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La barba

En mi casa aseguran que me hace veinte años más viejo. “Si al menos la llevase cuidada, bien recortada…”, susurran a mis espaldas. En el pueblo dicen que tengo pinta de vagabundo. Cuando llego al colegio, una amiga de mi hija le avisa: “te viene a buscar tu abuelo”. Y por si fuera poco, me pica un huevo. La barba, digo. Para colmo de males, se me quedan adheridos algunos sabores: la carrillada al vino tinto del segundo plato tienen un regusto a las gambas del aperitivo. Nada, que me quito la barba. Primero me paso la maquinilla de cortar el pelo, y luego la cuchilla superplatinium. Niquelado.

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“La barba está de moda”, dicen en el informativo de Telecinco cuando los mofletes aún me apestan a loción para después del afeitado. Seré desgraciado…

“Te encuentras más seguro de tí mismo, más varonil… es el rollito que se lleva ahora, a las chicas les gusta”, dice uno de los entrevistados en la información de la cadena de Vasile sobre la barba. Y yo me toco la cara y me siento vacío. Se me saltan las lágrimas: ¡No parecía prematuramente envejecido! ¡No tenía aspecto de homeless! Era un hipster maduro, un tío cool, estaba a la última. Maldita sea…

“La barba es una tendencia que se impone entre los famosos”, asegura el presentador del informativo de Telecinco para dar paso a la pieza sobre el tema, de dos minutos de duración, un mundo cuando se trata de televisión. “Un look al que se apuntan actores, modelos, deportistas… hasta el rey Felipe VI, que ha conseguido marcar tendencia entre las clases más poderosas”, dice la periodista responsable de la crónica. “Y es que una década después del metrosexual se impone este estilo, importado de la cultura hipster. La barba es símbolo de estatus, de poderío. Hay barbas que han marcado época”. Y emiten imágenes de Fidel Castro y de Bin Laden.

Las modas te hacen superficialmente feliz, y te garantizan la eterna insatisfacción. La publicidad te manipula, te estafa, te esclaviza, te roba la personalidad y te convierte en un número dentro de una campaña. Y de la televisión, ni te cuento.

Afortunadamente puedo notar como crecen los pelos. Mi cara es un bosque primario recién talado, en ebullición. Y es que en la vida todo es cuestión de tiempo: solo necesito unos días para volver a estar a la última, para volver a sentirme varonil, más seguro de mi mismo, recuperar el estatus, el poderío. Y sentirme como Bin Laden, por poner un ejemplo.

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Un motivo para NO ver la televisión

La gigantesca barba que era el mal

Autor: Sthephen Collins.

Editorial: La Cúpula.

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Algo surreaslista, muy kafkiano, con ecos de Dahl y Burton, este cómic satírico habla de un hombre vulgar y aburrido que vivía en una isla ordenada hasta el delirio donde nunca pasaba nada. Se llamaba Dave. Y era un tipo vulgar y aburrido hasta el día en que su barba comenzó a crecer… A partir de ese momento nada volvió a ser igual… Un libro que para hoy, la verdad, me venía al pelo.

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Corderos degollados

En Telecinco han puesto en marcha una nueva edición de “Gran Hermano”. Van quince. Podría parecer que en este programa ya está todo visto, todas las miserias humanas mostradas, todos los freaks utilizados, todas las historias chungas amortizadas. Pues no. Para eso están los directivos de una cadena triunfadora, para darle una vuelta de tuerca al que seguramente sea el programa más repugnante jamás emitido y así poder sacarle unas pocas perras más. Tipos ingeniosos, es bien sabido que los grandes talentos están en la televisión, con ideas sencillamente brillantes. “En la historia mundial de ‘GH’, nunca, ningún presentador había entrado en la casa”, explica la cadena dirigida por Paolo Vasile. “¡Pero nosotros somos diferentes! Mercedes Milá quiso vivir la experiencia en su propia piel y pasar las primeras horas de la convivencia junto a los concursantes, y por lo que parece durmió muy bien”.

