You are currently browsing the El Descodificador posts tagged: Editorial Sajalín


Kentucky seco

 Un motivo para NO ver la televisión

Kentucky seco.

Autor: Chris Offutt.

Editorial: Sajalín.

portada-kentucky-seco_86ug7qw

Viejos que viven en el bosque y se cobijan en la sombra de grandes ciervos de dieciséis puntas. Tipos que despellejan un oso junto al cadáver de sus perros mientras escuchan el aullido de un puma. Rastreadores y cazadores de piel de granito que se esconden de sus mujeres para beber bourbon ilegal, es decir, Kentucky seco. Mineros en paro que se sienten viejos con cuarenta años. Padres que regresan a casa después de haberse tatuado “Blue” y “Lick” sobre los pezones, o que llaman a sus hijos “el renacuajo” y “la furcia”. Y por supuesto tramposos, predicadores, marihuaneros, criadores de cerdos… Los habitantes de los montes Apalaches, esa cordillera que se extiende desde Canadá hasta Alabama cortando el este de Norteamérica como una inmensa cicatriz.

“Vaughn se detuvo, incapaz de recordar por dónde había venido. Se volvió hacia los robles al otro lado de la cresta y sostuvo la piedra entre sus manos. Algo de gran tamaño ascendía la montaña tras sus pasos. Pensó que se trataría del ciervo, pero no oyó chasquidos de hojas ni crujidos de ramas. Vaughn se apretó la piedra al pecho. Sintió que aquella fuerza se aproximaba lentamente y se detenía a sus espaldas. En lo alto se desencadenó la noche. El silencio fluyó a través del bosque”.

Tierra dura que maltrata a sus habitantes. Tierra de grandes escritores, como Dennis Covington (Salvación en Sand Mountain, Dirty Works), Ron Rash (Un pie en el paraíso, Siruela), J.D. Vance (Hillbilly, una elegía rural, Deusto) o incluso Robert Moor (En los senderos, Capitán Swing). Tras leer los nueve relatos incluidos en este “Kentucky seco” uno se pregunta si Chris Offutt no será el mejor de todos ellos. Y es que todos estos relatos rozan la perfección. Construidas a partir de personajes en apuros, sin grandes proyectos de futuro y con un pasado que les lastra, las historias son formidables. Siempre con la tensión adecuada, en escenarios naturales de agreste belleza, junto a animales peligrosos, individuos deleznables o recuerdos tristes.

“Siguió mirándome como si yo fuese una especie de serpiente negra a la que se supone no tienes que matar porque si lo haces las ratas acabarán devorándote. Papá decía que una vez, de pequeño, cortó por la mitad una serpiente negra y su padre lo ató a un balde y lo hundió en un pozo por haberla matado. Papá vio salir las estrellas y luego se hizo de día. Ahí abajo estaba más oscuro que en las entrañas de una vaca y las paredes del pozo de ladrillo resbalaban como el pomo de cristal de una puerta. Papá me contó que en el juzgado también hay pomos de cristal, y debe saberlo muy bien porque ha ido un montón de veces; de hecho, por eso tengo que hacer ahora estos tests de precocidad”.

El escritor de Kentucky conoce de qué habla. Ha trabajado y cazado junto a los protagonistas de sus historias, ha bebido acodado en las mismas barras y, seguramente, ha sido perseguido por los mismos fantasmas. Una colección recia de relatos sin concesiones, sin piedad, sin fisuras, que nos ayudan a entender la vida en la Norteamérica interior, ese país muchas veces oculto, siempre acongojante. Excelente traducción de Javier Lucini para un libro sobre perdedores que se lee con desasosiego y deja el regusto dulce de las obras clásicas.

La tele

El mundo de la televisión puede llegar a ser, a nivel informativo, tremendamente monótono y aburrido. Audiencias, banalidades, estrenos soporíferos, tertulias insoportables… Se lo dice alguien que ha sido responsable durante más de doce años de El Descodificador, un blog dedicado a la pequeña pantalla y aledaños. Por eso resulta tan emocionante como gratificante encontrar una noticia de esas que te reconfortan el espíritu, te devuelven la fé en el ser humano y te obligan a volver a creer en la grandeza de la televisión, el medio de comunicación más poderoso de todos los tiempos.

