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Juego de espejos

La portada de El Mundo del jueves abre a cinco columnas con el nombre del líder del Partido Socialista Obrero Español: “Rubalcaba levanta a Rajoy”. En la siguiente página del diario esta la columna de Arcadi Espada, que arranca con esta frase: “Hubo graves errores en la intervención de Rubalcaba”. En la página tres, el editorial del periódico comienza de esta manera: “Era la gran ocasión de Rubalcaba”. La siguiente columna de opinión, firmada por el vicedirector del diario Casimiro García-Abadillo, se titula “Fiasco Rubalcaba”. Y la siguiente, de David Gistau, tiene por cabecera “Quédese, señor Rubalcaba”.

Si mal no recuerdo, el presidente del Gobierno de España es en estos momentos un tipo llamado Mariano Rajoy. Sí, ese que se niega a decir la palabra “Bárcenas”. El que presume de ser de fiar, de transparencia y honradez. El que ha colocado el listón del paro en los seis millones. El que debía apechugar con las críticas en esa pantomima llamada “Debate del Estado de la Nación”.

Pero no. El culpable de la mediocridad de Rajoy es el anodino Rubalcaba. O eso parece entenderse del diabólico juego de espejos diseñado por un determinado sector de la prensa.

Con estas miserias en la cabeza me preparo para ver “House of Cards”, la nueva serie de Canal + protagonizada por Kevin Spacey. El que fuera protagonista de “American Beauty” es en este thriller Francis Underwood, un político como los nuestros. Como alguno de los nuestros: ambicioso, despiadado, egoísta, amoral, cruel, traicionero, mentiroso, libidinoso y sin ningún tipo de escrúpulos. Todo le sirve con tal de alcanzar el poder y disfrutar de las ventajas e influencias del liderazgo. “Nada que no sepamos”, pensará con toda razón el lector inteligente.

Pero no. Los políticos-mafiosos de “House of Cards” ofrecen una versión cinematográfica, y por tanto irreal, de la corrupción. Son unos auténticos hijos de la gran puta, pero unos auténticos hijos de la gran puta de ficción, y por tanto se han construido con un gran trabajo de guión, producción, dirección. Resultan brillantes, inteligentes, astutos… Los nuestros son de verdad, torpes y zafios, y el dinero que roban es el nuestro. En cualquier caso, “House of Cards” es una serie a seguir, como es obligatorio ver la película “La Trama” (Broken City). Y es que para vencer a nuestros enemigos debemos conocerles a fondo. Recuerde que en ocasiones la realidad supera la ficción.

Perdón, acabo de recibir una alerta de noticia en el móvil… “Bárcenas declaró ante notario, mes y medio antes de la publicación de los papeles, una lista de donaciones y pagos del PP”.

¡Será sinvergüenza  este Rubalcaba!

http://www.youtube.com/watch?v=n6wytrQo-UE

P.D.

En “El programa de Ana Rosa” (Telecinco) los tertulianos no tienen la exclusividad de la estupidez y el desvarío. Ayer mismo un psiquiatra llamado José Miguel Gaona dijo que al menor que había quemado el pelo a una profesora en un colegio de Barbate “deberían darle una paliza, una paliza pequeña, que no dejase marcas”. Sin comentarios.

 

Un motivo para NO ver la televisión

El Profesional

Autor: W.C. Heinz.

Editorial: Gallo Nero.

Todos aquellos que se llenan la boca pronunciando el nombre de Gay Talese cuando hablan de periodismo “auténtico” deberían correr a su librería favorita, dejarse de modas alimentadas por suplementos literarios, y pillarse este libro del reportero de deportes neoyorkino Wilfred Charles Heinz. Inmediatamente después deberían leérselo, si es posible en unos billares, escuchando el chocar de las bolas, en un gimnasio de boxeo que apeste a linimento, o en cualquier antro con poca luz, música suave y bebidas de calidad.