Ahí tiene la primera gran sorpresa. Después de vestirse de coliflor, de hacerse la loca y de enseñar las tetas, la gran comunicadora al frente de “Gran Hermano” se mete en la casa y se pega una siesta. ¡Qué fuerte! ¡Por primera vez en la historia mundial de GH! ¡Alucinante, ¿verdad? La presentadora no solo es campechana, sino que no duda en tumbarse en una de las camas de Gran Hermano, más piojosas y pegajosas que las piltras del más sucio y pestilente puticlub de carretera. Ella es así. De humana, de hermana.

“Gran Hermano” es el ejemplo perfecto de telebasura. No es la primera vez que lo digo. Me gusta decirlo una vez por edición, así que van quince veces. Por lo menos… Y me lo parece, telebasura, porque el programa está basado en la utilización de personas cultural, económica o socialmente inferiores. Así de sencillo, así de duro. Los ejecutivos encorbatados de Telecinco, y la histriónica presentadora, se aprovechan de las necesidades de concursantes con evidentes carencias intelectuales y emocionales. Y si no me cree, ahí tiene el titular de una web de televisión: “La incultura de los grandes hermanos: el principal satélite de la Tierra es Marte”.

Nada más comenzar esta edición del programa, primer escándalo: una de las concursantes, musulmana, tiene una fotografía en su cuenta de Twitter en la que aparece degollando una oveja. Pie de foto: “A más de uno le aria asín”.

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Corderos degollados. Eso son los concursantes de Gran Hermano, la fábrica de muñecos rotos y de portadas de Interviú. Y de dinero y publicidad para Telecinco, la cadena especializada en rentabilizar las miserias humanas.

P.D.

Cañete: El petróleo se queda en familia…

Un motivo para NO ver la televisión

La escritura transparente.

Autor: William Lyon.

Editorial: Libros del K.O.

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Delicioso librito sobre el arte de contar historias, escrito por uno de esos talentos enormes, tanto por su sabiduría como por su discreción, del periodismo mundial. William Lyon nació hace más de setenta años en Nueva York, pero ha escrito grandes reportajes en medios españoles. Recomiendo su libro “La pierna del Tato”, una colección de historias taurinas que, como sucedía con los textos del maestro Joaquín Vidal, pueden ser disfrutados incluso por los antitaurinos más acérrimos.

“La escritura transparente” desvela algunos trucos para ser mejor periodista. Es decir, para contar mejor las historias. Porque en eso consiste el periodismo. Ni más ni menos. “Escribimos mal. Escribimos confuso. Escribimos desordenado. Escribimos sin pararnos a pensar en lo que estamos escribiendo ni en quien nos va a leer”, reza la contraportada. Ya dentro del libro, un master en sentido común periodístico. Lyon no es un teórico, no es un catedrático aburrido. Es un tipo que ha vivido y ha viajado, obsesionado por ser eficaz en sus textos: tienen que entenderse, tienen que disfrutarse, tiene que fascinar al lector. “Es precisamente esta sensibilidad hacia el lector -el saber siempre cómo está reaccionando a lo que está leyendo- uno de los atributos más importantes del buen periodista. Si no puede ponerse en lugar del lector, ¿cómo va a conectar el él?”. Un placer útil.

Pequeños monstruos

La noche anterior al comienzo del curso escolar Telecinco, la fábrica de monstruos, estrenó un programa infantil. Marcando paquete. Comenzó a las diez y media de la noche, y acabó pasadas las dos de la madrugada. Hay que ser muy perro para programar de esta manera. O muy astuto, y trabajar de cara al futuro, apoyando sin concesiones la cantera: esos chavales que hoy trasnochan con la cadena de Vasile son los analfabetos del mañana, adictos a las mañanas de Ana Rosa y las noches de Jorge Javier, al cotilleo y la maledicencia, a la televisión más sórdida. Una escuela de zoquetes. La misma política promocional que utiliza el camello que regala droga a los jóvenes para crear nuevas generaciones de adictos a su mierda. Puro marketing: si embruteces a los niños nunca te faltarán consumidores de telebasura, tu producto estrella.

