Lenguaje corporal

El último barómetro del CIS confirma aquello que nos temíamos: la decepción del ciudadano con los políticos sigue en aumento. La valoración de estos últimos no cesa de bajar: ningún ministro aprueba y algunos se estrellan clamorosamente, como un José Ignacio Wert que solo consigue un patético 3,19. ¡Se quedó sin beca! Rajoy también sufre un duro castigo, puesto que pierde cuatro puntos con respecto al 20-N y queda por debajo de un Rubalcaba que encabeza la oposición. Algo deberían hacer nuestros líderes para mejorar su imagen, para conseguir la atención del pueblo. ¿Trabajar más y mejor? ¿Mentir menos? No van por ahí los tiros. Me explico…

El debate televisado era importante, puesto que reunía a los cuatro políticos del momento en México: los candidatos presidenciales de cara a las elecciones del 1 de julio. Pero los telespectadores no prestaron atención a sus propuestas económicas, sus promesas de bienestar o sus alternativas al desempleo. Nadie recuerda las palabras de los políticos, ninguna de sus reflexiones pasará a la historia. Sin embargo todos los mexicanos hablan de una mujer que, en lo que fue una actuación sin guión de apenas 24 segundos, repartió un sobre a cada candidato. Un generoso escote y un pecho prominente hicieron el resto. Julia Orayen, portada de Playboy México en su edición de septiembre de 2008, eligió personalmente el vestido blanco y muy ceñido, largo hasta los pies y con una abertura en la espalda, con que apareció en pantalla. Y acertó: los medios de comunicación mexicanos no han hablado de otra cosa en los últimos días. Incluso alguno de los candidatos se despistó al mirarla de reojo…

Parece evidente que los contenidos políticos están sobrevalorados. Estamos cansados de promesas. Hemos dejado de confiar en el pensamiento y la palabrería. Buscamos algo nuevo en que creer. La conejita Julia ganó el debate de las ideas sin abrir la boca, sin decir ni pío, con un vestido reprieto y unos senos generosos como únicos e incontestables argumentos. Puritito lenguaje corporal, que diría un analista político mexicano.

 

P.D.

 

Un motivo para NO ver la televisión

La historia de mi gente.

Autor: Edoardo Nesi.

Editorial: Salamandra.

Edoardo Nesi es un escritor que codirigía junto a su familia una empresa textil en la Toscana. Un buen día venden el negocio, y durante el bajón posterior analiza las circunstancias que les han llevado a tomar esa decisión. Comienza por los buenos tiempos de la industria textil, aquellos que incluían la conquista del gran mercado chino. Y termina con la crisis causada por una globalización “sin gobierno y sin derechos”, que desemboca en la invasión de productos chinos. Cita a Fitzgerald: “Por eso dejo ahora mi ciudad perdida. Ya no susurra fantásticos éxitos y eterna juventud. Todo está perdido, salvo el recuerdo”

Nesi está muy cabreado: su concepto de progreso, basado en los negocios locales y familiares que generan riqueza para toda la comunidad, parece obsoleto. El nuevo modelo desprecia tanto la calidad del producto como al trabajador. Solo busca la rentabilidad más elevada. Sus excelentes telas no podían competir con los baratos trapos chinos.

“Quién sabe si hubo un momento, una hora, un día en que llegamos a la cúspide de nuestras vidas económicas y, desde entonces, nuestros sueños se volvieron quimeras; nuestros éxitos, privilegios; nuestro futuro, una medida imaginaria. Quién sabe si es posible apuntar con el dedo y señalar una fecha que haya que recordar y transmitir a nuestros hijos e hijas como el día en que todo lo que siempre había ido bien empezó a ir mal”.

Una brillante historia autobiográfica, en ocasiones emocionante y lírica, siempre comprometida, que ayuda a entender estos tiempos de depredación y desprecio por el trabajador y el trabajo bien hecho.

Se salda tele autonómica, razón Espe

Esperanza Aguirre ha confesado estar cansada de Telemadrid. Como cualquier madrileño. “Estoy deseosa de quitarla”, dijo el pasado mes de noviembre en la Cope. Y yo la entiendo perfectamente. “¡Me estoy quitando, solamente me pongo de vez en cuando!”, cantaban Tabletom. ¿Quién no se cansa de aduladores y mamporreros? ¿Quién no quiere “quitarse” el principal instrumento de manipulación a su servicio? ¿A qué político no le gusta liberarse de un aparato de tergiversación y desinformación tan importante y eficaz? La presidenta de la Comunidad de Madrid no es de esos políticos rastreros que utilizan los medios de comunicación como arma de propaganda. No señor. Aguirre no es de esos líderes que pretende impone su manera de pensar. De ninguna manera. Nada tiene esta mujer que ver con esos politicuchos capaces de convertir el dinero de los ciudadanos en información sesgada y partidista. Ni hablar.