El Profesional es una primera novela colosal. Escrita en 1958, cuenta la historia de un boxeador de los pesos medios llamado Eddie Brown. La cuenta Frank Hughs, un periodista que se convierte en la sombra de Brown durante el mes en que este último prepara su asalto al campeonato del mundo. Un mes de entrenamientos duros, carreras campestres y golpes neutralizados con vaselina que ayudan a entender tanto al boxeador como a su entorno: managers, colegas y rivales, familiares y aficionados…

Hemingway dijo que era la única gran novela de boxeo que había leído. Y quizá tenga razón: “El Profesional” ofrece un master en el arte de narrar, de describir personajes y situaciones, de analizar el interior de los protagonistas:

– El boxeador, de todos los practicantes de todas las artes, se encuentra en la posición más peculiar y desafortunada.

– ¿Por qué lo dices?

– Porque todo combate se disputa ante un público. ¿Acaso crees que para un pintor es lo mismo?

W.C. Heinz entiende el boxeo como un arte, y muestra al boxeador, al buen boxeador, como el más exquisito y sabio de los artistas. Tan incisivo como  apasionado, el periodista se sumerge en un mundo no tan sórdido como cabría esperar, y arrastra al lector por los pasillos de un deporte sin clase media: o eres un ganador o un perdedor. Absolutamente grandioso. Y más en la primorosa edición de Gallo Nero.

El jefe

“El liderazgo es hacer lo correcto por educar e inspirar a un electorado, teniendo empatía con el ánimo, las necesidades, deseos, y aspiraciones de la humanidad”. Benazir Bhutto

El concierto que ofreció Springsteen el pasado domingo en Madrid posiblemente fue el más largo de su carrera, y sin duda uno de los más intensos. Treinta y dos canciones y casi cuatro horas sobre el escenario, con 60.000 personas absolutamente entregadas a este cantante y compositor de 62 años. No voy a recrearme en la parte musical de esa noche inolvidable, sino en el espectáculo de masas, en la concentración humana, en el poder que puede llegar a acumular un líder.

Ahí arriba estaba Springsteen, dando órdenes a un ejército de 60.000 almas sedientas de instrucciones. Habló de la crisis en varias ocasiones, y recordó a la gente sin trabajo, a las familias que se quedan sin sus casas, a quienes luchan contra el poder. “En EE.UU. hemos vivido malos tiempos. Aquí también. Demasiada gente ha perdido su trabajo. Sé que aquí los tiempos son peores. Nuestro corazón está con vosotros. Queremos dedicar esta canción a todos los que están luchando en España”, dijo antes de tocar “Jack of all Trades”. En otra de sus canciones sugirió la posibilidad de utilizar una bola de derribos. Pero lo impresionante no era lo comprometido del discurso, sino el liderazgo de un cantante de rock. Si Sprigsteen decía “Uhhh!”, 60.000 personas aullaban “Uhhh!”, y si decía “Ahhh!”, la gente chillaba “Ahhh!”. ¿Palmas? Todos palmas. ¿Brazos arriba temblando? 120.000 brazos temblaban y señalaban el cielo de Madrid.

La sensación era estremecedora: si en ese momento Springsteen nos hubiese pedido salir a la calle y prender fuego al Tribunal Constitucional, es posible que en estos momentos solo quedasen los rescoldos de tan insigne institución.

Quizá todo esto se deba a que en España no tenemos jefe. Estamos solos, y por eso nos movemos como pollos sin cabeza. Nos sentimos huérfanos de líderes fiables, de ideólogos comprometidos, de intelectuales independientes, de cabecillas con ideas y estrategias. De alguien que nos ayude a transformar sueños en realidades. Es más creíble, y resulta más cercano y fiable, un cantante de rock and roll de New Jersey, que los últimos presidentes de Gobierno que hemos padecido en España. El liderazgo no es consecuencia de unas elecciones. Confiamos más y vemos mayor compromiso en un extranjero que canta a las malas tierras de Montana, a bandas callejeras de Nueva York o a las chicas del paseo marítimo de Atlántic City, que en aquellos que dirigen un país que se tambalea, y que vivió sus momentos más negros (El tipo de la deuda a 10 años supera el 7% y el diferencial con el bono alemán se acerca a los 590 puntos) mientras Springteen cantaba “No surrender”.

