Derecho de cita

Dos grandes enfrentamientos judiciales han tenido en vilo a los españoles durante los últimos días. Por un lado, el Juzgado de lo Social número 16 de Madrid ha desestimado la demanda por despido improcedente presentada por Luis Bárcenas contra el Partido Popular, por la que le reclamaba 900.000 euros por despedirle en enero de 2013 y no en 2010, como sostiene la secretaria general María Dolores de Cospedal. Parece que no hay pruebas suficientes para demostrar que el ex tesorero estuvo trabajando hasta la fecha que él dijo, y que sólo fue despedido cuando se conocieron sus cuentas en Suiza.

Por otro lado, Atresmedia y Mediaset han llegado a un acuerdo de compensación para eludir el juicio que enfrentaba a los dos tentáculos del duopolio audiovisual español por las imágenes que el programa de La Sexta “Se lo que hicisteis” utilizó durante años sin permiso.

Hasta el 20% de “Se lo que hicisteis” eran contenidos de Telecinco. Para rapiñar esas imágenes, por supuesto sin pagar un duro, La Sexta se basaba en que era “una costumbre ampliamente asentada en el sector audiovisual” para difundir contenidos. Se convirtió en un muy rentable contenedor de basura, hasta que la cadena de Vasile reclamó que estaban vulnerando la Ley de Propiedad Intelectual. Basura, sí, pero con derechos de autor.

El llamado “derecho de cita” ha creado muchas confusiones en este país. La Sexta puso por la cara a su servicio el trabajo, miserable trabajo, bien es cierto, de Telecinco. Frases, citas, de Mermelada (Jorge javier Vázquez), de las que se descojonaban. Cospedal cita de manera simulada y en diferido a Bárcenas. El ex tesorero y los directivos de La Sexta tenían una cita en los juzgados. Pero tranquilos que la sangre en ningún caso llega al río: perro no come perro.

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Un motivo para NO ver la televisión

En un metro de bosque.

Autor: David George Haskell.

Editorial: Turner.

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David George Haskell es biólogo y profesor en la University of the South of Tennessse. Y un gran narrador. Y un observador minucioso. Y un tipo con paciencia y sensibilidad. En este maravilloso libro, subtitulado “un año observando la naturaleza”, cuenta cómo son las cosas en su mandala, un círculo de algo más de un metro de diámetro situado en la ladera arbolada de un bosque primario, en las colinas del sureste de Tennessee. Nuestro hombre visita cada día el lugar, soportando las nieves invernales y los calores veraniegos. Se acerca al suelo para sentir la tierra, el musgo, para ver los detalles de los diminutos insectos, el vuelo de las esporas de los hongos. Oye el canto de las aves, siente la presencia de mamíferos. Las reglas son sencillas: “Visitarlo a menudo y observar el transcurso de un año; guardar silencio, molestar lo mínimo; no matar, no mover de sitio los animales y no cavar en el mandala ni arrastrarse por él. Servirse prudentemente del tacto de vez en cuando es suficiente”.

Un año en un metro de naturaleza. La clave es que David George Haskell lo cuenta de maravilla. Es un científico, pero también un poeta. Cada detalle aparentemente menor da lugar a cuatro o cinco páginas memorables: Semillas andantes, helechos, la motosierra, unas huellas, el tritón y el coyote, bestiario subterráneo, las copas de los árboles… Grandes descripciones de pequeñas gestas naturales.

“La vida de las musarañas es breve y violenta. Solo una de cada diez vive más de un año y las demás acaban quemadas por su metabolismo febril. Las musarañas respiran tan frenéticamente que no pueden sobrevivir demasiado tiempo en la superficie. En un ambiente seco, su respiración escandalosamente rápida las desecaría y mataría”.

 

 

¿Sobra información?

Tras pasar toda la semana viendo basura, el crítico de televisión necesita el fin de semana para desintoxicarse. Por eso apaga el electrodoméstico, sale a disfrutar de las calles y busca un quiosco donde comprar un periódico. El mejor periódico. El País, ¿no? Es domingo, y son 2,50 euros, una cifra importante. Pero hay que olvidarse de la tele y disfrutar de información de calidad. El crítico arrincona el suplemento dominical, un catálogo de publicidad, y arranca la lectura como en los viejos tiempos: por detrás.

