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Depredadores y carroñeros

El presunto pederasta de Ciudad Lineal es un depredador. Así lo han decidido las televisiones. La depredación es una interacción biológica: el depredador es un animal que caza a otros seres vivos, las presas, para alimentarse, para subsistir. Depredador suena a degollina, a muerte, a masacre, a violencia, a escabechina. Depredador recuerda a la película de Arnold Schwarzenegger en la que una criatura extraterrestre despelleja y destripa humanos.

A los periodistas y comentaristas de los programas matinales de las grandes cadenas, como el de Ana Rosa (Telecinco) o el de Susanna Griso (Antena 3), se les llena la boca de sangre y de semen cuando llaman “depredador” al presunto violador de Ciudad Lineal. “Es un auténtico depredador”, aseguran una y otra vez, a modo de mantra, los mismos periodistas y comentaristas que cada día escarban en las crónicas de los sucesos más macabros, entrevistan a los personajes más sórdidos, cuentan las historias más tristes y violentas. ¿Una contradicción?

De ninguna manera. Depredadores y carroñeros son enemigos eternos. Lo cuenta la televisión, nada menos que en los documentales de la prestigiosa National Geographic

Si el violador de Ciudad Lineal es un “auténtico depredador”, podríamos decir que los periodistas que así le califican son “verdaderos carroñeros”. El depredador caza para comer, los carroñeros se alimentan con los restos de la cacería. ¿O no es tan sencillo? Hoy sabemos que la depredación y el consumo de carroña, tradicionalmente concebidos como procesos independientes, están estrechamente relacionados a través de múltiples vías de interacción. Vea los programas matinales. Hermanos de sangre. Todos con el buche lleno, todos contentos.

Bueno, todos no. El abogado del presunto “depredador” de Ciudad Lineal ha denunciado al ministro de Interior, a la delegada del Gobierno en Madrid y a la cúpula policial por un delito de revelación de secretos: los medios de comunicación han ofrecido datos que “se cargan el procedimiento”. Sí, todas esas noticias que los necrófagos televisivos consideran grandes exclusivas periodísticas, y que en realidad son simples filtraciones policiales. Pero la cosa no queda aquí. La utilización de fotografías de Antonio Ortiz, el supuesto pederasta, en todos los medios, puede influir, o anular, la prevista rueda de reconocimiento. Se ha dificultado el trabajo policial, se ha entorpecido la labor de la justicia, pero ha merecido la pena: la audiencia ha subido una miaja.

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Un motivo para NO ver la televisión

Jeff Tweddy

Concierto completo en la Brooklyn Academy Of Music.  Tweddy interpreta íntegro su primer disco en solitario, “Sukierae” (comentado aquí hace sólo unos posts), además de algunas canciones grabadas en su día con Wilco y Uncle Tupelo.

Escándalo

Hay gente que se escandaliza por nada. En las redes sociales comentan ruborizados que, en el estreno del nuevo programa de cocina de Telecinco, el presentador David de Jorge dice llegar “con los calzoncillos limpios y una ilusión del copón”, además de  “ponerse cachondo” cuando se le agarra la comida en la cazuela: “Que alguien le explique que existe una cosa llamada horario protegido”, gruñe un telespectador. “Como sea tan soez en otros programas como el de hoy… le auguro poco tiempo en televisión. Hoy ha sido soez, grosero y faltón”, refunfuña otro.

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David de Jorge es un crack. Y me pone cachondo. ¿Soy por ello un tipo soez, grosero y faltón? No creo. Soez, grosero y faltón es Juan Morillo, alcalde del PP de La Guardia (Jaén), cuando responde a un socialista diciendo que “las faldas están para quitarlas, que es lo que hacen los hombres”. Soez, grosero y faltón sería en todo caso Joaquín Leguina, el socialista sabihondo, cuando en su blog dice que “El culo femenino representa la más bella y profunda llamada de la Naturaleza”. Soeces, groseros y faltones son, sin salir de Telecinco, los concursantes de Gran Hermano, cuando juegan a doblar películas porno, fingen orgasmos y gastan bromas con condones.

David de Jorge es un crack, así de sencillo. Y si alguien piensa que este cocinero es soez, grosero y faltón es que no ha escuchado los chistes de Arguiñano. No perdamos ni un minuto más con esta memez y hablemos de “Robin Food: atracón a mano armada”, el nuevo programa de cocina de Telecinco (14:30 horas)…

Robin Food es un espacio redondo: como una rodaja de merluza o una tortilla de patatas. Como los programas que hemos disfrutados durante años en ETB, pero con más presupuesto. Robin Food hace salivar, afila el colmillo y pone en marcha los jugos gástricos. Despierta el hambre. Y proporciona felicidad. Es un homenaje diario al buen zampar, a los pequeños placeres de la mesa, a la cocina sencilla, sin gilipolleces, sin concesiones. Robin Food es un espectáculo televisivo y gastronómico, es televisión jugosa y sabrosa, es servicio público. ¿No me cree? Eso es que no ha visto cómo preparan un arroz con bogavante, con truco para el socarrat, una receta eterna puesta al día por un tipo con dos grandes virtudes: transmite entusiasmo por los fogones y… tiene los calzoncillos limpios. Algo que no todos los cocineros pueden decir.