Félix Millet, expresidente del Palau de la Música condenado a un año de cárcel por tráfico de influencias en la tramitación urbanística del Hotel del Palau, se llevó a casa, en el momento de salir en libertad, la tele que había comprado en el economato de la prisión de Brians 2 y se saltó una “norma no escrita” de la trena: dejar el aparato a los reclusos que se quedan entre rejas. ¿Estamos hablando quizá de un Bang & Olfsen modelo BeoVision Avant de 85” con definición UHD (4K), iluminación LED directa con atenuación de retroiluminación local 2D valorado en 21.995 euros, sin contar con el soporte y las gafas 3D? No, la tele que se llevó Millet bajo el brazo era un aparato rudimentaria sin carcasa posterior, especial para las celdas, que cuesta unos 150 euros.

9178928723_059c899926_b

Que un empresario de la categoría de Millet, miembro de la empresa inmobiliaria Renta Catalana, presidente de la Agrupació Mútua y de Bankpime, vicepresidente tercero de la Fundación FC Barcelona y miembro de la Fundación Pau Casals y del patronato del Institut Catalunya Futur, además de flamante Premio Cruz de San Jorge, rompa con las leyes no escritas del trullo, se juegue el pescuezo y se quede con una televisión rudimentaria e incompleta de 150 pavos demuestra cuán importante era ese electrodoméstico para él. Los tiene bien puestos este Millet, un tipo duro capaz de ganarse la enemistad de cientos de reclusos por una tele chunga.

Seguro que Millet es de los que nada más cruzar la puerta de casa ponen la tele. Para estar acompañado. La gente con dinero a veces está muy sola. Su egoísmo suele ser ilimitado, descomunal, pantagruélico. Ahí tienen al padre de Neymar, el delantero brasileño que se embolsó 40 millones al fichar por el Barcelona y disfruta de un salario anual de 8,8 millones de euros, amenazando a la Agencia Tributaria: “Si no tenemos una situación fiscal confortable nos iremos”, ha dicho Neymar senior en Radio Barcelona (Cadena SER).

¿Una situación fiscal confortable? Deseo todo el confort del mundo al señor Neymar senior, un tipo acusado entre otras cosas de evasión fiscal, de estafa y de cobrar comisiones con orgías. Y un buen viaje. Espero de todo corazón que, si se queda, no tenga que ver nunca los partidos de su hijo en una tele de 150 euros. Es de los que al salir se la llevaría…

Un motivo para NO ver la televisión

Gallo de pelea.

Autor: Charles Willeford.

Editorial: Sajalín.

la foto

Frank Mansfield tiene 32 años y un objetivo en la vida: convertirse en el mejor gallero de los Estados Unidos. Su obsesión por las riñas de gallos finos es tan grande que ha hecho un voto de silencio: no dirá una sola palabra hasta que gane el Premio al Gallero del Año. Mudo, Mansfield recorre los rings del sur recóndito, la Georgia racista y rural de los años cincuenta, con la boca cerrada y las jaulas repletas de aves pendencieras. En la primera parte del libro le acompaña una guitarra Gibson acústica: nuestro hombre es un bluesman autodidacta original y brillante que, lamentablemente, dispone de un repertorio de solo tres canciones. En la segunda tiene un socio, que le ayuda a entrenar a sus animales, auténticos purasangres con plumas.

“Gallo de pelea” cuenta la historia de un hombre obcecado por lo que considera un deporte (“Una riña de gallos no puede amañarse… en ningún otro deporte en los Estados Unidos apostará en condiciones tan decentes”), con una filosofía vital a la que dedica todo su dinero y sus energías. “En el 320 a.C. un viejo poeta llamado Chanakia escribió que el gallo le enseña cuatro cosas al hombre: a pelear, a levantarse temprano, a comer con su familia y a proteger a su esposa cuando se mete en problemas. Yo había aprendido a pelear y a levantarme temprano, pero nunca me había llevado muy bien con mi familia, ni tenía esposa a la que proteger”.

El autor de esta obra de carretera y picaresca es el norteamericano de Arkansas Charles Willeford, un tipo polifacético que se dedicó a escribir tras vivir la Gran Depresión, luchar en la II Guerra Mundial, boxear, pintar, actuar y entrenar caballos de carreras. Sabe lo que dice cuando habla de perdedores, de soñadores y de la supervivencia en los bajos fondos. Reconocido autor de novela negra, Willeford escarba en las entrañas de la gente y describe de maravilla a aquellos personajes que no tienen demasiado futuro: “Su cara me recordó a un pedazo de piedra roja labrada toscamente por un escultor aficionado y abandonada mucho tiempo a la lluvia y demás inclemencias del tiempo”.