El programa se llama “Pequeños gigantes”, y se ha convertido en el primer gran éxito de la temporada con una audiencia brutal: 25,1%. Es un talent show infantil que, por supuesto, no ofrece nada imaginativo o novedoso: es un formato mexicano que consiste en tratar a los niños como monstruos, haciéndoles creer, tanto a ellos como a los telespectadores, que los pequeños tienen un talento especial para el cante, el baile o la comedia. Mentira. En su inmensa mayoría solo son esos payasetes repipis que nos hacen reír en bodas y reuniones familiares con sus chascarrillos y cancioncillas, los cinco primeros minutos de desparpajo, y nos abochornan el resto del tiempo, horas de vergüenza ajena. Niños travestidos en artistas adultos, musicas adulteradas, disfraces de circo, incitación a la competición, al enfrentamiento, al llanto.

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Piden a un niño de unos diez años que cuente un chiste. “- Me he enterado de que tu hija está con gonorrea… – Qué hostias, ¡mientras sea vasco!”. El público adulto se descojona. El presentador, un Jesús Vázquez que aparece con diferentes calibres de afeitado durante el programa, pone cara de “vaya diablillos”. Uno de los dos morancos, miembro del jurado, asegura que “hay que declinarse por uno de los niños”.

¿Recuerda usted “Little Miss Sunshine”? Pues eso. Un deplorable concurso para niños esperpénticos y competitivos. Una  parada de los monstruos… infantiles. Y en un horario que define claramente los intereses de la cadena: nos importan una mierda los intereses de los niños, lo nuestro es la audiencia. Es decir, la pasta.

 

P.D.

“Si hubiérais trabajado un 1% de lo que trabajó Emilio Botín, no estaríais tan amargados, chicos”. Alfonso Ussía en Twitter.

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Este si era el puto amo, y no Bárcenas. Le llamaban Botín, pero en realidad era una especie de Teresa de Calcuta de la economía española. Lo digo después de leer algunos obituarios en la prensa. Igual es que muchos medios de comunicación deben dinero al Santander y no son realmente independientes…

Una vez más, Mongolia lo borda en su canción-homenaje al banquero: Emilio, te queremos (Estabas comprometido con tu país).

 

Un motivo para NO ver la televisión

Cory Branan

Cd: The Not-Hit Wonder.

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Este es uno de esos discos que los seguidores de Steve Earle esperamos vuelva a grabar algún día: grandes canciones interpretadas con una mentalidad abierta, entre el country y el rock. “Muy punk para el country y muy country para el rock”, dice la hoja promocional de “The Not-Hit Wonder”, el quinto  disco de un Cory Branan que nació en Mississippi y suena endiabladamente salvaje. Folk poderoso, Americana despiadada, construida sobre una letras realmente emocionantes. Branan es uno de los grandes cantautores eléctricos del momento, un talento enorme capaz de grabar discos tan inteligentes y apasionados como este.

 

Sanción microgorda

La Sala Primera del Tribunal Supremo ha dictaminado que el diario El Mundo debe pagar 20.000 euros como indemnización por una de sus exquisitas piezas periodísticas. ¿Se castigan, por fin, sus informaciones sobre el 11-M? No, por dios. Eso es historia del periodismo español: los lectores nunca agradeceremos lo suficiente a los jefes del diario de Unidad Editorial por enseñarnos cuán bajo puede llegar a caer un medio de comunicación. El Mundo debe pagar 20.000 euros porque la Justicia considera que determinadas expresiones utilizadas en uno de sus textos de opinión son constitutivas de infracción “al derecho al honor y a la intimidad”.

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Un blog de televisión del periódico que fuera dirigido por Pedro J llamó a Chelo García Cortés, colaboradora del programa de Telecinco “Sálvame”, lindezas como “microgorda ponzoñosa”, “carroñera del montón y miss plumilla menopáusica transmutada en pequeña escribiente florentina del buitrerío ibérico”. Y dijo que tenía una “imbecilidad de grado cum laude”. Estos insultos tienen un precio: 20.000 euros. Un precio que se paga tarde, los insultos se vertieron en mayo de 2008, pero se paga.