Si Aguirre no fuese una de las personas más integras y decentes de la política mundial podríamos llegar a pensar que quiere deshacerse de Telemadrid sin deshacerse de ella. Es decir, que quisiese dar un pase negro digno del mismísimo Udini, que le permitiese continuar aprovechando la parte buena de la cadena, la propaganda, sin apechugar con la parte mala, una  gestión que causa déficit. ¿Cómo se consigue semejante prodigio del birlibiloque? Muy fácil: “pasando” la cadena a algún amiguete, que la rentabilice económicamente pero le garantice el control editorial de la misma. Puro arte.

El nuevo “dueño” de Telemadrid tiene que ser un empresario de altura, con dinero, prestigio, carisma y afinidad ideológica con Aguirre. Llegará dispuesto a hacer una limpia de personal, para poder ganar dinero cuanto antes, y tendrá en la cabeza una programación de calidad, basada en productos de saldo: películas españolas de Pajares y corridas de toros. Intelectualmente podría parecer que Jiménez Losantos es el mejor colocado, pero por lo visto carece de archivo cinematográfico. Enrique Cerezo, presidente de mi querido Atlético de Madrid y propietario de un grandioso fondo de películas viejunas, ofrece un perfil de ensueño.

Aguirre renunciaría definitivamente al servicio público que teóricamente presta Telemadrid, vendiendo la frecuencia y privatizando totalmente su gestión pero manteniendo la titularidad pública. ¿El precio de la transacción? Las personas de buena familia no hablan de dinero. Como es difícil calcular el precio razonable a pagar por una televisión pública regional ruinosa, lo suyo sería regalarla. Y todos contentos…

Mirando para Cuenca

Dicen que la televisión es un reflejo de la realidad, un espejo en el que ver pasar la vida. De ser esto cierto, que podría ser, las cosas están mucho peor de lo que nos imaginábamos. Hace un año por estas fechas, La Sexta emitía imágenes de un Fernando Alonso que, al volante de un resplandeciente Ferrari rosso corsa, subía al podio en el Gran Premio de Turquía. El pasado viernes esa misma cadena estrenó “Famosos al volante”, con Falete subido a una furgoneta gris estropajo de la autoescuela San Cristóbal. Ni siquiera llevaba abrochado el cinturón de seguridad. Hemos pasado del lujo, el glamour y el presupuesto de la Formula 1 a los suspensos de una flamenca en los exámenes teóricos de un programa de saldo. Pedazo de crisis.

Pasar de Alonso a Falete no es dar un paso atrás, es tirarse de cabeza desde el Empire State. “Famosos al volante” es un programa tremendamente cutre, insólitamente gañán, estremecedoramente sórdido y, sobre todo, escandalosamente malo. Cuesta trabajo imaginar un reality de perfil más bajo, de menor nivel. Es difícil pensar en una televisión peor. Un grupo de famosetes de serie C (¿Quiénes son Soraya, Agustín Jiménez o Rafa Méndez?) intenta sacarse el carné de conducir con el método supuestamente revolucionario de una autoescuela de Cuenca.

Acabáramos: La Sexta intenta poner al telespectador mirando para Cuenca. La ciudad castellano manchega se ha convertido en la meca de la enseñanza y el adiestramiento al volante. Y es que la autoescuela San Cristóbal utiliza un método intensivo que se basa en la convivencia durante 15 días de todos los alumnos aspirantes. Purita tele realidad. El resultado, absolutamente soporífero, ni siquiera es apto para todos los públicos: “¡Me cago en la hostia puta… ¿Qué pollas haces aquí?”, le dice el profesor, un supuesto genio, a uno de los alumnos. “¡Te pego una hostia con la mano abierta que te arranco la cabeza!”, sentencia el grandioso pedagogo.

Programas como éste nos advierten de la desaceleración sufrida por la televisión en España. No hay dinero, dirán. De acuerdo, pero tampoco hay talento. Ni siquiera controles de calidad: “Famosos al volante” es un sub producto que no debería pasar los filtros de ninguna cadena. No debería emitirse, no debería rodarse, ni siquiera debería imaginarse. En primer lugar porque es la escoria de la escoria, una copia defectuosa del lado menos imaginativo y más chusco de la ya mediocre y chusca telerealidad. Y en segundo, porque está condenado al fracaso: un rácano 3.2% de audiencia en el día de su estreno, apenas 540.000 espectadores, le auguran el futuro que se merece.

 

Un motivo para NO ver la televisión

Actúa

Varios autores.

Editorial Debate.

Están todos ustedes invitados…