Mierda. En la contraportada de El País del domingo Juan Cruz entrevista a Jorge Javier Vázquez, el presentador de “Sálvame”, el carroñero estrella de Telecinco. Esta cadena forma parte de Mediaset, empresa socia de PRISA, la editora de El País. Como Juan Cruz es sobre todas las cosas un hombre de empresa, me temo lo peor. Arranca la entrevista…

- ¿Cómo está?

- Decir feliz me parece prepotente o vanidoso…

Y así se desarrolla la entrevista estrella, la contra, del país del domingo. De manera ligera, superficial, babosilla. “Dicen que soy muy soberbio y vanidoso; creo que es timidez, instinto de protección… Me gustaría decirte que luego me pongo hasta arriba de dry martinis; pero me vuelvo a casa, tienes que descansar, es que si no lo resistes…”. Jorge Javier Vázquez parece no tener nada que decir, quizá porque Cruz no tiene nada que preguntar. Un precioso espacio perdido, papel para tapar el arroz mientras reposa. No es lo que yo busco en la prensa del fin de semana…

Podríamos pensar que la televisión contamina. Que mancha lo que toca. Que es imposible hacer nada digno partiendo de un aparato tan ultrajado, tan maltratado, tan denostado, tan torticeramente utilizado. Pero puede que no sea suya toda la culpa, y que los diarios hayan dejado de ser referencia informativa. ¿Acaso quedan referencias informativas? Tal vez la cantidad, toneladas de noticias, entrevistas y opiniones de medio pelo discurriendo a saco por las redes, hayan sustituido a la información de calidad. Puede que a nadie le interese ya la información. Que prefieran estar simplemente entretenidos. Jorge Javier Vázquez fue entrevistado en El País en 2011. Y también en 2012. Y su último libro fue reseñado en Babelia en 2103. En la foto, el presentador durante su trabajo en Telecinco…

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Maurizio Carlotti, vicepresidente del Grupo Atresmedia, ha sugerido que los informativos de televisión de la noche sobran. Durante su participación en los Cursos de Verano de El Escorial ha dicho que esos telediarios nocturnos “no introducen novedad”. “Es invitar a cenar a uno que ya ha cenado, uno que pica algo por cortesía”, asegura Carlotti.

¿Sobra información?

 

Un motivo para NO ver la televisión

Johnny Winter

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Ha muerto el más feroz de los grandes bluesman blancos. Nació en el 44 en Texas, tocaba la guitarra de una forma tan salvaje como Hendrix, era tan técnico como Stevie Ray Vaughan, tenía el feeling de Albert Lee… jamás hizo una concesión comercial, nunca abandonó la carretera, siempre amó el blues sobre todas las cosas. Era un prodigio, un titán escondido en el cuerpo frágil de un niño tatuado. Y grabó algunos discos mágicos que nos quedan para siempre. ¿El mejor? Entre sus cuatro primeros y magníficos álbumes quizá destaca el que significó su debut en estudio, allá por el 69. Se llama “Second Winter”, y en su versión Legacy Edition incluye un directo en el Royal Albert Hall en 1970. Una memorable descarga eléctrica.

Sangre sabia

Si mira la fotografía de portada de El País, diario monárquico de izquierdas, del pasado miércoles, verá a una reina. Que se dice pronto. La señora de la imagen trasmite una serenidad, una sabiduría, una elegancia y una grandeza solo al alcance de las grandes estirpes de monarcas. ¿No es cierto? Una raza especial, un linaje único, los elegidos. Nadie se atrevería a imaginar que esa mujer de mirada divina, rígido semblante y enorme abolengo un día fue humana, como usted y como yo, e incluso pisó un excremento de perro en la calle Leganitos. Y fue periodista, como un servidor, y trabajó en una redacción rodeada de plebeyos dicharacheros, vulgares ciudadanos que la trataban de tú. Es difícil pensar que esa señora de porte sublime, barbilla elevada, nariz y mirada regias, un día fue una ciudadana de a pie, bebió cerveza directamente de la lata, se fumo un piti, se puso un DIU, se zampó un grasiento bocata de calamares, soltó un “¡Será hijo de la gran puta!”, se rascó el ojete y hasta se tiró un sonoro pedo trompetero. Nadie lo diría, ¿verdad?