Esta sanción me obliga a reflexionar por varios motivos. El primero es que colgué mi último post en El Mundo el 2 de noviembre de 2007, después de escribir durante tres años precisamente un blog sobre televisión (y sus mundos paralelos). Un blog que escribí, que escribo diez años después, con absoluta y total libertad, pero procurando no cruzar las líneas rojas que dictan el sentido común y la buena educación. No estoy seguro que haberlo conseguido siempre. ¿Habré faltado al respeto a alguien en todos estos años? Puede que sí. Lo siento. Nunca, en ningún caso, jamás, ha sido de manera premeditada, por razones personales, para conseguir visitas.

Me horroriza haber podido escribir cosas tan despectivas como “microgorda ponzoñosa” o “miss plumilla menopáusica”. Es posible que algún lector busque y encuentre expresiones parecidas en El Descodificador. Si no lo he hecho, es posible que haya estado cerca. Lo siento, insisto. Lo de “carroñeros” creo que puede tener sentido, por ejemplo, para definir a seudo periodistas que despellejan a famosos en programas basura. O que venden sus relaciones sexuales en televisión. Pero “microgorda ponzoñosa” suena demasiado miserable y personal, claramente ofensivo, francamente violento y absolutamente innecesario.

La culpa es del autor del blog de El Mundo, evidentemente, pero sólo en parte. Los medios exigen que los blogs tengan visitas, muchas visitas, para sobrevivir (El País acaba de cerrar decenas), y una forma de conseguir esas visitas es escribiendo post agresivos. El problema comienza cuando al opinador se le va la mano, se viene arriba, se cree impune por trabajar en un gran medio y, lo que es peor, ejerce esa agresividad con los más débiles. Cuando es crítico hasta la sangre con el poder, político o económico, o con su propio medio, bien por sus pelotas. Llamar a una tertuliana “microgorda ponzoñosa” es demasiado fácil, muy ruin y tremendamente injusto. 20.000 euros me parece una sanción… digamos que microgorda.

Decía Ryszard Kapuscinski que las malas personas nunca pueden ser buenos periodistas. Si desde un medio llamas a alguien “microgorda ponzoñosa” es muy posible que seas mala persona, y por tanto mal periodista.

Les pido disculpas de nuevo por lo que me pueda tocar. Lo siento. No volverá a pasar.

 

Un motivo para NO ver la televisión

Autor: Ben Brooks.

Editorial: Blackiebooks.

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Etgar tiene quince años. Bebe Nesquik y ron, fuma poco, come porquería, tiene una novia que le engaña, unos amigos raros, se da baños calientes, y pasea a su perro, Amundsen, menos de lo que debiera. Amundsen se caga en el salón de su casa. La vida de Etgar es una mierda, y el protagonista de nuestra historia se defiende escondiéndose bajo las sábanas, bebiendo, viendo series… y husmeando en chats sexuales. Cuando sus padres se van de viaje conoce a alguien en internet, y se gasta con ella el dinero que le dejó su abuela. Son dos personas inocentes, abofeteadas por la vida, dándose consuelo, ofreciéndose calor. Pero las cosas no son tan fáciles…

“Quiero correr por todo el barrio, rompiendo ventanas y encendiendo fuegos y meando en los buzones hasta que llegue la policía y me eche spray de pimienta en la cara y se me lleve. Quiero hacerles unos arañazos profundos en las piernas a los policías. Quiero darles cabezazos y clavarles los codos en los ojos. Quiero rebotar de una pared a otra en la celda hasta que me desmaye y me despierte treinta horas más tarde con una conmoción cerebral en un día que no sea hoy”.

Lolito es la historia de un pequeño perdedor. En ocasiones tronchante, a veces cruel, siempre naif. Ben Brooks (1992) es un escritor joven que tiene un estilo propio, sencillo pero ingenioso, que le viene al pelo a este libro moderno, chispeante, con más talento del que puede parecer en las primeras páginas. Un libro original y fresco que, presentado por Blakiebooks en una bonita edición con tapa dura, hay que leer.