Al terminar este libro el lector se ha convertido en un experto en peleas de gallos. Conoce las diferentes razas de aves, los procesos de selección y las fases de entrenamiento, su alimentación, cuidados y pesos de combate. Y sabe cómo montar los espolones para la pelea, cómo realizar las sueltas en la arena, en qué condiciones se realizan las apuestas… ¿Cómo es posible que un tema tan lejano y minoritario resulte tan fascinante? Porque “Gallo de pelea” está tan jodidamente bien escrito que mientras lees puedes oler el polvo que levantan los pollos al luchar. Que es casi como oler la gloria.

“A fin de cuentas, el gallo que cacareó después de que Pedro negara a Jesús tres veces ¡era un gallo de pelea! Eso cuenta la Biblia y es un pasaje importante de narices”, sentencia Willeford en esta obra maestra de la Norteamérica profunda.

.

 

Los reyes del ring

“Tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él”. Immanuel Kant.

El post de hoy va de grandes números, enormes anillos y gruesos collares, descomunales limusinas, montones de millones de dólares… El post de hoy va del combate del siglo, una pelea a puñetazo limpio entre dos seres humanos evolucionados retransmitida por una gran cadena de televisión a un precio módico, o quizá no tanto: 12 euros en España, una pasta, 99 dólares en Estados Unidos, algo sencillamente acojonante. La recaudación del PPV: 300 millones de dólares. Normal. Se trata, dicen, del evento más exclusivo de la historia del deporte, aquel que enfrentó al norteamericano Mayweather y al filipino Pacquiao.

Captura de pantalla 2015-05-03 a la(s) 21.02.40

Canal + montó un set con público en el que no faltó nadie: estaba incluso Ramoncín. “Se pegan como si se debieran dinero”, dijo uno de los comentaristas del combate del siglo. “Le está cayendo la del pulpo”, añadió otro especialista. Lenguaje tabernario para un evento cuya importancia radica en las cifras: “una bolsa garantizada de entre 250-300 millones de dólares, 74 millones de taquillazo por 16.800 butacas, los 2.3 millones del pantalón de Pacquiao, los 5.7 de la cervecera Tecate en el centro del ring, los 35 millones en derechos internacionales que se han pagado desde los 150 países donde se retransmite, los 390.000 dólares pagados por alguna butaca de ring side…. En Filipinas la verán entre 96 y 98 millones de personas en abierto y en México más de 60 millones por Azteca y Televisa -ocasión única- con unos minutos de retraso. Porque una entrada que valía 10.000 dólares está en la reventa a más de 150.000 y es de las medianas, porque la más barata costaría 45.000 dólares en la reventa”.

El post de hoy va, decía, de grandes números, enormes anillos y gruesos collares, descomunales limusinas, montones de millones de dólares… Pero no solo de eso. Ni tampoco de la violencia primitiva e irracional que acompaña a un combate de boxeo, deporte despiadado que practican individuos sin futuro (“Mientras haya pobres, habrá boxeo” José Sulaimán, ex presidente del Consejo Mundial de Boxeo), generalmente hispanos, afroamericanos o asiáticos, para regocijo de aficionados a la furia y la crueldad de diferentes calañas. Mientras me disponía a ver el combate, por si el acontecimiento televisivo de la década merecía una reseña, recordé una noticia de esas que te ayudan a volver a creer en el ser humano: “Una acalorada discusión sobre la filosofía de Kant, termina en un tiroteo sangriento”.

Captura de pantalla 2015-05-03 a la(s) 19.10.07

Dos hombres se pelean no por una bolsa de millones de dólares, sino para dilucidar cual de los dos era el más fiel seguidor del filósofo alemán. ¿No es emocionante? “Yo le admiro más que tú”, diría uno al tiempo que soltaba un gancho de derecha. “De ninguna manera, yo le admiro más”, insistiría el otro mientras le quitaba el seguro a la pistola. Argumentos a la altura del pensador europeo, defensor de la idea de que “la felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación”.

No sabemos quién ganó la pelea de Rusia, los auténtico reyes del ring. La de Las Vegas, Mayweather, bautizado como “el rey del pay per view”.