Robin Food es un escándalo. De programa. Porque, como dice Jorge, el que sabe cocinar es el puto amo del universo.

 

Un motivo para NO ver la televisión

999 recetas sin bobadas.

Editorial: Debate.

Autores: David de Jorge y Martín Berasategui.

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David de Jorge no solo es un gran comunicador televisivo. También ha escrito, en ocasiones en solitario y a veces acompañado, algunos de los libros de cocina más útiles, y divertidos, que cualquier amante de las sartenes pueda imaginar. Los más recientes los firma junto a Martín Berasategui: “Más de 999 recetas sin bobadas” y “Más de 100 recetas adelgazantes pero sabrosas” (Debate).

El primero de ellos es un recetario magnífico, digna continuación del imprescindible “A cocinar (Las mil y una recetas para la cocina de casa)” (Lur), seguramente el libro más utilizado de la biblioteca gastronómica de mi casa. “Con la cocina no se juega” (Debate) es un homenaje al sentido común gastronómico, y una “pura exaltación de la gula y el jovial disparate”. Es el David de Jorge anecdótico, que se pasea por “el valle de los reyes” (perfiles de los grandes chefs) justo antes de analizar las entrañas de la tortilla o de fusionar a Joselito con Dom Pèrignon. Simplemente delicioso.

“Porca memoria” (RBA) es uno de mis favoritos. Por la gorrina portada y por el contenido, “la recreación literaria de los recuerdos gastronómicos vividos” por dos zampones. “Ironía, autobiografía, sarcasmo, prosa humorística…” y amor, mucho amor por la comida.

La barba

En mi casa aseguran que me hace veinte años más viejo. “Si al menos la llevase cuidada, bien recortada…”, susurran a mis espaldas. En el pueblo dicen que tengo pinta de vagabundo. Cuando llego al colegio, una amiga de mi hija le avisa: “te viene a buscar tu abuelo”. Y por si fuera poco, me pica un huevo. La barba, digo. Para colmo de males, se me quedan adheridos algunos sabores: la carrillada al vino tinto del segundo plato tienen un regusto a las gambas del aperitivo. Nada, que me quito la barba. Primero me paso la maquinilla de cortar el pelo, y luego la cuchilla superplatinium. Niquelado.

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“La barba está de moda”, dicen en el informativo de Telecinco cuando los mofletes aún me apestan a loción para después del afeitado. Seré desgraciado…

“Te encuentras más seguro de tí mismo, más varonil… es el rollito que se lleva ahora, a las chicas les gusta”, dice uno de los entrevistados en la información de la cadena de Vasile sobre la barba. Y yo me toco la cara y me siento vacío. Se me saltan las lágrimas: ¡No parecía prematuramente envejecido! ¡No tenía aspecto de homeless! Era un hipster maduro, un tío cool, estaba a la última. Maldita sea…

“La barba es una tendencia que se impone entre los famosos”, asegura el presentador del informativo de Telecinco para dar paso a la pieza sobre el tema, de dos minutos de duración, un mundo cuando se trata de televisión. “Un look al que se apuntan actores, modelos, deportistas… hasta el rey Felipe VI, que ha conseguido marcar tendencia entre las clases más poderosas”, dice la periodista responsable de la crónica. “Y es que una década después del metrosexual se impone este estilo, importado de la cultura hipster. La barba es símbolo de estatus, de poderío. Hay barbas que han marcado época”. Y emiten imágenes de Fidel Castro y de Bin Laden.

Las modas te hacen superficialmente feliz, y te garantizan la eterna insatisfacción. La publicidad te manipula, te estafa, te esclaviza, te roba la personalidad y te convierte en un número dentro de una campaña. Y de la televisión, ni te cuento.

Afortunadamente puedo notar como crecen los pelos. Mi cara es un bosque primario recién talado, en ebullición. Y es que en la vida todo es cuestión de tiempo: solo necesito unos días para volver a estar a la última, para volver a sentirme varonil, más seguro de mi mismo, recuperar el estatus, el poderío. Y sentirme como Bin Laden, por poner un ejemplo.

