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La dictadura de la televisión

El camino que sigue la televisión en España es el previsto: contenidos de ínfima categoría en abierto y algo de calidad para el que pueda pagar. Así de sencillo, así de triste. Este plan de deterioro audiovisual, que viene de lejos, fue cuidadosamente diseñado por políticos y empresarios que buscaban dos grandes fines: controlar la información, los primeros, y forrarse, los segundos. Si en el camino los primeros han tenido ocasión de  forrarse, y los segundos de controlar la información, no han desaprovechado tan atractivas alternativas. Nos encontramos en la recta final de tan ambicioso proyecto, en el momento culminante de una estrategia vergonzosa. En España la televisión es peor que nunca. La televisión informa más sesgadamente que nunca. La televisión es menos democrática que nunca. Le recuerdo que aquella televisión plural y diversa que prometió Zapatero, con decenas de canales, ha degenerado y se ha empobrecido tanto que ya tiene solo tres dueños: el Gobierno (TVE), Mediaset (Telecinco/Cuatro) y Antena 3 (Antena 3/La Sexta).

Tenemos una televisión casposa, tendenciosa y cutre que se dispone a vivir su culebrón veraniego: la enésima guerra del fútbol. Empresarios de izquierdas, tan brillantes y ejemplares como Jaume Roures y Juan Luís Cebrián, de nuevo a la greña en un conflicto capitalista. Sale a subasta la mejor Liga del mundo, y todo parece indicar que esta temporada no habrá partido en abierto: ninguno de los grandes grupos televisivos del país parece dispuesto a pujar por los derechos. Es decir, que parece que los aficionados tendrán que acceder a las ofertas de pago que les proporcionen Gol Televisión y Canal+ Liga. En caso de que usted ande algo justo de fondos, pues se queda sin fútbol o se baja al bar.

Si usted no es muy futbolero pensará, con toda la razón del mundo, que se trata del último de nuestros problemas. Con la que está cayendo, no necesitamos ni niñatos millonarios, ni rancios presidentes, ni federaciones mafiosas para sobrevivir. Tampoco necesitamos ir al cine o leer libros, ¿verdad?. Seguramente por eso le suben el iva a la cultura…

El fútbol es, como bien sabemos los futboleros, una prolongación de la vida. Y nuestra vida es, actualmente, una prodigiosa mezcla de corrupción,  especulación e hipocresía. El gran negocio que parecía ser el fútbol español, con la televisión ejerciendo de perfecto aliado, de inigualable plataforma de expansión, no es tal. Hace aguas: la burbuja está a punto de explotar. Estamos en España, no lo olviden.

Para desenredar el problema del fútbol en televisión la única solución sería una Comisión de capos di tuttu i capi, como aquella legendaria que reunió en 1931 en Chicago a Charlie “Lucky” Luciano, Vincent Mangano, Tommy Gagliano, Joseph Bonanno, Al Capone y Stefano Magaddino. En este caso la asamblea de empresarios, una cumbre repleta de talento, altruismo y espíritu solidario, podría estar formada por dos viejos conocidos, el consejero delegado de Mediapro (Jaume Roures) y el presidente de PRISA (Juan Luis Cebrián), a los que se añadirían los presidentes del Sevilla y del Real Madrid (Del Nido y Florentino), el presidente de la FEF (Ángel Villar),  el manager de Ronaldo y Mourinho (Jorge Mendes) y el consejero delegado de Mediaset (Paolo Vasile). La Comisión podría reunirse en terreno neutral: la mesa de un discreto restaurante siciliano. Sin armas, sin carteras, sin vergüenza… De ahí saldrían las bases del fútbol televisivo. Es más, ¿Por qué no pedirles que rediseñen la televisión española del futuro? Seguro que sabrían dar al actual modelo la continuidad que este país merece.

Un motivo para NO ver la televisión

El club del amanecer.

Autor: Don Winslow.

Editorial: Martínez Roca.

Si usted busca un nuevo “El poder del perro” se sentirá decepcionado con “El club del amanecer”. Aquello eran palabras mayores, un nuevo concepto de novela criminal. “El club del amanecer” es solo entretenimiento. ¿Solo? Muchísimo, puesto que se trata de entretenimiento de calidad, escrito de maravilla, que se puede utilizar incluso como guía de viaje para recorrer las playas de los alrededores de San Diego.