 

Un motivo para NO ver la televisión

Los reyes del jaco.

Autor: Vern E. Smith.

Editorial: Sajalin.

jaco

Terminé de leer “Los reyes del jaco” y comencé a ver el combate entre Mayweather y Pacquiao. Todos los personajes de este libro hubiesen vendido su alma al diablo, si Satanás hubiese querido para algo semejantes colección de espíritus podridos, por asistir a esa velada. Una velada en la que, por cierto, no habrían desentonado lo más mínimo pese a situar sus vidas en el comienzo de los años 70. Concretamente en el Detroit de 1972. Tipos con abrigos de chinchilla, grandes joyas en los dedos y el cuello, botas de cueros exóticos, cochazos tapizados con imitaciones de piel de leopardo en los que los altavoces escupen canciones de los Temptations

Negra sobre negros. Así es esta novela demoledora, que se lee como se aspira una raya de buena coca, con los ojos como platos y esa ansiedad que provocan los placeres salvajes. Una novela directa como un gancho al hígado, sucia como los picaderos de droga en cadena por los que corren las ratas, demoledora como un chute de heroína de Nueva York, sin cortar, sin lactosa, sin piedad. “Los reyes del jaco” es un viaje a los Estados Unidos del año en que Lou Reed lanza “Transformer”, su primer disco en solitario, ese que arranca con “Vicious” e incluye un paseo por el lado salvaje. El Brooklyn del cerebro de la Velvet Underground no estaba mal, pero era un balneario para jubilados si lo comparamos con los suburbios de Detroit, barrios miserables sembrados de camellos, chulos y lumis en los que todo el mundo procuraba llevar al menos una Magnum del 47 en el bolsillo. Barrios pobres en los que mandaban los reyes del jaco, los que estaban y los que querían sustituírles.

“Dijo que un traficante cualquiera le saca más pasta a treinta gramos de heroína que él a diez putas. Todavía recuerdo los tiempos en que los chulos eran los reyes. Ahora solo hay reyes del jaco”. Willie McDaniel reina en el negocio de la heroína, pero el joven Lennie Jack quiere su trono. Jack da el palo a McDaniel, lo que significa gloria o muerte. La policía mete la nariz en el asunto. Y todo se enreda, se complica, se cubre de polvo y sangre, en una aventura protagonizada por personajes brutales capaces de hacer cualquier cosa por salvar su culo.

Personajes como T.C. Thomas, “el increíble hombre de las pipas”. Aquí le tenemos, con una bolsa de pollo frito Church al volante de un Fleetwood amarillo: “Llevaba su habitual abrigo de visón de tres cuartos y la Magnun del 357 en la cintura. En el coche había otras diez armas de fuego: dos Magnum debajo del asiento; otra escondida en la guantera bajo un montón de servilletas de papel; una 45 y una 32 bajo el asiento del acompañante; un par de 38…”. Un tipo desconfiado. O precavido. O ambas cosas.

“Los reyes del jaco” es mucho más que una historia de drogatas en el Detroit de comienzos de los setenta. Es una historia de ambiciones y violencia en un mundo en descomposición, en el que suenan por igual canciones de Aretha Franklin y disparos de escopeta. Mueren algunos hombres y mujeres. Otros mienten, delatan, engañan, roban… Supervivientes que se mueven, sin futuro y armados hasta los dientes, en un submundo oscuro, apestoso y sangriento en el que quien en verdad reina es el caballo. Vernon Emile Smith lo cuenta de la mejor manera posible, dejando al lector aturdido, sorprendido, sin aliento. Un clásico absoluto.

CC

Nada es lo que parece

Final de la Champions entre Real Madrid y Atlético de Madrid. En el minuto 121, con el partido decidido a favor de los merengues gracias a un contundente 3-1, Cristiano Ronaldo marca de penalti el cuarto gol de su equipo. Enloquece. Se quita la camiseta, pone cara de increíble Hulk, y tensa su cuerpo mostrando un catálogo de músculos solo comparable al del Aznar playero. ¿La reacción animal de un futbolista de raza diseñado para ganar? ¿La exhibición desproporcionada de una estrella descerebrada, de un deportista gañán? ¿La explosión física de un atleta perfecto? ¿Una desafortunada ostentación de fuerza y poder? Ni una cosa ni la otra, sino todo lo contrario. Se trataba de una maniobra premeditada, estudiada, medida. Cuestión de marketing: CR7 se desnudó, tensó su torso y se dirigió a una cámara concreta, de cine, que se dedica al rodaje de “Ronaldo, the movie”, una película sobre la vida del futbolista portugués.