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La sangre es sabia. Y la de Letizia, más. Si usted creía que los reyes eran especiales, lo mejor de la raza humana, los intocables del primer mundo, seres exclusivos de otra galaxia, elegidos para la gloria, estaba usted muy equivocado. Las mutaciones son posibles, las metamorfosis se producen. Una transformación inversa se pudo ver en Shrek, con la princesa Fiona transformada en ogro mediante un hechizo. Es decir, que incluso usted podría ser, si se diesen las circunstancias adecuadas, rey o reina.

La sangre azul, las cosas de que se entera uno, no es un don hereditario. Es un tinte. Cuestión mental: si te crees reina, poco a poco los eritrocitos y los leucocitos, y demás componentes sanguíneos, se pigmentan del tono primario de las nubes, el mar y la camiseta de la selección italiana (azzurra). Si uno lo desea con todas sus fuerzas, y cuenta con el apoyo del rancio abolengo y la gran alcurnia, la vulgar ciudadana puede dejar de serlo y convertirse en reina. La columna vertebral se estira, como a Michael Jackson en el vídeo de Thriller, la plebeya grasa desaparece del cuerpo, la mirada se torna fría, de azor, el pellejo se estira como un tambor, y la forma de pensar, de hablar, de expresarse, se engrandece: en el caparazón de una vulgar presentadora de telediarios se escondía toda una reina.

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Un motivo para NO ver la televisión

Cuadernos rusos (La guerra olvidada del Cáucaso).
Autor: Igort.
Editorial: Salamandra.

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Todo comienza con el asesinato, el 7 de octubre de 2006, de la periodista de 48 años Anna Politkòvskaya. La dispararon en el ascensor de su casa en Moscú. El autor de esta novela gráfica visita el edificio, entra en el ascensor, sube hasta el piso de Anna, porque quiere ver con sus propios ojos el lugar del crimen, recordar el día en que “quedó desenmascarada la verdadera naturaleza de una dictadura disfrazada de democracia”.

Democradura. Así llama al régimen de la Gran Madre Rusia Igort, autor de obras tan conocidas como la serie “Baobab”, “Sinatra”, “Casino” o “Fast Waller”, esta última con textos de Carlos Sampayo. El dibujante ha pasado casi dos años entre Ucrania, Rusia y Siberia “con el propósito de comprender y recabar información” para esta obra. Un cómic, un trabajo periodístico, y un relato estremecedor sobre las mentiras de un Gobierno y la tragedia del pueblo checheno.

Periodismo dibujado. Eso son estos “Cuadernos rusos”, un viaje por el lado oscuro de una democracia disfrazada, con tragedias tan brutales como el asedio y asalto al Teatro Dubrovka en 2002 o la matanza de la escuela de Beslán en 2006. Muchas preguntas sin contestar, una gran periodista asesinada y un libro estremecedor.

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24 horas en la vida de Paquirrín

Telecinco emitió anoche, en prime time, un programa especial. Tratándose de la cadena que es, ya puede usted imaginar que no se trataba de un análisis sobre el jazz que se escuchará en los festivales de verano, de un reportaje sobre la situación en Gaza, o de un perfil de la recientemente fallecida escritora sudafricana Nadine Gordimer. Telecinco ofreció anoche a su selecto público un documental, así lo llaman, que abordó los aspectos más destacados de la vida, tanto personal como profesional, de ese cacho de carne con ojos llamado Kiko Rivera. Jordi González moderó un debate sobre el personaje en cuestión, durante la emisión del supuesto documental, vilmente troceado, con colaboradores de los más apestosos pelajes. De diez de la noche a dos menos diez de la madrugada. 230 minutos de telebasura.

