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Hace frío ahí fuera

“Hace frío, mucho frío, ahí fuera”. De esta manera tan sutil define un amigo periodista la situación que atraviesa el gremio. El último informe anual de Reporteros Sin Fronteras, que acaba de publicarse, resulta aún más helador: “Jamás los actos de censura y los ataques a la integridad física de los periodistas fueron tan numerosos como en 2011”. ¿Son reales los motivos para preocuparnos por la salud del periodismo, que es tanto como hacerlo por la salud de la democracia?
Los políticos o nos compran o nos desprecian: muchos no admiten preguntas en las ruedas de prensa, y algunos incluso pretenden acceder al poder sin conceder entrevistas. Los grandes magnates nos utilizan y después no tiran como clínex usados: el diario Público se encuentra al borde del cierre, abandonado por un Jaume Roures que ya no necesita un instrumento de opinión. Las grandes estrellas de la televisión pública, esos profesionales a los que tanto admiramos, verán sus sueldos rebajados en un 20%. Somos carne de cañón: 97 periodistas han muerto durante el ejercicio de su profesión en 2011. Y por si fueran pocos nuestros males, el Tribunal Constitucional declara ilegal la cámara oculta, ese artefacto diminuto que ha convertido en periodismo la telebasura de Telecinco.

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El blues del hombre de negocios

El diario Público ha solicitado concurso voluntario de acreedores. En primer lugar, mi solidaridad con la plantilla del periódico: un drama que va más allá de los 160 trabajadores del mismo, puesto que afecta al equilibrio mediático, es decir, democrático, del país. En segundo lugar, las palabras de Jesús Maraña, director del diario: “Este periódico nunca ha estado al servicio de grupos políticos ni gobiernos… Los problemas que atraviesa Público no derivan, por tanto, del cambio político surgido de las últimas citas electorales”.

Maraña, como antes Escolar, han demostrado ser excelentes directores: Público ofrece periodismo de calidad, con contenidos y opiniones tan alternativas como  imprescindibles. Dicho esto, resulta imposible no analizar el posible cierre de Público desde dos puntos de vista: las circunstancias políticas y los intereses de Jaume Roures, empresario y accionista mayoritario de Mediapubli, editora de Público.

Algún malpensado podría creer que, una vez muerto y enterrado el gobierno de Rodríguez Zapatero, Público ha dejado de ser útil. ¿A los lectores? No, a su propietario. El sueño de un grupo mediático socialista que, construido alrededor de Zapatero, hiciese sombra a la PRISA de González, ha terminado. Ya solo se trata de sobrevivir: Mediaproducciones tiene una deuda de 1.250 millones de euros, Gol TV ha perdido 33 millones en tres años y Público acumula un desequilibrio de 62 millones en cuatro años.

En estos momentos, el cierre de Público podría relacionarse con la absorción de La Sexta por Antena 3. O con las últimas sentencias sobre la guerra del fútbol. Incluso podría entenderse como un gesto de buena voluntad, de no agresión, hacia el nuevo Gobierno. Yo dejo de tocarte las pelotas, tú me dejas seguir haciendo dinero con las series, el fútbol, la fórmula 1… Los derechos audiovisuales y la producción televisiva y cinematográfica forman el grueso de los asuntos de un Roures que ya no tiene margen para esperar ni a Rubalcaba ni a Chacón. No es nada personal. Es cuestión de negocios, no de periodismo.

Creo en Público. En sus trabajadores, en su director, en su proyecto. Pero no creo en Roures. Por eso temo que Público se convierta en el penúltimo blues del hombre de negocios…

Yo habría querido ser artista

para crear un mundo solidario

para ejercer de anarquista

y vivir como millonario.

El fútbol es así

Me gusta el fútbol. A rabiar. Pero reconozco que en su versión más comercial y televisiva está haciendo un daño irreparable a nuestra sociedad. Transmite una imagen agresiva, sucia y empobrecedora del deporte. Es un ejemplo nefasto para los ciudadanos, sobre todo para los más pequeños. El fútbol sugiere que ganar lo justifica todo, y nos invita a ser tramposos, insolidarios, mezquinos, violentos. Nos hace peores personas. ¿No me cree? Entonces es que no vive el fútbol en toda su intensidad…Métase un dedo en el ojo y piense en Mourinho, el tipo que está cubriendo de mierda la supuesta inmaculada imagen del mejor club del mundo. Salga al balcón, grite “¡catalanes hijos de puta!”, y siéntase tan español como un niño frente al televisor de un bar. Péguele una patada en los testículos a su marido y pregúntele: ¿cariño, cómo ha quedado Osasuna? Y no olvide jamás que en España solo hay una imagen más repugnante que la del político corrupto, el constructor desalmado o el nuevo rico ignorante, despilfarrador y soberbio: la del presidente de un club de fútbol. Jesús Gil, el ciudadano que reunía las tres miserias en un solo corpachón, fue ejemplo perfecto.

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