Real-Madrid-v-Atletico-Madrid-Cristiano-Ronal_3147308

Nada es lo que parece. Rubalcaba comparece ante los medios tras la dolorosa derrota electoral del PSOE en las elecciones europeas. Y con firme voz varonil, todo digno, hace una feroz autocrítica que finaliza con esta frase: “He elegido la opción de irme…”. Pero en realidad quiso decir lo que había afirmado sólo tres minutos antes: “Seguiré como secretario general hasta que el partido decida quién me sustituye”. Es decir, que piensa marcharse sin irse y, para que queden claras sus intenciones, torpedea las primarias para controlar la sucesión. Que está por el cambio, vamos.

Nada es lo que parece. Hacienda ha llegado a la conclusión de que la familia Mato-Sepúlveda recibió 477.000 euros en cohechos de la trama Gürtel: dinero efectivo, participación en empresas y pagos de viajes, fiestas y regalos para él, sus hijos y su mujer. ¿Responsabilidad moral de la ministra? ¿Dimisión? No, por dios… La cantidad no declarada a Hacienda no supera el límite para considerarse delito. La responsable de Sanidad recibió regalos por su condición de esposa y, por tanto, se le deben computar a Jesús Sepúlveda, responsable electoral del PP durante años.

sepulveda_ana_mato

¿Nada es lo que parece? Rita Barberá no se considera “una ratita de la política”. ¿Acaso no le gustan los diminutivos?

20585-620-282

¿Nada es lo que parece? El ministro del Interior Fernández Díaz elige el Valle de los Caídos para “meditar”. Un miembro del Gobierno de España se retira a un mausoleo fascista, en coche oficial y con escoltas, para encontrase a sí mismo. Pues eso.

o-FERNANDEZ-570

 

Un motivo para NO ver la televisión

Huida del corredor de la muerte.

Autor: Edward Bunker.

Editorial: Sajalín.

9788494236723

Cuando creía haberlo leído todo de Edward Bunker, mi escritor con antecedentes penales favorito, cuando ya no esperaba nada más del género carcelario, cuando pensaba que sabía todo sobre la sórdida vida intra muros… llega editorial Sajalín y edita esta maravillosa “Huida del corredor de la muerte”. Se trata de una colección de relatos de diferente tamaño, desde unas pocas páginas a media novela, con unos protagonistas inolvidables: los inquilinos más duros, más golpeados y ultrajados, de la prisión de San Quintín, aquellos a los que llaman “muertos vivientes”. Folsom era El Hoyo. Soledad la Escuela de Gladiadores. Y San Quintín la Casa de Drácula, “una masa de cemento y acero en rápido crecimiento en una península del condado de Marin, con vistas a una parte de la bahía de San Francisco”. La sede del corredor de la muerte.

¿Es posible fugarse de la antesala de la muerte, del lugar previo a la ejecución? Seguramente no, pero de cualquier modo merece la pena intentarlo. “Estar en el corredor de la muerte tenía una parte surrealista, algo onírico, algo increíble”, escribe Bunker en el fantástico relato que da título a este libro. Añada a esa historia la de un negro que, tras cometer un delito leve y acabar con sus huesos en la trena, ve cómo su vida se complica y su condena aumenta. “Dios, que vida más jodida la de un hombre negro y fuerte en Estados Unidos si era pobre, y los únicos que no eran pobres eran aquellos que cantaban y bailaban para los blancos, o que se encargaban del correo”.

O esa otra en la que un convicto sólo piensa en vengarse, en hacer justicia a un amigo: “Voy a matar a uno de esos cabrones hijos de puta”, dice un Eddie Johnson que se muere por matar. Y así hasta seis relatos que nos devuelven a Bunker, un escritor salvaje capaz de dar los mejores consejos (No cometas el crimen si no puedes cumplir la condena) y también los peores (El subidón de adrenalina al acabar un robo con éxito era mejor que el sexo, mejor que las drogas). Un libro póstumo repleto de maldad, de rencor y de violencia, protagonizado por hombres sin futuro. Digno del mejor Bunker.