Kiko

Si usted es aficionado a los documentales de bonobos de La 2, es posible que sienta curiosidad por ver el especial sobre la vida y milagros del hijo de la Pantoja. Si no está interesado en la etología de los primates ya es más difícil que husmee en la web de Telecino buscando esa joya audiovisual. No tiene ninguna necesidad, yo se lo puedo resumir: Paquirrín, pese a que canta como un gato y pincha como la jeringa de un yonqui ciego, es un artista. No es un vago. Es DJ. Tiene 3o años. Viven en un chalet de 300 metros cuadrados, y tiene un deportivo Audi de 120.000 euros. Lo que no impide que sea un tío sensible y cariñoso. ¿Cómo te gustan las mujeres, Kiko? “Por lo menos que tengan dos piernas”, dice antes de mostrar su lado más humano: “¿Pero quién no ha estado con una mujer fea o con un hombre feo, la guapura hoy en día es muy relativa… A las feas no las sacas a cenar”.

Un día en la vida de Paquirrín es una prueba de fuego para cualquier crítico de televisión. Y de música. Mucho más de lo que un telespectador en su sano juicio pueda soportar. Es lo más cerca que se puede estar de la tortura sin estar incluido en un informe de Amnistía Internacional. Es el esperpento y la burla, la payasada y el disparate, lo grotesco y lo patético. Es la unión de dos energías negativas, la de una cadena repugnante y la de un espantajo humano, con fines crematísticos. Es la televisión más cutre que puedo imaginar, basada en la explotación de un ser humano tan deplorable como desdichado condenado, me temo, al desastre.

 

Un motivo para NO ver la televisión

Bajo cielos inmensos.
Autor: A.B. Guthrie, Jr.
Editorial: Valdemar.

Bajo cielos

Estamos ante un libro perfecto para estos días veraniegos. Sobre todo para todos aquellos que amamos los grandes espacios abiertos… y odiamos las playas. Olvide las pegajosas cremas solares, las arenillas insoportables y los chiringuitos apestosos. “Bajo cielos inmensos” le transportará a las grandes, frías y salvajes montañas del oeste norteamericano, la tierra por la que vagabundean los mountain man en busca de pieles, de caza y de la libertad más absoluta.

“Esta es la mejor forma de vida, libre y sin preocupaciones, con todo el tiempo para uno mismo y sin nadie que le dijera NO. Uno llega a sentir que forma parte de su propia familia, la tierra, el cielo, los búfalos, los castores y la luna amarilla de la noche. Es mejor que estar confinado entre las cuatro paredes de una casa, mejor que respirar aire corrompido y sentirse enjaulado como una alimaña, mejor que correr tras la ley o tener que correr delante de ella y cumplir las reglas todo el tiempo hasta que uno llegaba a dudar si podía quitarse sus calzones sin tener que pedirle permiso a nadie”. La mayor preocupación, quizá la única, de estos cazadores-tramperos era conservar la cabellera día tras día.

“Bajo cielos inmensos” es el nuevo clásico que edita Valdemar dentro de su colección Frontera, dedicada al viejo oeste. Protagonizado por Boone Caudill, un muchacho de Kentucky que escapa de las miserias y de las palizas de su padre, y parte en busca de su tío Zeb, un cazador que ha vivido mil aventuras en las regiones más remotas. Tras una primera parte algo más floja, en la que nuestro protagonista se embarca en una barcaza por la que remonta en Missouri en busca de tierras vírgenes, llega al refugio de los pies negros. Es en la página 151 cuando desembarcan, y quedan otras 350 absolutamente inolvidables. Peleas con los indios, robo de caballos, cacerías de castores y bisontes, borracheras con matarratas, una india llamada Ojos de Cerceta, un soñador y divertido compañero llamado Jim Deakins, y decenas de personajes duros, violentos, excelentemente dibujados, totalmente asilvestrados… “¿Podría acostumbrarse a vivir entre personas con las que uno no se atrevía a peerse sin mirar antes a su alrededor?”. Simplemente grande.