: entrevista en directo con el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro. Tienen que pasar 40 minutos para que el periodista Fernando Garea le formule la pregunta del millón, esa con la que sin duda alguna debería haber comenzado la entrevista: “¿Le parece a usted bien, como encargado de cobrar los impuestos a los ciudadanos, que su partido tenga una caja B con dinero negro?”. Montoro responde en círculos abstractos, sin decir nada, insultando al telespectador: “Yo he estado ahí, y yo le digo que eso no lo he conocido”.

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Era la pregunta, y había que haberla formulado una y mil veces. Solo un día antes el juez Pablo Ruz había emitido un auto, resolución judicial razonada, en el que se ponía de manifiesto que el Partido Popular había pagado en dinero negro 750.095 euros por unas reformas en su sede de la calle Génova. Una investigación de Hacienda que se añadía a otra anterior, más reformas en otras plantas del mismo local, con otras cifras de gasto, siempre en negro. En total, el dinero pagado en fondos opacos por el PP para las reformas de su sede nacional se eleva a 1,71 millones de euros. Dinero negro, como se lo cuento. Y manejado por el partido que gobierna este país.

“En su partido hay un problema estructural”, dijo Pepa Bueno después de desglosar la larga lista de corruptos del PP. Montoro se atasca, se trastabilla, vacila: “Es que somos muchos… si quiere dedicamos esto a mis sentimientos, pero yo he venido a contar a los españoles en qué gastamos el dinero, yo llego a donde llego. ¿A ustedes ese les parece el primer tema de España? A mi me parece que el primer tema es crear empleo”. Para salir del entuerto, Montoro se enfada. Hace como que se enfada, me temo, todo digno, todo espeso, todo sinvergonzonería. “Me siento mal con muchas cosa, pero muy bien con España. ¡Qué pedazo de país tenemos! Este país se lo merece todo… Y el que lo haga ilícito, que lo pague”.

“La gestión de Bankia forma parte de la bancarrota de España, ¿sí o no?”, preguntó Bueno en repetidas ocasiones al ministro de Hacienda. Y Montoro respondió como si los telespectadores fuésemos idiotas. “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? Todos somos mayores para ser responsables de nuestros destinos… No vamos a hacernos responsables unos de otros”, dijo el ministro, faltando al respeto a quienes estábamos viendo el nuevo programa político de Telecinco para la noche de los sábados. Una presentadora mostrando cacha, Sandra Barneda, y cuatro periodistas de diferentes pelajes, dos de ellos excelentes (Pepa Bueno y Fernando Garea), entrevistaron a un político patético en su manera de comunicar, increíble en sus justificaciones, lamentable en su análisis. “Los políticos estamos en esto porque da un sentido a la vida”, dijo en medio  de una verborrea surrealista, de un discurso cebolleta.

Viendo expresarse a Montoro se entiende que el Gobierno evite a la prensa, se niegue a dar explicaciones, se oculte tras la montaña de corrupción interna que les consume. Vivimos en un tiempo podrido, y Montoro, por una vez, por una noche, se convirtió en portavoz de la banda que controla el vertedero. “Ha sido un honor estar con todos ustedes. Aquí dejo mi rúbrica…”.

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Justo mientras Montoro teatralizaba un arrebato de dignidad en Telecinco, en La Sexta entrevistaban al Gran Wyoming. En un alarde de inteligencia, La Sexta contraprogramó, un cómico brillante contra un ministro patético, a quienes le contraprogramaban. No hubo color.

¿El resto de la noche? Una batalla por la audiencia no ya entre dos cadenas, sino entre dos grupos, Mediaset y Atresmedia, que se disputan el control político de la noche de los sábados. Griterío. Mediocridad. Inda y Marhuenda. Show. Partidismo. Nada de periodismo. Ketty Garat, de Libertad Digital. Líderes de PP y Podemos acusándose de hacer circo. El socialista Antonio Carmona. Televisión comercial repetitiva, de dudosa calidad, de nulo interés político.

Así las cosas, “Un tiempo nuevo”, el programa que se estrenaba, terminó como empezó, con una entrevista de altura. Bertín Osborne opinando sobre política. Bertín Osborne diciendo sandeces sobre economía, sobre trabajo, sobre Podemos, llamando bolivarianos a los de Pablo Iglesias. Este es el nivel. ¿Un tiempo nuevo? No, el mismo tiempo mediocre de siempre. ¡Qué pedazo de país tenemos!

P.D.1

LA GUARDIA CIVIL DETIENE A FRANCISCO GRANADOS, EX NÚMERO DOS DE ESPERANZA AGUIRRE EN MADRID, EN UNA REDADA CONTRA LA CORRUPCIÓN

Tiene razón Montoro… ¡Qué pedazo de país tenemos!

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P.D.2

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Un motivo para NO ver la televisión

Canciones de amor a quemarropa

Autor: Nickolas Butler.

Editorial: Libros del Asteroide.

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La amistad es para siempre. O debería serlo. Sobre algo tan aparentemente sencillo habla este libro, una apología de la vida simple, de los ambientes rurales, de los círculos cerrados y los amigos de la infancia. Lee, Henry, Kip y Ronny son colegas de toda la vida. Han crecido, jugado, peleado, bebido y vivido, con diferentes suertes, en un pequeño pueblo llamado Little Wing, en la Norteamérica profunda: “Mudaos a Wisconsin. Compraos una estufa de leña y pasad una semana entera partiendo troncos. A mí me funcionó”. Uno podría considerarse un ambicioso hombre de negocios. Otro monta toros en rodeos y calza botas vaqueras. Lee es una estrella del rock, su primer disco da título a la novela, que viaja por todo el mundo con los bolsillos repletos de pasta. El cuarto tiene una granja de vacas lecheras y una familia maravillosa, todo lo que necesita para ser feliz. Cuatro hombres diferentes unidos por los lazos que atan: la tierra, la memoria, la música, ver crecer a los hijos, ver morir a los padres, sentir que estás envejeciendo acompañado de la gente adecuada.

Nickolas Butler, el autor, nació en Pensilvania, pero se crió en Wisconsin, lugar donde sitúa esta novela coral, emocionante, quizá generacional, sin duda inolvidable. Como un Richard Ford más joven, fresco y liviano, que no intrascendente, Butler escribe una pequeña gran novela americana. Una historia que surge de la tierra, echa raíces en el trabajo y crece en las entrañas de unos personajes increíblemente frágiles y tiernos. “América, diría yo, consiste en gente pobre tocando música y en gente pobre compartiendo comida y en gente pobre bailando aun cuando llevan una vida tan desesperante y tan deprimente que ya ni debería haber sitio para la música o para algo de comida extra, cuando no deberían quedarles energías ni para bailar”.

Una canción de amor a la vida, a los espacios abiertos y los pueblos pequeños, a la cerveza compartida y los camaradas inseparables, a las hogueras campestres y los largos y fríos inviernos. Uno de los libros del año, sin ninguna duda.