Las librerías están repletas de títulos que ofrecen lecciones de liderazgo. Textos que potencian las estrategias de caudillaje en el entorno de la política y la empresa, y ayudan a mejorar el rendimiento personal y profesional de aquellos instalados en el poder. Basura. Todo eso es simple teoría, porque lo que realmente diferencia a un político de un cantautor eléctrico es el material con el que trabajan: mentiras y verdades.

Indignado, Springsteen encabezó una insurrección contra el desánimo. Escondido, Rajoy lidera el camino al descrédito y la perdición. Necesitamos más guitarras y menos políticos. “Los tiempos difíciles vienen, los tiempos difíciles se van. Mantén tu rabia y no tengas miedo…”

Lenguaje corporal

El último barómetro del CIS confirma aquello que nos temíamos: la decepción del ciudadano con los políticos sigue en aumento. La valoración de estos últimos no cesa de bajar: ningún ministro aprueba y algunos se estrellan clamorosamente, como un José Ignacio Wert que solo consigue un patético 3,19. ¡Se quedó sin beca! Rajoy también sufre un duro castigo, puesto que pierde cuatro puntos con respecto al 20-N y queda por debajo de un Rubalcaba que encabeza la oposición. Algo deberían hacer nuestros líderes para mejorar su imagen, para conseguir la atención del pueblo. ¿Trabajar más y mejor? ¿Mentir menos? No van por ahí los tiros. Me explico…

El debate televisado era importante, puesto que reunía a los cuatro políticos del momento en México: los candidatos presidenciales de cara a las elecciones del 1 de julio. Pero los telespectadores no prestaron atención a sus propuestas económicas, sus promesas de bienestar o sus alternativas al desempleo. Nadie recuerda las palabras de los políticos, ninguna de sus reflexiones pasará a la historia. Sin embargo todos los mexicanos hablan de una mujer que, en lo que fue una actuación sin guión de apenas 24 segundos, repartió un sobre a cada candidato. Un generoso escote y un pecho prominente hicieron el resto. Julia Orayen, portada de Playboy México en su edición de septiembre de 2008, eligió personalmente el vestido blanco y muy ceñido, largo hasta los pies y con una abertura en la espalda, con que apareció en pantalla. Y acertó: los medios de comunicación mexicanos no han hablado de otra cosa en los últimos días. Incluso alguno de los candidatos se despistó al mirarla de reojo…

Parece evidente que los contenidos políticos están sobrevalorados. Estamos cansados de promesas. Hemos dejado de confiar en el pensamiento y la palabrería. Buscamos algo nuevo en que creer. La conejita Julia ganó el debate de las ideas sin abrir la boca, sin decir ni pío, con un vestido reprieto y unos senos generosos como únicos e incontestables argumentos. Puritito lenguaje corporal, que diría un analista político mexicano.

 

P.D.

 

Un motivo para NO ver la televisión

La historia de mi gente.

Autor: Edoardo Nesi.

Editorial: Salamandra.

Edoardo Nesi es un escritor que codirigía junto a su familia una empresa textil en la Toscana. Un buen día venden el negocio, y durante el bajón posterior analiza las circunstancias que les han llevado a tomar esa decisión. Comienza por los buenos tiempos de la industria textil, aquellos que incluían la conquista del gran mercado chino. Y termina con la crisis causada por una globalización “sin gobierno y sin derechos”, que desemboca en la invasión de productos chinos. Cita a Fitzgerald: “Por eso dejo ahora mi ciudad perdida. Ya no susurra fantásticos éxitos y eterna juventud. Todo está perdido, salvo el recuerdo”

Nesi está muy cabreado: su concepto de progreso, basado en los negocios locales y familiares que generan riqueza para toda la comunidad, parece obsoleto. El nuevo modelo desprecia tanto la calidad del producto como al trabajador. Solo busca la rentabilidad más elevada. Sus excelentes telas no podían competir con los baratos trapos chinos.