“El club del amanecer” es una novela de surf policiaco. Un concepto quizá difícil de entender a la primera, pero en realidad muy sencillo: el detective que protagoniza el libro es un amante de coger  olas. Ex policía, Boone Daniels vive para surfear junto a sus colegas, una extravagante cuadrilla unida por lazos que atan: Marea Alta, el Doce Dedos, David el Adonis… Daniels acepta un encargo, encontrar a una striper llamada Tammy, pero la cosa se complica hasta límites insospechados.

Un homenaje a la amistad eterna, a las pandillas, a los espacios abiertos y, sobre todo, a las olas y el surf. Es decir, a la inconmensurable libertad que proporcionan aquellas cosas que no cuestan dinero.

“Hacer las cosas que a uno le gustan, en un lugar que le encanta, con las personas que quiere: de eso se trata la vida, o, como mínimo, así debería ser. Si te pasas la vida así –como he hecho yo, piensa Boone -, no deberías lamentarte cuando se acabe. Tal vez solo un poquito, cuando sabes que estás surfeando tu última ola”.

Hace frío ahí fuera

“Hace frío, mucho frío, ahí fuera”. De esta manera tan sutil define un amigo periodista la situación que atraviesa el gremio. El último informe anual de Reporteros Sin Fronteras, que acaba de publicarse, resulta aún más helador: “Jamás los actos de censura y los ataques a la integridad física de los periodistas fueron tan numerosos como en 2011”. ¿Son reales los motivos para preocuparnos por la salud del periodismo, que es tanto como hacerlo por la salud de la democracia?
Los políticos o nos compran o nos desprecian: muchos no admiten preguntas en las ruedas de prensa, y algunos incluso pretenden acceder al poder sin conceder entrevistas. Los grandes magnates nos utilizan y después no tiran como clínex usados: el diario Público se encuentra al borde del cierre, abandonado por un Jaume Roures que ya no necesita un instrumento de opinión. Las grandes estrellas de la televisión pública, esos profesionales a los que tanto admiramos, verán sus sueldos rebajados en un 20%. Somos carne de cañón: 97 periodistas han muerto durante el ejercicio de su profesión en 2011. Y por si fueran pocos nuestros males, el Tribunal Constitucional declara ilegal la cámara oculta, ese artefacto diminuto que ha convertido en periodismo la telebasura de Telecinco.

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El blues del hombre de negocios

El diario Público ha solicitado concurso voluntario de acreedores. En primer lugar, mi solidaridad con la plantilla del periódico: un drama que va más allá de los 160 trabajadores del mismo, puesto que afecta al equilibrio mediático, es decir, democrático, del país. En segundo lugar, las palabras de Jesús Maraña, director del diario: “Este periódico nunca ha estado al servicio de grupos políticos ni gobiernos… Los problemas que atraviesa Público no derivan, por tanto, del cambio político surgido de las últimas citas electorales”.

Maraña, como antes Escolar, han demostrado ser excelentes directores: Público ofrece periodismo de calidad, con contenidos y opiniones tan alternativas como  imprescindibles. Dicho esto, resulta imposible no analizar el posible cierre de Público desde dos puntos de vista: las circunstancias políticas y los intereses de Jaume Roures, empresario y accionista mayoritario de Mediapubli, editora de Público.

Algún malpensado podría creer que, una vez muerto y enterrado el gobierno de Rodríguez Zapatero, Público ha dejado de ser útil. ¿A los lectores? No, a su propietario. El sueño de un grupo mediático socialista que, construido alrededor de Zapatero, hiciese sombra a la PRISA de González, ha terminado. Ya solo se trata de sobrevivir: Mediaproducciones tiene una deuda de 1.250 millones de euros, Gol TV ha perdido 33 millones en tres años y Público acumula un desequilibrio de 62 millones en cuatro años.

En estos momentos, el cierre de Público podría relacionarse con la absorción de La Sexta por Antena 3. O con las últimas sentencias sobre la guerra del fútbol. Incluso podría entenderse como un gesto de buena voluntad, de no agresión, hacia el nuevo Gobierno. Yo dejo de tocarte las pelotas, tú me dejas seguir haciendo dinero con las series, el fútbol, la fórmula 1… Los derechos audiovisuales y la producción televisiva y cinematográfica forman el grueso de los asuntos de un Roures que ya no tiene margen para esperar ni a Rubalcaba ni a Chacón. No es nada personal. Es cuestión de negocios, no de periodismo.

Creo en Público. En sus trabajadores, en su director, en su proyecto. Pero no creo en Roures. Por eso temo que Público se convierta en el penúltimo blues del hombre de negocios…

Yo habría querido ser artista

para crear un mundo solidario

para ejercer de anarquista

y vivir como millonario.