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La insoportable liviandad de la corrupción

El presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, está horrorizado con la entrada en prisión de su colega de partido Jaume Matas. No es que le espante la sinvergonzonería del ex presidente balear, esa forma de gestionar el dinero público que generó los escándalos de corrupción, algunos presuntos y otros probados, que han acabado con sus huesos en chirona. No. González, conocido en círculos lumpen como El Bolsas, se indigna con la entrada en el trullo de Matas “porque los ciudadanos perciben una corrupción generalizada, lo que no es verdad”. Se lo dice alguien sobre el que jamás ha existido la más mínima sospecha, excepto por unas bolsas de basura en Colombia y un ático Marbellí.

No existe una corrupción política generalizada. Es decir, son más los políticos honrados que los corruptos. Todavía. Perdón, que me llega un teletipo urgente… “Jordi Pujol reconoce que ocultó dinero en el extranjero sin regularizar”. Vaya, vaya, vaya… Son más los políticos honrados que los corruptos, insisto. Perdón, otro teletipo de rabiosa actualidad… El alcalde de Paterna (Valencia), el popular Lorenzo Agustí, imputado por dos delitos de prevaricación administrativa, ha anunciado “por sorpresa” su dimisión por motivos personales tras siete años en el cargo. Perdón, perdón, perdón, una noticia de última hora: El ex presidente de la Diputación de Ourense, José Luis Baltar, ex barón popular, condenado a nueve años de inhabilitación por prevadicación…  Y otra más: Esperanza Aguirre exonera al alcalde de la localidad madrileña de Brunete, y no ve motivo para exigirle responsabilidades políticas por el supuesto intento de compra de una concejala de UPyD. Dice que los hechos denunciados son “poco o directamente nada verosímiles” y se basan en una conversación que “admite interpretaciones”.

La corrupción, es cierto, admite interpretaciones. Algunas francamente repugnantes. Ahí tiene usted al bueno de Vicente Martínez Pujalte, portavoz del Partido Popular en el Congreso, justificando al recluso Matas: “Es un tema simplemente de tráfico de influencias, y además muy liviano”. ¿Simplemente tráfico de influencias? ¿Y además muy liviano? Poco que añadir a las palabras de Pujalte, ejemplo perfecto de la batalla que mantiene el PP con la corrupción. Tolerancia cero.

Es un error común entre tertulianos, charlatanes y blogueros, me incluyo entre los dos últimos, decir en momentos de calentón que todos los políticos son iguales. No es cierto. Son muy diferentes. Lo vemos todos los días, a todas horas, en las circunstancias más diversas, pero por si les queda alguna duda ahí tiene a dos partidos en las antípodas, el PP y el PSOE, la derecha y la izquierda, los conservadores y los progresistas, los liberales y los… otros. Dos mundos, dos formas diferentes de entender la política, el poder, la sociedad, el dinero, la vida. En un rincón está José Bono, socialista de pies a cabeza, hablando sobre Podemos. Bono acusa a Pablo Iglesias de alentar el “odio social” con un discurso que “da miedo”. En el rincón opuesto, en las antípodas, Esperanza Aguirre dice lo siguiente del partido de Pablo Iglesias: “Podemos aplica técnicas de propaganda de genios de la maldad como Goebbels”.

Todos los políticos no son iguales, faltaría más, pero mucho se empeñan en parecerlo. Será por la insoportable liviandad de la corrupción.

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Gafes

Milán, noche del domingo. Florentino Pérez en el centro, Ignacio González a su derecha, Ana Botella a su izquierda. En algunas ocasiones, cuando el plano se abría, se sumaba a la fiesta Lucía Figar, Consejera de Educación, Juventud y Deporte del Gobierno de la Comunidad de Madrid y Secretaria Ejecutiva de Comunicación del Partido Popular de Madrid. Sonreían, aplaudían, saltaban… se divertían como hooligans. Era la gran fiesta del baloncesto europeo, la final de la Euroliga, que disputaban el Real Madrid y el Maccabi. El trío en cuestión esperaba la victoria del equipo madrileño para recoger el botín, para parasitar la gloria ajena, para hacerse la foto junto a los ganadores. Perdió el Madrid.

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Las televisiones autonómicas retransmitieron ese partido, la final de la Euroliga. Telemadrid no. Vaya por dios, la tele de la ciudad del finalista español, la cadena de González y Botella, no tiene dinero ni para esto. Los madrileños tuvieron que ver el partido pagando, en Canal +, cadena que emitió la señal recibida aliñada con la de sus propias cámaras. Es decir, con planos constantes, continuos, a todas luces innecesarios, de ese trío para la historia de la malafollá: Florentino Pérez, Ignacio González y Ana Botella. Gafes profesionales, sobre todo los dos últimos, para todo aquello que tenga que ver con el deporte, con el juego y con los madrileños.