“Quién sabe si hubo un momento, una hora, un día en que llegamos a la cúspide de nuestras vidas económicas y, desde entonces, nuestros sueños se volvieron quimeras; nuestros éxitos, privilegios; nuestro futuro, una medida imaginaria. Quién sabe si es posible apuntar con el dedo y señalar una fecha que haya que recordar y transmitir a nuestros hijos e hijas como el día en que todo lo que siempre había ido bien empezó a ir mal”.

Una brillante historia autobiográfica, en ocasiones emocionante y lírica, siempre comprometida, que ayuda a entender estos tiempos de depredación y desprecio por el trabajador y el trabajo bien hecho.

Baby… ¡Boom!

Presencié el nacimiento de mi hija en el madrileño Hospital 12 de Octubre, el de varios niños en la República Centroafricana, el de una cría de elefante en la India, el de un ballenato franco austral en la Península de Valdés, y el de ovejas, vacas, caballos y un sinfín de mamíferos de menor enjundia, que no nombraré para no aburrirle. Quizá por eso cuando La Sexta estrenó el pasado viernes “Baby Boom”, un reality en el que mujeres embarazadas dan a luz ante las cámaras, pensé en los documentales de naturaleza. Los celebres ñus de La 2, que paren en las praderas del Serengueti y son perseguidos de inmediato por depredadores, sustituidos en esta ocasión por hembras humanas, que dan a luz en el Hospital Gregorio Marañón y son acosadas por recortes en Sanidad.

Cuarenta cámaras situadas en puntos estratégicos, como si se tratase de una final de Champions o de las migraciones de herbívoros cruzando el río Mara, siguen el proceso de nacimiento de un niño. La embarazada chilla como un gorrino el día de la matanza: “¡Que salga ya, me cago en mi padre!”, aúlla, “¡Que no sale nada y me duele muchísimo!”. ¿Qué no sale nada? ¿Qué esperaba? Esta mujer se perdió la clase de iniciación al parto en la que explican que su vientre no es un huevo Kinder. Se suceden los planos del rostro sudoroso y desencajado de la histérica en cuestión, mezclados con otros de enfermeras, médicos, las paredes, el mobiliario del paritorio…

“Las cámaras se instalaron con el consentimiento de las parejas”, dicen los responsables del programa. ¡Faltaría más! “Al principio lo has hecho muy bien, pero luego te has descontrolado. ¡Estás descontrolada! ¡Empuja!”, le sugiere una enfermera a la futura mamá. Ésta, sin duda para confirmar la teoría del descontrol planteada por la enfermera, le grita algo con el “chocho” como protagonista. Por fin nace el niño, boom, y vemos su cuerpecillo ensangrentado y grasiento. Una voz en off, la de Gemma Nierga, lee un guión cursi: “La duda se convierte en emoción con la llegada de un hijo”.

Acaba el programa y me siento incómodo: ¿Qué puede llevar a una persona civilizada, a una familia normal, a permitir que cuarenta cámaras de televisión conviertan un momento tan delicado, tan íntimo y personal, en un espectáculo televisivo? Pienso en los famosos quince minutos de fama warholianos, el espejismo del éxito, el deseo de ser visto, admirado, cosificado. ¿Un afán exhibicionista? ¿Simple ausencia de pudor? ¿Quizá es la grosera desfachatez de la vanidad quien nos mueve a desnudarnos? ¿Buscamos aliviar el  aburrimiento vital con protagonismo?

No busque respuestas a estas cuestiones, porque la verdadera pregunta del millón es otra: ¿Está la situación como para traer un niño a este valle de lágrimas? Nada más abandonar la protección uterina el pequeño recibe el primer revés: Rajoy le ha subido hasta el IVA de los chuches, ese que juró no subir jamás. El tradicional cachete de la comadrona ha sido sustituido por una paliza en forma de copago. Y que se prepare para aulas repletas de alumnos y se olvide de becas y universidades. Aunque bien pensado, poco importa su formación: ha caído en un país con más de cinco millones de parados. Eso sí, a partir de los 26 años que no se le ocurra ponerse malo…

El bebé humano nace sin uso de razón. Si lo tuviera, se daría la vuelta y entraría de nuevo en el vientre materno para permanecer, como un troglodita radical, caliente, alimentado y ajeno a un mundo que se desmorona. Baby… ¡Boom!