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Un motivo para NO ver la televisión

La gigantesca barba que era el mal

Autor: Sthephen Collins.

Editorial: La Cúpula.

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Algo surreaslista, muy kafkiano, con ecos de Dahl y Burton, este cómic satírico habla de un hombre vulgar y aburrido que vivía en una isla ordenada hasta el delirio donde nunca pasaba nada. Se llamaba Dave. Y era un tipo vulgar y aburrido hasta el día en que su barba comenzó a crecer… A partir de ese momento nada volvió a ser igual… Un libro que para hoy, la verdad, me venía al pelo.

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Corderos degollados

En Telecinco han puesto en marcha una nueva edición de “Gran Hermano”. Van quince. Podría parecer que en este programa ya está todo visto, todas las miserias humanas mostradas, todos los freaks utilizados, todas las historias chungas amortizadas. Pues no. Para eso están los directivos de una cadena triunfadora, para darle una vuelta de tuerca al que seguramente sea el programa más repugnante jamás emitido y así poder sacarle unas pocas perras más. Tipos ingeniosos, es bien sabido que los grandes talentos están en la televisión, con ideas sencillamente brillantes. “En la historia mundial de ‘GH’, nunca, ningún presentador había entrado en la casa”, explica la cadena dirigida por Paolo Vasile. “¡Pero nosotros somos diferentes! Mercedes Milá quiso vivir la experiencia en su propia piel y pasar las primeras horas de la convivencia junto a los concursantes, y por lo que parece durmió muy bien”.

Ahí tiene la primera gran sorpresa. Después de vestirse de coliflor, de hacerse la loca y de enseñar las tetas, la gran comunicadora al frente de “Gran Hermano” se mete en la casa y se pega una siesta. ¡Qué fuerte! ¡Por primera vez en la historia mundial de GH! ¡Alucinante, ¿verdad? La presentadora no solo es campechana, sino que no duda en tumbarse en una de las camas de Gran Hermano, más piojosas y pegajosas que las piltras del más sucio y pestilente puticlub de carretera. Ella es así. De humana, de hermana.

“Gran Hermano” es el ejemplo perfecto de telebasura. No es la primera vez que lo digo. Me gusta decirlo una vez por edición, así que van quince veces. Por lo menos… Y me lo parece, telebasura, porque el programa está basado en la utilización de personas cultural, económica o socialmente inferiores. Así de sencillo, así de duro. Los ejecutivos encorbatados de Telecinco, y la histriónica presentadora, se aprovechan de las necesidades de concursantes con evidentes carencias intelectuales y emocionales. Y si no me cree, ahí tiene el titular de una web de televisión: “La incultura de los grandes hermanos: el principal satélite de la Tierra es Marte”.

Nada más comenzar esta edición del programa, primer escándalo: una de las concursantes, musulmana, tiene una fotografía en su cuenta de Twitter en la que aparece degollando una oveja. Pie de foto: “A más de uno le aria asín”.

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Corderos degollados. Eso son los concursantes de Gran Hermano, la fábrica de muñecos rotos y de portadas de Interviú. Y de dinero y publicidad para Telecinco, la cadena especializada en rentabilizar las miserias humanas.

P.D.

Cañete: El petróleo se queda en familia…

Un motivo para NO ver la televisión

La escritura transparente.

Autor: William Lyon.

Editorial: Libros del K.O.

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Delicioso librito sobre el arte de contar historias, escrito por uno de esos talentos enormes, tanto por su sabiduría como por su discreción, del periodismo mundial. William Lyon nació hace más de setenta años en Nueva York, pero ha escrito grandes reportajes en medios españoles. Recomiendo su libro “La pierna del Tato”, una colección de historias taurinas que, como sucedía con los textos del maestro Joaquín Vidal, pueden ser disfrutados incluso por los antitaurinos más acérrimos.

“La escritura transparente” desvela algunos trucos para ser mejor periodista. Es decir, para contar mejor las historias. Porque en eso consiste el periodismo. Ni más ni menos. “Escribimos mal. Escribimos confuso. Escribimos desordenado. Escribimos sin pararnos a pensar en lo que estamos escribiendo ni en quien nos va a leer”, reza la contraportada. Ya dentro del libro, un master en sentido común periodístico. Lyon no es un teórico, no es un catedrático aburrido. Es un tipo que ha vivido y ha viajado, obsesionado por ser eficaz en sus textos: tienen que entenderse, tienen que disfrutarse, tiene que fascinar al lector. “Es precisamente esta sensibilidad hacia el lector -el saber siempre cómo está reaccionando a lo que está leyendo- uno de los atributos más importantes del buen periodista. Si no puede ponerse en lugar del lector, ¿cómo va a conectar el él?”. Un placer útil.