¿Deporte? Pregunten a la Botella por las olimpiadas perdidas, por el dinero dilapidado en un sueño imposible, por todas las amarguras del relaxing cup of café con leche. ¿Juego? Consulten con Ignacio González, el rey de los cuentos de la lechera ludópata, de los casinos que se evaporan, de los proyectos faraónicos de chichi nabo. ¿Madrileños? Las víctimas de esta pareja de cenizos. Ciudadanos con la televisión en bancarrota, hundida por los mismos políticos que sonríen, aplauden y saltan en las imágenes de una final de la Euroliga retransmitida por una cadena de pago.

Y hablando de pago… ¿Quién corre con los gastos de todas estas fiestas, de todos estos desplazamientos y hoteles, de todas estos desayunos, comidas y cenas? Los de siempre.

P.D.

Rajoy en ABC: “El presidente del Gobierno se muestra especialmente optimista tras conocer la encuesta que publicó ayer este periódico…”. Y titulan: “Yo siempre me quedo con ABC”. Y se hacen llamar periodistas.

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Un motivo para NO ver la televisión

Jonny Two Bags.

Cd: Salvation Town.

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No deje que la espantosa portada le amilane: “Salvation Town” es un gran disco de música norteamericana de raíces. El responsable es Jonny Two Bags, nombre que quizá no le diga nada. Error. Jonny Two Bags es, atención, Jonny Wickersham, el guitarrista de los imprescindibles Social Distortion. Californiano de Costa Mesa, Jonny lleva catorce años tocando con la banda de punk rock que lidera Mike Ness. Antes había formado parte de bandas como U.S. Bombs, The Cadillac Tramps y Youth Brigade.

“Salvation Town” es un álbum diferente. Country, pero no tanto. Muchas guitarras acústicas, muy buenas canciones (algunas brutales, como “Clay Wheels” o “Wayward Cain”) y colaboraciones importantes: Jackson Browne, David Lindley, miembros de Los Lobos, y Pete Thomas, el batería de la banda de Elvis Costello.

Sonrisas y lágrimas

Los detalles hacen maravillosa la vida. Esas pequeñas cosas, que cantaba Serrat, esos gestos, esos lugares, esos instantes. La magia de un momento irrepetible, de una imagen impresionante, de un sonido emocionante. La lluvia que cae sobre Machu Pichu y te convierte en el único visitante de la ciudad inca.  La canción mexicana que Tom Waits te tararea al oído. El baño caliente en el poblado del Himalaya tras un día caminando sobre la nieve. Un plato de callos y una botella de tinto rodeado de buenos amigos. La fotografía de Ignacio González y Javier Fernández Lasquetty disimulando su fracaso con sonrisas forzadas, cínicas, tan falsas como un billete de seis euros.

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González, el del ático en Marbella, el de Eurovegas, anuncia en rueda de prensa que deja sin efecto la externalización de seis hospitales públicos en Madrid. Y dice que no es un fracaso. Y con un rictus fúnebre, que quiere convertirse en sonrisa pero se queda en cicatriz, se da la vuelta y, con el rabo entre las piernas, se pira. Lasquetty, ya ex consejero de sanidad, orejas gachas, sigue el rastro de sangre y lágrimas. En la radio bordan la descripción de este último: abrasado, achicharrado, amortizado. Acabado.

Un instante mágico que rompe el demasiadas veces  inoportuno Tomás Gómez: “Han perdido”, dice. No es cierto. Hemos ganado. Es una victoria de la Marea Blanca, de los ciudadanos que se resisten a ser estafados, de los profesionales de una sanidad pública de los que sentirse orgullosos. Es una victoria del Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM). ¿Han perdido González y Lasquetty? Sí pero no. Me temo que son demasiado soberbios como para aceptar una derrota. Volverán a la carga, no lo dude: el sustituto de Lasquetty es Francisco Javier Rodríguez Rodríguez, eterno aspirante a la cartera de Sanidad y defensor apasionado de las privatizaciones.

Pero disfrutemos del momento: La imagen, no me lo negará usted, es maravillosa. La de esa pareja de privatizadores fingiendo sonreír, no pasa nada, cuando en realidad están al borde del llanto, bilis corriendo por la garganta, los demonios comiéndoles las tripas. Han ganado los ciudadanos madrileños, como solo unos días antes ganaron los de Gamonal. Quizá los tiempos estén cambiando. Quizá sí se pueda.

 

Un motivo para NO ver la televisión

Pete Seeger (1919-2014)

“We shall overcome, we shall overcome / we shall overcome some day / Deep in my heart I do believe / we shall overcome some day”.

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Telemadrid, el lado oscuro

El próximo domingo día doce se cumple un año del despido de 861 trabajadores de Telemadrid, el 70% de la plantilla. Desde entonces, la cadena autonómica madrileña no ha hecho sino perder audiencia y credibilidad. La respuesta de los telespectadores al ERE ha sido demoledora: En 2013 Telemadrid perdió 1,5 puntos de audiencia con respeto al 2012, bajando del 5,3% de share a apenas un 3,8%. Es decir, que la tele de los madrileños tiene en estos momentos la mitad de audiencia que la media del resto de televisiones autonómicas, que cerraron el año 2013 con un 8,7%. No olvidemos un dato fundamental: cuando Esperanza Aguirre llegó al Gobierno madrileño la audiencia de la cadena era del 17,1%.

Telemadrid se ha convertido en una cadena sin calidad, construida con material audiovisual de saldo. Telemadrid es una cadena sin credibilidad, con los informativos al servicio de los políticos que controlan la comunidad madrileña. Telemadrid es una cadena ruinosa, sin futuro, sin espectadores. Es el lado oscuro de la televisión en España.

La actual Telemadrid ha sido construida a imagen y semejanza de Esperanza Aguirre, una gestora capaz de gastar 376.000 euros públicos en cambiar los nombres de tres hospitales antes de su inauguración.

Se habla del cierre inminente de Telemadrid. El actual presidente de la Comunidad, Ignacio González, pone voz de matón, más, cuando amenaza con llevar a negro la cadena: “No tendré otra alternativa que cerrar Telemadrid si los sindicatos la hacen inviable”. ¿Acaso los sindicatos son responsables de la programación de la cadena? ¿Quizá los sindicatos gestionan sus gastos, su deuda, su plantilla? ¿Fueron los sindicatos quienes pusieron a los directivos que manejan la cadena, carne de PP, con sueldos superiores incluso a los del presidente del Gobierno?

Telemadrid fue una vez ejemplo perfecto de lo que debía ser una televisión autonómica. Ahora es perfecto ejemplo de cómo se las gasta el PP con lo público: lo utiliza, lo agosta y lo aniquila. El domingo 12 de enero, a las doce de la mañana, tendrá lugar una manifestación en Plaza de la Villa-Puerta del Sol (Madrid) por una televisión pública, plural e independiente.

P.D.

Imprescindible el informe publicado por Mongolia en su último número, en la sección Reality News (a partir de aquí, si se ríe es cosa suya): “El actual director de Telemadrid, José Antonio Sánchez, era el director general de RTVE al final de aznarato (2002-2004) y pilotó los desesperados esfuerzos para conectar el 11-M con ETA”. Manipuladores, malos gestores y, además, arrogantes y soberbios. El perfil de los saqueadores de la televisión pública madrileña. El lado oscuro.

 

Un motivo para NO ver la televisión

En la orilla

Autor: Rafael Chirbes.

Editorial: Anagrama.

“Todo se fue por los desagües, por los fregaderos, por los retretes, por el agujero de los coños apenas en flor y ya encallecidos de tanto frotar”. Rafael Chirbes habla de la crisis, de los posos del pelotazo, de los esqueletos de empresarios, constructores y políticos que ha dejado el tsunami. “Así pasó el tiempo que te fue concedido en la tierra, amigo promotor. Así lo pasé también yo. Ahora nos toca vivir la vida que llega después de la vida”.

“En la orilla” es la crónica de la decadencia de un hombre, un carpintero, que vivió los años de la codicia en el Levante español. Derrotado, nos cuenta cómo sus colegas se pierden por los sumideros de un sistema exhausto. La gallina de los huevos de oro ha muerto, y los días de gloria han terminado. Desaparecieron los billetes de 500 euros. Y se acabaron los arroces con bogavante, los Mercedes y los yates, las putas y la coca, los “hectólitros de vino de la ribera y whisky de no sé cual de la turberas escocesas”.

Chirbes escribe con un ritmo endemoniado, que agarra al lector por las solapas y le zarandea de manera inmisericorde. Párrafos largos, enormes, agotadores, que dejan sin aliento, con un nudo en la garganta y las tripas en la boca. Chirbes nos cuenta lo que hemos vivido, lo que hemos sufrido, aquello que nos ha llevado a donde estamos: un país miserable, materialista, inculto. Listo para el derribo

La construcción es la base de la novela. La construcción desproporcionada, tramposa, ilegal, inviable. Un ladrillo que ha convertido todo en  escombros, y que ha transformado a los triunfadores en perdedores, arrastrando todo en su caída. Las personas, las empresas, las Cajas de ahorro, los sueños, el futuro. “Es visible el nuevo orden, arriba y abajo bien claros: unos cargan orgullosos con las repletas bolsas de la compra y saludan sonrientes y se paran a charlar con la vecina a las puertas del centro comercial, otros registran los contenedores en los que los empleados del supermercado han tirado las bandejas de carne pasadas de fecha, las frutas y verduras maceradas, la bollería industrial caducada”.

“En la orilla” es un bofetón en toda la cara. La historia de la derrota de un país, de una política económica y social, a través de las reflexiones de un hombre que perdió ganando, que es víctima y verdugo, que resulta engullido por un sistema que no hace prisioneros. No se me ocurre un libro español más recomendable en estos momentos de mierda.